Hellfriend

Myriam M. Lejardi · Capítulo 34 de 64

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Artículo 28. Cuando distintas partes de tu anatomía se ponen de acuerdo para escapar de tu control

ARTÍCULO 28

CUANDO DISTINTAS PARTES DE TU

ANATOMÍA SE PONEN DE ACUERDO

PARA ESCAPAR DE TU CONTROL

17 de agosto, 23.51

Bel

Tal vez te preguntes por qué estoy en un callejón con un tío sujetándome por detrás y otro, justo enfrente, dándome puñetazos en la tripa.

Todo es culpa de Mammon. Si me hubiera ayudado a conseguir dinero extra, la semana pasada no se me habría ocurrido vender paracetamol triturado como si fuera otra cosa (no hace falta que especifique, ¿verdad?). Con la tontería, saqué setecientos pavos en un par de horas. Un plan magnífico, si no fuera porque hoy he coincidido con dos de las personas a las que estafé.

Después de que Milena volviera del trabajo, la convencí para ir a un garito de Malasaña («¿No querías saber a qué dedico mi tiempo

libre? Pues venga»). Las cosas iban relativamente bien. Decidida a enfocar de otra forma su estudio (o crítica) sobre mi comportamiento, me ha dejado a mi aire y se ha dedicado a perseguirme por todo el local. Se ha quedado quieta, tomando notas, mientras bailaba en la pista, hablaba con la gente o me pedía una copa. Ha enfatizado que no es necesario que vuelva a ligar, así que deduzco que mi plan de ayer para darle celos tuvo éxito.

El tema es que me apetecía fumar y le pedí que me acompañara a la calle. Se negó («No le encuentro ninguna utilidad, ya tengo apuntada tu adicción a la nicotina») y, en vista de con quiénes me he topado fuera, ha sido lo mejor. Me resultaría un poco incómodo estar recibiendo una paliza mientras ella escribe algo parecido a:

«Propensión a la estafa relacionada con sustancias estupefacientes, considero merecido el castigo».

Odio ese concepto. «Merecer». Da igual lo bien o lo mal que hagas las cosas, rara vez obtienes lo que mereces. Hay gente que la caga a conciencia, que disfruta con ello, a la que la vida le va estupendamente. Y justo al contrario. El karma no existe. Así que mi consejo es el siguiente: haz lo que te dé la gana para sentirte bien contigo mismo, sin pensar en la opinión que tendrá el resto del mundo sobre ello.

Toso después del último puñetazo que me da el tío que tengo delante. Su pecho sube y baja mientras jadea. Me da la impresión de que está más satisfecho que al principio. «Me ha timado y a cambio le hago daño, es lo correcto».

No me gusta que deje de estar ofendido por la estafa, así que le

digo:

—¿Te enteraste de lo que te había vendido antes o después de esnifar? Por favor, dime que después.

Su mandíbula se tensa y me golpea otra vez.

—Ni siquiera me estás haciendo daño —miento—. Esto con un paracetamol se me pasa. ¿Todavía te queda? ¿Me das un po…?

Sus nudillos impactan contra mi boca. Escupo sangre a un lado, entre carcajadas.

—Lo siento, lo siento —me apresuro a decir en cuanto se pone en posición para pegarme de nuevo—. Puedo remediarlo. En el bolsillo delantero derecho tengo más. De la de verdad, te lo juro.

Compruébalo.

El tío acorta la distancia y se abalanza hacia mis pantalones, ansioso. Cuando está lo suficientemente cerca, tenso el cuello y le doy un cabezazo en la nariz. Suelta un alarido, llevándose las manos a la cara.

No tengo una predilección particular por la violencia, tal y como le sucede a Satanás. Pero la pérdida de control durante una pelea…

Joder. La adoro. Y aunque los golpes duelen, son asumibles. Dejan de serlo cuando el que me sostiene por detrás me lanza al suelo y ambos empiezan a patearme. Me cubro la cabeza con los brazos.

Mientras espero a que se cansen, pienso en que ojalá hubiera traído conmigo la navaja que suelo llevar, pero se la dejé a Milena.

Como si la hubiera convocado, la escucho decir:

—Parad ahora mismo.

Pese a que no grita, su voz consigue que los golpes cesen. Me

recuerda a la profesora estricta que logra callar a sus alumnos con apenas chasquear la lengua. O a una bibliotecaria.

Me asomo entre los brazos para mirarla y me deslumbra un flash.

Por mucho que no me apetezca que me sigan pateando, prefiero que vuelva dentro y avise al portero o algo así. No estamos muy lejos del garito, pero el callejón está oscuro y tengo muy claro dónde van a acabar las almas de estos dos cuando mueran. No es seguro que esté aquí.

Antes de que pueda decirle que se marche, Milena se lleva el teléfono a la oreja y le explica a quienquiera que haya al otro lado dónde estamos.

—Dos hombres están agrediendo a un tercero. Les he tomado una foto. Manden a…

El tío con la nariz partida la insulta y se abalanza hacia ella para arrebatarle el móvil. Trato de agarrarlo de los pies, pero Milena es más rápida y, sin colgar siquiera, lo rocía con un spray de pimienta.

—Manden a la policía, por favor. Sí, de acuerdo. Muchas gracias.

Cuelga y observa a ambos con una frialdad que envidiaría el mismísimo Infierno. Uno se frota los ojos, vociferando incoherencias, y el otro cambia el peso del cuerpo de un pie a otro, nervioso. Milena toma aire y… chilla como si le fuera la vida en ello.

Cuando termina, carraspea.

—Soy abogada, y ese de ahí —me señala con un ademán lacónico

— es mi cliente. He informado a la policía sobre lo que estáis haciendo. La comisaría está cerca, así que no tardarán, y me atrevo a asegurar que les encantará saber el motivo por el cual estáis

discutiendo de forma tan acalorada. Como soy una buena ciudadana, me ofrezco a comentárselo yo por vosotros. Ah, os he fotografiado y le he enviado dicha fotografía a varios de mis contactos para que, si le sucede cualquier cosa a mi teléfono, sean ellos los que se la faciliten a las autoridades. Por otro lado, intuyo que el portero del establecimiento me habrá oído gritar y se acercará para ver cuál es el problema. Si queréis evitar una denuncia por agresión y a saber qué más, para la que repito que estaré encantada de aportar los detalles que crea conveniente inventarme, os aconsejo marcharos.

El nervioso no se lo piensa dos veces y sale corriendo. El otro, supongo que porque todavía no ve bien, da un par de vueltas sobre sí mismo hasta que su colega vuelve a por él, lo agarra del brazo y se marchan juntos.

Después de comprobar que se han alejado lo suficiente, Milena se agacha a mi lado y me examina con inexpresividad.

—¿Te lo merecías? —pregunta.

Me duele la mejilla izquierda cuando tuerzo el gesto. De verdad que odio ese concepto.

—Es probable.

—¿Por qué ha sido?

—Les vendí una bolsita de paracetamol en polvo por doscientos cincuenta pavos.

—Intuyo que pensaban que no era eso lo que estaban comprando. —Asiente para sí misma—. De acuerdo, recuérdame luego que apunte en el cuaderno tu tendencia a las transacciones

fraudulentas. —Me agarro las costillas cuando empiezo a reír. Ay—.

¿Puedes levantarte? Deberíamos irnos antes de que venga la policía.

Consigo hacerlo con su ayuda y empezamos a caminar. Tengo que apoyarme un poco en ella, que me agarra de la cintura y del brazo que he colocado sobre sus hombros.

Cuanto más pienso en lo que acaba de suceder, más me río.

—¿De verdad ibas a mentirle a la policía?

—Tenía bastante claro que se marcharían antes de que llegaran los agentes —responde.

—Ya, pero ¿lo habrías hecho?

—Habría dejado patente que soy tu abogada para poder hablar contigo en privado y enterarme del motivo de la pelea. Después, teniendo en cuenta que entra en juego la venta de drogas, sea o no falsa… —Suspira—. Sí, habría mentido.

—Vaya, gracias.

—Solo lo habría hecho porque, si te detienen por tráfico, aunque sea de manera provisional, durante esa temporada no seríamos capaces de seguir adelante con nuestro acuerdo. Teniendo en cuenta todo el trabajo que necesitas y que dentro de unos meses desaparecerás, me ha parecido el menor de los males. Además, es probable que me echaran de tu piso para registrarlo.

La miro y compruebo que tiene las mejillas sonrojadas. Decido no hacer ningún comentario.

Poco después, llegamos a casa y Milena entra en nuestra habitación. No la sigo porque pienso que va a cambiarse de ropa, sin embargo, vuelve con la misma y con un neceser gigantesco en las

manos.

—Quítate la camiseta y siéntate en el sofá.

—¿En serio? ¿Esto es lo que te pone, que esté lleno de sangre? De haberlo sabido, le habría pedido antes a alguien que me diera una paliza. Eso sí, no te aseguro ser capaz de moverme tan bien como…

Oye, ¿por qué no me interrumpes? No estoy acostumbrado a que me dejes bromear durante tanto tiempo. Es desconcertante.

Deja el neceser en la mesilla que hay frente al sofá, se descuelga el bolso y saca el cuaderno.

—¿Qué apuntas?

—Que, de algún modo retorcido, has conseguido identificar el tipo de comentarios que incomodan a los demás y, llegado un punto, te sientes mal al insistir en ellos. —Encoge el hombro—. Es un paso. Ah, se me olvidaba. «Tendencia a las transacciones fraudulentas» —recita mientras escribe—. Ahora, quítate la camiseta para que pueda ver cómo estás.

—Buenísimo.

—Para que pueda ver la gravedad de tus heridas.

—¿Qué hago con los pantalones?

—¿Te han golpeado en las piernas?

—Sí —miento.

—¿Llevas ropa interior?

—Sí. —Esta vez no miento.

—De acuerdo. Quítatelos también.

Mientras me desnudo, Milena se arrodilla frente al neceser y empieza a sacar todo tipo de cosas que a saber por qué pensó que

necesitaría durante su estancia en mi casa. Alcohol, Betadine, gasas, algodón, varias obleas de medicamentos… Sin mirarme, va hacia la cocina para llenar de agua un cuenco y coge dos paños. Dentro de uno coloca hielo, y el otro lo deja en la mesa, junto al cuenco con agua y el neceser.

—¿Vas a curarme?

—Exacto.

—Ya. Sabes que para eso tienes que mirarme, ¿no?

—Por supuesto.

—¿Cuándo planeas hacerlo? Por estar preparado, digo.

A regañadientes, deja de colocar de manera compulsiva los objetos que necesita y se vuelve hacia mí. Pese a que intenta examinarme con indiferencia, se nota que durante su escrutinio se le atraganta la respiración varias veces y que hay zonas que evita por completo (los calzoncillos, por ejemplo).

Me tiende el trapo con el hielo.

—Colócatelo en la mandíbula mientras reviso el resto.

—Revísame a conciencia, no vaya a ser que se te escape lo mucho que se me ajustan los bóxers a… En serio, ¿podemos volver a la dinámica de antes? Párame.

—No.

—Si no me paras, en lugar de reírme por tu mojigatería y pensar en ella, empezaré a imaginarme las cosas que te digo. Te advierto que, si mi imaginación va por libre, tiendo a empalmarme y te vas a cabrear.

Deja de escrutarme las pantorrillas y se recoge un mechón de

pelo detrás de la oreja.

—No es mi problema. Afronta las consecuencias o, mejor, haz el favor de callarte. Además —aparta la mesa para que pueda estirar la pierna—, pararte no tiene que ver con la mojigatería.

—¿Follas con frecuencia? No me mires así, lo pregunto en serio.

Te he visto ponerte roja por cuatro tonterías y he dado por hecho que no sueles acostarte con gente. Ni siquiera te lo estoy recriminando, me parece estupendo.

Dobla mi otra pierna para comprobar que no hay ningún problema con la rodilla. Después, se sienta en el sofá, a mi izquierda, y coloca mi brazo sobre el respaldo para poder fijarse en los golpes que tengo en el costado.

—Me he acostado con treinta y nueve personas —murmura como si tal cosa.

—¡¿En serio?!

—En serio.

Palpa sobre mi piel y se detiene en cuanto me quejo.

—¿Cuánta tolerancia tienes al dolor? Tus costillas no parecen rotas.

—Aguanto hasta la cera caliente.

—¿Hablas de depilación?

—No, de BDSM. —Resopla y me pide que ponga el hielo sobre la zona de las costillas—. No creo que estén rotas, hace años la lie muchísimo y… Que conozco ese tipo de dolor, vaya. ¿Cómo sabes tanto de medicina?

—Sé cosas muy básicas que he investigado por mi cuenta. Ni

siquiera estoy segura de la mayoría, así que mañana tendremos que ir al centro de salud si te levantas muy mal. De todos modos, dudo que tengas nada roto si has podido caminar hasta aquí. Mírame.

—No he dejado de hacerlo.

Anoto su recién adquirida tolerancia hacia mis comentarios a la lista mental de cosas de Milena que me ponen. Es cada vez más larga.

Ella me mueve la cara despacio, estudiando mis heridas.

—Mañana tendrás el ojo morado, pero la nariz parece estar bien.

—Abre la boca unos centímetros. Su boca también está en la lista de cosas que me ponen. En uno de los primeros puestos—. Tienes el labio partido, tengo que curártelo.

No puedo evitar sonreír. Dejo de hacerlo cuando humedece el otro trapo en el cuenco con agua y lo presiona contra la herida. Si no tuviera tan claro que es decente hasta el absurdo, se me pasaría por la cabeza que aprieta de más a propósito.

Al terminar, empapa el algodón en alcohol.

—Esto te va a escocer.

—Ya te he dicho que me han echado cera hirviendo en… ¡¡¡ME

CAGO EN LA HOSTIA!!!

Aprieto la mandíbula tanto que no me sorprendería romperme un par de muelas.

—Vaya —murmura, dando toquecitos con ese algodón de mierda sobre mi labio inferior—, sí que tienes tolerancia al dolor. Estás acostumbradísimo por todo eso del BDSM, por supuesto.

Le dirijo una mirada furiosa, que desaparece en cuanto me fijo en

la forma de su boca. La agarro de la barbilla con un movimiento rápido y me acerco a su cara. Sé la pinta que debo de tener, con los ojos muy abiertos, analizándola como si le hubiera brotado un tentáculo de los labios. Es…

—¿Qué haces? —Pese a la queja, no da la impresión de estar enfadada—. Suéltame.

—Ibas a sonreír.

—No iba a hacer nada ni remotamente parecido.

—Mientes. Fatal, por cierto. Has hecho una broma e ibas a sonreír —repito, alucinado, buscando el gesto.

Me sujeta de la muñeca para que aparte la mano de ella.

—Te equivocas. No te muevas y echa la cabeza para atrás.

Le hago caso. Cuando veo cómo se coloca, erguida sobre sus rodillas e inclinada hacia mí, doy las gracias por haberme contenido y no haber replicado. Da igual lo que escueza el alcohol en el corte que tengo en la mandíbula. En este preciso momento, me dan igual la mayoría de las cosas.

—Milena.

—Dime.

—Háblame de algo aburrido.

—¿Disculpa?

La tensión debajo de mis calzoncillos crece. Cierro en un puño la mano que tengo libre y la coloco sobre mi muslo.

—Lo que sea. Leyes. De cuando murió tu mascota favorita…

Sin apartarse, me mira extrañada. Las gafas le han resbalado por el puente de la nariz y ya no tengo el impulso de subírselas, sino de

quitárselas y lanzarlas lejos para que no molesten.

—De acuerdo.

No da resultado. De hecho, lo empeora. Empieza a contarme no sé qué relacionado con el código penal y la jurisprudencia, pero, en lugar de escucharla, me limito a ver la forma en la que se mueven sus labios. El modo en el que se fruncen con las «oes», en el que se abren con las «aes». Se me está yendo la cabeza.

—¿Por qué quieres que te explique esto si no me estás prestando atención?

—Me he empalmado.

Necesita unos segundos para asimilarlo, tras los que estoy seguro de que se apartará y volverá a recalcar lo mucho que me aborrece.

Tal vez apunte en su cuaderno: «Tendencia a la excitación en momentos del todo inadecuados».

Me sorprende cuando se mantiene en la misma posición y vuelve a presionar el algodón contra la herida.

—Contrólate. —Aprieta de nuevo, vengativa—. Además, pensé que habías dejado claro que no tenías ningún interés en que sucediera algo entre nosotros.

—Ya, eso. Tienes razón —miento. Más o menos. Me refiero a que tiene razón en parte: no va a pasar nada entre nosotros, lo que no significa que no tenga interés—. Por cierto, ¿no estás incómoda?

Puedes sentarte aquí encima para continuar.

Doy una palmada en mi muslo y ella continúa a lo suyo, sin hacerme caso. Su boca tiembla y, como no puedo morderla, me obsesiono con ella por si vuelve a amagar la sonrisa.

Huele bien. No sé a qué, me es indiferente, pero me entran ganas de hundir la nariz en su cuello.

—Belial —advierte.

Es la primera vez que me llama por mi nombre. A pesar de que no significa nada, registro el dato.

—¿Qué?

—La mano.

Ah. Vale, estaba muy ocupado vigilando el brazo libre y resulta que el otro ha soltado el hielo y está sobrevolando su espalda. Como si fuera un mosquito en busca de un trozo de piel expuesta. Ya consciente, hago el recorrido sin rozarla, desde la nuca hasta el culo.

—Odio ser un buen chico —susurro—. Muchísimo. ¿De qué sirve? —Me muevo para sentarme un poco más recto, acercándome a ella—. Los malos somos infinitamente mejores, ¿sabes? ¿Había alguno entre esas treinta y nueve personas?

Termina de torturarme con el algodón, pero no con su proximidad porque no se separa ni un centímetro cuando dice:

—La idea de todo esto es que te conviertas en uno, con independencia de lo que los odies —contesta, ignorando mi pregunta.

—Los buenos chicos son aburridos.

—Y van al Cielo. La mano —repite.

Esta vez es la otra, que se ha acercado a su muslo con la clara intención de colocarla a horcajadas sobre mí. Me imagino la escena y mis calzoncillos me piden tiempo muerto porque están confusos.

«¿Vamos a hacerlo o no?». Pues no. Creo. O sea, no.

—Deberíamos irnos a la cama.

—Pensaba que no ibas a pedírmelo nunca —bromeo. Más o menos.

—A dormir. Es tarde.

Al separarse, le dedica un vistazo a esa zona de mi anatomía que sigue sin entender de qué va la situación. Milena parece satisfecha de un modo casi rencoroso.

—¿Te jodió que te dijera que no íbamos a follar? —le pregunto cuando la sigo a la habitación.

—No digas absurdeces. Por supuesto que no.

Sigue mintiendo fatal.

En el momento en el que vuelve del baño con el pijama puesto, ya he conseguido relajarme. Sigo con las ideas enredadas, aun así ninguna parte de mí amenaza con erguirse. Es un avance.

Cinco minutos después de meternos en la cama, ya con las luces apagadas, vuelvo a hablar. Sé que no está dormida porque suele dar vueltas durante por lo menos media hora. Además, la forma en la que respira acompasadamente parece forzada.

Me coloco bocarriba, con los brazos tras la cabeza. Ella permanece dándome la espalda. Aunque sigue tapándose con la sábana, esta vez solo se ha cubierto hasta la cintura.

—¿Qué es lo peor que has hecho en tu vida?

—¿Es alguna clase de fetiche? —inquiere.

Por supuesto.

—Qué va. Curiosidad.

—¿Qué es lo mejor que has hecho tú?

—¿El trato de siempre? Tu secreto por el mío.

—Júramelo por ti mismo.

Sonrío.

—Te lo juro por lo que importa: yo.

Se remueve, incómoda.

—¿Recuerdas el chico de la foto por el que me preguntaste?

Enrique.

—Sí.

—Era mi mejor amigo cuando iba a la universidad. Lina también, pero él estudiaba lo mismo que yo y compartíamos muchas de las clases. Empezó a salir con otra compañera, Raquel Tena, y yo… No lo gestioné bien.

—Dijiste que no te interesaba de esa manera. Románticamente, me refiero.

—Y no lo hacía. Pero dejó de pasar tiempo conmigo. Tampoco hablábamos con la misma frecuencia que antes. Creí que tal vez se debiera a los celos de su nueva pareja, así que me enfadé. Como sabía que Raquel Tena copiaba en los exámenes de una asignatura, la denuncié al profesor y la suspendieron.

Levanto las cejas, impresionado.

—¿Qué pasó?

—Que Enrique y yo discutimos. Me acusó de haber sido cruel y rencorosa —apunta—. Después, dejamos de relacionarnos por completo.

—Pero él también actuó mal. No debió dejarte de lado.

—No, pero tal vez la causa no fuera su relación, sino que

sencillamente se cansó de mí. Tiendo a exasperar a los demás por varios rasgos de mi personalidad. —El desinterés con el que pronuncia esa frase está fatalmente fingido—. O quizá se apartara por haber empezado a salir con Raquel Tena, pero no porque ella se lo pidiera, sino porque ya no tenía tanto tiempo para mí.

—¿Por qué no has vuelto a intentar contactar con él?

Se da la vuelta en el colchón para mirarme.

—Porque me avergüenzan los motivos que me llevaron a hacerle eso a su pareja. Es horrible.

—Si te sirve de consuelo, puedo contarte alguna de las cosas horribles que he hecho yo. Si las comparas, llegarás a la conclusión de que sigues siendo buena persona.

—Tener la certeza de que he actuado mejor que un demonio no es el consuelo que crees que es.

—No siempre he sido un demonio.

Me observa con repentino interés.

—¿Los ángeles pueden hacer cosas malas?

—Si están convencidos de que el fin lo justifica, sí. Yo las hice.

—De acuerdo, cuéntamelas. Y háblame también de lo mejor que has hecho.

—Ambas cosas están relacionadas. Yo fui el que convenció a Lucifer de que tentara a Eva. Ya sabes, todo aquello de la manzana y la serpiente.

Intuyo que le cuesta asimilarlo porque abre y cierra la boca varias veces. No sabe qué decir y por su cara pasan decenas de sentimientos a toda velocidad. Confusión, rabia, rechazo,

curiosidad…

—¿Cómo puede ser eso lo mejor que has hecho? Además, ahí debías de ser ya un demonio.

—No lo era. Caímos justo después de que Eva y Adán fueran expulsados del Paraíso. Y es lo mejor que he hecho porque, gracias a ese mordisco, los seres humanos tenéis libre albedrío.

Frunce el ceño.

—No soy ninguna experta en teología, pero eso no es lo que he leído.

—Me da igual. Así es como sucedió. Por lo que: de nada.

—No lo entiendo.

—¿El qué?

—¿Por qué no os castigaron por ello? ¿Sabías lo que sucedería si mordía la manzana?

—La rebelión fue inmediatamente después, así que nos castigaron por todo. Y, aunque Lucifer se atribuyó el mérito por ambas cosas, está claro que el Cielo sabe lo que sucedió en realidad. Con respecto a la manzana: no tenía la certeza, pero lo sospechaba.

—¿Por qué te han dejado volver? Es algo mucho peor que lo de Sodoma y Gomorra.

Sonrío sin ganas.

—Porque admiten que el motivo por el cual quise que cogiera la manzana era bueno.

—¿Te refieres a que todos tuviéramos libre albedrío a partir de entonces?

—La humanidad me daba lo mismo. Piensa que en ese momento

se reducía a dos personas. Aunque sabíamos que acabarían multiplicándose.

—¿Entonces?

—Ella. Quería que ella tuviera lo que yo no tendría jamás.

—Tú…

—Buenas noches, Milena.

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