Hellfriend
Artículo 46. Cuando las flores son insuficientes, y las clases de piano, demasiado caras
ARTÍCULO 46
CUANDO LAS FLORES SON
INSUFICIENTES, Y LAS CLASES DE
PIANO, DEMASIADO CARAS
9 de septiembre, 21.35
Bel
—Esto es ridículo.
Después de cerrar la puerta de su casa, Lina se agacha a mi lado.
Tiene pinta de estar desesperada. En condiciones normales, le preguntaría el motivo. Sin embargo, me preocupa que haga cualquiera de las cosas que lleva haciendo la última semana cada vez que me ve, entre las que se incluyen darme una patada y pegarme un chicle en el pelo.
Así que me callo, marco la página por la que iba en el libro y la observo.
—¿Cuánto tiempo pensáis seguir así?
Hace un gesto para abarcar lo que me rodea. Entiendo a qué se
refiere. Después del cojín del domingo, Milena me ha ido ofreciendo otras cosas. Ahora tengo una almohada, una manta por si refresca por la noche, varios libros, una botella de agua y un táper de espaguetis sin gluten a medio comer.
—Entre nosotros —confiesa Lina, bajando la voz—, yo ya te he perdonado. Lo negaré si se lo dices a Milena, te lo aviso. Da igual, el caso es que ¿no puedes hacer algo? Yo qué sé, tío, regálale flores, componle un poema. Lo que sea, pero solucionadlo de una vez.
—¿De verdad crees que ayudaría?
Tras meditarlo, hace un puchero.
—No. Mile tiene sus propios procesos. Son misteriosos y no tienen ningún sentido para nadie aparte de para ella, así que te deseo suerte. De todas formas, si te ha preparado la comida no debería tardar mucho. Ánimo, querubín tristón. Yo me voy a currar.
¡Chao!
Después de que Lina se marche, empiezo a darle vueltas a uno de mis anillos. Estoy nervioso. Por un lado, porque no he vuelto a saber nada de Belcebú, Lucifer ni Gabriel. A la paloma demacrada al menos la he visto revoloteando por la zona, aunque no me haya dirigido la palabra. Lo que me inquieta es Belcebuela. ¿Qué hace?
¿Dónde está? ¿Y si ha hablado con su adorada jefa para destruir la Tierra de alguna otra manera?
No quiero que se carguen el mundo, no solo porque me encante, sino porque dónde iba a vivir Milena si no. Lo otro que me tiene de los nervios es su actitud. ¿Ha mejorado? Sin duda: además de prepararme espaguetis, ha dejado de mirarme como si quisiera
sacarme los ojos cuando la acompaño por la calle. Ayer, por cierto, fue a una terraza para hablar con el chico de la fotografía, Enrique.
Para no incomodar a ninguno de los dos, me quedé en la acera de enfrente. Aunque no escuché lo que decían, dio igual: ella estaba feliz. Creo que incluso soltó una carcajada y tuve que repetirme varias veces que no debía acercarme corriendo para comprobarlo.
Enciendo el váper, espero a que se caliente y le doy una calada larga. Observo el humo que exhalo, preguntándome si Lina tendrá razón. Si debería hacer algo más.
Me he contenido porque ni siquiera contemplaba la posibilidad de que Milena me perdonara. ¿Lo deseaba? A gritos, joder. No obstante, ahora… Odio la esperanza. No tanto como la idea de
«merecer» (algo en lo que también he pensado mucho estos últimos días), pero no le queda muy lejos.
La esperanza te impide asumir la realidad y sanar. Derrite cualquier escudo que interpongas entre tu corazón y las consecuencias, dejándolo indefenso al daño. Es una cama elástica en la que saltas cada vez más alto, que te hace creer que eres capaz de volar. Hasta que se rompe y te estampas contra el suelo.
Así estoy ahora: en mitad de uno de los saltos, sin tener claro si puedo ascender un poco más o si toca fracturarme un par de huesos y acudir al hospital más cercano.
La cuestión es que me preocupa que la esperanza me haga dar un paso en falso. Insistirle a Milena, necesite un poco de tiempo o la eternidad entera, cuando no es lo que quiere. Por eso, no llamo a la puerta que tengo al lado y le repito lo que espero que ya sepa. Por
eso, no… Podría componerle alguna canción a piano. Necesitaría un piano y, claro, aprender a tocarlo. No debería de ser mucho más complicado que pinchar electrónica. Echo un vistazo al contenido de mi cuenta bancaria y suspiro. No creo que vendan ninguno por menos de trescientos euros.
Me entretengo pensando en otras cosas que podría hacer y que desde luego que no voy a hacer porque estoy tratando de respetar su enfado. En el libro que me dejó Lina, la protagonista le clavaba un puñal en el corazón al hombre del que estaba enamorada y luego se ponían a follar como locos en la nieve. Soy un demonio, pero hasta yo tengo claro que eso no solucionaría mi situación. ¿Un discurso bajo la lluvia? Está muy visto y, en cierto modo, ya lo he hecho. ¿Y si le pido que nos casemos? Por motivos obvios, no me gustan las iglesias, ni los matrimonios, ni…
La puerta se abre de golpe y ya no me sorprendo. Alzo la cabeza para mirar a Milena, esperando que me ofrezca alguna cosa (tal vez una tarrina de helado, como anoche). Tiene las manos vacías, colocadas sobre las caderas.
No es buena señal.
—Habla —exige.
Es una señal malísima.
Analizo su expresión en busca de pistas. Su ceño está fruncido y parece cansada. También molesta, aunque no conmigo, o no solo.
¿No se ha alisado el pelo por el enfado? ¿Porque sabe que me encanta cuando lo lleva así? ¿Porque…?
—Estoy esperando —me apremia.
—Sí, eh… Sí. ¿Qué quieres que…?
Resopla. Mierdamierdamierda.
Su gesto se relaja, extiende en el suelo la manta que me prestó y se sienta sobre ella, frente a mí. Lleva la ropa que suele usar para estar cómoda en su casa: unos pantalones finos, holgados, y una camiseta de algodón. No hay botones a la vista y me distraigo igualmente.
Decido soltarle lo primero que se me pasa por la cabeza:
—Preferiría ir al Cielo.
Me observa con curiosidad.
—Desarróllalo.
—Es donde vas a acabar tú.
Guarda silencio, espero que debido a que entiende lo que he querido decirle y no a que le da lo mismo.
—Milena, no tienes por qué perdonarme. No estoy aquí por eso.
Yo… —Me arranco el concepto de la lengua, asqueado—. Me lo merezco.
—¿Te arrepientes?
No hace falta que reflexione sobre ello, es lo que llevo haciendo los últimos días. Por eso, contesto de inmediato:
—En parte. —Antes de que me pida que me explique, algo que sé está a punto de hacer, continúo—: Me arrepiento porque te he hecho daño, aunque confieso que antes de conocerte de verdad no era algo que me quitara el sueño. Lo que no significa que lo buscara activamente, claro. La cuestión es que, si no le hubiera hecho esa promesa a Lucifer, no sé si habríamos llegado a este punto. No me
refiero a tu enfado, sino a nosotros. ¿Habría insistido tanto en que me representaras y en que pasáramos tiempo juntos? ¿Habrías querido estar a mi lado si hubiera sido sincero desde el principio?
No tengo respuestas a esas preguntas, y me las he formulado miles de veces en los últimos días.
Me detengo con miedo de que el exceso de sinceridad provoque que vuelva a irse o, peor, a llorar. En vista de que no sucede ninguna de las dos cosas, de que está incluso más tranquila que antes, sigo:
—La conclusión es que depende. Si el hecho de no haberle sugerido a Lucifer lo del anticristo hubiera supuesto no conocerte, no, Milena, no me arrepiento. Lo volvería a hacer.
Se toma su tiempo para contestar y mi corazón aprovecha para dar saltos, fuera de sí.
—Si tuvieras la certeza de que habríamos coincidido, de que hubiéramos conseguido conocernos de cualquier otra manera o con cualquier otra excusa, ¿me habrías mentido para que te defendiera en el juicio?
—¿Ahora mismo, sintiendo lo que siento? —Afirma—. No. No te habría mentido.
—En el caso de que vayas al Cielo, ¿podrías volver? Igual que ahora, aunque fuera con otro aspecto.
Me sorprende la pregunta.
—Acabe arriba o abajo, depende de si me lo permiten. —Sonrío apenas—. Teniendo en cuenta lo que suele pasar cuando me dejan venir… Lo dudo.
—En ese caso, tenemos cincuenta y dos días.
No comprendo a qué se refiere. En lugar de explicármelo, entra en su casa y la escucho abriendo y cerrando cajones. Cuando vuelve a salir, tiene una copa de vino blanco en la mano. Brinda con el espacio que nos separa, le da un trago y, ahora sí, lo entiendo todo.
—Ve a ducharte. Te espero dentro de quince minutos.
Me parece oír su risa cuando subo los escalones de dos en dos y se me caen las llaves al suelo por las prisas.
OceanofPDF.com