Hellfriend
Artículo 42. Cuando la rata tiene el día melancólico
ARTÍCULO 42
CUANDO LA RATA TIENE EL DÍA
MELANCÓLICO
30 de agosto, 11.42
Bel
Es probable que Lucifer lo sepa todo.
No me refiero a que sea omnipresente, como Dios. Ya quisiera ella. Sino a que, tras haber ignorado varias veces a Belcebú, habrá estado todavía más pendiente de lo que hago en la Tierra. Además, si se enteró de que hablé con Asmodeo y este le dio mi mensaje…
Decir que «no va a estar contenta» es un eufemismo de proporciones épicas.
Quizá me haya visto lejos de Milena o, peor, enrollándome con ella y parando antes de que sucediera lo que quería. Si es así…
¡Anda, una rata! Perfecto.
Me quito la camiseta para lanzársela encima y atraparla. Cuando lo consigo, vuelvo al hotel en el que me alojo. Sí, sigo en Madrid. Sí,
me está costando un poco cumplir mi promesa autoimpuesta de alejarme de Milena.
De todos modos, lo considero una victoria. Después de que mi necesidad de caer en la tentación luchara contra la cobardía y acabaran empatando, ambas llegaron al acuerdo de mantenerme en la misma ciudad que lo que quiero, solo que fuera del alcance de las consecuencias.
No está mal. Tampoco bien.
Ya en la habitación del hotel, me coloco en el centro del pentagrama (esta vez lo he dibujado con champú de coco), delante del espejo, y sostengo a la rata cuidándome de que la tela de la camiseta se interponga entre sus enfermedades y yo.
Dibujo tres seises en el cristal, le gruño a Barrabás con quién quiero hablar y espero.
—Estoy agotado de la vacuidad de mi existencia. Dime qué deseas y déjame solo.
La cabeza emo de Asmodeo no es mucho mejor que la que esnifa azufre, pero al menos no me llama « bro».
—Venga, tío, ¿no te alegras de hablar conmigo? Solo llamaba para saber cómo van las cosas por allí abajo.
—Monótonas. Mis almas sufren una agonía constante, pero ni siquiera eso es capaz de llenarme. El paso del tiempo normaliza hasta los actos más crueles.
Dejo que siga hablando porque al Asmodeo emo le da por llorar cuando cree que lo que dice no le importa a nadie.
—Hoy, por ejemplo, obligué a varias de esas almas a colocarse
delante de un televisor en el que se emitía pornografía. Codificada, ya sabes, como en esos canales de antes. Tiempos mejores, más despiadados. Para hacerlo todavía más frustrante, cada treinta segundos aparecían anuncios de pañales o de hemorroides. Y ni siquiera eso… —Emite un suspiro larguísimo—. Lo único que ameniza mi desidia estos días es Lucifer.
—Ah, ¿sí?
—Está muy activa. Ha intentado que Satanás haga un pacto con el Cielo; sin ningún éxito, desde luego. Y tiene harto a Astaroth. Lo ha obligado a vigilaros en todo momento, tanto a ti como a tu amante… que todavía no es tu amante. Eso lo repite mucho, lo de que no es tu amante y también lo de que te va a matar.
Me río. Porque no es la primera vez que me amenaza de esa manera y porque, en fin, soy inmortal.
—Vamos, Asmodeo, como mucho me encerrará un par de milenios. Lo que tampoco es que me haga particular ilusión, pero…
—No, se refiere a que va a matar tu cuerpo físico. Se regodea mucho en las formas. Su originalidad es refrescante.
—Ah. —Mierda—. Oye, ¿has dicho que Satanás estaba vigilando a Milena?
—Astaroth —corrige, mohíno—. No me escuchas cuando hablo.
Nadie lo hace, en realidad, ya no quedan demonios dispuestos a…
A riesgo de que se ponga a llorar, lo interrumpo:
—¿Por qué vigila a Milena?
—¿Me ves con caras de interesarme por el devenir de una humana miope? No tengo ni la menor idea.
—Joder.
Interrumpo la comunicación sin despedirme y empiezo a dar vueltas por la habitación, todavía con la rata entre las manos. Que Lucifer fantasee o, peor, pretenda acabar con mi cuerpo físico es un problema. Básicamente porque no tengo ni idea de qué pasaría después. ¿El Cielo me juzgaría en ese instante? ¿Me reviviría hasta que terminara mi periodo de prueba? ¿Me concedería otro distinto?
Ahora bien, me preocupa muchísimo más que estén vigilando a Milena. Sea o no por mi culpa (que lo es), ella sí que no reviviría de ninguna de las maneras.
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