Hellfriend
Artículo 31. Cuando en el infierno hay un lugar especial para ti
ARTÍCULO 31
CUANDO EN EL INFIERNO HAY UN
LUGAR ESPECIAL PARA TI
18 de agosto, 17.29
Bel
¿Recuerdas cuando te dije que la gente con la que me acuesto suele darme las gracias después? Bien, pues la chica con la que estoy tumbado en la cama dudo que lo haga. De hecho, lo más probable es que en cuanto salga por la puerta borre mi número y le mande un audio de diez minutos a sus amigas para quejarse de lo patética que ha sido la experiencia que acaba de tener.
Dos horas y no he conseguido empalmarme. Te lo repito, por si acaso: dos jodidas horas.
—¿Estoy haciendo algo mal?
Me incorporo sobre los codos para mirarla. He hecho cosas horribles a lo largo de mi existencia, pero ni siquiera yo soy tan cabrón como para echarle la culpa de esto a ella.
—No, no —le aseguro, enfatizando la negativa con varios movimientos de cabeza—. Es cosa mía. Estoy… —«distraído» y
«cabreado» y «preocupado»—. No he dormido bien. Lo siento.
¿Podemos dejarlo para otro día?
—¡Claro! Si yo ya me he corrido antes, pero me sabe mal que tú…
—No te preocupes. De verdad. ¿Te importa si me doy una ducha?
—Adelante. El baño está nada más salir, justo a la izquierda.
Le doy las gracias, recojo la ropa que está tirada por su habitación y voy hacia allí. Una vez que el agua empieza a caerme por la espalda, apoyo la frente en los azulejos y aprieto la mandíbula para no ponerme a gritar.
¿Quieres saber lo que ha pasado? El resumen vendría a ser: Milena. Lo primero ha sido que he decidido comparar a la chica con la que estaba con la chica con la que no debo estar. Desde lo obvio (el físico) hasta lo ridículo (la manera de pronunciar mi nombre). Cualquier cosa, por muy estúpida que fuera, provocaba que mi cerebro bisbiseara: «Pues Milena…». Desesperante. Luego, cuando ya no sabía con qué más compararlas, me ha dado por imaginar que la persona a la que estaba desnudando no era la persona a la que estaba desnudando. ¿Sabéis lo mal que está eso?
Pero mal nivel: Asmodeo tiene un lugar especial en su planta (la de la Lujuria, por las dudas) en la que se dedica a burlarse de la gente que lo ha hecho alguna vez.
Y después de provocarle un orgasmo mediocre, me ha dado por sentirme culpable. Por todo. Me he sentido culpable por mentirle a Milena, me he sentido culpable por utilizar a esta otra mujer para
no pensar en Milena, me he sentido culpable por haber dejado sola en casa a Milena… Milena, Milena, Milena. ¡Hasta me he sentido culpable por haberle rapado el pelo a Mammon! ¡Pero ¿qué…?!
Es lo malo de este sentimiento de mierda: abres un resquicio de la puerta tras la que lo guardas, da un empujón y entra en tromba. Y
ya todo está impregnado con él. ¿Cómo se quita? No es una pregunta retórica, en serio. Cómo.
Agacho la cabeza y me examino la polla. Lo hago con frecuencia, lo reconozco, solo que esta vez la mirada que le dedico no está llena de orgullo, sino de rencor.
—¿Qué haces, tía? —Sí, estoy hablando con ella. Esto también lo hago con frecuencia—. Céntrate. Tienes muchísimo donde elegir.
Si pudiera hablar, seguro que me diría: «No, si yo ya he elegido.
Así que date prisa y consigue lo que nos apetece a los dos».
¿Funcionaría si me acostara con Milena? Por el respingo que da cuando se me cuelan un par de imágenes en el cerebro, intuyo que sí. Ahora bien, ¿seguiría sintiendo culpa? Quizá la culpa sea la manera que tiene mi…, mi lo que sea, de insinuar que debería intentarlo. Sé que no tiene mucho sentido, pero me cuesta menos asumir esa idea. Me refiero a que soy capaz de soportar el querer acostarme con ella hasta el punto de no tener ganas de hacerlo con otra gente. Es normal: vivimos juntos, me llama la atención físicamente y… Ya está, con eso me vale. No significa nada más.
Pero no puedo acostarme con ella.
«Si utilizas un condón…».
Hay un pequeño porcentaje de posibilidades de que me cargue a
la humanidad.
«Si utilizas dos condones…».
Y de que ella no vuelva a hablarme nunca más y me abra la cabeza con un crucifijo.
«Jo».
Todavía no he escuchado otro «jo» de Milena.
Termino de enjabonarme y salgo de la ducha, todavía más frustrado que cuando he entrado.
Me agacho para ponerme los pantalones (sin calzoncillos) y saco el móvil del bolsillo. Leo varias veces el mensaje que me ha mandado, me doy cuenta por mi reflejo en el espejo del baño de que he puesto cara de gilipollas y vuelvo a tener ganas de gritar.
Contesto: «OK».
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