La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 1 de 19

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La invasión de las ratas

Prólogo

James Herbert

La invasión de las ratas

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Titivillus 29.07.17

Título original: The rats

James Herbert, 1975

Traducción: Miguel Torres

Editor digital: Titivillus

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PRÓLOGO

El viejo caserón estaba vacío desde hacía más de un año. Se mantenía erguido, solitario e indistinto al lado del canal abandonado, lejos de la carretera, apantallada por una vegetación que se había hecho salvaje. Nadie iba allí, ni tampoco nadie se interesaba mucho por el lugar. Unas cuantas ventanas fueron hechas añicos por los niños de la vecindad, pero incluso ellos se desentendieron cuando solamente el silencio contestaba al ruido de los cristales rotos. De hecho, el único acontecimiento que despertó interés por la casa fue que se llevaran a la vieja.

Se sabía que había quedado sola desde la muerte de su marido y que nunca salía; pero a veces se la veía mirando tras las cortinas de encaje. No separaba nunca las cortinas, se limitaba a mirar ea su través, y si alguien se hubiese interesado lo bastante para vigilarla sólo habría visto una forma difusa y espectral. Le llevaban cada semana los comestibles del colmado y los en la puerta trasera. En el paquete había también leche en polvo. El hombre del colmado decía que el banco de la vieja pagaba las facturas regularmente cada trimestre, sin ninguna queja sobre el contenido de las entregas. Esto le convenía. Al principio le dieron una lista para un pedido normal, pero si se olvidaba de poner de vez en cuando una libra de mantequilla o dos libras de azúcar nadie se enteraba, nadie se quejaba.

Sin embargo, estaba intrigado. Solía verla de vez en vez cuando su marido todavía vivía, pero tampoco entonces hablaba mucho. Ella y su viejo formaban una pareja de pájaros extraños. No salían nunca, ni les acompañaba nadie. Pero gozaban de una buena situación porque habían vivido algunos; años en el extranjero, y después de su vuelta no parecía que el marido hubiese trabajado nunca. Luego el viejo murió. El del colmado no estaba seguro, pero falleció tras recaer en alguna enfermedad tropical que cogió en el extranjero. Después dejó de verse a la vieja, aunque el tendero pudo oírla alguna vez. No era mucho, solamente el ruido de sillas o de una puerta cerrándose. En una ocasión la oyó gritar a alguien, pero nunca supo a quién.

La gente empezó a preguntarse qué hacía. Algunos oyeron una noche lamentos procedentes de la casa. Luego risas. Finalmente un silencio absoluto que duró más de un mes.

Cuando el tendero encontró el paquete de la semana anterior todavía sobre los peldaños de la puerta, se decidió de mala gana a informar del caso a la policía. De mala gana, porque temía lo peor, y le disgustaba que llegara a su fin aquel pedido ordenado y regular.

De todos modos, la mujer no había muerto. Se envió a un policía a investigar; luego llegó una ambulancia y se la llevó. No había muerto, simplemente se había vuelto loca. Por lo que al tendero respecta, igual le daba que hubiese muerto, porque su pequeño número también se acabó. Era demasiado bueno para durar.

Por lo tanto la casa quedó vacía. Nadie llegaba allí, nadie salía, nadie realmente se interesaba. Al cabo de un año apenas podía verse desde la carretera. La maleza era alta, los arbustos espesos y los árboles ocultaban el piso de arriba. La gente, al final, casi no notaba su existencia.