Hellfriend
Artículo 17. Cuando Kikiriki te mete prisa para que seduzcas a tu vecina
ARTÍCULO 17
CUANDO KIKIRIKI TE METE PRISA
PARA QUE SEDUZCAS A TU VECINA
7 de agosto, 21.06
Bel
Con independencia de la sugerencia del gato, sigo empeñado en mi plan.
En el fondo entiendo por qué Mammon quiere volver al Cielo.
Siempre le ha gustado la tranquilidad. Hizo de las suyas durante su estancia en el Infierno, pero fue a regañadientes.
Por ejemplo, el concepto de dinero existe gracias a él. ¿Te imaginas haber influido tanto en vuestra sociedad? ¿Haber susurrado al oído las palabras precisas para crear algo de tal magnitud? Es impresionante… y se arrepiente. Lo que lees: Mammon, el demonio gracias al que pudo nacer el capitalismo, se arrepiente.
Como comprenderás, abajo las cosas no le van demasiado bien. Se
perdona su desidia por hacer el mal porque, sin pretenderlo, consiguió más que la mayoría de nosotros. Sin embargo, Lucifer empieza a cansarse de sus quejas y ha amenazado más de una vez con torturarlo si no se pone las pilas.
A Lucifer no se le puede decir que no. Por eso, Mammon siguió haciendo su trabajo mientras estuvo en el Infierno. Y por eso accedió, al igual que hice yo, a ponerse en contacto con ella una vez que estuviéramos en la Tierra. Cuando llegamos, sin embargo, me explicó todo aquello de que pretendía ganarse la absolución y, también, que se negaba a hablar con Lucifer. Insistió en que lo imitara. Yo le dije que ni de coña iba a hacerle ghosting a la Señora del Infierno, que él vería.
El problema (uno de tantos) fue que poco después de que llamara a la jefa y me pidiera que destruyera la Tierra, se me ocurrió la idea de quedarme aquí. ¿Por qué limitarme a disfrutar seis meses de mi lugar favorito? Y no iba a cargarme el que quería que fuera mi nuevo hogar, así que decidí pasarme por el forro la orden de Lucifer. Todo iba bien hasta que apareció Belcebú para meter prisa («¡Venga, venga!») e informar por su cuenta a la susodicha jefa de nuestros inexistentes avances.
Sé lo que estás pensando: «Belial, si quieres quedarte en la Tierra,
¿qué más te dan las órdenes de Lucifer o las prisas de Belcebú?». Ya, la cuestión es que todavía no tengo claro que vaya a ser capaz de conseguirlo. Si juego a dos bandas, haciéndoles creer a esos demonios que estoy intentando destruir a la humanidad, es por si acaso vuelvo a acabar en el Infierno. Me castigarán por no haber
cumplido la misión, pero las consecuencias serán mucho menores que si se enteran de que dicha misión me la sudaba desde el principio. Odio las consecuencias. Cada vez que las veo, corro alegremente en sentido contrario.
Pretendo solucionar este lío ganando tiempo hasta que se celebre el juicio. Si te preguntas por qué quiero que Milena me defienda, hay dos motivos. El primero es que el gato tiene razón (no se lo digas): el Cielo no contempla la posibilidad de que me quede en la Tierra. Pero si el ser humano más absurdamente justo e incorrupto con el que me he cruzado hablara a mi favor… No sé, tal vez se lo plantearían. El segundo motivo por el que tiene que ser ella y no cualquier otro abogado es que nos prohibieron revelarle nuestra identidad a nadie. Y, sí, le he dado mi nombre a Milena, pero antes de eso averiguó ella sola que soy un demonio, no tienen mucho que echarme en cara.
Te explico todo esto para que entiendas la conversación que estoy a punto de tener con Mammon.
—Eh, rata con ínfulas —lo llamo (con cariño), me bufa (con menos cariño)—, voy a hablar con la jefa. ¿Quieres venir?
Y viene, pero no para estar presente en la reunión, sino para gritarme. Para ser una criatura que se considera a sí misma pacifista de nivel medio-alto, grita muchísimo.
—¡Ni se te ocurra! Belcebú lleva una semana tranquilo, ¡deja las cosas como están!
—Tengo un plan.
—Déjame adivinar: cagarla.
—Cómo me conoces.
Después de discutir un poco más y de que Mammon se dé cuenta de que no voy a seguir sus estúpidos consejos, me informa de lo siguiente:
—Húndete tú solo, yo me marcho.
Da un salto para subir al alféizar de la ventana abierta.
—¿Y cuando Lucifer me pregunte por qué no estás aquí?
—Dile que no te soporto, lo cual es cierto. O que me he ido a echar cuentas con Gabriel y a suplicarle que nos aumente el crédito, que también es cierto.
—Perfecto. Le diré que estás obstruyendo la misión que nos ha encargado y confraternizando con el enemigo. —Agito una mano por encima de la cabeza para despedirme—. ¡Pásalo bien!
En lugar de responderme, se tira por la ventana. No porque esté harto de mí, como dice, y haya decidido que le sale más a cuenta despachurrarse desde un sexto piso. Tenemos un edificio con un tejadillo justo enfrente, que es lo que utiliza Mammon para salir de casa cuando le apetece.
Llamar al Infierno no es difícil. Solo necesitas hacerte un pentagrama justo debajo del corazón (yo me lo he tatuado para no tener que estar dibujándomelo constantemente y, vale, porque me queda genial), replicarlo en el suelo y colocarte en el centro, frente a un espejo que recoja toda la imagen. Para que el demonio con el que hablas sea capaz de contestarte, también necesitas meter contigo, dentro del pentagrama del suelo, a un alma pura.
Termino de hacer el dibujo con las sales de baño y voy a buscar a
Kikiriki. La casa tiene dos habitaciones: la más grande me la quedé yo, con la excusa de que mi tamaño es superior al de Mammon y a que la cama de metro ochenta no cabía en la otra. Necesito un colchón de esa anchura (como mínimo) para meter a toda la gente a la que suelo meter. El dormitorio restante pertenece al gato, que ha demostrado muy poca hospitalidad (espero que se lo tengan en cuenta en el juicio) al despotricar cuando le ha tocado acoger a Kikiriki.
Pobre Kikiriki, si apenas molesta y, a veces, hasta pone huevos.
Kikiriki es el nombre que le di a la gallina, como habrás supuesto. El alma pura que me agencié para hablar con Lucifer.
El animal se deja coger sin problemas. La llevo hasta el salón y me siento con ella en el centro del pentagrama. Antes de que miremos hacia el espejo, le pregunto:
—¿Estás preparada?
Como no habla (todavía) no puede responderme lo que sé que está pensando: que preferiría que la dejara dormir un poco más en lugar de ser poseída por el Mal (con mayúscula).
Levanto la mano izquierda para trazar tres seises en el espejo con el dedo índice. Muevo a Kikiriki hasta que sus ojos se reflejan en él, al igual que los míos. Después, espero.
La imagen de Barrabás se materializa al otro lado. Además de feo con ganas, es el equivalente a vuestros funcionarios. Esto quiere decir que se encarga de pasar las llamadas y de quejarse muchísimo por su trabajo.
—Tú otra vez. —Entrecierra su único ojo mientras se atusa las
espinas que tiene por pelo—. ¿Con quién quieres hablar?
—Con Lucifer.
Chasquea la lengua y empieza a revolver papeles durante cinco minutos, solo por el placer de desesperarme. Sin siquiera despedirse, justo cuando estoy a punto de insultarle, la superficie del espejo cambia y me encuentro frente a la Señora del Infierno.
—Cuando vuelvas a casa, voy a desmembrarte —me saluda—.
Luego, le daré de comer cada una de tus partes a los de la planta de la Gula, y observaré con infinito regocijo cómo te reconstruyes a través de sus excrem…
—¡Hola, Luci! —la interrumpo—. Siempre es un placer charlar contigo cuando estás de buen humor.
Lucifer me mira con una rabia acumulada a lo largo de milenios.
—Te pedí expresamente que consiguieras otra alma para comunicarte.
—Sí, pero no sería tan gracioso. ¿Sabes lo divertido que es escuchar tu melodiosa voz a través de un pico? Además, como si conseguir almas puras fuera sencillo. La Tierra está fatal, deberías estar orgullosa.
—Podrías haber buscado a un humano. —Antes de que termine la réplica («¿Un ser humano con el alma intacta? Por favor»), añade—: O un animal más digno.
—¿Como cuál?
—Una serpiente.
—Vivo en Madrid. Da gracias a que no es una cucaracha.
—¿Qué me dices del pentagrama? Te prohibí usar sales de baño.
—Lo recuerdo. Tu solución fue que, si no quería utilizar sangre, algo asqueroso y difícil de conseguir, lo dibujara quemando el suelo.
¿Sabes lo que ha costado esto? —Doy un golpe con la palma sobre la madera—. Es tarima flotante.
Lucifer pone los ojos en blanco.
—Más vale que me hayas convocado para algo más que sacarme de quicio.
—Te he convocado para decirte que ya sé cómo vamos a destruir a la humanidad.
—Sorpréndeme.
—El anticristo.
Estoy preparado para la réplica que viene a continuación:
—No. Siempre fallamos con esa técnica.
Tiene razón: lo hemos intentado trece veces hasta la fecha.
Aunque los últimos anticristos fueron bastante dignos, no salieron tan bien como para que acabaran destruyendo a la humanidad, que es básicamente su función.
—Eso es porque, hasta ahora, no hemos dado con el receptáculo perfecto.
—El receptáculo perfecto, como has decidido llamar al gestante, es un ángel transmutado en humano. ¿Me estás queriendo decir que usarás a Gabriel?
—Qué va, estaría feísimo. No tiene la forma adecuada. De hecho, lo más probable es que este sea el motivo del cuerpo que ha escogido. Aleatoriedad mis cojones. Da igual, la cuestión es que, en caso de no contar con un ángel, lo ideal es una persona que se
parezca a uno lo máximo posible. —Sonrío cuando Lucifer me mira expectante—. Y da la casualidad de que he encontrado a la indicada.
—¿Quién?
—Mi vecina.
—Háblame de ella.
—Ojos azules, rubia, con el pelo muy largo… Suele llevarlo liso, pero creo que en su estado natural es rizado. Debe de medir cerca de metro setenta y calculo que usa una talla noventa de suje…
—Háblame de lo que importa de ella —me corta Lucifer.
—A mí las tetas me importan mucho. Vale, vale, no te pongas así.
Lo que te interesa es lo siguiente: es abogada —la Señora del Infierno se remueve en su trono, complacida—, pero no de las buenas. O sea, de las malas. O sea… Joder, que es justa. De forma absurda. También es analítica, correcta y tranquila. Se deja la piel por aquello en lo que cree. —O eso supongo a partir del esfuerzo que ha puesto por exorcizarme—. Ni siquiera dice palabrotas. Lo dicho: es perfecta.
—¿Tiene un útero funcional?
—Por supuesto —me invento—, fue lo primero de lo que hablamos. Cuando nos conocimos en el ascensor le pregunté:
«¿Tienes un útero funcional? Si es así, ¿te apetecería emplearlo para gestar al anticristo? Te doy mi teléfono para que me avises con lo que sea».
—El peor error de Dios no fui yo, fue hacerte creer que eras gracioso.
—Qué ofensiva. Mira, no lo sé, pero me encargaré de averiguarlo.
La cuestión es que es un buen plan: vive cerca, ya me conoce y le intereso. Solo necesito un poco más de tiempo para ligármela y…
—Plantar tu semilla en su interior.
—Qué manera más asquerosa de decirlo. Pero, sí, eso.
Tras un interminable minuto de silencio, en el que Kikiriki aprovecha para atusarse un par de plumas, insisto:
—¿Qué te parece?
—No me gusta que seas el único capaz de llevar a cabo el fin del mundo. Debido a sus cuerpos, Mammon y Belcebú tendrían que mantenerse al margen.
—No tienen por qué. A mí me haría ilusión que se quedaran al otro lado de la puerta y aplaudieran. Serviría para motivarme.
También podrían corear mi nombre mientras…
—Tienes una tendencia recalcitrante a la desobediencia y el caos.
—Muchas gracias.
—No es un cumplido. Además, un anticristo requiere demasiada burocracia. Tengo que comprobar quién es el humano al que has escogido, revisar sus antecedentes para cerciorarme de que es adecuado y realizar los siete rituales necesarios para marcarlo. Me llevará trece días. Hasta que no termine, no podrás fecundar a esa persona.
—¿Qué pasaría si lo hiciera? —le pregunto por curiosidad.
—Que solo habría un uno por ciento de posibilidades de que el fruto de la unión diera como resultado un anticristo. Incluso en el caso de serlo, al no estar atado por ningún ritual que lo controle, el
anticristo no respondería ante nosotros y podría hacer lo que le viniera en gana en lugar de destruir la Tierra.
—Y si me foll… Si fecundo a Milena una vez que hagas tus movidas, ¿sí o sí dará como resultado un anticristo?
—Si el embarazo culmina, sí.
—¿Y si utilizo condón?
La gallina poseída me pica en el dedo, impaciente.
—¿Sabes cómo funciona la reproducción humana, Belial? La idea consiste en no emplear métodos anticonceptivos.
—Vale, vale. Solo quería asegurarme. ¿Ves? Estoy implicadísimo con el proyecto. Venga, Lucifer, no te hagas de rogar. Sabes que es el mejor plan que tenemos.
—¿Muerte ha vuelto a desaparecer?
—Como siempre. Además, Mammon ha escuchado por ahí que Peste se ha vuelto ecologista.
—Sabía que era mala idea esconderlos en la Tierra —se queja—.
Hablando de Mammon, ¿dónde está?
—Averiguando cosas de Milena que puedan resultarme útiles. Mi plan le encanta. No he tenido oportunidad de comentarlo con Belcebú, pero seguro que también está de acuerdo.
—Está bien, empezaré a gestionar un anticristo —claudica—. Una última cosa, aunque es imprescindible que ambas partes estén de acuerdo con el acto sexual, y preferible que sea la no demoníaca la que lo inicie, está permitido que uses tu influencia.
Gruño por lo bajo, incómodo. Al igual que Mammon, estoy alineado con algo. Sin embargo, jamás me he valido de ello para
conseguir lo que Lucifer insinúa. No replico para que cerremos el trato de una vez.
—¿Cuánto calculas que tardarás en seducir a tu vecina? —quiere saber.
—Antes de que se acabe mi tiempo en la Tierra, lo habré conseguido.
—Tienes hasta el 10 de septiembre.
—¡¿Qué?! ¡Son cuatro semanas y media! ¡Es imposible!
—¿Por qué? La última vez que hablamos, dedicaste veintisiete minutos a alabar tu aspecto físico y a recalcar el número de amantes que habías obtenido gracias a él.
—Ya, pero…
—Recuerda no empezar a copular hasta dentro de trece días —
me interrumpe—. Hablamos pronto, Belial.
Estoy jodido.
OceanofPDF.com