La invasión de las ratas
Capítulo 8
El viernes por la tarde, Harris y Judy se dirigieron hacia Walton a bordo de su viejo y maltrecho Hillman Minx. La tía de Judy se mostró encantadísima cuando aparecieron y demostró no ser tan tonta como Harris había imaginado, introduciéndolos en una habitación extraña pero confortable, con doble cama. Los dejó mientras ellos deshacían su única maleta y los tres se dirigían sonrisas mutuas e inútiles.
—Bueno, bueno: la querida tía Hazel —sonrió Harris mientras Judy se echaba sobre el viejo cobertor gritando alegremente.
—Siempre fue mi tía preferida —dijo entre risitas mientras Harris se estiraba a su lado.
Dio una palmada contra sus manos exploradoras.
—Vamos, deshagamos la maleta y bajemos antes de que se arrepienta por falta de compañía de habernos dado una sola habitación para los dos.
Cuando bajaron, la tía de Judy había abierto una botella de jerez. Les sirvió una copa y les pidió que se sentaran en un sofá, blando y decorado con llores, mientras ella hacía lo propio en una butaca, enfrente de los dos. Hablaba, los interrogaba sobre sus trabajos, contaba chismes sobre los vecinos, y recordaba la época que había vivido con la madre de Judy. Harris se sintió relajado y tranquilo.
Su brazo se dobló sobre el hombro de Judy y sus dedos toparon con los de ella. Los tontos temas de tía Hazel le hacían gracia: le gustaba perderse en el encanto y en el mundo cerrado de la vida pueblerina. Descubrió que estaba profundamente interesado por la tómbola benéfica de la parroquia el día siguiente; por el galán de la viuda que vivía en la casa de al lado; por la carrera de asnos que tuvo lugar la última semana. Descubrió que no estaba riéndose de la vieja tía, sino que la acompañaba, y envidiaba su vida sin complicaciones.
A las diez y media sugirió a la joven pareja que saliera a dar un pequeño paseo antes de irse a la cama: con un poco de ejercicio luego dormirían mejor. Pasearon cogidos del brazo por el silencioso pueblecito, sintiendo ambos la paz que penetraba en su interior.
—Respira fuerte —dijo Harris aspirando a fondo el aire.
Ambos respiraron varias veces con una intensidad exagerada, con la vista levantada hacia los millones de estrellas que cubrían el firmamento, y rompieron finalmente a reír ante aquellos concienzudos esfuerzos. Continuaron paseando mientras el silencio suavizaba todavía más su ya ablandado estado de ánimo.
—Quizá podría conseguir un empleo en una escuela fuera de Londres — reflexionó Harris—. En un pueblo como éste. O quizá podría abrir una oficina de correos. ¿Qué te parece?
Judy sonrió sabiendo lo mucho que le gustaba soñar despierto. Era en el fondo un hombre de ciudad, aunque a menudo decía que no podía aguantarla.
—De acuerdo, y yo abriré una pequeña tienda de confección, todo en lana. Pero no sé que diría el párroco cuando supiera que vivimos juntos. Probablemente pensaría que soy una mujer ligera.
—Bueno, para contentarle nos podríamos casar.
Se detuvieron un momento y Judy se le puso delante y dijo:
—Si vuelves a hacer otra proposición de este tipo, te obligaré a cumplirla.
Cuando volvieron a casa de tía Hazel los estaban esperando unas tostadas calientes y una taza de chocolate.
La vieja tía mariposeaba por allí con su larga bata, charlando todavía de todo lo que ocupaba su cabeza; luego les deseó buenas noches y desapareció escaleras arriba.
—Es encantadora —sonrió Harris, bebiendo su chocolate caliente—. Me puede exasperar, pero es encantadora.
Cuando subieron finalmente a su habitación descubrieron una botella de agua caliente dentro de la cama y un fuego encendido en la chimenea. Harris no podía dejar de sonreír mientras se desnudaban. Habían pasado mucho tiempo sin que nadie los mimara y ahora era agradable verse mimados los dos juntos.
Subió a la cama, al lado de Judy, y acercó hacia sí su cuerpo cálido.
—Me gustaría que nos quedáramos más tiempo. El retorno me va a disgustar.
—Disfrutemos con lo de ahora, querido. Tenemos todo el fin de semana por delante.
Los dedos sensitivos de Judy, que se deslizaban por su espalda, le hicieron estremecer. Se deslizaron alrededor de su muslo y luego subieron.
—Judy, Judy, Judy —dijo con voz de Cary Grant—. ¿Qué dirá el párroco?
Al día siguiente les despertó un cauteloso golpecito en la puerta. La tía Hazel entró con una bandeja de té y bizcochos y con el periódico de la mañana para Harris. Le dieron las gracias e intentaron mantenerse cubiertos mientras ella iba y venía por la habitación retirando las cortinas y recuperando de fuera de la cama la botella de agua caliente. Mientras continuaba con sus evoluciones y con sus inagotables comentarios sobre el tiempo, los vecinos y el estado de las coles de la señora Green, Judy empezó a pellizcar el desnudo trasero de Harris debajo de las sábanas. Este, luchando para no aullar, le agarró la muñeca y se sentó sobre su mano. Luego empezó a estirar el montoncito de pelos de su pubis.
Cuando Judy no pudo aguantar más y rompió a gritar tuvo que explicar a su sorprendida tía, entre ataques de risa, que tenía rampa en el pie. La mano de la tía Judy se disparó bajo las mantas, agarró el pie de Judy y empezó a darle vigorosas friegas. A aquellas alturas, Harris se ahogaba ya de risa y tuvo que ocultarse tras su tembloroso periódico.
A las diez se vistieron y bajaron a desayunar. La tía les preguntó qué pensaban hacer con su tiempo a lo largo del día: les sugirió que podían acompañarla a la tómbola benéfica. Se excusaron porque querían ir a Stratford a ver la ciudad, y volver probablemente a la hora del almuerzo. Tras recomendarles prudencia por la carretera, montó sobre su cabeza un garboso sombrero de paja, cogió su bolso de compra y se fue saludándoles con la mano una vez y luego otra desde la puerta del jardín. Lavaron los platos y, mientras Judy hacía la cama, Harris limpio de cenizas el hogar de abajo y preparó un nuevo fuego. Aunque no podía imaginar por qué diablos quería fuego la vieja en un tiempo como aquél, tenía que admitir que por la noche daba alegría verlo.
Finalmente subieron al coche y se fueron a Stratford, cantando a voz en grito por los caminos campesinos.
Cuando Harris empezó a tener dificultades para aparcar se arrepintió ya de aquella visita a la antigua ciudad de Stratford. Estaba invadida de gente, de coches y de autocares. Nunca había estado allí y esperaba encontrarse con casas pintorescas de viejo estilo, sostenidas por vigas de roble y entre calles empedradas con guijarros. Le irritó su ingenuidad, porque no había previsto que un centro turístico como aquél tenía que estar desnaturalizado por el comercialismo. Finalmente dio con una calleja lateral y aparcó. Mientras andaban hacia el Royal Shakespeare Theatre vio que muchas de las calles conservaban su antiguo encanto, a pesar de todo, pero que la atmósfera se hundía irremediablemente ante la multitud de gente con sus acentos multirraciales. Y a medida que se acercaban al teatro, más ruidosas se hacían las calles.
—¿Vienes ya, Ilda? —dijo un hombre delgado de aspecto amarillento y hombros redondeados, con una camisa colgante de cuello abierto y mangas cortas y la cámara fotográfica pendiendo al lado.
La respuesta llegó como un zumbido de una mujer gorda y con lentes que emergía de una tienda, con una docena de postales de Stratford-on-Avon en la mano:
—Espera, hombre, espera un poco.
Un clarísimo yanqui de pelo corto, chaqueta a cuadros y la inevitable cámara:
—Mira hacia allí, Immogene, rápido, que voy a hacer una foto.
Immogene posó, cohibida, ante una tienda con vigas de roble y tejado de paja, lamiendo al mismo tiempo su helado y mirando con ojos ampliados a través de unas gafas mariposa de lentes azulados:
—¿Quieres darte prisa, Mervyn? Me siento incómoda.
Llegaron al teatro, un edificio pesado y deprimente, y lo encontraron cerrado.
—Tomemos un bote río abajo —sugirió no muy convencida Judy cuando vio el desencanto de Harris. Pero en el río pululaban bateas, canoas y botes de remos.
—Tomemos una copa. —Harris se dirigió hacia el bar más próximo, tras pasar ante ventanas llenas de gente que devoraban Wimpies, salchichas y huevos con patatas fritas. Entraron en un bar oscuro, todo él de madera y pavimento de piedra. Las camareras llevaban trajes de época y sonreían animadamente mientras se enfrentaban con la multitud. «Esto ya está mejor», se dijo, mientras encargaba un doble de Brown, un vaso de vino tinto y dos bocadillos de pernil y tomate. Pasó el vaso de vino a Judy, que se había sentado en un banco de una mesa redonda, de roble, y volvió por su cerveza. Se sentó a su lado y le apretó la mano para demostrarle que su estado de ánimo no repercutiría sobre ella.
—No está mal del todo, ¿no es cierto? —Se volvió para estudiar un gran madero cuadrado que salía del suelo y sostenía el techo bajo. Alargó el dedo para tocar la madera y sentir su honda granulación.
—¡Mierda! ¡Es de plástico!
Cuando salían del bar empezó a lloviznar. Aunque era un chaparrón bastante ligero, las entradas de las tiendas se taponaron de personas. Aparecieron impermeables de plástico para cubrir cabezas y hombros. Harris y Judy fueron golpeados por turistas que corrían a ponerse a cubierto.
—Vámonos, Jude —dijo Harris, cogiéndola firmemente del brazo y llevándola hacia la carretera.
Llegaron rápidamente al coche, luchando ambos contra la sensación de claustrofobia. Se sentaron en el coche y contuvieron el aliento. Harris había fumado medio cigarrillo cuando el sol salió de nuevo y cesó la lluvia. La gente salió de sus refugios riendo y llamándose a gritos. Un autocar se detuvo al otro lado de la carretera y descargó un río de visitantes; todos ellos estiraban los miembros, bostezaban y buscaban los lavabos.
—Mira estas mujeres —dijo el profesor, asombrado—. Todas tienen la misma cara. Todas son gordas y todas llevan gafas. ¡No puedo creerlo!
Judy estalló en carcajadas. Tenía razón. Todas parecían iguales. Sin saber porqué, Harris se sintió mejor. Por lo menos comprendía lo irónico de aquella visita fracasada al lugar de nacimiento de Shakespeare. Condujo el coche fuera de la atestada ciudad, hacia el campo.
Cuando la ciudad quedó atrás experimentó una honda sensación de alivio. Podía respirar de nuevo. No acababa de comprender por qué el gentío le afectaba de aquel modo. La gente le daba una sensación de repulsión, no como individuos, sino cuando formaban masa. Parecía mentira, pero era una sensación ligeramente afín a la repulsión que había experimentado por las ratas. Como si constituyeran una amenaza.
—Jude, ¿te parece que mi cabeza no funciona del todo?
—No, querido. Simplemente que te has encontrado con demasiada gente en el momento menos oportuno y en el lugar equivocado. Vinimos aquí precisamente para huir de la gente y dimos de bruces con ella.
A medida que las carreteras se hacían más tranquilas empezó a sentirse mejor. Avistaron ante ellos una colina que se curvaba hacia lo alto, con la cima cubierta de árboles y campos cultivados en su falda; los matices de color iban desde el amarillo brillante hasta el verde más intenso. Unas ovejas pastaban en los eriales de la vertiente.
—¿Quiere escalar? —preguntó Harris a Judy.
—De acuerdo.
Aparcó sobre un margen lleno de hierba y cerró el coche. Saltaron un seto y rodearon la punta de un campo mientras Judy explicaba la diferencia entre el trigo, el maíz y la cebada, y Harris disfrutaba con su propia ignorancia.
Saltaron de nuevo un seto, bajo la mirada de las ovejas. La colina se hacía ya más abrupta. A medida que se acercaban a la cima el esfuerzo empezó a notarse y se agarraron riendo, y en ocasiones caían juntos al suelo. Finalmente, llegaron a los árboles y dieron con un camino entre ellos que conducía a la cima. Allí había una planicie con más campos, que se extendían hasta la vertiente del otro lado y se difuminaban de nuevo entre los bosques.
Se estiraron sobre la pendiente cubierta de hierba y descansaron contemplando las colinas que los rodeaban, las casitas, las líneas grises de las carreteras. Una ligera brisa animaba la atmósfera, más bien cálida.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó Judy.
—Sí.
—Respira fuerte.
Se volvió para cogerla.
—Está todo tan tranquilo, sin gente. Parece como si cada cosa recuperara su perspectiva correcta.
Una oveja que había perdido su rebaño pasó precipitadamente por su lado. Cuando hubo pasado se volvió y les lanzó un balido; luego continuó corriendo.
—Eso tú —gritó Harris.
Se volvió hacia Judy y la besó, primero suavemente, con besos cortos y tiernos, tocándole solamente los labios, luego con fuerza y con urgencia. Su mano se deslizó bajo el jersey de ella, sobre sus pechos, pequeños y redondos.
—Harris, puede venir alguien —le advirtió ella.
—¿Aquí arriba? —dijo en son de burla—. Bromeas. ¿Quién puede ser lo bastante tonto para subir hasta aquí?
Le bajó la cremallera del pantalón. Ella le besó en la cara y en el cuello: el amor estaba excitando su deseo y empujó su cuerpo hacia él con un movimiento rítmico. Harris tiró del pantalón mientras ella levantaba el cuerpo para ayudarle, luego pasó ligeramente los dedos sobre sus suaves muslos. Se inclinó para besarlos, trazando con la lengua rayas húmedas a lo largo de cada miembro. Su mano empezó a acariciar el fino tejido de las bragas, luego se metió entre sus muslos.
Ella, gimiendo de placer, alargó las manos y le soltó la ropa para ponerlo cómodo. Los dedos de él se deslizaron lentamente entre las casi trasparentes bragas y la suave piel, hasta llegar al sedoso pelo púbico y luego más abajo, entre los muslos, donde se mojaron con ella. Bajó las bragas suavemente a lo largo de sus piernas y las dejó al lado del pantalón. Se sentó a medias, disfrutando con la visión de sus muslos desnudos sobre la rica hierba verde.
Ella le inclinó hacia sí.
—Amor mío —susurro, sin que de veras le importara—, alguien puede vernos.
—Aquí arriba, no. Nadie puede vernos aquí arriba.
Entró en ella, muy suave y muy lentamente. Luego quedaron unidos, con las piernas de ella ligeramente dobladas y los pies planos contra la pendiente. Empezó a moverse en su interior, adentro y afuera; sus pasiones iban al mismo ritmo, como les sucedía tan a menudo. Ella empujó su cuerpo contra el de él y ambos se hundieron en la dulzura del amor físico.
Pero a medida que sus movimientos se hacían más frenéticos, pies y rodillas empezaron a perder el apoyo sobre la pendiente herbosa. Él, al sentir que se deslizaba, se retorció de nuevo hacia adelante, agarrando unos manojos de hierba para levantarse. Pero al reanudar el juego resbaló de nuevo, saliéndose esta vez de ella. La cosa no le hizo tanta gracia como a Judy.
—Démonos la vuelta —dijo, entrando de nuevo con fuerza en su interior.
Lo hicieron cuidadosamente, poco a poco, en sentido contrario al del reloj; trataban desesperadamente de no separarse, y se reían ya los dos por el espectáculo ridículo que seguramente ofrecían.
—La sangre se me sube a la cabeza —dijo ella entre risitas.
—No te digo a dónde se me sube a mí —contestó con un gemido mientras luchaba por no caer rodando hacia adelante, por encima del cuerpo de Judy. Se mantuvo sobre la hierba, apretado contra ella; el esfuerzo de sus brazos se hacía más intenso a medida que sus cuerpos aceleraban su ritmo ascendente. Ella se retorcía debajo suyo, y en dos ocasiones estuvo a punto de enviarlo rodando colina abajo. Alcanzaron el clímax, Harris casi con alivio, y juntos todavía dejaron que sus cuerpos rodaran y se deslizaran lánguidamente hacia abajo.
Descansaron unos minutos mientras sus cuerpos disfrutaban del cálido sol y absorbían la ligera brisa sobre su desnudez.
—Te quiero, amor mio —dijo Judy.
—Bueno, porque yo también.
Se vistieron de mala gana, y Harris encendió un cigarrillo. Judy se apoyó de nuevo contra él y ambos estudiaron el cielo de cobalto.
Una voz interrumpió sus tranquilos pensamientos:
—Susa, preciosa, no te alejes demasiado.
Los dos se incorporaron y miraron en dirección del sonido. Apareció saltando sobre el borde de la colina una niña de unos siete años, seguida de cerca por un hombre y una mujer que se preguntaron por qué la joven pareja que estaba sentada sobre la vertiente de la colina había estallado en carcajadas.