Hellfriend
Artículo 45. Cuando intentas expulsar al maligno al ritmo de Gloria Gaynor
ARTÍCULO 45
CUANDO INTENTAS EXPULSAR AL
MALIGNO AL RITMO DE GLORIA
GAYNOR
3 de septiembre, 16.07
Milena
La canción suena por duodécima vez y Lina, con el móvil en la mano y la boca pegada a la puerta de la calle, empieza a leer a grito pelado la letra de I will survive, de Gloria Gaynor:
— Weren’t you the one who tried to hurt me with goodbye? Did you think I’d crumble? Did you think I’d lay down and die? Oh, no, not I, I will survive!
Lleva sucediendo lo mismo los últimos cuatro días.
Después de que el demonio me confesara sus mentiras, volví a casa, destrocé un montón de cosas motivada por la rabia y cogí una tarrina de helado sin gluten del congelador. Así me encontró Lina, una hora más tarde. Atacando el postre con un cuchillo (descubrí
que era terapéutico y que a mi compañera se le había olvidado otra vez lavar los platos), rodeada de cruces tiradas por el suelo, figuras rotas de ángeles, páginas arrancadas de libros religiosos y fragmentos de estampitas de santos.
Contarle lo que había pasado sin revelarle que ese demonio infecto es, efectivamente, un demonio infecto no resultó tarea fácil.
De todos modos, Lina pilló al vuelo lo importante: que había intentado ligar conmigo para conseguir que lo ayudara y que me había mentido varias veces. No necesitó más que eso para coger la única figura angelical que había sobrevivido (la de Gabriel, porque es metálica), subir al sexto y lanzársela al estómago a Belial. Le dedicó todos los insultos que existen en nuestro idioma (y alguno que se inventó) durante cinco minutos enteros. Tras quedarse a gusto, volvió conmigo y dijo: «Estamos enfadadísimas con ese gilipollas».
La cosa podría haber quedado ahí, aderezada con algún encuentro incómodo en el rellano o en el ascensor, si no fuera porque el demonio ha decidido convertirse en mi guardaespaldas.
Me persigue cada vez que salgo de casa, da igual que me dirija a hacer la compra o a tirar la basura, y se mantiene en silencio a cinco metros de distancia.
Agradezco esto último: como hubiera insistido en que lo perdonara, no habría respondido de mis actos y hubiera cometido algún tipo de ilegalidad. Por ejemplo, darle un puñetazo. Que se calle me permite seguir regodeándome en lo muchísimo que lo odio.
Solo me dijo una cosa: «Déjame estar aquí. Por favor». Accedí porque quiero comprobar cuánto tarda en cansarse. Para añadirlo a mi lista de cosas que aborrezco de él, por supuesto.
No se ha limitado a velar por mí, o lo que sea que esté haciendo, únicamente cuando salgo de casa. Mientras permanezco en ella, se queda en el descansillo del quinto, apoyado contra la pared. Lleva ahí desde el jueves. En los pocos momentos en los que se va (durante periodos muy breves), lo sustituye el gato. No, «gato» no.
Mammon.
Lo que nos lleva al motivo por el cual Lina está vociferando de manera arrítmica la letra de I will survive.
Al principio, mi mejor amiga trató de echarlo. En vista de que no daba resultado, decidió torturarlo de manera acústica. «Quizá la letra se le meta en esa cabeza tan dura y pille que tiene que dejarte en paz. O quizá lo pillaría mejor si se lo dijeras tú. ¿Por qué no lo haces, Mile?».
Mientras Gloria Gaynor sigue cantando que está mejor sola, Lina se sienta a mi lado en el sofá y se acerca a mi oído para que la escuche decir por encima de la música:
—Si te soy sincera, DJ Culpitas empieza a darme un poco de pena. ¿Te has fijado en él? Ya no parece sacado de un anuncio de colonia, sino del basurero. Huele mal.
—Sube a ducharse todos los días —contesto a la defensiva.
—Vale, no huele mal. Pero su patetismo apesta, tía. ¿Vamos a perdonarlo alguna vez?
—No hace falta que hables en plural, Lina. Tú puedes perdonarlo
cuando quieras.
Niega con tanta efusividad que el moño azul se le deshace.
—Ni de coña. Estamos juntas en esto.
Su implicación me conmueve y me inclino hasta que nuestros hombros se rozan. No es un abrazo, pero ella sonríe y sé que se lo toma como si lo fuera.
Algo más tarde, pongo una excusa no demasiado bien elaborada (que Lina tiene la bondad de aceptar) y me encierro en mi cuarto.
Al final, ha resultado que el paracaídas no funcionaba y he acabado dándome de bruces contra el suelo. Le he dado cientos de vueltas a todas las cosas que me ha dicho y a las que ha hecho por mí a lo largo de estos meses, preguntándome cuántas de ellas, si es que había alguna, eran reales. ¿Cómo se puede ser tan cruel como para fingir interés por alguien, por mucha ayuda que necesites?
¿Cómo se puede ser tan egoísta como para poner en peligro el mundo entero, por muy cansado que estés de tu existencia?
Saco el cuaderno, el mismo que utilizaba para anotar detalles de su comportamiento, y voy a la página donde está la lista que he hecho durante estos días. En ella, he enumerado todo lo que me molesta de él. Los primeros puntos los escribí motivada por la rabia; el último, por otra cosa.
66. Que diga que está enamorado de mí después de romperme el corazón.
Lo cierro de golpe cuando Lina llama con suavidad.
—Mile —dice, asomando la cabeza—, tengo turno en el trabajo.
¿Estarás bien? Volveré a las once.
—Sí, no te preocupes.
Le miento, se preocupa y se marcha después de darme un beso en la mejilla. Escucho su voz amortiguada en el descansillo, intuyo que porque está diciéndole algo a Belial. Al principio no me importa. Ni que él siga ahí, ni que se obceque en su silencio. Al cabo del rato, media hora o tal vez más, estallo.
Funciono así desde el jueves. Hay periodos brevísimos en los que me mantengo aletargada, sin embargo, la mayoría del tiempo mi ánimo se divide entre momentos de furia y momentos de tristeza.
En tener ganas de gritar o en tener ganas de hacerme un ovillo en la cama.
Estoy cansada de intentar analizar mi comportamiento y de pedirme, sin ningún éxito, ser razonable. Así que fluyo, algo que no he hecho en la vida. Por este motivo, me dirijo hacia la puerta de mi casa a grandes zancadas, la abro de golpe y lo fulmino con la mirada.
Sigue en el mismo sitio que esta mañana. Y que ayer. Y que anteayer. Sentado en el suelo, con las piernas extendidas, la espalda apoyada contra la pared y la mirada perdida.
—¿No te cansas? —pregunto con frialdad.
Ha alzado la cabeza para mirarme. Sus ojos están tan vacíos que tengo ganas de… Lo que sea, no lo soporto. No es justo que parezca triste, no es justo que me haga sentir mal, no es justo que no me lo pueda sacar de la cabeza. No es justo que exista.
Daba por hecho que no iba a hablar, así ha sido hasta ahora. Por
eso contengo el aliento (y me fustigo mentalmente por ello) cuando abre la boca y murmura:
—¿Quieres que me vaya?
—Si quisiera, ¿te irías?
—Sí, pero le pediría a Mammon que ocupara mi lugar.
Dice la verdad. Ojalá hubiera averiguado antes cuándo mentía, ojalá hubiera sabido hacer las preguntas correctas. Ojalá, ojalá, ojalá.
—¿Hasta cuándo planeas hacer lo que sea que estés haciendo?
—Hasta el 31 de octubre. —Resoplo, incrédula. Añade—: Llevo existiendo más de seis mil años, Milena. Dos meses no son nada.
En dos meses, este demonio ha conseguido destrozar mi paciencia, mi monotonía y mi corazón. Dos meses pueden serlo todo.
—Lo siento —susurra, apagado.
No me doy cuenta de por qué se disculpa hasta que noto una lágrima rodando por mi mejilla. La seco frotándola con rabia.
—Me cuesta confiar en la gente. Por lo general, las personas no me gustan, ni yo les gusto. Hay muy pocas a las que aprecie y quiera tener cerca. Y llegaste tú, emperrado en hacerte un hueco entre ellas a base de mentiras. Ahora, crees que por quedarte ahí sentado con ese aire lánguido se va a solucionar el problema. Que por disculparte se va a cerrar el agujero que hiciste. —Me clavo las uñas en las palmas de lo apretados que están mis puños—. Sentirlo no sirve de nada. No arregla nada. Deja de repetirlo.
—Lo sé. —La voz le sale a tirones. Carraspea y lo vuelve a
intentar—: Pero ¿cuál es la alternativa? ¿Qué es lo correcto?
¿Dejarte en paz? Ya te lo he dicho: si me lo pides, lo haré. Si esa no es la solución, y tampoco lo es disculparse, ¿me excuso? ¿Te digo cómo me siento yo para ver si, con suerte, te compadeces? ¿O
prefieres un estúpido gesto romántico para que se te olvide lo que he hecho? Porque lo he hecho, Milena. —De pronto, parece furioso.
No conmigo, con él—. La he cagado y tenemos que asumirlo los dos.
—Yo no tengo que asumir nada —escupo con desprecio.
—De acuerdo, pues tengo que asumirlo yo. Solo quiero que sepas que sigo estando enamorado de ti, aunque pienses que no puedo estarlo o que no sé cómo se hace. Sé lo que se siente, lo que duele y el puto miedo que da. Estoy acojonado, Milena. Así que voy a permanecer aquí, hasta que me lo impidas o hasta que se me acabe el tiempo. Y cuando me vaya, adondequiera que sea, seguiré estando enamorado de ti. Te guste o no. Me hayas perdonado o sigas odiándome.
Me arden la garganta y los ojos. Como no quiero que me vea llorar, cierro la puerta y me tumbo en el sofá mirando hacia ella.
Preguntándome si es verdad que se arrepiente, si lo que ha pasado le duele al menos la mitad de lo que me duele a mí.
Al cabo del rato, ni sé cuánto ni me importa, vuelvo a abrir y le digo:
—Márchate. —Toda su cara se contrae por el daño. Especifico—: Esta noche. Vuelve mañana, si es lo que quieres.
Se limita a asentir sin pronunciar palabra. A los pocos minutos,
baja Mammon, que entra en mi casa después de que le haga un gesto con el brazo. Se acomoda en el sofá y espera a que yo sea la primera en hablar.
—Lo odio.
—Mentir se te da todavía peor que a él —responde con sencillez
—. ¿Para qué me has llamado?
—No lo sé. Ojalá solo fueras un gato.
—Quejarse o arrepentirse por las cosas que no se pueden cambiar es vuestra característica más estúpida, y mira que tenéis entre las que escoger. Las cosas son como son, te guste o no. Yo soy un demonio, él también. Él se ha enamorado, tú también.
—Yo no me he enamorado de nadie.
Mammon me observa con los ojos amarillos cargados de hastío.
—Lo que tú digas.
—Tendría que haber sido sincero desde el principio.
—Claro que sí —se burla—. Tendría que haber sido maravilloso, porque todo el mundo sabe que en el Infierno acaba lo mejor de lo mejor. Es más, caímos porque nos tropezamos al intentar ayudar a alguien. —Le dedico una mirada de enfado y suspira. Ver a un gato suspirar es incluso más inquietante que verlo hablar—. Vecina, no le des más vueltas. Lo ha hecho mal, aunque no peor. Ya está.
—¿Aunque no peor? —repito—. Desarróllalo.
Asumo que va a negarse. Sin embargo, pregunta:
—¿Tienes pollo frío? Perfecto. Prepárame un plato.
No sé por qué le sigo la corriente, supongo que porque no tengo otra cosa mejor que hacer (además de tumbarme en la cama o
escribir listas que no sirven para nada).
Una vez que da cuenta de la comida y se relame hasta en tres ocasiones (sospecho que la última es solo para molestarme), empieza:
—Su plan era bueno. Daba por hecho que tú no querías tener sexo con él, así que le servía para proteger el mundo de manera temporal. Si no hubiera sido el tipo de demonio que es, incluso lo habría aplaudido por la salida.
Me cruzo de brazos, contrariada.
—¿Qué tipo de demonio es?
—Uno muy caótico al que no le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Y al que le encanta hacer justo lo que no debe. Me preocupaba que quisiera acostarse contigo. No, sabía que quería acostarse contigo. Lo que me preocupaba es que, a pesar de todo, lo hiciera. Por eso me cabreé con él. Uy. Espera un…
Empieza a emitir unos ruidos muy desagradables y a tener espasmos. Arquea la espalda y miro en todas direcciones, preocupada. ¿Es alguno de los crucifijos? No, los tiré, junto a lo demás. ¿Es el Apocalipsis?
—¡¿Qué te pasa?!
De repente, vomita el pollo a medio digerir seguido de una enorme bola de pelo. Observa su obra, me observa a mí y comenta:
—Vaya.
—Qué asquerosidad.
—Estoy de acuerdo. A veces pasa.
Lo limpio como puedo y, aunque vuelvo a sentarme en el sofá,
procuro colocarme lo más lejos posible de él.
—Como iba diciendo antes de que me interrumpiera a mí mismo: me preocupaba que Belial hiciera lo que hace siempre. Me preocupé todavía más cuando descubrí lo que sentía por ti. Incluso utilizando métodos anticonceptivos, como seguro que sopesó, había posibilidades de que saliera mal y te quedaras embarazada.
Estoy a punto de hacer un inciso sobre esto último. No obstante, me lo guardo y dejo que continúe:
—No le creí ninguna de las veces que me dijo que era perfectamente capaz de controlarse. He vivido dos semanas con vosotros, sabía lo que estaba pasando. Pero no fue él el que lo intentó, sino tú. Ahí pensé que ya estaba, que no había nada que hacer. Sin embargo, en lugar de actuar como deduje que actuaría, de ser egoísta como siempre ha sido, se fue.
—Efectivamente —le doy la razón, furiosa—. Se fue en lugar de explicarme lo que estaba pasando.
El demonio da varias vueltas sobre sí mismo antes de tumbarse.
—No he dicho que fuera bueno, sino que podría haber sido peor.
No esperaba que tuviera lo que hay que tener para detenerse y marcharse.
—Pero lo hizo mal.
—Que sí, vecina, que lo hizo mal. Eso lo sabes tú, lo sabe él y lo sé yo. Lo saben todos los que han tenido la desgracia de cruzarse con Belial alguna vez. La cuestión no es esa.
—¿Y cuál es?
—Es el motivo por el que estás hablando conmigo. No es para
que te repita lo que ya te habrá dicho él, ni para que me comentes lo mucho que lo odias. Es por si tienes suerte y encuentras una excusa para perdonarlo. No la hay. Lo ha hecho, os ha dolido a ambos y aquí estamos. Dando vueltas, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—No busco una excusa para perdonarlo, demonio.
—Es que el perdón no necesita excusas. Se concede porque se siente y se retira cuando se desea. Un consejo de alguien que ha tenido que aguantar sus cagadas a lo largo de milenios: si te duele más estar así con él que su error, es porque en el fondo quieres aceptar sus disculpas.
Guardo silencio durante varios minutos. Lo que sugiere, aunque carece de todo análisis, es pragmático.
—No eres tan malo.
—Él tampoco.
—Es peor que tú —contesto, convencida.
—Bueno, no soy yo el que está haciendo guardia día y noche dispuesto a enfrentarse al Infierno, por si le da por venir a por ti.
Pero, eh, gracias. ¿Puedo irme ya?
—Espera —lo detengo, sorprendida—. ¿Qué acabas de sugerir?
Belial está haciendo esto para que lo perdone.
—A partir de su experiencia enamorándose de quién no debe, dudo que piense que vas a perdonarlo alguna vez. Lo que sí piensa es que quizá estés en peligro, así que se pone en peligro él porque es lo que hacen los estúpidos. Y los que están enamorados. Sobre todo, los estúpidos que están enamorados.
—¿Estoy en peligro? ¿Y Lina? ¿Deberíamos irnos?
—No creo que lo estés, no. Ni mucho menos tu compañera de piso. De cualquier manera, aquí estáis bien. La paloma esa que no deja de vigilarte es el arcángel Gabriel.
Abro mucho los ojos al caer en la cuenta de…
—¿He intentado espantar a un arcángel con un cuaderno?
—Exacto. Fue épico. ¿Algo más?
—Sí. ¿Por qué estás tan seguro de que Belial está enamorado de mí?
Sin motivo aparente o, al menos, sin un motivo que yo considere lógico, el gato estalla en carcajadas. Es incluso más desagradable que su vómito.
—Porque lo sé. —Arqueo una ceja y añade—: No todo en la vida puede comprobarse, vecina. Hay cosas que requieren fe. ¿Le digo a Belial que baje o me quedo yo montando guardia? Te advierto que se pone insoportable cuando no lo hace él, y luego soy yo el que tiene que aguantarlo.
—Dile que vuelva.
Decido esperarlo con la puerta abierta, así que compruebo de primera mano su sorpresa al ver que he dejado un cojín en el suelo del descansillo. Se queda parado a varios metros de mí, sin abrir la boca. Noto mucho menos vacío al fondo de los ojos negros, en los que empieza a titilar la esperanza.
Soy yo la que habla. A pesar de que mi voz no transmite precisamente calidez, es un par de grados menos fría que antes.
—Si me lo hubieras contado desde el principio, te habría dicho
que no iba a engendrar a ningún anticristo, lo desearas o no. Tomo la píldora.
Su comisura izquierda, esa que siempre es la primera en alzarse, titubea.
—Si te lo hubiera contado desde el principio —responde, tentativo—, no habrías accedido a ayudarme con el juicio.
—Nunca pretendí ayudarte a permanecer en la Tierra.
—Lo sé.
—Ni lo haré jamás.
—También lo sé.
—Y me quedo el coche.
—Es tuyo.
—Bien.
Estoy cerrando cuando escucho:
—Gracias.
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