Hellfriend
Artículo 35. Cuando compartes en arameo tu receta de quiche favorita
ARTÍCULO 35
CUANDO COMPARTES EN ARAMEO
TU RECETA DE QUICHE FAVORITA
22 de agosto, 17.50
Bel
Coloco a Kikiriki delante del espejo, escribo tres seises y le pido a Barrabás que me pase con Asmodeo.
Después de Mammon, es mi demonio favorito. Es de los que cambiaban mucho su apariencia, hasta que hace un centenar de años resolvió que no tenía por qué decidirse por una cuando podía tener varias al mismo tiempo. Así que ahora va por la vida con tres o cuatro cabezas saliéndole del cuerpo y te contesta con la que más le apetezca. Una de ellas esnifa azufre, y espero que no sea con la que decida hablarme hoy.
—¿Qué pasaaa, brooo?
Mierda.
—Hola, Asmodeo. Necesito tu ayuda para una cosa.
Le entra la risa floja y no se le pasa hasta que le pido varias veces que se centre.
—La Doña tiene un cabreo de pelotas contigo, bro —me informa
—. No para de dar vueltas por el Infierno refunfuñando que no estás eyaculando donde te pidió. Llevo descojonado desde ayer.
Tanto desde el Infierno como desde el Cielo somos capaces de ver lo que sucede en la Tierra. Si queremos seguir a alguien en particular, como estará haciendo Lucifer conmigo, disponemos de pantallas.
—Asmodeo, céntrate. Necesito que investigues a alguien por mí.
Se apellida Roig, es abogado y trabaja con Milena Nováková Delgado.
—¿Es tu chorba?
—Más o menos. Échale un vistazo en un momento y dime qué te parece.
El demonio se marcha durante diez minutos. Cuando vuelve a aparecer, suelta:
— Brooo, ¡es de los míos! Vamos, que acaba de cabeza en mi planta.
Qué asco da, este no se redime ni aunque rece hasta quedarse afónico. ¿Por qué te interesa? ¿Te mola? Porque he visto que se trae un rollito de lo más turbio.
—Me interesa porque voy a matarlo.
—Ah, guay. Le daré recuerdos de tu parte cuando lo reciba. Es que lo tiene todo, bro. Joder, me va a tocar pelearme con Satanás por él. Da igual, es más guarro que violento. Fijo. ¡Eyyy, Mammon, colegaaa! Qué pintas llevas, ¿no? Me flipa.
Me giro y me encuentro al gato estudiándome con atención. Está en silencio, lo que es agradable porque no tengo que pedirle que se calle, y desagradable porque sospecho que va a reventar de un momento a otro.
—Una cosa más: ¿puedes conseguirme la dirección del tío? —
Después de que me la dé, añado—: Gracias, Asmodeo. Te tengo que dejar ya.
—Va, va. ¡Por cierto! ¿Le digo algo de tu parte a la Doña cuando me pregunte? Porque me va a preguntar en cuanto sepa que hemos hablado.
—Dile que me deje en paz —suelto, frustrado. Ahora mismo tengo cosas más importantes en las que pensar—. Y que no tengo tiempo de llamarla.
—Vale, bro. ¡Besitos!
Una vez que se corta la comunicación y dejo suelta a Kikiriki, Mammon se sube encima de mi hombro y me da un mordisco en la oreja.
—¡Para, joder! —grito.
—¡¿Que pare yo?! ¡Para tú! ¡¿Qué es eso de que vas a matar a un hombre?!
—Está tan lleno de mierda que seguro que los del Cielo me dan las gracias.
—¡Sabes de sobra que no van a hacer eso! ¡Tú no eres nadie para juzgar! No me refiero a que también estés lleno de mierda, que lo estás, sino a que de las valoraciones sobre las almas se encargan otros. Los mismos «otros» que en poco más de dos meses van a
volver a mandarte de patitas al Infierno.
—Me la suda.
—¡Belial, basta! —Se revuelve cuando lo cojo para apartarlo de mí—. Por favor, dime que esto no es por la vecina.
Ni siquiera tengo ganas de bromear y decir «Esto no es por la vecina» para que se ponga nervioso. De todos modos, ya lo está. Así que me callo y voy hacia la habitación mientras él me persigue.
—¡¡¡No puedes matarlo!!! —vocifera cuando me guardo la navaja que le presté a Milena en el bolsillo trasero de los vaqueros.
—Ah, ¿no? Mírame.
—¡Se lo diré a Gabriel! ¡A Lucifer! ¡A todo el mundo!
—Seguro que a Luci le molesta mucho que me cargue a una persona —comento mientras me abrocho las botas con rabia.
—Le va a molestar cuando le explique que lo has hecho porque te has enamorado de la humana que se supone que va a engendrar al anticristo.
—¡No me he enamorado de ella!
—¡¡¡Por todos los demonios del jodido Infierno, Belial!!! ¡¿De verdad te crees cuando hablas?! ¡Os vi ayer! ¡Llevo viéndoos una semana, pero lo de ayer fue la gota que colmó el vaso!
—No tienes ni idea —escupo—. He estado enamorado, sé perfectamente lo que se siente y esto no tiene nada que ver. Ahora, haz el favor de devolverme las llaves del coche. Te he visto sentarte encima de ellas.
—Si lo que dices es cierto, vuelve a ser como antes con la vecina
—se emperra—. Vuelve a insinuarle tonterías y a mirarla como si
solo estuvieras pensando en tener sexo con ella.
—¡Pero ¿de qué coño vas?! ¡¿Me dice que su jefe la acosa y pretendes que le ofrezca mi polla?! ¡Estás enfermo!
—¡Sin duda, es lo que harías en cualquier otra circunstancia, con cualquier otra persona! ¡Mi gran problema es que te importa y que cuando las cosas te importan pierdes completamente el norte! ¡Más que de costumbre!
Aprieto los puños e intento relajarme para que me crea cuando le digo:
—No me importa.
—Te he escuchado mentir durante más de seis mil años y jamás se te ha dado tan mal.
—¡Me siento culpable, ¿vale?! ¡¿Eso es lo que quieres que te diga?!
¡Pues ya lo tienes! ¡Me siento mal gracias a tu discurso de la otra noche y, como no haga algo y consiga sentirme mejor, te juro que le prenderé fuego a la ciudad y nos lanzaré a los dos a las llamas para que acabe esta mierda de una vez!
Mammon medita sobre mis palabras durante un momento. Al final, aunque se aparta de las llaves del coche, dice:
—La culpa no funciona así, Belial. No la sientes cuando algo te resbala, ni te quita el sueño cuando ese algo apenas te importa.
Tampoco provoca que pierdas de vista tu objetivo, por muy errado que fuera. No insinúo que no te reconcoma, estoy seguro de que lo hace —acepta con pesar—. Y, de todos modos, hay mucho más que culpa detrás de tu comportamiento. Lo que quieres hacer, matar a ese hombre, no conseguirá que ella te perdone por haberla
utilizado. Como mucho, y lo dudo, solucionará parte del problema que tiene. Me refiero a que será más feliz de manera temporal, que es el objetivo que realmente buscas.
—¿Y qué?
—Que seguirás sintiéndote culpable. Al menos, hasta que seas sincero.
—¿Estás tratando de decirme que se lo cuente todo?
Niega con la cabeza.
—Jamás te daría un consejo tan estúpido. Lo que estoy tratando de decirte es que sería eso, y no matar a nadie, lo que conseguiría que tú tuvieras posibilidades de ser feliz.
—Ya veremos.
Permito que el gato vuelva a subírseme al hombro y me acompañe. En el peor de los casos, con la forma que tiene no conseguirá evitar que haga lo que me apetezca. Además, lo conozco: por mucho que haya amenazado con denunciarme, nunca lo haría.
Vamos hasta el garaje y nos subimos en el Aston Martin. Mientras introduzco en el navegador la dirección que me ha dado Asmodeo, Mammon se hace un ovillo en el asiento del copiloto. Rezonga un poco cuando enciendo el váper (no soporta el humo), pero prefiere enfocar sus quejas en el homicidio.
—Si lo haces, sabes de sobra que acabarás en el Infierno. Darán igual tus motivos. Y no deberías volver ahí.
—¿Porque Luci estará cabreadísima conmigo?
—No, Belial, porque eres mejor que eso. —Se me han debido de pegar algunas de las reacciones de Milena porque suelto un
resoplido de los suyos—. Además, si la vecina descubre que has asesinado a su jefe, dudo que te perdone.
—¿No decías que no me iba a perdonar por todo lo demás? ¿Qué más da, entonces?
—Que te destrozará, como ya te destrozó lo de…
—No se parece a lo de Eva —lo corto.
—¿Y si la incrimina la policía? A la vecina. ¡Mira a la carretera!
Hago lo que me dice, pero sigo dándole vueltas a la posibilidad que acaba de plantearme.
—¿Por qué iba a acusar la policía a Milena?
—Si averiguan el tipo de actitud que tenía su jefe con ella, no sería raro que la consideraran sospechosa.
—Seguro que el cabrón le ha hecho lo mismo a otras personas.
Además, no tienen por qué encontrar pruebas de que se ha comportado como un cerdo.
—Quizá. ¿Quieres arriesgarte?
Aprieto los dedos sobre el volante y el pie sobre el acelerador.
Cuarenta minutos después, aparco en una zona residencial. Lo único que hay de similar en las casas de alrededor es la cantidad de dinero que han costado, ya que cada una está construida en función a los delirios de grandeza particulares de sus dueños. La del jefe de Milena, por ejemplo, tiene toda la planta superior de cristal, tres chimeneas y un muro alto alrededor de la enorme parcela.
—¿Cómo piensas saltarlo?
—Le pediré al Cielo que me adelante las alas. Quita de ahí si no quieres que te atropelle.
—¿Qué vas a…? Oh. Bueno.
Lo que he hecho: mover el coche hasta aparcarlo encima de la acera, trepar hasta el techo y, de ahí, saltar y engancharme en lo alto del muro. Aunque me pilla un poco lejos, lo consigo. Mammon aprovecha que estoy colgado para subirse hasta mi cabeza y llegar al muro desde ahí. Nos separan varios metros del suelo, pero la distancia no es mortal, así que cojo al gato en brazos y me dejo caer con él.
—¿Cómo piensas volver? —me pregunta cuando empiezo a caminar por el jardín.
—Improvisando.
—Ah, menos mal. Eso siempre sale bien.
Localizo la puerta del garaje y me asomo por el ventanuco. No hay ningún coche, así que supongo que todavía no ha regresado.
Son las ocho menos veinte, debe de estar al caer. Apoyo la espalda contra la pared de piedra y espero. Me gustaría añadir «en silencio», sin embargo, el demonio más moralista de la creación me acompaña, así que no tengo tanta suerte.
—No lo mates.
—Eres exasperante.
—Vale. Pero no lo mates.
—De acuerdo, solo le haré unos cuantos agujeros y me llevaré en el bolsillo sus cojo…
—No puedes —me interrumpe.
—Y dale.
—Porque hay alguien más en la casa. —Miro hacia mi hombro
derecho, sobre el que el gato está tumbado. Es difícil averiguar si miente o no con esa cara tan llena de pelo. Debe de percibir mi sospecha, ya que añade—: Es una mujer, la oigo. Y ella lo oirá a él cuando se ponga a gritar.
—Me da igual.
—Llamará a la policía y acabarás en la cárcel por apuñalamiento voluntario o como sea que se diga. Al Cielo no le va a gustar y, como sé que eso no te importa ni en lo más mínimo, añadiré que a la vecina tampoco.
No me da tiempo a contestarle porque se abren las puertas de la entrada y del garaje, y aparece el coche del jefe de Milena. Es un Mercedes plateado, por supuesto. Este tío se esfuerza en ser patético a todos los niveles. Me escondo detrás del muro y espero a que apague el motor. Cuando lo hace, entro en el garaje agachado, sin hacer ruido, y lo abordo por la espalda en cuanto sale del coche.
Con una mano lo sujeto del pelo para alzarle la cabeza, mientras que con la otra le apunto al cuello con la navaja.
—Si abres la boca, te corto el cuello.
Mammon me clava las uñas en el hombro, tenso. Debe de estar preguntándose si sus argumentos han servido de algo, si no tendría que haber insistido más. Si tuviera tiempo, le diría que habría dado lo mismo lo pesado que se pusiera. Que estoy tomando la decisión ahora y no estoy teniendo en cuenta dónde acabaré, suceda lo que suceda, ni, por supuesto, si me corresponde a mí ajusticiar a este cabrón.
Pienso en ella. En el cuaderno en el que garabatea todo lo que
hago mal y, de vez en cuando, lo que hago bien. En la noche en la que amenazó a esos dos tipos que me pegaban con mentirle a la policía. En sus «noes» y en ese «jo» aislado que me muero por volver a escuchar. En su sonrisa escondida.
Si lo mato, si a Milena le salpica o lo averigua, dudo que se anime a esbozarla delante de mí.
Es eso lo que consigue que me decida. Un gesto que falta, que no sé si conseguiré y que me obsesiona.
—He venido a ofrecerte un trato —le siseo al oído—. Me encantan los tratos, ¿sabes? En el que te planteo, tienes dos opciones. La primera es que te clave la navaja en el estómago para que te desangres. Es un proceso largo, créeme, lo he visto varias veces. Mi plan es observarte morir con una gran sonrisa, pero, yo qué sé, tal vez me aburra y decida cortarte alguna cosa mientras esperamos a que mueras. Asiente si entiendes lo que te digo. —Lo hace—. Muy bien, eres un tío muy listo. La segunda opción es que le ofrezcas a todos tus empleados pactar un despido. A todos y cada uno de ellos, ¿comprendes? —Hace otro gesto afirmativo. Ha empezado a sudar a mares—. Si para el viernes por la tarde no lo has hecho, volveré para poner en práctica la primera opción.
Espera… Igual crees que estarás a salvo una vez que me vaya. Quizá tengas cámaras de seguridad y pienses que la policía podrá salvarte si me detiene antes de que cumpla mi promesa. ¿Es lo que piensas?
Venga, no seas tímido. —Su cabeza vuelve a moverse de arriba abajo
—. En ese caso, debería decirte quién soy y de dónde vengo.
Mammon, ¿me echas una pata con esto?
El gato, al que debe de haberle complacido mi forma de actuar, o sencillamente ha decidido salvarme el culo otra vez, salta hacia el suelo y se coloca delante del tipo al que sigo sujetando. Lo observa con sus ojos amarillos y dice:
—Sabemos quién eres y dónde vas a acabar. —Le tapo la boca al hombre cuando empieza a gritar «¡¿Qué coño?!»—. Venimos de allí.
Ya te adelanto que el Infierno no va a gustarte, mucho menos la planta que te corresponde, pero tu eternidad será considerablemente más agradable si no cabreas al demonio que tienes justo detrás.
Acto seguido, agrava la voz todo lo que puede y empieza a hablar en arameo. ¿Recuerdas que mencioné que conocíamos todos los idiomas? Gracias a eso, sé que le está explicando su receta favorita de quiche lorraine. El jefe de Milena, que no debe dominar el arameo, es probable que piense que está poseído o maldiciéndolo, así que acepta el trato.
—De acuerdo —suplica, al borde del llanto—. Haré lo que me pidáis. Despediré a todo el mundo.
—No, pactarás esos despidos. Los indemnizarás si los aceptan y, si no lo hacen, los mantendrás en la plantilla —especifico.
—Lo que queráis, sí.
—Si descubro que me mientes, antes de pasarlo muy pero que muy mal cuando acabes en el Infierno, tu alma me pertenecerá.
—Vale, sí, lo que queráis —balbucea otra vez—. Por favor…
—Sin alma, entrarás en un coma…
A partir de ahí, empiezo a inventármelo todo. No podemos
conseguir vuestras almas, ¿te lo había comentado ya? Al menos, no sin hacer un montón de papeleo. Pero él no lo sabe y reconozco que me lo paso estupendamente metiéndole miedo.
Al acabar, cuando estoy seguro de que se ha meado encima, me aparto del hombre poco a poco y dejo que me vea. Es una lástima que sea con este aspecto y no con uno de los habituales, pero algo en mí consigue intimidarlo todavía más.
Por despecho, y porque puedo, le rajo un lateral del coche con la navaja y le pincho dos ruedas. Como muestra de buena voluntad, el desgraciado nos abre la puerta que da a la calle con el mando a distancia para que podamos marcharnos.
Después de quince minutos conduciendo en silencio de vuelta a casa, le digo a Mammon:
—Gracias por lo de antes. Sé que no te dejan hablar delante de los humanos, pero…
—Da igual.
No me da la impresión de que esté enfadado. Si acaso, justo lo contrario.
—Les diré en el juicio que fue por mi culpa.
—No ha sido por tu culpa —contradice—. Ha sido para ayudar a un amigo. Si no lo entienden, que los jodan.
OceanofPDF.com