La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 8 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 7

Harris no estaba de humor para volver a la escuela aquella tarde. Paseó un rato por las calles de su infancia, pasando por lugares olvidados hacía tiempo; un estanque donde compró su primer paquete de cigarrillos Domino; la casa de Linda Crossley, aquella chica que, cuando eran adolescentes, una noche les dejó a él y a seis compañeros suyos que se fueran con ella a la parte trasera de su club de juventud —y que desde entonces conservó el nombre de «siete en punta»—; solares bombardeados, donde todavía no habían llegado las inmobiliarias; postes achaparrados que habían servido en otros tiempos para atar los caballos y que en su época servían para jugar a la «pídola», aunque ahora ya no quedaban casi caballos y, además, ¿cuándo había visto por última vez a los niños jugar a la «pídola»? Finalmente, cogió un autobús y volvió al piso. Preparó algo de té y se sentó en su única butaca, deprimido todavía por los acontecimientos de la mañana. Keogh, la mujer y su hija, los pobres vagabundos, Ferris y la vieja. Londres civilizado y alegre: ¡Londres sucio y podrido!

A pesar de su aspecto moderno y de su alto nivel de vida, todavía podía incubar una plaga odiosa, transmisora de enfermedades como la que hoy había visto. ¡Y de qué tamaño! ¿Cómo se había producido aquella mutación? Eran bichos inteligentes. En dos ocasiones, una de las ratas negras, grandes, se quedó plantada ante él, observándole (¿y si se trataba en los dos casos de la misma? ¡Dios mio!), sin acobardarse, sin prepararse para el ataque, simplemente vigilándole, como si le estudiara, inescrutablemente.

¿Cuánta gente moriría antes de poder reducirlas? ¿Y de dónde procedían? ¿A qué se debía tanta inteligencia en comparación con sus compañeras más pequeñas? Bueno, ¿para qué preocuparse? Era un problema para las malditas autoridades. Pero no sabía qué le irritaba más, si la plaga en sí o el hecho de que sólo pudiese darse en el este de Londres. No en Hampstead o en Kensington, sino en Poplar. Quizá eran los antiguos prejuicios contra las clases medias y altas, contra los ayuntamientos que sacaban a los obreros de sus suburbios, los metían en bloques altos y alejados, les decían que nunca habían estado como ahora, y no comprendían que cuarenta hogares en un bloque de apartamentos se convertían en cuarenta células de reclusión, donde la comunicación se limitaba a una conversación en el ascensor. ¿No era esto lo que realmente le cargaba? Que esos mismos ayuntamientos permitiesen la suciedad que podía engendrar una plaga como aquellas ratas negras. Recordaba la indignación que le produjo el hundimiento de un nuevo piso «ultramoderno» en el que por puro milagro «sólo» murieron nueve personas. Su resentimiento iba no sólo contra los arquitectos que diseñaron la construcción del «bloque», sino contra el Ayuntamiento, que aprobó el diseño. Recordaba los rumores que corrieron luego; según el más popular, un ladrón de cajas fuertes tenía gelignita en el piso, y al explotar ésta reventó una de las placas de hormigón y provocó el hundimiento, como un castillo de naipes, de uno de los muros laterales. Luego hablaron de una fuga de gas, hecho que más tarde se confirmó. Pero lo cierto era que la construcción en sí había convertido un pequeño accidente en un desastre de grandes proporciones. La construcción siguió el método más barato de edificar, el método más barato de embutir a treinta o cuarenta familias en la menor superficie posible. Esto era lo que amargaba a Harris: la incompetencia de las autoridades.

Al final tuvo que sonreír para sus adentros. Continuaba siendo en el fondo un estudiante, un rebelde contra los poderes constituidos. En su calidad de profesor estaba directamente bajo el control de un organismo gubernativo, y a menudo le exasperaban las decisiones de «comité», aunque sabía que entre los miembros del comité había hombres y mujeres de buena voluntad que realmente se preocupaban, que luchaban duramente para que se tomaran las decisiones justas. Se había enterado de muchos casos de personas que habían combatido, por ejemplo, la decisión del gobierno de prohibir la distribución gratuita de leche a los niños. Casos de hombres y mujeres que estuvieron a punto de perder sus empleos por su actitud de protesta.

No, no era lo mejor encarnizarse contra los que mandaban, porque sabía muy bien que en todos los niveles se daba la indiferencia. El fontanero que dejaba sin reparar una tubería averiada. El mecánico que dejaba un tornillo flojo. El conductor que circulaba a ochenta kilómetros por hora en medio de la niebla. El lechero que dejaba medio litro en lugar de uno. Todo era cuestión de grado. ¿No se refería el pecado original más o menos a lo mismo? Todos somos culpables. Y se durmió.

A las seis y cuarto le despertó el golpe de la puerta de la calle al cerrarse y los pasos que subían corriendo la escalera.

—Hola, Jude —le dijo cuando ella entró con el rostro congestionado y sin aliento.

—Hola, gandul —le dijo besándole en la nariz—. ¿No has leído todavía los periódicos? —Desplegó un Standard y le señaló los titulares que hablaban de más muertes por ratas.

—Sí, ya lo sé. Yo estaba allí. —Le contó lo sucedido aquel día, con voz dura y exenta de emoción.

—Oh, querido, es terrible. Esa pobre gente. Y tú también. Debió de ser horrible, ¿no es cierto? —Le acarició la mejilla, porque sabía que su irritación cubría unos sentimientos más hondos.

—Estoy simplemente harto, Jude. Es demencial que la gente muera tranquilamente de este modo, en nuestros días y en esta época.

—De acuerdo, querido. Pero pronto lo resolverán. No es como antes, cuando estas cosas podían irse de la mano.

—Pero lo malo no es esto. Lo malo es que no tendría que haber sucedido.

De repente, Harris se relajó, como sucedía por reacción natural cuando las cosas superaban su capacidad de absorción. Llegaba hasta un determinado punto, pero cuando sabía que no podía hacer nada, su mente se desentendía.

Miró sonriente a Judy.

—¿Qué te parece si nos vamos fuera este fin de semana? Iremos a visitar a la tía tonta de Walton. El aire fresco nos hará bien a los dos.

—De acuerdo —los brazos de Judy rodearon su cuello y lo apretaron fuertemente.

—¿Qué tenemos para cenar? —preguntó.

El resto de la semana, en lo que a las ratas se refiere, transcurrió sin incidentes. La opinión pública había reaccionado indignadamente, y la prensa emprendió las campañas habituales para pedir la limpieza de Londres. Hubo debates airados en la televisión por parte de políticos y consejeros, incluso una declaración del primer ministro. Se acordonaron grandes zonas de los muelles y se enviaron equipos de desratización. Los descargadores se declararon en huelga dos días hasta convencerse de que no quedaba ya ni rastro de las ratas. La policía y el ejército investigaron los canales que conducían a los muelles, pero no dieron con roedores mayores que los de siempre, e incluso éstos en escasa cantidad. Llegaban regularmente denuncias de ratas negras y grandes, pero cuando se investigaba solía ser un perro o un gato. Los padres acompañaban a sus hijos hasta la escuela y de vuelta de ella si el recorrido incluía alguna calle solitaria. Los solares bombardeados y de juego aparecieron insólitamente tranquilos. Las tiendas de animales de todo Londres hicieron su agosto vendiendo gatos y perros. Los expertos pusieron veneno, pero las víctimas fueron siempre ratones o las ratas normales, más pequeñas.

No se encontró ni una sola rata negra.

La gente perdió pronto el interés por el tema a medida que otras noticias ocupaban las primeras planas de los periódicos. Historias de violaciones, robos e incendios provocados, políticos o no, se convirtieron de nuevo en temas de conversación. Aunque la búsqueda continuaba y se distribuyeron productos químicos para envenenar a las ratas, nada pudo encontrarse, no se produjeron más muertes y se consideró dominado el peligro. Foskins continuaba inquieto y se preocupó de que su departamento cumpliera hasta el fin el programa fijado; el fin buscado era la extinción de cualquier plaga que pudiese dañar a las personas o a las propiedades. Sin embargo, pronto se comprobó que la tarea resultaría prácticamente imposible si el gobierno no concedía más ayuda, pero a medida que la reacción pública se amortiguaba, disminuía igualmente el dinero que salía de la bolsa del Tesoro.