Hellfriend
Artículo 30. Cuando el «Funboi» está demasiado ocupado como para decirte «no te putopilles, nena»
ARTÍCULO 30
CUANDO EL FUNBOI ESTÁ
DEMASIADO OCUPADO COMO PARA
DECIRTE «NO TE PUTOPILLES,
NENA»
18 de agosto, 12.08
Milena
Me despierto con un sobresalto. Tengo los músculos agarrotados y la cabeza embotada. Durante unos segundos, no entiendo dónde estoy. Vuelvo a escuchar el ruido que me ha sacado del sueño (me niego a llamarlo música) y me ubico. Sorprendida por que Belial se dedique a hacer lo que sea que haga con la mesa de mezclas antes de las nueve de la mañana (la hora a la que suena mi despertador los fines de semana), cojo el teléfono de la mesilla y me doy cuenta de que está apagado.
Entonces, caigo en que anoche se me olvidó cargarlo. Jamás me había pasado.
Me tomo un par de minutos para asimilar otras cosas que jamás me habían pasado y que han empezado a suceder. Tener el mismo sueño con Belial (el de la mesa), con la variación de que era él el que me exigía que me desnudara y, en lugar de pedirle que se marchara de mi fantasía, seguía sus órdenes con mucho gusto. Otra novedad es el modo en el que me comporté anoche mientras lo curaba. El rencor no me enorgullece, pero lo conozco. Ahora bien, ¿acercarme a él de esa forma y echarle en cara que dejó claro que no quería acostarse conmigo, con independencia de mi predisposición? Soy humana, me duele el rechazo, no obstante, jamás en la vida me he vengado por ello.
Además, ni siquiera puede considerarse un rechazo debido a que no le he dicho ni insinuado de ninguna manera que quiera tener sexo con él. Porque no quiero.
Me digo que mi actitud responde a que estaba poniendo a prueba su entereza. Me costaría menos convencerme a mí misma si no hubiera disfrutado tanto de… ¿Qué?
La música vuelve a tronar.
Esta vez sí, dejo el teléfono cargando y voy hacia el salón. No debería sorprenderme verlo de nuevo con los pantalones de chándal caídos y sin camiseta, así que no comprendo que el corazón se salte un par de latidos ni la necesidad de apartar la vista.
¿Puede utilizar sus poderes aunque esté distraído y no se haya dado cuenta de que he entrado en la estancia? Me siento en el sofá y, casi de inmediato, Mamón se coloca en mi regazo.
—Para con esa tortura —le pido al demonio.
Mira en mi dirección, sorprendido. Pese a que no sonríe, la expresión que tiene no me hace pensar en nuestro beso. Me refiero a que parece… ¿triste? No tiene ningún sentido, así que lo achaco a su obvia falta de sueño. Tiene unas ojeras enormes.
Desenchufa la mesa de mezclas. En lugar de sentarse en el sofá conmigo, se coloca en el sillón que hay en un lateral.
—Has dormido diez horas y media, pensé que ya estarías despierta.
—En condiciones normales, lo estaría. Se me ha apagado el teléfono y no ha sonado la alarma. ¿Tú has dormido?
Sonríe en dirección al gato, como si hubiera sido él el que le ha hecho la pregunta.
—No me encontraba bien.
—Tal vez estés enfermo después de la lluvia del jueves.
—Tal vez. Oye, sé que tenemos mucho trabajo por delante, pero hoy no va a poder ser. Voy a salir a hacer unas cosas. Volveré por la noche.
Noto un pinchazo y no tiene nada que ver con las uñas de Mamón.
—De acuerdo. Tengo que resolver unas gestiones, de todas formas.
En lugar de preguntarme cuáles o de bromear acerca de lo mal que miento, asiente y entra en la habitación para cambiarse de ropa.
Al cabo de menos de diez minutos sale por la puerta tras una despedida entre dientes.
El gato me mira y yo lo miro a él.
—Tu dueño es… —Descarto los calificativos habituales—…
desconcertante.
El animal me devuelve un maullido.
Jamás he tenido mascota, pero Lina sí. Me ha contado que lo echa de menos porque le encanta la posibilidad de explicarle su vida a alguna criatura que no tiene más remedio que escucharla. Le sugerí que se comprara una planta (María Teresa Jiménez Gil no permite animales en su piso). Lo descartó porque se le da fatal mantenerlas y porque no es lo mismo por la ausencia de globos oculares.
—¿Qué opinión tienes acerca de los sueños eróticos? —le pregunto a Mamón, sintiéndome ridícula—. Dadas las circunstancias, considero que los míos son producto de los sesenta y siete días que llevo sin mantener relaciones sexuales. Me refiero a que no tienen nada que ver con… —Me trago el «Tu dueño».
Espero que por algún motivo distinto a que una parte de mí siga preocupada por si el gato no es tan gato como parece—. Es normal desarrollar fijaciones por los demás debido al aborrecimiento. Y, si piensas mucho en esos «demás», tampoco es de extrañar que tu subconsciente confunda… No puedo hacer esto. Es absurdo.
Acaricio la cabeza del animal. Agradezco su compañía, pero, con independencia de lo que diga Lina, no es un buen interlocutor. De hecho, vuelve a darme la sensación de que me juzga.
Quedan algo menos de dos meses y medio para que Belial se marche y yo pueda volver a mi rutina. No es demasiado tiempo, no obstante, me pregunto si debería quedar con alguien para evitar estas fantasías. Como no me gusta salir y mi círculo de amistades es
reducido, mi técnica para conseguir lo que busco se basa en aplicaciones de citas. Es muy efectivo dejar claro por escrito, antes de ver a la persona en cuestión, qué es lo que deseas.
Vuelvo a la habitación y, sin desconectar el teléfono, abro Tinder y empiezo a revisar perfiles. Este pelo me recuerda al de Belial (descarto), él también subiría una foto sin camiseta (descarto), tiene un gato (descarto), se apoya en un coche de gama alta (descarto), una discoteca de fondo (descarto), sonrisa desigual (descarto), este se llama Bel… ¿Eh? Antes de volver a rechazar el perfil, me fijo bien y compruebo que, efectivamente, Belial tiene Tinder. Me enfurezco de inmediato. Por supuesto, debido a que la aplicación no detecta correctamente si sus usuarios son humanos, tal y como promete.
¿Era esto lo que tenía que hacer hoy con tanta urgencia? ¿Quedar con alguien para…?
Me fijo en las tres fotos que ofrece. En una, sale con Mamón al hombro, cuando todavía tenía pelo. Sonríe en dirección al animal.
En la siguiente, está frente al espejo de su baño. El grifo del lavabo impide que compruebes los pormenores de su desnudez. En la última, sale en la discoteca en la que trabaja, detrás de la mesa de mezclas. Sin querer, recuerdo lo que sentí cuando lo vi ahí arriba: sobrecogimiento y fascinación.
Leo la biografía, en la que dice que tiene veintitrés años (¡ja!).
Debajo de su edad falsa, ha escrito que adora el techno industrial y detesta el EDM. Hago una búsqueda rápida para averiguar qué es esto último. También menciona su amplia disponibilidad y aporta información sobre lo que busca de los encuentros. Respeto esto
último.
Sin embargo, me sorprende que omita los detalles que de verdad le dan forma. Más allá del físico, que luce con orgullo, podría haber mencionado que disfruta de los días lluviosos, que ríe todo el tiempo y que la mayoría de sus frases están impregnadas de sarcasmo. Que prefiere salir antes que quedarse en casa, que es sociable hasta la extenuación y que, si tiene oportunidad, te tocará para que no olvides que está ahí. Que roba oxígeno sin permiso, eso también sería educado advertirlo. O su predilección por las prendas con botones. Siempre y cuando fuera sincero conmigo y no repitiera lo mucho que le gustaban únicamente para molestarme.
Casi se me cae el teléfono al suelo cuando empieza a sonar. Me fijo en que es mi madre, respiro hondo y descuelgo:
—¡¿Quién es?!
Nos diferencian muchas cosas, una de ellas es que tiende a gritar sin motivo aparente, pero ambas somos conocidas por ir al grano.
—Soy tu hija, mamá.
—¡Tú no, Milena! ¡Él! ¡El hombre!
Separo el móvil de mi oreja y observo la pantalla con extrañeza antes de decir:
—No sé de qué me estás hablando.
—Como no has llamado a tu padre a las nueve y cuarto… Está tan contento, Mile. Por supuesto, adora que te pongas en contacto con él, no lo malinterpretes. Me refiero a que te relajes. Eso es lo que ha provocado que esté contento. De todos modos, me ha pedido que te comente que le iría mejor si a partir de ahora
retrasaras las llamadas. No duerme demasiado. La obra, ya sabes.
Madruga una barbaridad de lunes a viernes. ¿Qué te estaba…? Ah, sí, que yo te conozco y sé que es difícil que te relajes. Que no sucede porque sí. Le comenté: Michal, a la niña le ha pasado algo. Así que decidí llamarte yo. Me da igual que me regañes porque hablo mucho, cariño, algo con lo que no estoy de acuerdo porque… Da igual. Que te llamé y tenías el teléfono apagado. ¡Apagado! ¿Estás ahí?
—Sí, mamá.
—Como no hablas… La cosa es que me preocupé, como es normal. Dije: Michal, a la niña le ha pasado algo. Se lo dije otra vez, vamos. Así que me puse en contacto con esa chiquita con la que estuviste saliendo, la del pelo raro. Con la que vives. ¿Sabes quién te digo?
—Sí, mamá.
—Y la chiquita… ¿Lupe? ¿Lara? Da igual. Sabes que soy malísima para los nombres, pero me cae de maravilla. La quiero mucho. ¿Por qué lo dejasteis? Creo que habríais sido muy felices juntas. ¿Me estás escuchando?
—Sí, mamá.
—Bien. La chiquita me comentó que estaban reformando vuestro piso. Ahí grité, te lo juro. ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué no nos lo habías contado? Se lo pregunté a ella así, tal cual: ¿dónde se ha metido? Y me soltó: está en casa de un hombre. De hecho, empleó un término de esos que usáis los jóvenes que no comprendí. ¿Por qué os empeñáis en utilizar palabras en inglés? ¡Con lo bonito que
es nuestro idioma! Lo llamó… Furboi, funboi o algo similar. El tema, que después dijo: es nuestro vecino. —Toma aire, al fin, pero sigo escuchando los pasos que da al recorrer la casa—. Pues eso, ¿quién es ese hombre? ¿Cuándo voy a conocerlo?
—Nunca, mamá. Solo es un vecino.
—No me intentes dejar como una tonta, Milena, seguro que la palabreja esa que utilizó la chiquita significaba que es tu novio. ¿Es tu novio? Hace mucho que no sales con alguien y ya tienes veinticinco años, estoy muy contenta. Y tu padre también, que le he preguntado. Samuel no está en casa, pero le he mandado un mensaje para contárselo. Me ha respondido con una de esas fotos raras que utilizáis. Las que son de otras personas. Un mimo o algo así. Era de un señor mayor, con el pelo blanco, bajándose las gafas y poniendo cara de no estar muy bien de lo suyo. ¿Sabes cuál te digo?
—Sí, mamá.
—¿Y cómo se llama tu novio?
—No es mi novio, mamá.
La conversación se alarga veinte minutos más, en los que mi madre sigue insistiendo en que el funboi debe de estar haciéndome muy feliz porque se me nota más relajada y en que, por favor, le dé su teléfono para que le hable de mí. Considera que soy muy cerrada y está segura de que no le estoy contando las cosas importantes, como aquella vez que me interesé por la tanatopraxia. También pregunta si es celíaco y se alegra de que no sea el caso. Por lo visto, así los hijos que en su cabeza vamos a tener no serán tan propensos a la intolerancia al gluten, algo importante porque ya está
planeando prepararles su famosa lasaña.
Cuando cuelgo, me tumbo en la cama y me relajo durante unos minutos. Quiero mucho a mi madre, lo que no evita que me agoten nuestras interacciones. Cuando Lina y yo nos dimos cuenta de que no funcionábamos como pareja, resolvimos sin problema transformar nuestra relación en una de amistad. Sin embargo, tuve que consolar a mi madre durante semanas. Por lo visto, consideraba que la extroversión de la otra chica era buena para mí y le preocupaba que no encontrara a otra persona con la que lograra conectar tan bien. En realidad, lo que dijo fue: «Milena, eres un poco difícil y no aguantas a nadie, ¿por qué no lo volvéis a intentar?».
Es cierto que tampoco he estado especialmente interesada en las relaciones sentimentales, lo que no significa que tenga algo en contra de ellas. Quitan tiempo, pero, si funcionan, aportan las suficientes cosas positivas como para compensar la reestructuración de mi horario habitual. No obstante, mi madre tiene razón en que me cuesta encontrar personas adecuadas. En las pocas ocasiones en las que soporto la cercanía de alguien, a dicho «alguien» le incomoda algún aspecto de mi personalidad.
Vuelvo a coger el teléfono y llamo a Lina.
—¿Qué? ¿Te acabas de levantar porque no has pegado ojo, pillina? —me saluda con voz alegre.
—En realidad, he dormido diez horas y media.
—¿En serio? ¿Estás mala?
—No. ¿Qué tal van las cosas en casa de Daniela?
Suelo evitar la charla insustancial, pero no poder hablar con mi mejor amiga tanto como antes, no verla cada día, me entristece.
—Ay, Mile, es fantástico. A ver, comparte piso con otras dos personas, ya te lo dije. Tania, que es muy maja, y un muchacho que no sale mucho de su habitación. Pero nos lo pasamos genial y, no sé, creo que la quiero. De forma romántica. Hablo de amor de verdad, tía.
—No hace ni dos meses que la conoces, Lina. —Suspiro—.
Quiero dejar constancia de que no tengo nada en contra de Daniela, me parece una mujer maravillosa y se nota que también le gustas.
Pero tiendes a ilusionarte demasiado pronto y me preocupa que vuelvas a sufrir si la relación no sale bien.
—Soy sáfica, ¡claro que me ilusiono pronto! —bromea—. Lo raro es que a ti no te suceda. Da igual, el tema es que el tiempo no importa. O sea, cuanto más pasa, más conoces a la otra persona, está claro. Pero hay veces en las que… se sabe rápido y ya. ¿Qué puede salir mal? ¡Claro! A lo que me refiero es que no tienes por qué necesitar un año entero, ni medio, para enamorarte.
—¿En qué te basas para saberlo? No es posible comprobar la compatibilidad con otra persona en función de unos cuantos encuentros y menos de una semana de convivencia.
—Es que el amor no tiene por qué ser compatibilidad, al menos, no como tú la entiendes —me explica con calma. La imagino tumbada de espaldas en la cama, como yo, enrollándose un mechón de pelo azul en el dedo y sonriendo—. Tú crees que lo nuestro no funcionó porque tenemos personalidades muy distintas, pero no
tuvo nada que ver. De hecho, funcionamos como amigas precisamente por eso, y una relación sentimental se basa en gran parte en la amistad.
—Lina, lo nuestro salió mal porque me enfadaba tu impuntualidad, que te olvidaras el móvil en absolutamente todas partes y que te empeñaras en que te dijera que te quería cada treinta y cinco minutos.
Suelta una carcajada, feliz.
—Sigo llegando tarde y olvidándome cualquier cosa susceptible de ser olvidada. También sigo pidiéndote que me digas que me quieres y aceptando que resoples en su lugar. Lo nuestro no funcionó porque ambas somos alosexuales y no teníamos ningún tipo de química. A mí me gustan los mimos y a ti… —Vuelve a reír
—. Otras movidas. Reconozco que no me lo esperaba cuando te conocí.
—No estoy de acuerdo. He tenido una relación larga con una persona asexual, lo sabes. El sexo no tiene nada que ver.
—En el caso de Marcos, se fue a pique porque te obsesionaste con que hacía mucho ruido al respirar. También influyó que fuera demasiado romántico para ti. Pero en nuestro caso no había química
—repite—. Ni en la cama, ni fuera de ella. Y nos frustraba. Además, somos mejores como amigas que como pareja.
Lina me deja un instante para reflexionar sobre ello y resuelvo que tal vez tenga razón.
—Dicho lo cual… ¿Por qué no me has mandado los selfis que te pedí? ¿Qué está pasando en la casa del pecado? Si quieres mi
opinión, con DJ pentagramas tienes una química bru…
—No está pasando nada —la corto—. Nos hemos limitado a trabajar en su caso.
—¿Dónde duermes?
—En la cama —contesto, evasiva.
—¿Sola?
—No.
—¡Lo sabía! ¡Joder! ¡¿Me vas a hablar ya de cómo tiene la…?!
—No ha pasado nada, Lina. Compartir un mismo colchón no implica ninguna de las cosas en las que estás pensando.
—Claro, claro. Ni siquiera te lo has imaginado, por supuesto. No estás ni un pelín nerviosa. Bueno, no te preocupes. Vas a tener tiempo de sobra de seguir compartiendo colchón con ese badboy y con sus misteriosos pero prometedores centímetros.
—¿A qué te refieres?
—¿Estás frunciendo el ceño?
—Sí.
—Lo sabía. Pues nada, que me ha llamado Maritere para decirme no sé qué de que los fontaneros se han encontrado un lío de cables en el suelo del baño, debajo de los azulejos. Por algún motivo relacionado con el aislamiento, esto es peligrosísimo. Si te digo la verdad, no le he hecho demasiado caso porque me ha pillado cagando. —Espera a que me ría. En vano—. La conclusión es que la semana que viene van los electricistas al piso para valorar qué hacer.
Con los ojos cerrados, tratando de llamar a la calma, pregunto:
—¿Cuánto tiempo más?
—No tengo ni la menor idea. Espero que el suficiente como para que te des cuenta de que acostarte con Bel es la solución a todos tus problemas.
—¿Por qué no me ha llamado a mí?
—Sospecho que porque me considera más accesible y simpática. Y
porque no tengo ni idea de derecho, así que no podría enumerarle todas las formas en las que está incumpliendo sus deberes como arrebolada.
—Arrendadora.
—Lo que sea. ¿Por qué no os acostáis?
—¿María Teresa Jiménez Gil y yo?
—No disimules, sabes perfectamente de quién te hablo. Él quiere.
No me refiero solo a que lo diga, que lo dice, sino a que se nota. Te mira como si fueras un kebab a las cuatro de la mañana en una noche de fiesta. ¡No resoples, es cierto! Le apetece tema. A ti desde luego que también. Así que dadle al tema y cuéntamelo después.
En lugar de repetirle que no estoy interesada y, por supuesto, en lugar de mencionar mis sueños, en los que da la impresión contraria, decido atajar diciendo:
—Me ha informado de que jamás se acostará conmigo.
Tengo que apartarme el teléfono de la oreja de lo fuerte que se ríe mi amiga.
—¡Los cojones! ¡No se lo cree ni él! ¡Dios, qué gracioso es! Me cae genial. —Consigue calmarse lo suficiente como para añadir—: Está claro que está intentando llamar tu atención. Ya sabes, el clásico «No te putopilles, nena». ¿Te ha dicho que está roto y tiene un pasado
oscuro? Es que no puedo más. Es un cliché andante. Sea como fuere, Mile, no tiene ninguna posibilidad. Me refiero a en cuanto decidas dejarte de tonterías e ir a por él. Uy, me llama Dani. Antes de irme, ¿os apetece veniros esta noche a cenar? Mi futura mujer quiere conocer a DJ pentagramas porque no se cree ni la mitad de las cosas que le digo.
—No creo que…
—Sobre las nueve y media, ¿vale? ¡Chao!
Y cuelga.
Una hora más tarde, estoy tumbada en el sofá con el teléfono en las manos y Mamón hecho un ovillo sobre mi estómago. Le he mandado un mensaje al demonio avisándolo del plan en casa de Daniela.
Lo he reformulado tres veces porque las dos primeras no me convencían: «Buenas tardes. ¿Te apetece ir a cenar con Lina y con su novia? Daniela quiere conocerte» y «Belial, Lina me ha pedido que te invite a cenar con ella y con su novia en casa de esta última.
Yo también estaré. Si accedes, ¿nos vemos allí directamente o pasas a buscarme y vamos juntos?».
El definitivo ha sido: «A las nueve y media vamos a ir a casa de Daniela, en la que también estará Lina, para trabajar en tu comportamiento en un ambiente distendido pero no festivo. Llevaré el cuaderno para tomar notas. Un saludo».
¿Por qué no me contesta? ¿Qué está haciendo? ¿Con quién? No saberlo me irrita porque no me fío de su conducta, por supuesto.
Cuando llega su respuesta, la vibración con la que me avisa el
teléfono se me instala dentro del pecho.
«OK».
Y ya está. «OK». ¡¿Quién se ha creído que es?!
Al levantarme del sofá, veo que sobre el alféizar de la ventana abierta hay una paloma. Es horrible y me observa de un modo inquietante, así que agito el cuaderno que acabo de coger para espantarla. Después, anoto en él, con letras mayúsculas:
«CRETINO».
OceanofPDF.com