Hellfriend
Artículo 6. Cuando el maligno interfiere en tu rutina de los sábados
ARTÍCULO 6
CUANDO EL MALIGNO INTERFIERE
EN TU RUTINA DE LOS SÁBADOS
21 de julio, 13.02
Tengo una rutina los sábados. El despertador suena a las 9.00 y me levanto de la cama a las 9.05. Si Lina ha pasado la noche en casa, a esa hora suele seguir durmiendo, así que cierro la puerta de su habitación para no molestarla y empiezo a prepararme el café.
Tardo quince minutos en bebérmelo y quince más en estar lista para afrontar la llamada telefónica de rigor.
Cuando mi padre descuelga, la primera cosa que hace es saludarme en eslovaco porque le preocupa mucho que olvide el idioma de un país en el que nunca he vivido. Estoy convencida de que nos lo enseñó a mi hermano y a mí no por las aplicaciones prácticas, como recalca con orgullo, sino porque le gustaba poder seguir usándolo. Aunque mi madre haya intentado aprenderlo varias veces, ha sido incapaz, así que de cuando en cuando se queja porque no nos entiende. Asimismo, también se queja de que ni
Samuel ni yo tengamos ese acento cordobés del que ella está tan orgullosa.
La cuestión es que los sábados tengo una rutina que continúa hasta las siete de la tarde, momento en el que improviso y, si Lina no trabaja, me dejo llevar por los planes que me proponga.
Este sábado, sin embargo, tenía que ir a la oficina por la mañana para recoger unos papeles. El señor Roig necesitaba que buscara jurisprudencias para el lunes y se le ocurrió pedírmelo por teléfono ayer, justo cuando acababa de llegar a mi casa.
Así que he tenido que ponerme el traje y hablar con mi padre (en eslovaco) mientras viajaba en metro. Por cierto, cuando digo que
«he tenido que ponerme el traje» me refiero a que he sentido la obligación moral de hacerlo, no a que mi jefe me lo haya impuesto.
Sabía que la oficina estaría vacía, podría haber ido en chándal, incluso en pijama, pero me siento incómoda si no llevo la ropa habitual cuando estoy en el despacho.
Sea como fuere, para cuando terminé de coger lo que necesitaba y volví a mi piso, ya era más de mediodía. Estaba dándole vueltas a cómo me afectaría anímicamente durante el resto de la semana tener que aparcar mi rutina del sábado (posiblemente también la del domingo) cuando me encontré con una caja enorme al lado del zapatero.
—¿Es tuya? —le pregunté a Lina.
—Del vecino —murmuró, pendiente de la cámara de fotos que sostenía en las manos—. Han venido a traérsela poco después de que te fueras y, como no contestaba, nos la han dejado a nosotras.
Había pensado en subírsela para echarle un vistazo.
—Ya lo hago yo —me adelanté con más intensidad de la que pretendía. Para disimular, porque Lina empezó a mirarme con demasiada ilusión, añadí—: Tengo que comentarle algo, así aprovecho.
—Como prefieras.
He de confesar dos cosas: no tenía nada que decirle a Bel, tan solo quería comprobar si el gato y la gallina seguían vivos, y estuve a punto de abrir el paquete para ver si su interior me daba alguna pista de quién era o en qué andaba metido.
No quería descartar tan pronto otras opciones, pero la teoría de que fuera un demonio cobraba cada vez más fuerza. En especial cuando me fijé en un detalle en el que no había caído hasta entonces: nuestro portal es el número 66 y él vive en el sexto. Otra vez los tres seises, como en su espantoso cinturón.
Si al final no abrí el paquete (a nombre únicamente de «Bel», por cierto) fue porque es un delito y quería evitar saltarme la ley en la medida de lo posible. Solo faltaba que acabara yo en la cárcel.
Así que cogí la caja, que pesaba muy poco para lo grande que era, y subí al piso de arriba. Estaba a punto de llamar al timbre cuando oí voces dentro. Hurgar en la mensajería ajena es ilegal, pero pegar la oreja a la puerta de otros no, y fue justo lo que hice.
Distinguí a tres personas que como máximo serían dos: Bel, el tono de adulto hastiado que ponía cuando simulaba hablar por su gato, y… una anciana. ¿Era otra de las personalidades de mi vecino?
¿La voz que había decidido otorgarle a la gallina? Lo habría
considerado una posibilidad si no fuera porque, por muy bien que se le dieran las imitaciones, me resultaba imposible que fingiera ese tono cascado y quejumbroso de señora muy (pero que muy) mayor.
A través de la madera solo fui capaz de escuchar unas cuantas frases, pero fueron más que suficientes para que corroborara que estaba ante algo demoníaco.
—¿… por aquí, Belcebú? —Mamón.
—Lucifer ha ordenado que hagamos una lluvia de ideas. ¡Venga, venga! —La anciana.
Después de unos sonidos ininteligibles, Bel habló (con su propia voz, me refiero):
—¿Lo volvemos a intentar con el Apocalipsis?
—Imposible, no hay tiempo de buscar a todos los jinetes. Guerra y Hambre me han dicho que Muerte está desaparecido. Otra vez. —
La anciana.
—¿Sigue deprimido por lo mal que le fue con aquella mujer? —
Bel.
—La chica está en la puerta. —Mamón.
¡¿«La chica está en la puerta»?! Me aparté justo a tiempo para que mi vecino no me pillara arrodillada sobre su felpudo. Supongo que debía de tener cara de culpabilidad porque, cuando abrió y se fijó en mí, sonrió.
—¿Espiando otra vez conversaciones ajenas? —preguntó, cubriendo con su cuerpo el interior de la vivienda.
—¿Manteniendo otra vez conversaciones contigo mismo? —
repliqué antes de señalar con la cabeza la caja—. Han dejado este
paquete en mi casa, he venido a subírtelo.
Me tranquilizó escuchar un maullido, seguido de un cacareo, lo que significaba que ambos animales seguían vivos.
—Muy bien, ya me lo has dado. ¿Algo más?
«Sé que eres un demonio», «Conque “Bel” viene de “Belcebú”,
¿eh?», «¿Qué hay en la caja? ¿Sales de baño para futuros rituales satánicos?», «¿Por qué me da la impresión de que debajo de los vaqueros no llevas calzoncillos?».
Estuve a punto de decirle todo eso. Sin embargo, necesitaba pensar y advertir a Lina del problema al que nos enfrentábamos.
No era seguro para ella que lo retrasara más, así que me recoloqué el bolso sobre el hombro, las gafas sobre el puente de la nariz y me limité a mirarlo con desprecio antes de dar la vuelta para volver a casa.
Cuando abrí la puerta, le solté a mi compañera aquello de:
—Nuestro vecino es un demonio o, como mínimo, está poseído por uno.
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