Hellfriend
Artículo 38. Cuando urge la reformulación del contrato
ARTÍCULO 38
CUANDO URGE LA REFORMULACIÓN
DEL CONTRATO
25 de agosto, 04.20
Milena
Pienso en muchas cosas al mismo tiempo. Las pienso deprisa, saltando de una a otra, porque no sé hasta qué punto Belial es capaz de descifrar lo que se me pasa por la cabeza.
Las cosas en cuestión: el alcohol me ha afectado un poco, Ludovico Einaudi es un músico fabuloso, el demonio no ha utilizado sus poderes conmigo hasta la fecha y, por último, el demonio no está utilizando sus poderes conmigo ahora.
De hecho, el demonio está a mi lado, alzando el puño al ritmo de lo que sea que suena más allá de mis cascos. No sé bailar, pero puedo decir sin temor a equivocarme que él tampoco. Sus movimientos se parecen más a lo que haría alguien en una clase de aeróbic. Es gracioso.
Lo importante, de todos modos, no es eso, sino que he de reconocer una obviedad: si los poderes (o influencia) de Belial están relacionados con el consumo del alcohol, lo que he sentido hasta la fecha con relación a él provenía solo de mí. La asfixia, la necesidad, la tensión y todo lo demás.
Resuelvo lo siguiente: me atrae; lleva haciéndolo mucho tiempo.
La verdad es que no me molesta tanto como creía. Escuece porque implica que Lina era la que tenía razón desde el principio, que yo estaba equivocada y que Belial estará encantado si se entera.
O tal vez no, dado que se supone que no quiere acostarse conmigo. De hecho, desde que he empezado a beber (solo me he tomado dos copas), se ha cuidado de mantenerse a, como mínimo, un metro de distancia.
Hay un chico que baila muy cerca de donde está él. Es bastante atractivo y se ha chocado a propósito con Belial en un par de ocasiones. Cuando se han mirado, ha sonreído. No necesito tener poderes especiales para saber a ciencia cierta qué desea. Sin embargo, Belial lo ignora y sigue a lo suyo.
—¿Te apetece que volvamos a casa? —me dice cuando me pilla a su lado, observándolo con atención.
«¿Por qué no quieres tener sexo conmigo?», pienso.
Su espalda se enerva y mira a otro lado, incómodo. ¿Ha captado mi pregunta o es que me estoy fijando en él algo desquiciada?
—Sí —respondo—. Volvamos ya.
Se coloca a mi lado, procurando no rozarme.
«¿Por qué?».
Al llegar al coche, me tiende la mano para que le devuelva los cascos, en lugar de quitármelos él.
«¡¿Por qué?!».
Arranca y aprieta los labios, manteniendo un silencio obstinado.
«¡¿ Porquéporquéporquépor…?!».
Llegamos al piso sin haber intercambiado ni una palabra. Sin que apenas me haya mirado.
«¡¿POR QUÉ?!».
Cierro la puerta de su habitación cuando entramos en ella. Ahora sí, sus ojos se dirigen a los míos, cargados de pánico.
—Para que no venga Mamón —explico—. A veces duerme encima de mi pecho y me cuesta respirar.
Sus ojos dejan los míos y se enfocan en mi pecho. Vuelvo a preguntarme el porqué, si no quiere acostarse conmigo. Hago una comprobación para ver cómo reacciona: me llevo la mano al cuello de la blusa y desabrocho el primer botón.
La reacción: darse la vuelta a toda prisa y chocarse con la mesilla que tiene al lado.
—Belial.
—Dime.
—¿Por qué no quieres acostarte conmigo?
Se le caen los anillos que se estaba quitando. Después de permanecer unos segundos bloqueado, se agacha para cogerlos.
—Estás borracha —murmura con la voz… menos sibilina y más ronca.
—No lo estoy. De todos modos, no me refería a en este momento.
Hablo de la conversación que tuvimos la primera vez que dormimos juntos.
—¿Eh?
—Cuando dijiste que, con independencia de lo que pasara o quisiera yo, jamás te acostarías conmigo.
Se sienta sobre el colchón y encorva la espalda para desabrocharse las botas.
—Ah, sí. Eso.
—Efectivamente: eso. ¿Y bien? ¿A qué se debe?
—¿Por qué quieres saberlo?
Me extraña no notar en su tono la inflexión habitual. Parece asfixiado, más que engatusador o burlón. Lo estudio mientras sigue haciendo cualquier cosa en lugar de mirarme. Desabrocharse los collares, hacer amago de lo mismo con los pantalones y cambiar de opinión, sacarse la camiseta agarrándola con una mano, revolverse el pelo con frustración…
—Porque no entiendo el motivo y no me gusta no entender algo
—me sincero a medias—. Antes de que aceptara trabajar en tu caso, parecías notablemente predispuesto a que tuviéramos sexo. ¿El cambio de parecer se debe al contrato?
Sigue sin deshacerse de los pantalones, casi como si creyera que serán capaces de actuar a modo de escudo si la conversación continúa.
No lo serán. Lina no solo tenía razón cuando entendió desde el principio que el demonio me atraía. También la tuvo cuando dijo:
«No tiene ninguna posibilidad. Me refiero a en cuanto decidas
dejarte de tonterías e ir a por él». Por supuesto, jamás obligaría a alguien a hacer algo que no deseara hacer. Ahora, si lo desea, si yo también lo hago, como ha resultado ser el caso… Me gusta considerarme concienzuda a la hora de conseguir lo que me propongo.
Pero primero necesito saber si está interesado.
—¿Y bien? —insisto—. ¿Rechazas el sexo entre nosotros por el contrato que firmaste?
—Claro —masculla. No le veo la cara porque está de espaldas a mí, pero me da la impresión de que tiene los dientes apretados—.
Te dije que nuestra relación sería estrictamente profesional. Es lo mejor.
Asiento, respetando su buena voluntad. Después, saco el contrato del cuaderno que siempre llevo en mi bolso y, con un bolígrafo, tacho esa parte y firmo debajo. Me aproximo hacia el lado del colchón en el que él sigue sentado, lo encaro y le coloco delante las hojas para que las vea.
—Ya está. Firma aquí para solucionarlo.
Le cuesta bastante más de lo habitual entender lo que acabo de hacer, o eso sospecho por lo que tarda en dirigir los ojos hacia mí.
En lugar de firmar, traga saliva y dice:
—Milena, soy un demonio. Y dentro de dos meses me habré ido.
No parece que eso sea lo que de verdad le preocupa. Muy bien, a mí tampoco. Dejo el contrato sobre su mesilla y me cruzo de brazos.
—Dijiste que tu cuerpo es humano. ¿Era cierto? —Asiente a regañadientes—. Y debido a que no estoy planteándote mantener
una relación, sino un encuentro físico puntual, no veo qué problema supondría que te marcharas. ¿Me estás diciendo esto para que defienda tu deseo de quedarte en la Tierra? —Niega, entre sorprendido y ofuscado—. Muy bien. Expón tus motivos, entonces.
Con honestidad, por favor. Comprendo que pueda no parecerte atractiva, especialmente después de que me hayas conocido mejor.
No es la primera vez que me sucede.
Belial se cubre la cara con las manos, apoya los codos sobre las rodillas y masculla varias frases que no entiendo. Solo me quedo con:
—Conocerte no te hace menos atractiva.
Siento algo cálido recubriéndome el estómago.
—Gracias. No quiero incomodarte ni, por supuesto, presionarte de ninguna forma. Solo busco entender. De todos modos, tampoco tienes por qué responderme si te hace sentir mal —reculo.
—Por Dios Santo —sigue en la misma posición, pero ahora niega con la cabeza—. No es buena idea, Milena. Créeme.
—No comprendo el motivo. A pesar de ello, lo acepto.
Al fin, se aparta las manos de la cara, alza la cabeza y me mira con rabia. No va dirigida a mí, no es conmigo con quien está enfadado, así que no me muevo del sitio. No podría ni aunque hubiera querido porque, de alguna manera, sus ojos mantienen mis pies anclados al suelo. Vuelve a parecer una serpiente, con el cuerpo tenso y la boca cargada de veneno, esperando el momento perfecto para atacar a su víctima.
«Hazlo».
Extiendo la mano muy despacio, para que me detenga si lo desea, y la acerco a su mejilla. Me sujeta por la muñeca con un movimiento rápido. Aprieta. Su mirada es más oscura que de costumbre y no hay ni rastro de la sonrisa. «Es malo cuando deja de sonreír», pensé un día. «Bien», pienso ahora.
Poco a poco, a medida que su pecho empieza a subir y bajar cada vez más deprisa, libera mi muñeca. Acerco un dedo a la primera cicatriz que le descubrí, la que está en el pómulo izquierdo. Es fina, suave al tacto. Sin romper el contacto, desciendo hasta la de la barbilla. Belial no parpadea, solo respira de forma apresurada, como si acabara de correr una maratón o se estuviera preparando para gritar. Por último, voy hacia la marca que tiene en el labio inferior. La rozo con lentitud.
Después, sucede. De sopetón, como si las cosas se estuvieran colocando a toda velocidad en el lugar correcto. Belial vuelve a agarrarme de la muñeca, esta vez para dar un tirón y colocarme a horcajadas sobre él. Me cuesta porque mi falda es por las rodillas, así que la sube de golpe hasta la parte alta de mis muslos mientras la costura se queja.
Pero no me besa. Su nariz roza la mía, las ganas que jadea se me cuelan en la boca, y se contiene. No quiero ser yo la que dé el primer paso. No por pudor, lo he dado en infinidad de ocasiones, sino porque es él y no yo el que parece tener un problema con esto.
Por ello, no hago nada cuando me aproxima con brusquedad, hasta que nuestros pechos se tocan y estoy encima de su bragueta a medio desabrochar. Entonces sí, noto sin asomo de duda que le atraigo.
Muchísimo.
Perfecto, él también a mí.
Su otra mano se coloca en mi muslo desnudo. Sus dedos se contraen, aferrándose a mi piel como si fueran clavos.
—Sé lo que quieres hacer —susurro, trayendo de vuelta las mismas palabras que empleó él bajo la lluvia—. ¿Por qué no lo haces?
Reaparece un gesto que hacía mucho que no veía. La punta de la lengua le acaricia una de las comisuras, su sonrisa se ladea al máximo y todos los carteles de peligro se iluminan con letras de neón.
—Porque te vas a arrepentir después.
—Si te refieres al tipo de sexo, lo dudo. No me gusta la delicadeza.
Cierra los ojos y se ríe en silencio.
—Por supuesto que no —murmura. Cuando los vuelve a abrir, gira un poco la cara para que nuestros labios casi se toquen—. Eres peor que un pecado.
No sonrío, pero casi.
—Gracias.
—No deberíamos hacerlo —advierte de nuevo, cada vez menos convencido.
—Belial.
—Dime.
—Bésame.
Aparta sus reparos con un acercamiento rápido. Cuando su boca
entra en contacto con la mía, ya no es odio lo que busco y, desde luego, no es lo que encuentro. Son ganas, el oxígeno que me faltaba cada vez que me robaba la capacidad de respirar con su presencia.
Es la cicatriz de su labio, que no siento y de todos modos imagino.
Es su lengua, que me arranca un gemido y, a cambio, me regala uno de los suyos.
En contraposición a lo frenético que es el beso, sus manos reptan lentamente por mi cuerpo. Una de ellas, la que permanecía en la parte baja de mi espalda, saca la blusa de la falda y se cuela por debajo para llegar a mi piel. La otra, asciende por mi muslo hasta que se encuentra con la tela que se arruga en la parte superior.
Duda. Que no dude. Coloco mi palma sobre la suya y la muevo hacia la cara interna del muslo. Otro ruido, mitad gemido y mitad gruñido. Sus dientes se cierran sobre mi labio inferior y tiran. Para demostrarle que me parece bien, o porque sencillamente quiero hacerlo, le agarro del pelo con fuerza.
Abro un poco más las piernas, él levanta la cadera por instinto y sus dedos siguen trepando. Tan pero que tan despacio que, como no lleguen a su destino, me pondré a gritar.
Antes de que lo hagan, me descubro pensando en que estoy haciendo caso a su consejo. Que, sin entender el motivo, lo estoy besando como si fuera la última vez. Como si la vida me hubiera llevado hasta este momento, después de todos los cambios en el camino y de los tropiezos. Como si alguien me dijera: «Aprovéchalo ahora que puedes». ¿Es porque soy consciente de que se va a ir? Al Cielo, al Infierno o de mi lado, da igual.
«Queda tiempo», me digo para apartar esa idea.
Hay algo más que quiero que se aparte porque estorba. Los dedos de Belial llegan hasta mi ropa interior (blanca, de algodón) y la rozan apenas. De arriba abajo. El contacto, por muy sutil que sea, me provoca un escalofrío.
Siempre he sido paciente. En general y con respecto al sexo. Por mucho que me guste no andarme por las ramas y la falta de delicadeza, jamás le he metido prisa a la persona con la que lo practicaba. Ahora, sin embargo, desearía exigirle que hiciera lo que está a punto de hacer de una vez. Como no quiero romper el beso, se lo hago saber colocándome todavía más cerca de él. Estrechando el abrazo y aproximándome a su mano.
Su risa reverbera en mi pecho.
—La paciencia es una virtud —se burla.
—Déjate de tonterías.
No lo hace. Sigue recorriendo la tela, desesperándome. A veces, el toque es tan sutil que apenas lo percibo. Otras, aprieta y todos mis músculos se tensan en sintonía. Cuando estoy a punto de suplicarle que se dé prisa, cuando siento que de verdad no puedo más, aparta la ropa interior y se traga mi suspiro con los labios.
Su dedo está frío y yo todo lo contrario. Al principio, se entretiene trazando círculos. Adapta sus besos a la cadencia lenta, con la sonrisa tirándole de las comisuras. Con independencia de lo que haya hecho antes, solo por esto se merece la temporada que ha pasado en el Infierno. Sabe lo que hace, no puedo decir lo contrario, pero lo estira tanto que empieza a parecerse más a un
castigo que a un regalo.
Nunca había deseado nada con tanta intensidad. No sé si lo sabe, pero cuando presiona con el pulgar e introduce el dedo corazón, separo mi boca de la suya y estoy a punto de confesárselo. De vociferarlo, en el momento en el que añade el índice.
Apoyo mi frente contra la de él y me encuentro con sus ojos.
Escarban entre los míos hasta que descubren algo que provoca que tense la mandíbula y acelere el ritmo.
Muevo las caderas, separo las piernas todo lo que puedo y me muerdo el labio inferior. La falda se me ha subido hasta la cintura y ni siquiera eso provoca que deje de mirarme a la cara. Es como si se alimentara de cada uno de mis gestos.
—Estoy… —susurro.
—Lo sé.
Acelera todavía más, gimo y él vuelve a lanzarse hacia mi boca.
Me besa, me muerde y me dice cosas que no entiendo. Ahora mismo, no entiendo nada. Solo sé que mi sistema nervioso está cargado de electricidad y que mi cerebro está a punto de ebullición.
Que mis dedos se tensan: algunos enredados a su pelo, otros, sobre su hombro.
Intento retener el orgasmo todo lo posible. Por si es el último, porque es con él, porque no quiero que esto acabe.
Por desgracia, lo hace. Estalla, desde donde me toca hasta el resto del cuerpo. A sacudidas, rompiendo a su paso cualquier cosa con la que se cruza. Mis reparos, mis miedos, mis «noes». Me deja vacía para que pueda llenarme de comodidad, valentía y «síes». Para que,
cuando ralentiza el ritmo y aparta la mano con delicadeza, pueda decirle:
—Quítate los pantalones.
Ha debido de colársele dentro alguno de mis reparos, miedos o
«noes», porque me incorpora con cuidado, apoya la frente sobre mi estómago y murmura:
—Lo siento.
No entiendo nada, ni lo que dice ni que se levante sin mirarme, coja la camiseta y las botas y empiece a vestirse a toda prisa. No entiendo que abra la puerta, con los ojos fijos en el suelo.
Que diga:
—Tengo que irme.
Que repita:
—Lo siento.
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