La invasión de las ratas
Capítulo 16
Harris introdujo el coche por el tapón de vehículos militares y de la policía que obstruía Whitehall. Tuvo que detenerse varias veces para enseñar su pase a la policía. Cuando lo hacía le daban paso inmediatamente, tras un breve saludo. Se fue abriendo camino hasta llegar al edificio de granito gris del Ministerio de la Defensa, ahora cuartel general de operaciones. El recorrido a través de las calles desiertas había constituido una extraña experiencia, por no decir otra cosa; sólo había experimentado algo igual en las horas que preceden al alba, cuando volviendo de una fiesta los desfiladeros de cemento de Londres parecían virtualmente privados de vida y el ruido del tráfico y de las personas se convertía en algo irreal, difícil de imaginar. Pero incluso entonces solía aparecer otro coche solitario o quizá un hombre en bicicleta que volvía del turno de noche. Hoy no había nada. No había visto ni un coche patrulla del ejército, de los que recorrían las calles comprobando que la ciudad estaba vacía y que no quedaba personal no autorizado. En los dos días anteriores hubo muchos problemas con los saqueadores: devoradores de carroña que pensaban aprovechar la oportunidad de su vida para llenarse los bolsillos sin problemas. Se habían equivocado: nunca había sido tan estricta la seguridad. Estar en Londres sin autorización significaba la detención inmediata. Toda la zona estaba ocupada por policías y personal del ejército, cuya misión expresa era que se cumpliera la prohibición dictada por el gobierno.
—¿Dará resultado, querido? —dijo Judy interrumpiendo sus pensamientos.
Se volvió hacia ella con una débil sonrisa, incapaz de esconder su inquietud.
—Ha de darlo, ¿no te parece? —dijo.
Frenó un momento para que un camión del ejército saliera de una hilera de vehículos de color marrón, llenos todos de soldados con pesados trajes protectores y una máscara de gas colgando de cada rodilla; cogió la mano de ella y la apretó cálidamente. Como miembro del «comité de acción», nuevamente reorganizado, había dispuesto de cierta influencia para conseguir que Judy se quedara con él en lugar de ser trasladada al campo por cinco días. No era idea suya porque el peligro que correría cualquier persona que se quedara en la ciudad aquel día (y posiblemente los dos días siguientes) podía ser grande. En cierta medida toda la operación era impredecible. Pero ella había insistido en quedarse con él y consiguió que la excluyeran de la prohibición, inscribiéndola en el amplio equipo administrativo necesario para la «Operación Exterminio».
La «Operación Exterminio» se basaba en un plan sencillo imaginado por Harris, y gracias al cual había sido reincorporado al comité. Era el tipo de inspiración que sólo podía darse en una persona no habituada o atenazada por las complejidades de una mente científica, tan osado y poco complicado era el concepto. Tras la crisis inicial provocada por el contraataque de las ratas, los miembros del equipo original se habían hundido en un estado de confusión y desesperación. Los bichos se habían inmunizado rápidamente al virus, aunque la enfermedad que transmitían se había debilitado considerablemente. Pero ellos, los animales, se habían hecho más fuertes, como si desearan ardientemente vengarse, y habían creado el caos no sólo en el este de Londres, sino en toda la ciudad; cada vez que emergían de sus madrigueras dejaban una estela de sangrientas carnicerías. Durante aquel martes trágico se habían producido muchos ataques: un cine, un hospital, un hogar de ancianos, incluso un bar. Los animales del zoo de Londres habían sufrido un ataque terriblemente encarnizado. Muchos animales habían escapado al parque que rodeaba al zoo y los que no pudieron ser capturados fueron abatidos. Se habían producido ataques en masa contra individuos aislados, que no disponían de ningún recurso contra el poder de los bichos. A medida que avanzaba la noche iban llegando informes de destrucción y derramamiento de sangre.
Se celebró una reunión de urgencia entre el comité y funcionarios del gobierno. Foskins no asistió. El primer ministro lo había destituido inmediatamente al recibir la noticia y no se le vio más en los frenéticos días que siguieron. Se añadieron nuevos miembros al equipo original, pero el nuevo plan estuvo ideado antes que pudiesen llevarse a efecto los cambios.
Cuando a Harris se le ocurrió la idea la dijo a bulto, casi inmediatamente, sin darse tiempo para reflexionarla. Más tarde pensó que de haberlo hecho seguramente habría guardado quieta la lengua, por considerar la idea demasiado sencilla, demasiado amplia en su concepto, y que si valía la pena alguno de los miembros más listos o más científicos del equipo habría dado con ella.
La idea, que procedía de las reuniones del equipo anterior, era básicamente la siguiente: puesto que el gas era el único método probado para destruir los bichos, había que atraerlos hacia el exterior para que el gas pudiese actuar sobre ellos. Esto podría conseguirse utilizando haces de ultrasonidos situados en puntos estratégicos por toda la ciudad que emitirían ondas sonoras hacia zonas lo más extensas posible, atrayendo a las ratas al exterior, donde pudiera utilizarse el gas. La idea, con gran sorpresa para Harris, fue aceptada en principio, con sólo ligeras reservas; se introdujeron unos pocos refinamientos. Habría que evacuar a Londres. La medida era drástica, pero las consecuencias serían fatales si no se tomaban los pasos necesarios. Los londinenses tendrían que dejar sus casas y emigrar hacia los alrededores para escapar así a los efectos de las grandes cantidades de gas que se utilizarían. De todos modos la evacuación era esencial para evitar los ataques por parte de las ratas. Ya no podía garantizarse la seguridad de nadie. Se construirían grandes recintos en los parques, la mayor cantidad posible de ellos en el plazo fijado, y los transmisores se situarían en el interior para emitir desde allí las ondas sonoras de alta frecuencia. El tono adecuado se calcularía fácilmente sobre ratas negras cautivas. Una vez los animales dentro, se bloquearían las entradas y se vertería el gas mortal. El peligro seria grande para las personas que se hallaran en el suelo, y por ello se utilizarían helicópteros que desde el aire lanzarían el gas al interior del recinto. En el exterior esperarían tropas de tierra con camiones acorazados armados de cañones de agua, lanzallamas y más gas. La construcción de los recintos y la evacuación completa de Londres (excepto las personas indispensables para mantener los servicios esenciales de la ciudad) tendría que realizarse como máximo en seis días, de lo contrario existía el riesgo de que los roedores, multiplicándose rápidamente, invadieran del todo la ciudad. No había tiempo para lucubrar sobre el origen mismo de la plaga. Su tamaño, su fuerza, su punto de origen, su multiplicación a pesar del virus, su inteligencia superior a la de la especie más pequeña (el instinto de esconderse mientras la infección estaba acabando con sus compañeras): todas estas preguntas tendrían que esperar más tarde su respuesta. Ahora lo importante era sobrevivir.
Aquel día —puesto que el plan tuvo que idearse, estructurarse y ponerse en marcha por la noche— se declaró el estado de emergencia en la ciudad. Se informó a los habitantes que serían evacuados por sectores, aunque miles de ciudadanos se fueron sin ninguna presión con sólo enterarse de los acontecimientos de la noche; se utilizarían como refugios provisionales los ayuntamientos de los pueblos, las iglesias, las escuelas —cualquier edificio público—; se erigieron en los campos grandes entoldados y tiendas; se pedía a la gente que se fuera con su familia si tenían parientes en otras partes del país; se publicó la orden de que los saqueadores serían fusilados sobre el terreno; cualquier persona que permaneciera en Londres sin autorización después del sexto día sería detenida (se sabía que no llegarían a marchar todas las personas que vivían en la ciudad, pero por lo menos las leyes de emergencia las obligarían a quedarse en casa, y era de esperar que lejos del peligro).
Por suerte hasta el momento la zona del sur del río no se había visto afectada, pero se decidió vaciar los límites interiores de los extensos barrios periféricos como precaución adicional.
Mucha gente protestó: no querían irse de casa, no tenían miedo a los bichos. Pero no les quedaba otra solución: si no se iban pacíficamente, se los obligaba a ello, porque no quedaba tiempo para cortesías o discusiones. El periodo de exilio sería de dos semanas a partir del primer ataque con gas. Se necesitaría tiempo para asegurar el exterminio del último roedor; las alcantarillas se colmarían hasta el tope de gas; habría que vaciar y limpiar cualquier posible lugar de ocultación para los animales: sótanos, túneles, ruinas.
Nadie sabía sin embargo si se conseguiría borrar la vergüenza y estupefacción ante los ojos del mundo.
Las barricadas alrededor de los parques se elevaron con una notable rapidez, porque se destinaban más bien a confinar el gas en una zona más concentrada que a encerrar a las ratas. Las carreteras que salían de Londres se atascaron con coches y autocares, y los trenes efectuaban servicios continuos a las provincias vecinas. Llegaron tropas para patrullar por las calles y resolver la emergencia. En muy corto plazo se produjeron en masa más trajes protectores para el ejército y la policía. Toda manifestación pública fue interceptada rápidamente y dispersada y resuelta, a ser posible de modo pacífico.
Al principio parecía que la ciudad nunca estaría a punto para la inminente batalla, pero, milagrosamente —y en gran parte gracias a la colaboración del público, estimulado por el pánico—, al quinto día el montaje estaba casi a punto. Se celebraron conferencias de última hora, se revisaron los planes existentes, se transmitieron instrucciones finales a las tripulaciones de los helicópteros y al ejército, y luego vino la larga vigilia durante una vacía noche en espera del alba y de la crisis definitiva que el día traería consigo.
Harris y Judy estuvieron despiertos gran parte de la noche, haciendo el amor, conversando, para no pensar más en los inminentes acontecimientos. Cuando el alba gris obligó a la noche a retirarse, se sumieron en un sueño inquieto mientras el sol se levantaba lentamente sobre una ciudad extrañamente silenciosa.
Despertaron, y su cansancio se evaporó inmediatamente al llenarse su mente con los pensamientos del día. Judy preparó un desayuno que casi no probó y se dispusieron a salir a la calle casi desierta. Cuando abrieron la puerta de la calle vieron una rata negra que atravesaba la calzada y se escurría hacia el parque de enfrente.
Corrieron hacia el coche y partieron mientras Harris miraba inquieto por el retrovisor, como si esperara ver la calle llena de bichos.
Llegaron finalmente al edificio del Ministerio de la Defensa, aparcaron al lado de un reluciente Rolls Royce y se abrieron paso hacia la sombría entrada, mostrando sus pases. Mientras recorrían los interminables corredores hacia sus respectivas salas de operaciones encontraron a un risueño Howard.
—¡Buenos días! ¿Todos a punto para el gran día? —dijo, dándoles una entusiástica palmada.
—Bastante a punto —sonrió el profesor.
—He pasado aquí toda la noche. Dormí unas horas en una litera de campamento. Todo está dispuesto para la gran operación.
—Bien.
—Creo que me voy a mi sala —dijo Judy—. Estar situando entradas de alcantarillas a partir de viejos mapas y trasladarlos a los nuevos callejeros no responde precisamente a mi idea de diversión, pero si sirve de algo…
Todos se volvieron a la vez hacia una figura familiar que se les acercó a grandes pasos desde el otro extremo del pasillo haciendo ademanes con el brazo. Cuando la figura estuvo más próxima comprendieron asombrados que se trataba de Foskins. Sin corbata, sin afeitar desde hacía días, pero con una mirada excitada en los ojos.
—Dios mío, ¿qué está haciendo aquí? —preguntó Howard mirando incrédulo al ex subsecretario.
—He estado aquí desde el último martes —dijo mientras la animación se trocaba en una mirada de amargura. Estiró su camisa abierta y se abrochó la chaqueta—. Antes de nuestra última y, ejem, fracasada operación, había ordenado una investigación en los archivos sobre cualquier persona procedente de una zona tropical que hubiese entrado en el país en los últimos dos o tres años.
—¿Se refiere a un país capaz de criar esta clase de rata, o por lo menos algo parecido? —dijo Howard.
—Exactamente. Pero por desgracia pensamos que la operación virus daría resultado y la investigación se dejó de lado. Tengo, bueno, tengo que admitir que lo olvidé todo en la excitación que vino después.
Hubo un silencio ligeramente incómodo que Harris rompió:
—¿Y bien?
—Pues, tras mi destitución reuní la información que había pedido y empecé a estudiarla yo mismo.
—¿Por qué? —preguntó Howard fríamente.
—Porque, bueno…
—No importa —interrumpió Harris mirando con desdén a Howard—. ¿Qué pudo encontrar?
—Como es lógico había muchas entradas del trópico, pero sólo unas pocas coincidían con lo que buscábamos. Hice unas preguntas, porque todavía dispongo de amigos en los departamentos civiles, y encontré a una persona.
Su mano temblaba al levantar un papel.
—Este hombre. El profesor William Bartlett Schiller, zoólogo. Había pasado varios años en Nueva Guinea y las islas adyacentes, parece ser que investigando informes sobre unos animales mutantes vistos por los habitantes locales. Parece muy posible, porque una isla de esa zona fue utilizada para una prueba nuclear y algunos de los habitantes fueron afectados por las radiaciones. Como es lógico no se dio publicidad al asunto, pero de algún modo Schiller se enteró y decidió realizar algunas investigaciones.
—Muy bien —dijo Howard con impaciencia—. ¿Pero qué le hace suponer que este profesor tenga algo que ver con las ratas?
—Está claro que el profesor estuvo en Nueva Guinea e intervino en el estudio de las anormalidades en animales —Foskins, irritado, se convertía de nuevo en el hombre que había sido, que había sido por lo menos en público—. Hay que añadir — continuó— que se instaló en Londres. Cerca de los muelles. En una casa al lado de un canal.
—¡El Canal! —exclamó Harris—. Desde luego: estuve intentado recordarlo. Fue allí donde aparecieron las ratas al principio. Keogh las vio. ¡Yo las vi! Cerca de la casa del viejo guarda de la esclusa. Solía jugar allí de pequeño, pero cerraron el canal y el guarda se trasladó. Apuesto a que el profesor cogió aquella casa.
—Ésta es la dirección —dijo Foskins alargándole un trozo de papel.
—Sí, ésta es.
—Bueno, vamos —interrumpió Howard—. ¿Qué importa ahora? Ese profesor chiflado pasó de contrabando un ejemplar de su especie mutante y se lo llevó a casa para estudiarlo…
—Le permitió reproducirse…
—Sí, le permitió reproducirse. Pero este conocimiento no nos sirve de nada ahora. La operación sigue el curso previsto. Quizá más tarde podamos investigar…
—¿Y por qué no ahora?
—Porque, señor Foskins, hoy hay cosas mucho más importantes que resolver. ¿O no se ha enterado de la «Operación Exterminio»?
—Sí, claro, pero si han de exterminarlas…
—No dispongo de más tiempo para este tipo de discusión, señor Foskins, por lo tanto si me permite…
—¡Desgraciado estúpido! Pronto desapareció de escena cuando falló su última idea.
—¡Alto! Usted estaba muy ocupado asumiendo todo el mérito de la idea, no veo que no pudiera también cargar con toda la culpa.
Foskins palideció y luego su cuerpo entero pareció perder tensión.
—Sí… está en lo cierto. Acepto la culpa, pero le ruego que aprenda de mis errores.
—No tiene importancia ahora, ¿comprende? Vamos hombre, luego podremos realizar todas las investigaciones que queramos, pero ahora lo que hay que hacer es exterminarlas. —Se volvió hacia Harris que había intentado sin éxito dejar de simpatizar con el antiguo subsecretario—. ¿Viene, Harris? Tenemos mucho trabajo.
—Cierto. —Dio un golpecito al brazo de Foskins—. Se investigará, no se preocupe. —«Y me aseguraré de que saque de esto algún beneficio», pensó.
Se dirigieron hacia la gran sala de operaciones, dejando a Judy sola al lado del hombre angustiado.
Toda idea de Foskins se desvaneció de sus mentes cuando entraron en la bulliciosa sala de operaciones. En el centro había un enorme mapa de Londres con zonas de color verde que ilustraban los parques y luces rojas apagadas indicando las posiciones de los transmisores. Cuando entraran en funcionamiento se encenderían las luces rojas. La posición de los helicópteros estaba indicada por Hechas amarillas y la de los vehículos de las tropas por azules. La sala estaba atestada de gente, la mayoría con alguna función a desempeñar, pero muchos también como espectadores. Harris vio al primer ministro discutiendo detalles de último momento con el jefe de Estado Mayor. Un lado de la sala estaba destinado al equipo de radio y televisión; los transmisores se manejarían desde aquí, las instrucciones se transmitirían a las tropas y a los helicópteros, y todo se seguiría a través de las cámaras de los helicópteros y de las cámaras instaladas en las calles. La operación entera sería televisada a todo el país y transmitida por satélite a otros países. El primer ministro consideraba vital su presencia, no para la operación en sí, sino para su carrera política. Que se le viera al frente de un ejercicio de salvación de estas dimensiones —y que se le viera en todo el mundo— constituía un extra con el que pocos dirigentes habían disfrutado. Desapareció en una sala adyacente para ser entrevistado por las redes de televisión.
Harris había empezado apenas a estudiar el gran mapa de cristal cuando vio a Judy que discutía acaloradamente con un sargento del ejército cuya misión era impedir el paso de intrusos y le señalaba a él con la mano. Se fue hacia ella.
—¿Qué sucede, Judy?
—Foskins. Se ha ido solo a aquella casa.
—¿Para qué?
—No lo sé. Dijo simplemente que tenía que hacer algo; algo que sería una enmienda, quizá podría encontrar el nido.
—Dios mío. ¡Lo van a matar! —Salió al hall cogiendo a Judy por el brazo.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó ella ansiosamente, sospechando ya sus intenciones.
—Tengo que salir tras él.
—No. Por favor, Harris, no lo hagas.
—No te preocupes, Jude. Llegaré antes a la casa. Él ha de encontrar el camino, pero yo cortaré. Por lo menos podré evitar que se meta dentro.
—Pero están los transmisores de sonido, empezarán a emitir en cualquier momento.
—Es cierto. Pero el camino será más seguro, porque las ratas irán directamente a los parques.
—No lo sabes, quizá te ataquen.
—En el coche estaré a salvo. Tengo una máscara de gas y un traje protector, recuérdalo… es equipo estándar.
—Por favor, no lo hagas.
La apretó contra sí.
—Te quiero, Jude. —La besó en la frente—. Pero me voy.