Hellfriend

Myriam M. Lejardi · Capítulo 30 de 64

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Artículo 24. Cuando demuestras tu bondad por medio de la pasta sin gluten

ARTÍCULO 24

CUANDO DEMUESTRAS TU BONDAD

POR MEDIO DE LA PASTA SIN

GLUTEN

15 de agosto, 19.21

Bel

—¡¡¡Baja la música y para de una vez!!!

—¡¿Qué?! —Me llevo una mano a la oreja para hacerle entender que no escucho nada de lo que me está diciendo.

Mammon se sube a la mesa, le da un zarpazo al iPhone y lo saca de los altavoces a los que está conectado. La canción se interrumpe, el gato me mira con odio y yo me detengo de golpe.

—¡¿Se puede saber qué te pasa?! —vocifera—. ¡Llevas una hora dando vueltas por el salón, me estás poniendo de los nervios!

Voy hacia él para revisar el teléfono que tiene al lado. Hay ciento noventa y ocho notificaciones, ninguna de ellas de Milena.

—Estoy esperando a que venga la abogada —le comento,

distraído, mientras contesto a una de ellas («Qué va, Cian no está aquí. No tengo ni idea de dónde se ha metido»)—. Lo que me recuerda que se me había pasado avisarte de que se va a quedar en casa unos días.

—Dime que estás bromeando —me suplica.

—Estoy bromeando.

El demonio salta hacia el suelo y empieza a hacer la croqueta. Es un comportamiento curioso que supongo que responde a la frustración.

—Esta mañana vi tres maletas en tu cuarto e, iluso de mí, pensé:

«Belial se irá de vacaciones. Aunque es mala idea, tampoco será tan catastrófico». Pero, no, a Belial le gusta complicar las cosas todo lo posible, así que ha decidido convivir con la única persona que en este momento puede provocar el fin de la humanidad. Dime, al menos, que no vais a dormir en la misma cama.

—No vamos a dormir en la misma cama.

—¡Deja de mentirme! —Mammon vuelve a rodar—. ¡No me lo puedo creer! ¡Para una vez que intentas no destruir el mundo, vas a acabar consiguiéndolo por gilipollas!

—Nadie va a destruir nada, relájate. Aprovecharé este tiempo para ganármela y demostrarle que debo quedarme en la Tierra.

—¡Oh! ¿Y cómo planeas hacer eso? —pregunta, todo él desconfianza y piel rosa.

Me encojo de hombros.

—Le he comprado espaguetis sin gluten.

Me observa durante un minuto entero, sin parpadear, esperando

algo que no llega.

—¿Ya está? ¿Ese es tu plan?

—El resto saldrá sobre la marcha. —Recibo otro mensaje para avisarme de que esta noche hay una rave. Quizá a Milena le apetezca ir—. ¿Estás tenso porque no podrás hablar cuando ella esté delante?

Ya le dije lo que eras, no tienes que cortarte.

—¡Estoy tenso porque te conozco y sé que intentarás acostarte con ella! —Ignora mi «Animal de poca fe, te prometí que controlaría mis fluidos peligrosos»—. ¡Y también porque le explicaras quién soy!

¡¿Sabes lo mal que me hará quedar con el Cielo?!

—Tienes la opción de callarte durante todo el tiempo que Milena esté aquí. De hecho, hazlo: ella pensará que le he mentido y yo no tendré que aguantar tus quejas. Suena maravilloso.

—¡No te soporto!

—¿Adónde vas? —inquiero cuando se sube al alféizar de la ventana—. Y no me digas que a hablar con Gabriel, ya lo has hecho esta mañana.

—¡A alejarme de ti! ¡Ahí voy!

Vuelvo a encogerme de hombros. Cuando se marcha, entro en mi habitación y compruebo que hay hueco suficiente en mi armario para la cantidad desorbitada de ropa que Milena metió en la maleta.

Abro una de ellas y empiezo a colocar sus cosas para hacer tiempo.

Mammon no es el único que está tenso. Al menos, yo lo disimulo un poco mejor. Pasar cinco días (o siete, ojalá siete) junto con Milena es justo lo que necesito para demostrarle que no soy tan malo. O

que lo soy, pero que eso no va a repercutir demasiado en la

humanidad, así que, ¿qué más da?

En otras condiciones, trataría de ligármela: si se pillara por mí, lo tendría fácil para que me quisiera cerca. Sigo manteniendo que lo del anticristo fue una idea fantástica. De todos modos, reconozco que complica las cosas. Claro que podría tirar por ahí: seducirla sin tocarla mucho. Jamás lo he intentado porque no le he encontrado sentido y no tengo claro si sabré hacerlo. Si no ha caído ya a mis pies por mi (increíble) aspecto, ¿qué opciones me quedan? ¿Cómo se seduce a alguien a media distancia? ¿Qué me aconsejaría Mammon si no estuviera emperrado en llevarme la contraria? «Usa tu personalidad, pedazo de idiota».

Pues estamos jodidos.

El timbre suena media hora más tarde. Al otro lado de la puerta me encuentro a mi nueva compañera de piso y a su cabreo descomunal.

—¿Qué haces con eso? —ladra.

Milena me arrebata la blusa con la percha que llevo en la mano y la estudia en busca de… no tengo muy claro el qué, solo sé que, a pesar de no encontrarlo, me mira como si me hubiera pillado haciéndome una paja encima de su ropa. Sin decir nada más, va hacia la habitación principal. La sigo. Está examinando cada rincón, a todas luces buscando cosas por las que enfadarse todavía más.

Parece un perro de presa al que le han dado la orden de atacar y no tiene muy claro a quién ha de morder.

El dormitorio es normal, muy parecido al resto de la casa. Tres de las paredes están pintadas de negro, y una, contra la que está la

cama, de blanco. Ya te he dicho que la cama es enorme, más allá de eso, no tiene nada lo suficientemente raro como para que la juzgue con esa rabia. Vuelvo a perseguirla cuando sale y entra en el cuarto de Mammon. También hay una cama, solo que de tamaño gato.

Aunque se quejó cuando me gasté doscientos pavos en ella, en el fondo le hizo ilusión. Además de esto, hay un rascador y varios estantes para que pueda trepar. Desde hace poco, aquí también están las cosas de Kikiriki.

—Es la gallina. —Milena me la señala, sin dar crédito. Kikiriki está tumbada sobre el nido que le preparé, atusándose las plumas—.

Sigue viva.

—Ya te lo dije.

Vuelve a mirar a su alrededor, resopla y va hacia el salón. Se para frente al sillón y empieza a toquetearlo. Acaba tirando de la parte inferior con fuerza.

—Milena, ¿qué haces?

Después de frustrarse con el mueble, pone los brazos en jarras y me encara.

—¿Dónde se supone que voy a dormir?

—En mi cama, ya te lo dije. Es lo suficientemente grande.

—¿Y dónde vas a dormir tú?

Me froto el cuello, extrañado.

—En mi cama.

—No.

—Oye, ¿se puede saber qué te pasa?

No me extraña que no quiera compartir colchón conmigo,

suponía que me costaría convencerla. Lo que me extraña es la actitud que tiene. La he visto enfadada, asqueada y frustrada. Joder, la he visto intentando abrirme la cabeza con la figura metálica de un arcángel. Y me ha parecido gracioso; fascinante, incluso. Lo de ahora es distinto. Parece desesperada y, por mucho que busque un motivo en mi casa, no creo que lo vaya a encontrar.

Se deja caer en el sofá, con las manos en la cara y los codos apoyados en las rodillas. Con lentitud, me coloco en el reposabrazos del lado contrario.

—¿Es por las obras de tu piso? —inquiero. Al no responder, insisto—: Mira, sé que esto no te mola, pero van a ser solo unos días.

—Lina tiene el teléfono apagado —gruñe.

—Ah. —Silencio—. ¿Y? ¿Tienes que hablar con ella? Puedo acercarte con el coche.

Se descubre la cara y la gira hacia mí muy despacio. Parece no dar crédito a lo que acabo de decir.

—No pienso montarme en un coche contigo.

Arruga la nariz, como si se arrepintiera de la forma en la que me ha contestado. Me recuerda a cuando dudó mientras fingí que me afectaba su exorcismo. Estoy a punto de decirle que es demasiado buena para su propio bien, pero vuelve a hablar:

—Da igual. He tenido un mal día en el trabajo y no puedo contárselo.

—Cuéntamelo a mí, entonces. —Pone una mueca—. ¿Qué?

¿Tienes otra cosa mejor que hacer? Porque yo no.

Descarto ofrecerle lo de ir a la rave de esta noche. Me siento a su lado y noto que se tensa de inmediato, y eso que estoy en el extremo opuesto del sofá. Vale que no es muy grande, aunque sí lo suficiente como para que no nos toquemos.

—Venga, dime —insisto—. ¿Qué ha pasado?

Empiezo a dudar que vaya a responderme hasta que suspira, echa la cabeza para atrás y dice:

—Mi jefe.

—¿Qué sucede con él?

Su humor vuelve a llenarse de espinas. Me mira de reojo y escupe:

—Que se parece a ti.

—¿Porque es increíblemente guapo y tiene un gusto magnífico para el techno industrial?

La broma cae en saco roto.

—No, porque es un cerdo y un machista.

—Yo no soy machista. Lo otro te lo concedo, aunque lo soy en un contexto que no hemos disfrutado juntos, así que no entiendo a qué viene la comparativa.

Bufa mientras se quita los tacones. Después, sube las piernas al sofá, se abraza las rodillas y gruñe cuando me fijo un poco más de la cuenta en la forma en la que la falda se le tensa alrededor del culo.

Vuelvo a sus ojos y los encuentro entrecerrados.

—La primera vez que nos vimos, me ofreciste que subiera a tu casa para tener relaciones sexuales. Me preguntaste cómo me llamaba porque «Me gusta saber el nombre de la gente con la que

voy a follar» —recita esto último con un tono de voz extraño, grave y sibilino, que me hace reír—. Más adelante, me has dicho que te excitan mis blusas, mis gafas y ya no recuerdo qué más. Me has invitado a orgías.

Coloco un brazo sobre el respaldo y sonrío cuando ella mira la mano que cae cerca de su hombro como si de un bicho se tratara.

—Eso no es ser machista. —Antes de que replique, continúo—: Habría hecho lo mismo si no fueras una mujer. Les tengo el mismo respeto a las mujeres, a los hombres y a las personas no binarias. Es más, me he transmutado en mujer muchas veces.

—¿Y qué me dices de las ocasiones en las que me has descrito con demasiado detalle lo que haces y dejas de hacer cuando mantienes relaciones sexuales? ¿O de aquella vez que me pediste que me cambiara de ropa para que dejaras de pensar en arrancarme lo que llevaba puesto? ¿O de los selfis no solicitados?

Medito sobre ello.

—De acuerdo, te concedo que soy un cerdo. Aunque no considero que tenga la culpa por lo de la blusa. Ni siquiera te dije que te la fuera arrancar, solo que pensaría en ello y me distraería. —

Vuelve a llevar una, por cierto. Y vuelvo a imaginarme rompiéndole todos y cada uno de los botones. Pese a que no se lo digo, intuyo que sospecha por dónde ha ido mi cerebro porque se toquetea el cuello de la prenda y me fulmina con la mirada—. ¿Qué pasa con tu jefe? ¿También le gusta tu ropa? De todos modos, la situación seguiría siendo diferente a la nuestra porque entre tú y yo no existe una relación de poder. En todo caso, mi futuro está en tus manos.

—Da la impresión de que aprueba este último apunte porque las cejas dejan de fruncírsele.

—Hoy, mientras recogía la papelera de su despacho, él estaba manteniendo una conversación por teléfono que, para variar, no tenía nada que ver con el trabajo. No sé con quién hablaba, pero sé que ha dicho a propósito, para que lo escuchara, que qué sentido tiene contratar a una secretaria joven, por muy guapa que sea, si se viste como su madre.

Ahora soy yo el que frunce el ceño mientras ella parpadea rápidamente, con los ojos brillantes.

—Pensé que eras abogada —digo, con cautela.

—Lo soy. Estudié Derecho, hice el examen para acreditarme y también un máster. Empecé a trabajar en Roig e Hijos como abogada júnior hace nueve meses, pero el crápula de mi jefe se niega a tratarme como tal. De hecho, ha ascendido a un becario que entró hace poco y que está mucho menos cualificado que yo, únicamente porque es un hombre. Y como se te ocurra poner en duda que lo ha ascendido por ser un hombre, te juro que…

—No iba a ponerlo en duda.

La sospecha vuelve a su cara.

—¿Por qué?

—¿Quieres que no me fie de tus palabras?

—No. Quiero entender por qué te estás comportando así. —Hace gestos raros con las manos, señalándome—. Por qué me escuchas como si pareciera que te importa lo que digo, en lugar de burlarte.

Por qué colocas mi ropa en el armario. Y por qué hay cinco cajas

distintas de pasta sin gluten en la encimera de la cocina.

—Te escucho porque me interesa lo que cuentas —respondo, y me sorprendo a mí mismo dándome cuenta de que no miento—.

He colocado tu ropa para hacer tiempo mientras venías y… te he comprado un montón de pasta porque no especificaste cuál era la que te gusta. Y, vale, para que te des cuenta de que soy alucinante y te plantees defender mi derecho a quedarme en la Tierra —añado esto último porque ha empezado a arquear las cejas con incredulidad.

—No va a pasar. De todos modos… —Carraspea—. Gracias, supongo.

—De nada.

Se levanta del sofá como si de pronto le escociera el roce y mira hacia todas partes.

—Voy a ducharme —anuncia.

—Tienes toallas en…

—He traído las mías.

Aprovecho que entra al baño para empezar a preparar la cena.

Objetivos: demostrarle mi buena fe y permanecer lo suficientemente ocupado como para no darle vueltas a que está desnuda a menos de treinta metros de distancia.

No soy muy dado a perseguir a la gente que me atrae. Me gusta ligar, pero si al par de minutos no veo que vaya a acabar la cosa donde quiero, me niego a insistir. Un poco por orgullo, otro poco por respeto y el resto por optimización. ¿Para qué seguir hablando con alguien al que no me voy a tirar cuando podría estar tirándome

a otro alguien? Sin embargo, con Milena lo he hecho. Antes de saber que era abogada y podía ayudarme. No tengo muy claro el motivo.

La cuestión es que, con el poco tiempo que tenemos, seducirla parece la única opción para lograr mi objetivo. Solo tengo que parar antes de que acabemos desnudos. Fácil.

¡Me cago en…! El término «fácil» se hace añicos cuando Milena vuelve al salón con el pelo empapado, un pijama y ni rastro del sujetador. Es cierto que el pijama no parece diseñado para poner cachondo a nadie: es rojo, de cuadros y está abotonado hasta el cuello. Pero los botones y yo no nos llevamos bien (o nos llevamos demasiado bien) y, como el pantalón es corto, veo mucha más pierna que de costumbre. E imagino esa pierna que tanto se ve alrededor de mi cadera.

Miro hacia el techo y le dirijo un pensamiento al de ahí arriba: «Si este es mi castigo por lo de Sodoma y Gomorra, te has pasado». Por lo general me esfuerzo en caer en la tentación en cuanto la veo, así que es la primera vez que entiendo cómo se sintió Eva con aquella manzana. Las dudas, las ganas y los «¿Y si…?».

Joder, no quiero pensar en ella.

—¿Qué haces?

Cuando Milena se acerca a mi lado para examinar el interior de la cazuela, la huelo con disimulo. No ha usado mi champú, pero sí el gel. Una gota de agua le baja por el cuello y se pierde en dirección a… Mierda. Me alejo con la excusa de ir a buscar mi teléfono. De hecho, lo necesito. Abro WhatsApp y elijo al azar a dos de las últimas personas que me han ofrecido quedar. Escribo

«Mañana a las doce del mediodía en mi casa». Ya está, solucionado.

Ahora debería ser más fácil.

Vuelvo a mirar a Milena, que da vueltas a los espaguetis, sin ser consciente de mi pequeña crisis. El pelo húmedo empieza a rizársele. Me aproximo, ya más centrado, y cojo uno de los mechones. Tarda medio segundo en darme un tortazo en la mano.

—¿Por qué te lo alisas? —le pregunto.

—Porque me gusta tenerlo bajo control.

Suelto una risa floja. Le pega.

Cenamos en la barra de la cocina. Es similar a la que hay en su casa, solo que la mía tiene menos de veinte años y ha costado quinientos euros más. Lo mismo sucede con el resto. La disposición de la vivienda es parecida, pero el espacio está mucho mejor distribuido y no se cae a pedazos.

—Me acuesto a las once y media. —Aunque no menciona qué tal está la pasta, se nota que le gusta por el modo en el que su expresión se relaja cada vez que mastica—. Lo que me recuerda que tenemos que hablar de cómo vamos a dormir.

—Sugiero que lo hagamos con los ojos cerrados y de costado. No sé dónde escuché que era lo mejor para la espalda. —Sí, me lo he inventado.

—Sabes a qué me refiero. —Me apunta con el tenedor, molesta—.

Solo tienes una cama y tu sofá no se abre.

—La cama es grande —repito.

—Tu perversión también.

Joder, cómo me gusta esa palabra. Lo suficiente como para no

evitar responder:

—Si te preocupan mis manos, puedes esposarme al cabecero.

Estoy acostumbrado.

La manera en la que sus mejillas se tiñen de rojo me gusta mucho más que la palabra «perversión».

«Muy bien—me felicito— sigue así, tentando de lejos».

Debo de haber conseguido crearle una imagen mental interesante porque empieza a examinar sus propias manos.

—Tengo que pintarme las uñas —resuelve con tranquilidad.

Bueno.

Se marcha a la habitación. Cuando vuelve, se sienta en el sofá y dedica toda su concentración a aplicar el esmalte sin salirse.

Después de colocar los platos en el lavavajillas, me pongo a su lado y la observo. Tiene los labios entreabiertos y las gafas se le han resbalado hasta la punta de la nariz. Intenta volver a ponerlas en su sitio con el hombro. Como no lo logra, extiendo el brazo para hacerlo por ella. Aunque haya sido sin pensar, me felicito otra vez porque da un respingo y se sonroja.

—No me toques.

—Solo quería ayudar —miento. O algo así—. Por cierto, también quiero pedirte perdón.

Sus manos se congelan a mitad del movimiento. Las deja así cuando me mira, con el pincel a punto de tocar la uña del dedo índice. En su cara se alternan varias expresiones, tan obvias que parece que las tuviera escritas en la frente. Sorpresa, gratitud y, al final, sospecha.

—¿Por qué?

—Por haberte mandado aquellas fotos y, en general, por todo lo demás. Lo de insistir y tal.

Sus ojos azules se convierten en dos rendijas.

—No te arrepientes.

—Me arrepiento porque no causó el efecto deseado. Ya sé lo que me vas a decir, que insistir después de que me rechazaras está mal.

Y que no tendría que haberte mandado ningún selfi de ese tipo porque no me lo habías pedido. Tienes razón —le concedo, mucho más serio—, pero hasta ahora nadie se había quejado. Mira, solo quería que vieras las fotos y pensaras: «¡Joder, qué bueno está!».

Que te picaras un poco porque no te hubiera hecho caso, como máximo. Nunca busqué hacerte sentir incómoda.

—Te advertí que no lo hicieras y seguiste pasándomelas. ¿Por qué te disculpas ahora?

—Porque no me he dado cuenta de cómo te había podido sentar hasta que me has contado lo de tu jefe. —Por primera vez, el juicio con el que me examina parece inclinarse a mi favor—. No soy como él.

—Demuéstralo, entonces. —Después del murmullo, vuelve a prestarle atención al esmalte—. Además, para volver al Cielo tienes que dejar de hacer esas cosas. Con todo el mundo, no solo conmigo.

Asiento, conforme.

—¿Me pintas las uñas?

Me observa de nuevo, incrédula.

—¿Para qué?

—Yo qué sé, ¿para qué te las pintas tú?

—Para que hagan juego con mi ropa.

—Pues para lo mismo.

Extiendo una mano hacia ella, que la aparta sin contemplaciones.

—No tengo esmalte negro.

—Me la suda. Utiliza el que prefieras.

Encoge un hombro (solo uno) y sigue pintando las suyas de color salmón. Una vez que acaba, se gira en el sofá para quedar de cara a mí y hace un gesto para que me acerque.

—Ahí está bien —advierte cuando me aproximo de más—. Dame la mano.

Al dársela, la coloca sobre una de sus rodillas. Pese a que no hay nada erótico en la forma en la que se agacha, ni tampoco en cómo me separa los dedos para ir aplicando el esmalte, noto cierta tensión. En ella y, por desgracia, también en mí.

—Como hagas tonterías, paro.

—Vale, vale.

Reconozco que no fui del todo sincero con Mammon (qué sorpresa) cuando le dije que Milena no estaba interesada en mí. Me refiero a que, en el momento en el que hice esa afirmación, poco después de que nos hubiéramos besado, pensé que cabía la posibilidad de que no fuera cierta y quizá sí que le interesara un poco.

Después de eso, cuando ayer Milena me acusó de usar mi influencia (o «poderes») con ella, tuve claro que le provocaba algo más que rechazo, aunque solo fuera físicamente.

Ahora, sin embargo, ya no estoy tan seguro. La analizo con detenimiento mientras se encarga de mi otra mano. Es frustrante lo sencillo que es leerla para unas cosas y lo complicado que es para otras.

Decido hacer una comprobación.

—Eh, Milena. ¿Quieres que vaya al Cielo?

—Quiero que te calles y que mantengas los dedos quietos.

Me doy cuenta de que le había apretado la rodilla sin querer.

—Vale, pero después pretendes que me gane la absolución. —

Alza la cabeza cuando acaba. Como no se queja porque mi mano siga sobre su pierna, no la aparto—. Entonces, necesito tu perdón.

—¿A qué te refieres?

—Si no me perdonas por lo que te he hecho hasta ahora, no podré volver al Cielo. —Por si te lo preguntas: sí, me lo estoy inventado.

Asiente, recelosa.

—De acuerdo. Te perdono, entonces.

—No, no, tienes que hacerlo de otra forma. Necesito que me santigües y me beses en la frente.

Arquea tanto las cejas que están a punto de darle la vuelta a la cabeza. Tengo que hacer un esfuerzo enorme para no echarme a reír.

—Estás de coña —escupe.

—No digas tacos, que está feo. Va en serio. Haces este gesto en mi dirección —lo realizo para que lo vea—, dices «Tienes mi perdón, Belial» y, después, me besas en la frente.

—No.

—Milena, que es solo un beso en la frente.

Se remueve. Después, como si le molestara lo indecible, empieza a santiguarme. Creo que no voy a ser capaz de aguantar la carcajada.

Por suerte, cuando se pone de rodillas y se aproxima a mí, se me quitan las ganas.

—Tienes mi perdón —murmura, omitiendo mi nombre.

¿Sabes lo que también tengo? Sus tetas a un mordisco de distancia. Y todavía más cerca, cuando se inclina hacia mi frente. Me aparta el pelo con cuidado de no estropearse el esmalte, algo que a mí no me preocupa ni en lo más mínimo. Lo único que me preocupa ahora es recordar que no debo agarrarla de las caderas para sentarla encima de mi regazo.

—Las manos donde pueda verlas —me advierte.

Las levanto, sonriendo. Y, entonces sí, sus labios se posan en mi piel. Aunque es poco más que un roce, espero que le haya provocado lo mismo que a mí. Ganas.

Remato la jugada al decir:

—Gracias. Por cierto, ¿no es ya la hora de irse a dormir?

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