La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 10 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 9

Dave estaba apoyado contra la pared de la sombría estación de metro; de vez en cuando echaba la cabeza atrás y bebía su paquete de leche. «Este rollo me está cargando», se dijo, mientras escrutaba las sombras de la descolorida estación. Salir con la misma chica tres veces por semana y desde hacía ya dos meses era pasarse de rosca. El miércoles al cine, el sábado al club, la tele los domingos, y ahora quería que suprimiera su fútbol del viernes por la noche. No le iba a quedar nada. Ni siquiera eran novios, pero Gerry se estaba haciendo cada vez más posesiva, dictaba la ley en relación a sus amigos, se metía con sus trajes, le corregía el lenguaje. Y luego el espectáculo de última hora: correr para coger el último tren y saltar por los peldaños traicioneros de la línea de Shadwell. En dos ocasiones había perdido el tren y en otra estuvo en un tris de romperse una pierna. Esto no le importaba, lo malo era tener que pasarse toda la tarde metiéndole mano para ponerla caliente sin llegar a ninguna parte. Pero luego, cuando él tenía que irse, se disparaba de repente y se ponía cachonda. Sus amigos le habían dicho que era una C. B., calienta braguetas, pero no les hizo caso, llegó incluso a pegarse con uno de ellos.

—Quizá le dé la patada la semana próxima —dijo, expresándose en voz alta para aumentar su seguridad.

Se puso a silbar. Pero era curioso el interés que se le despertaba por verla cuando llegaba el miércoles siguiente. Dejó de silbar. Siempre estaba buena, siempre iba bien vestida. Su madre le ponía nervioso, pero rara vez la veía. Su padre era también un cabrón gandul. No eran como su madre ni su padre. Él se llevaba bien con los suyos. Tenía siempre una camisa recién planchada para el sábado por la noche, una buena cena caliente que le esperaba cuando volvía del trabajo, y al viejo siempre se le podían pedir un billete o dos cuando se acababa la semana. Suponía que en esto influía mucho que fuera hijo único. A su hermano mayor lo atropelló un coche siete años atrás, y parecía como si sus padres hubiesen volcado en él todo su afecto. A él no le importaba: le gustaba…

Podía traer siempre que quisiera a sus amigos y dar una fiesta. Su padre se presentaba para beber cerveza, su madre bailaba con los muchachos. El viejo charlaba incluso con las chicas. No, sus padres no eran como los de Gerry: viejos y miserables cabrones.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el ruido de pasos que bajaban por la larga escalera. Un empleado de color hizo su aparición, se fue al otro extremo de la plataforma y entró en una puerta con el letrero de «privado».

Los pensamientos de Dave volvieron a su situación actual. ¿Dónde estaba el maldito tren? Por una vez que llegaba pronto se tenía que esperar en aquel agujero oscuro. Gerry le acompañaba siempre hasta la puerta para decirle adiós; su pasión aumentaba a medida que el temor de él a perder el tren se hacía más fuerte. Finalmente le dejaba partir y se quedaba en la entrada hasta que él desaparecía.

Él se giraba indiferentemente de vez en cuando y le hacia adiós con la mano, soplándole besos en la punta de los dedos, pero tras doblar el primer recodo saltaba disparado como un proyectil hasta que los pulmones le dolían por el repentino esfuerzo de correr. Llegaba invariablemente a la estación con un fuerte dolor en el costado, atravesaba la barrera sin pagar, saltaba los peldaños de dos en dos y de tres en tres y llegaba normalmente en el momento justo para introducirse entre las puertas del tren, que se estaban ya cerrando. Por suerte, Gerry no podía oír sus maldiciones si no llegaba a tiempo. Aquello significaba un largo recorrido hasta casa por la conflictiva Comercial Road. Había siempre pandillas en alguna esquina, o algún «pervertido» esperando en un portal. Dave no era un gallina, pero la cosa resultaba pesada.

Algo que se movía atrajo su atención. Una forma negra se desplazaba entre las vías. Se acercó al extremo de la plataforma y miró hacia la oscuridad de las vías. Nada. Luego descubrió que la forma se había detenido. Comprendió que se trataba de una rata y le echó el paquete vacío de leche para ver si conseguía que se metiera de nuevo en el negro túnel, pero simplemente se arrinconó bajo la toma de corriente. El muchacho levantó de pronto la cabeza cuando oyó ruidos procedentes de la caverna intensamente oscura del túnel. Parecía como un golpe de aire, pero no era el sonido causado por el tren al acercarse. Dirigió de nuevo la mirada nerviosamente a la forma acurrucada bajo los raíles y la levantó al aumentar el ruido. Cuando lo hizo, centenares —así lo parecían— de pequeños cuerpos negros salieron como un río del túnel; algunos entre los raíles, otros por la rampa y a lo largo del andén.

Dio media vuelta y emprendió la huida antes incluso de ver que eran ratas, mucho mayores que las normales y más rápidas. Alcanzó las escaleras, con un río negro de bichos pisándole los talones, y corrió hacia arriba, saltando los peldaños de tres en tres. Resbaló sobre uno de ellos, pero recuperó rápidamente el equilibrio, agarrándose a la barandilla y tirando de ella para coger nuevo impulso. Pero una rata le había adelantado y el paso siguiente lo dio sobre su lomo, tropezando. Cuando su mano se alargó para recuperarse, unos dientes agudos mordieron sus dedos. Gritó de miedo y lanzó violentas patadas que enviaron a dos de los cuerpos hirsutos sobre los lomos de sus compañeros. Dio un tumbo hacia adelante, pero ahora con el peso de las ratas que se habían agarrado a sus ropas y a su carne. Cayó de nuevo y el puente de su nariz golpeó el agudo canto de un peldaño; la hemorragia se esparció por su rostro y por su camisa blanca de cuello largo.

Pataleó y gritó, pero le arrastraron escaleras abajo; rodaron hasta el fondo con él, despedazaron su cuerpo, lo sacudieron como si fuese un muñeco de juguete. Sus gritos resonaron por la vieja estación. Se incorporó a medias antes de que sus sentidos se oscurecieran del todo y llamó a su madre.

Errol Johnson abrió de golpe la puerta señalada «privado» y se precipitó al exterior. Había oído los gritos y supuso que alguien había caído por la larga escalera hasta el andén. Sabía que algún día iba a suceder: aquella escalera estaba muy mal iluminada. Si algún día le nombraban jefe de estación, si un hombre de color se convertía algún día en jefe de estación, la limpiaría y la convertiría en una estación respetable. No porque era poco utilizada tenía que estar en mal estado.

Se detuvo petrificado ante el espectáculo que se ofrecía a sus ojos, boquiabierto.

Millones de ratas pululaban por toda la estación. Y ratas grandes, como las que había visto en su país, incluso mayores. Su mente ni siquiera se detuvo a calcular. Corrió sin mirar atrás. Sólo le quedaba una salida, porque la escalera estaba interceptada por una masa enfebrecida de bichos. Sin dudarlo un instante corrió por la rampa y se metió en el vientre oscuro del túnel. Su miedo le condujo directamente bajo las ruedas del tren que se acercaba y que lo mató misericordiosamente antes de que se diera cuenta de la presencia de la muerte.

El conductor, que de todos modos estaba frenando, apretó los frenos con más fuerza, lanzando hacia los asientos de delante a sus pocos pasajeros. Cuando emergió del túnel, con las ruedas del tren protestando con agudos chirridos, la escena que se ofreció ante sus ojos le hizo reaccionar instintivamente, salvando de este modo las vidas de sus pasajeros y la suya propia. Soltó los frenos y continuó la marcha.

Las ratas quedaron inmóviles y miraron ferozmente al gran monstruo que irrumpía entre ellas. Las que estaban en medio de las vías se agacharon cuando pasó retumbando sobre ellas, petrificadas por el chirriar de sus ruedas.

Los pasajeros miraron a través de las ventanas, horrorizados, preguntándose si el tren se habría metido de algún modo por los pasillos del infierno. Un pasajero se echó atrás cuando un cuerpo negro y peludo se precipitó contra él para rebotar en la ventana y caer de nuevo al andén. A medida que el tren cogía velocidad, más animales saltaban contra las ventanas, algunos caían entre el tren y el andén y eran triturados por las chirriantes ruedas. Una rata rompió la ventana de un vagón y atacó inmediatamente al solitario pasajero. El hombre era forzudo y consiguió arrancar a la enloquecida criatura de su cuello. Le destrozaba las manos con dientes y garras, haciéndole gritar de dolor, pero mantuvo la presa sobre el cuello y el cuerpo de la rata. Su terror le proporcionó la fuerza y la rapidez necesarias: echó al animal al suelo y le descargó sobre la cabeza su pesada bota, aplastándole el cráneo. Recogió el cuerpo inerte, asombrado de su tamaño, y lo echó por la ventana rota hacia el negro túnel, donde ya había penetrado el tren. Se hundió en su asiento mientras el shock se extendía por todo su cuerpo, sin saber que dentro de veinticuatro horas habría muerto.

El jefe de estación se atragantó con su té cuando oyó los gritos procedentes de la escalera. Farfulló mientras trataba de coger aire. Confiaba que no sería otra pelea. ¿A qué se debía que la estación atrajera de tal modo a los gamberros los fines de semana? Especialmente los sábados por la noche. Las estaciones de metro siempre atraían la violencia la noche de los sábados por parte de vagos y borrachos, pero en general los domingos no eran malos. Confiaba que aquel mono estúpido de Errol no estuviera interviniendo. Siempre se liaba. Hacía sugerencias sobre el modo de dirigir el lugar. Ayudaba a los borrachos en lugar de echarlos a patadas. ¿Dónde creía que estaba, en Charing Cross?

Shadwell era un buen lugar para el jefe de estación. Un lugar tranquilo en comparación con la mayoría de estaciones, y se le daba bien. Desde luego, la estación estaba sucia, pero ¿qué podía hacerse con un viejo vertedero como aquél? Además, esto alejaba a la gente.

Cuando hubo recuperado su compostura, se puso la chaqueta y salió de la casilla de los billetes. Sin precipitarse se dirigió hacia lo alto de la escalera que daba al andén primero.

—¿Qué pasa por ahí abajo? —gritó, torciendo la vista para distinguir algo entre la escasa iluminación. Oyó un grito, algo así como «mamá» y vio una forma negra que se debatía. Bajó cautelosamente unos pocos peldaños y se detuvo de nuevo—. Vamos ya, ¿quién es?

La forma negra pareció disolverse en una multitud de pequeñas formas que empezaron a subir las escaleras, hacia él. Oyó un tren que se detenía chirriando en lo bajo de la escalera y luego el silbido de las unidades que aceleraban de nuevo por algún motivo desconocido y pasaban de largo, sin detenerse. Luego oyó unos chirridos, como de centenares de ratones. Comprendió que las bestias subían hacia él. No eran ratones sino ratas. Ratas grandes y horribles. Negras, repugnantes.

Se puso en movimiento con una rapidez sorprendente para un hombre de su volumen. Franqueó en dos saltos los pocos peldaños que había bajado, se dirigió hacia la casilla de los billetes y cerró de golpe la puerta tras de sí. Se apoyó un par de segundos contra ella, luchando para recuperar el aliento y para calmar algo los latidos de su corazón. Se dirigió al teléfono y con dedos temblorosos marcó el número de urgencias.

—Policía. ¡Rápido! ¿Policía? Aquí la estación de metro de Shadwell, al habla el jefe de estación Green… —Levantó la vista al oír un ruido precipitado. Desde la ventanilla de los billetes una rata enorme, negra, de aspecto maligno, lo estaba mirando.

Dejó caer el teléfono y corrió a la parte trasera de la oficina. Las ventanas estaban protegidas con barrotes y por allí no podía escapar. Echó una mirada a su alrededor, desesperadamente, mientras su cuerpo voluminoso temblaba de terror. Vio el armario de la pared donde se guardaban los cubos y escobas del equipo de limpieza, lo abrió y se apretó en su interior tras cerrar la puerta. Se acurrucó, medio sentado, sollozando, mientras la humedad se extendía entre sus muslos, no atreviéndose siquiera a respirar en las tinieblas. ¡Aquel grito! Debió de ser Errol o alguien que esperaba el tren. Lo cogieron y ahora iban a por él. El conductor del tren no se había detenido. Las había visto y había continuado. «Y no hay nadie más en la estación. Virgen santa, ¿qué pasa ahora? Están royendo. Están rascando. Están dentro de la oficina. ¡Están tratando de abrirse paso con los dientes a través de la puerta del armario!».