La invasión de las ratas
Capítulo 10
Las ocho y media. El ajetreo matinal de cada lunes estaba en pleno auge. Los pasajeros del tren metropolitano leían sus periódicos de la mañana o sus novelas; dormían o dormitaban; charlaban o meditaban; estaban de pie o sentados. Algunos, a veces, incluso reían. Los escribientes se rozaban con los directores financieros; las mecanógrafas con las modelos; las camareras con los ejecutivos; los archivadores con los programadores de computadoras; los negros con los blancos. Los hombres miraban descarada o secretamente las piernas de las chicas; las chicas devolvían las miradas o simulaban no enterarse. Unas mentes estaban ocupadas con la semana que comenzaba; otras mentes pensaban en el fin de semana transcurrido; otras estaban casi en blanco.
Jenny Cooper estaba sentada, leyendo el consultorio de una revista femenina, y sonreía de vez en cuando ante las situaciones ridículas en que parecían meterse algunas chicas. Se burló también de algunas respuestas. Sus ojos recorrían la página, pero sin enterarse realmente de las palabras que leía, y sus pensamientos retrocedieron a la fiesta de la noche del sábado anterior. Estaba impaciente por llegar al trabajo y hablar a sus amigas del chico fabuloso que la había acompañado a casa: especialmente contárselo a Marion, que siempre tenía centenares de chicos y no dejaba a las demás que lo olvidaran. Jenny no se consideraba muy atractiva; sus ojos eran en exceso pequeños y juntos, su nariz un poco demasiado larga. Sin embargo tenía buenas piernas; eran largas, ni muy delgadas ni muy gordas. Su pelo tenía siempre un bonito aspecto. Bonitos rizos y un bonito color suave. Y su cara era realmente atractiva si procuraba no sonreír demasiado fuerte. De todos modos, a aquel chico le había gustado de veras: se lo había dicho. Había tenido otros «ligues», pero ninguno llegaba al nivel habitual de Marion. Eran chicos que a ella le gustaban, pero siempre se sentía algo incómoda cuando salía con ellos. Éste, en cambio, era distinto. Era tan guapo como cualquiera de los de Marion; más guapo incluso que muchos de ellos. Y le había pedido salir otra vez. Hoy, por la noche. Al cine. Le faltaba tiempo para enseñarlo a sus amigas. Marion se moriría de envidia.
Violet Melray, sentada a su lado, leía una novela de época. Las novelas románticas la absorbían profundamente, siempre sabía las sensaciones de la heroína en cualquier momento, sufría con ella, experimentaba sus desencantos, su felicidad. Suspiró interiormente cuando el héroe de la historia, tras perder su bienes, a su esposa (que había sido tan malvada y artera) y a su brazo derecho en un accidente de caza, volvía a la mujer que realmente amaba, a la heroína, tan suave, tan pura, tan dispuesta a recogerle de nuevo en sus brazos y a consolarlo en sus penas, dispuesta a sacrificarlo todo por él, por el hombre que había traicionado su fidelidad y que ahora la necesitaba tanto. Violet recordaba lo romántico que había sido George. Cuando eran novios le enviaba flores, pequeños regalos, poemitas. ¡Qué considerado había sido siempre! Pero ahora, después de dieciséis años y tres niños, se sentía más inclinado a la camaradería que a la galantería. Sin embargo era buena persona, muy formal, pero muy blando.
Había sido buen marido para ella y buen padre para sus hijos, siempre fiel, siempre paciente. Su amor había madurado con los años, de hecho no se había extinguido como parecía suceder con la mayoría de las parejas. Los problemas se trataban con lógica, más que con emoción; y la emoción se medía cuidadosamente sin dejar que desbordara. Si por lo menos no fuera tan sensato. Si alguna vez quisiera darle una sorpresa. Algo asombroso. No meterse en un lío, pero quizá mirar con interés a otra mujer. O volver a casa borracho. O tumbar de un puñetazo a su hermano Albert. Pero no, en realidad prefería que no cambiase. Era culpa de ella esta sensación de necesitar que algo le sucediese de vez en cuando, un poco de aventura, algo emocionante. A sus cuarenta y dos años tenía que haber superado sus impulsos más locos de aventura. Pero los chicos estaban en la escuela y ya sabían cuidarse solos, y su única válvula de escape era la media jornada de trabajo en una oficina de seguros. Los hombres eran bastante pesados, pero algunas de las chicas resultaban realmente divertidas. En todo caso la tenía ocupada gran parte del día, y cuando los chicos volvían de la escuela y George del trabajo, no le quedaba tiempo libre. Tenía que recordar a la hora del almuerzo que iría a Smith’s a comprar otro libro.
Henry Sutton se agarraba a la correa mientras el tren daba bandazos por el túnel. Intentaba leer el periódico, pero cada vez que lo desplegaba para pasar a otra página perdía fácilmente el equilibrio. Al fin renunció a esa tarea demasiado complicada, miró a la mujer que estaba sentada frente a él leyendo un libro y se preguntó en qué estación iba a bajar. Lo más probable era que tardara un poco; los lectores de libros seguían siempre largos recorridos. La chica joven sentada al lado. No. «Ésta trabaja en una oficina, y no bajará hasta que lleguemos a la City o al West End, y de momento la siguiente estación es Stepney Green». Tras tantos años de horas punta, Henry se había convertido en un experto en domicilios. No le salía tan bien por las mañanas —raramente conseguía sentarse—, pero por la tarde se situaba delante de una persona que con toda probabilidad bajaría pronto. Por ejemplo, cuanto más piojosa una persona, más pronto llegaba a su destino; la gente de color no pasaba nunca de West Ham; la gente bien vestida solía enlazar en Mile End para tomar la línea del centro. Sus veinte años trabajando para un procurador, un empleo mundano pero confortable, le habían enseñado también muchas cosas sobre la gente. La vida seguía un curso tranquilo, regular; no era muy interesante —aparte de algunos pocos escándalos—, cada día se asemejaba más bien al anterior. Normalmente no había casos de asesinatos, de violaciones o de chantajes, sino de divorcios, desfalcos o compras de pisos. Un material constante. Casi siempre monótono, a menudo pesado. Seguro. Se alegraba de no haberse casado y de haber podido vivir su vida sin tener que preocuparse de los chicos, el colegio, los vecinos, los plazos, las vacaciones. No es que con su sistema de vida llegara tampoco a ninguna parte. Creía en la necesidad de reservarse para sí y no meterse en los problemas de los demás. Tenía bastante de esto en el trabajo, aunque nunca se sentía implicado emocionalmente. El coro de la parroquia era la única expansión social de que disfrutaba. Se reunían una vez a la semana para ensayar y el domingo por la mañana, cantando con todo su corazón, daba curso al máximo de exhibicionismo que se permitía.
Levantó las gafas y se restregó el puente de la nariz. Los lunes no eran ni deprimentes ni excitantes para Henry Sutton; un día se parecía mucho a otro cualquiera.
El tren dio de pronto un bandazo y se detuvo chirriando, proyectando al sorprendido pasante de abogado sobre las faldas de Violet Melray y Jenny Cooper.
—Oh, perdonen —balbució, enrojeciendo mientras se ponía en pie de nuevo.
Otros pasajeros se encontraban en la misma situación y se estaban recuperando, algunos entre risas y otros con gestos de desaprobación.
—¡Otra vez lo mismo! —se oyó exclamar a una voz—. Veinte minutos más de retraso.
Estaba equivocado. Estuvieron sentados o de pie cuarenta minutos, que pasaron agitadamente, mientras trataban de captar la conversación que sostenían a gritos el conductor y el guarda a través del intercomunicador. Henry Sutton, Violet Melray y Jenny Cooper iban en el primer vagón y por lo tanto pudieron oír con claridad las respuestas del conductor a las preguntas del guarda. Había visto algo en su línea, no estaba seguro de qué se trataba, pero era algo bastante grande, por lo que había apretado los frenos y cortado la marcha. Tanto si era un hombre como un animal el tren lo habría alcanzado, y no tenía remedio ya. Lo lógico era continuar y enviar un equipo desde la siguiente estación. Pero ahora sucedía que no le llegaba ni una gota de corriente. Quizá lo que acababa de atropellar había averiado el tren, aunque lo dudaba. ¿Quizá un cable roto? Le habían contado que las ratas podían roer los cables.
El conductor o «motorista», como se le denominaba oficialmente, había llamado al control central, y éstos le habían aconsejado que esperara un rato mientras localizaban y reparaban la avería. Pero lo que le decidió a actuar fue el olor de humo. Los pasajeros captaron al mismo tiempo el olor y comenzaron a moverse con aprensión.
Puesto que la siguiente estación, Stepney Green, no estaba muy lejos, diría a los pasajeros que bajasen del tren y subieran por el túnel. La cosa podía resultar peligrosa con tantos pasajeros, pero era mejor esto que un pánico dentro de los estrechos vagones. Empezaba a oír voces excitadas procedentes de su vagón, tras la puerta de la cabina. Participó al guarda sus intenciones, luego abrió la puerta de la cabina y se enfrentó con aquellos rostros ansiosos.
—Todo está en orden —les dijo para animarlos, con una falsa seguridad—. Una pequeña dificultad, eso es todo. Vamos a seguir por el túnel hasta la parada siguiente. No queda lejos y los raíles están sin corriente.
—Pero algo está ardiendo —le informó bruscamente un hombre de negocios con cara preocupada.
—Todo está en orden, señor. No hay que alarmarse. Pronto lo arreglaremos. —Se abrió paso hacia el extremo del vagón—. Voy a informar al resto de los pasajeros y, cuando regrese, los guiaré a través del túnel.
Desapareció en el compartimento siguiente, dejando a los desanimados usuarios en un silencio incómodo.
Unos minutos más tarde oyeron un grito seguido por exclamaciones de alarma. La puerta de conexión se abrió de golpe y brotó un río de pasajeros que a empujones y codazos se abrían paso por el apretujado vagón. El olor a quemado siguió inmediatamente. La histeria se contagió como el fuego que la causaba.
Henry Sutton fue proyectado de nuevo sobre las dos viajeras.
—Dios mío —murmuró mientras las gafas se balanceaban en la punta de su nariz.
Esta vez el agolpamiento de la gente le impidió desenredarse de las asustadas mujeres. Se vieron obligados a permanecer enlazados mientras hombres y mujeres pasaban empujándose, aterrorizados ya por el humo denso que empezaba a llenar el tren. Estallaron peleas cuando algunos hombres se veían detenidos por otros. A todo lo largo del convoy la gente forzaba las puertas y los pasajeros saltaban hacia el negro túnel; algunos quedaban inconscientes al chocar contra el muro y eran aplastados por los que caían encima suyo.
Violet trató de respirar bajo el postrado pasante mientras Jenny luchaba para liberarse.
—Lo siento muchísimo, señoras —dijo excusándose, incapaz de moverse—. Si… si conservamos la serenidad, estoy seguro que la aglomeración pronto aflojará y podremos salir del tren. No creo que de momento el fuego nos alcance. Disponemos de mucho tiempo.
Era curioso, pero Henry se sentía perfectamente tranquilo. Tratándose de una persona que había vivido tan pocas aventuras en su vida, le maravillaba su propia compostura. A menudo se había preguntado si demostraría coraje en un momento de crisis, y ahora, entre el pánico de todos los que le rodeaban, los gritos y los empujones, su propia falta de miedo le sorprendía. Estaba realmente satisfecho.
Por aquel entonces el vagón estaba ya menos apretujado porque la gente utilizaba las puertas laterales para escapar del humo asfixiante.
—Bueno, ahora creo que puedo levantarme. —Henry se puso en pie y se inclinó para ayudar a levantarse a la mujer y a la chica—. Creo, señoras, que deberíamos formar un grupo. Cuando nos metamos en el túnel nos cogeremos de las manos y avanzaremos palpando el muro. Yo guiaré y ustedes seguirán.
Condujo a las dos pálidas pasajeras hacia la parte delantera del vagón. De pronto los gritos alcanzaron un nuevo tono. En la oscuridad del túnel, iluminada por los faros del tren, podían verse figuras que luchaban contra algo. Había tantos rostros allí abajo que no podían entender exactamente qué sucedía. Henry captó la imagen de un hombre que conservaba su sombrero hongo y que desaparecía de su vista debajo de la ventana con algo negro en la cara. Cuando se acercaron a la puerta abierta del compartimento del conductor, vieron que la gente luchaba por regresar al tren, chocando con los que todavía intentaban salir.
Henry y sus dos compañeras alcanzaron la pequeña cabina del conductor.
«Vamos a ver ahora —se dijo a sí mismo—, aquí habrá una linterna o algo parecido: ahá, lo que buscaba».
Alcanzó una larga linterna recubierta de caucho, oculta en un rincón. Un repentino ruido como de arañazos le hizo girarse hacia la puerta abierta del conductor. Algo negro estaba agazapado allí. Encendió la linterna y dirigió hacia allí un rayo de luz. Jenny lanzó un grito cuando el rayo se reflejó sobre dos ojos relucientes y malignos. Instantáneamente, sin darse cuenta de sus actos, Henry descargó su pie, alcanzando a la rata en la cabeza y proyectándola hacia el túnel.
—Es una de las ratas negras que salieron en los periódicos —gritó Violet, horrorizada. Jenny rompió a llorar, hundiendo la cabeza en el hombro de la mujer mayor. Henry dirigió la linterna hacia la oscuridad y quedó paralizado ante aquella escena. En el estrecho espacio del túnel hombres y mujeres corrían, luchaban, se acurrucaban ante centenares de ratas que se lanzaban saltando desenfrenadas contra ellos, destrozándolos y estimulando su sed de sangre un auténtico frenesí. Cerró rápidamente la puerta y miró hacia el interior del vagón. Vio que las ratas habían entrado en el tren y estaban atacando a los pasajeros que no habían conseguido salir o que habían subido de nuevo. Cerró de golpe la puerta de la cabina y apagó la linterna.
Estaba temblando ligeramente, pero consiguió controlar el trémolo de su voz:
—Creo que ahora lo mejor será quedarse sentados aquí un rato, señoras.
Los tres se sobresaltaron cuando algo cayó contra la puerta. Jenny se puso a sollozar en voz alta; los espasmos sacudían todo su cuerpo. Violet hizo lo posible para consolarla:
—No será nada, querida. Aquí no pueden entrar —dijo calmándola.
—Pero debemos guardar silencio —dijo Henry, poniendo suavemente la mano sobre su hombro—. No tienen que oírnos. Creo que le partí el cráneo a aquel demonio y que no volverá a intentarlo. Propongo que nos agazapemos todos en el suelo y que hagamos el menor ruido posible.
Ayudó a sentarse a la chica sollozante y echó otro vistazo a través de la Ventana. Luego se arrepintió. Su mente captó una imagen que estaba seguro que no olvidaría mientras… pero rápidamente apartó de su mente todo pensamiento de vida o de muerte. Allá abajo se desarrollaba una pesadilla. Una escena del infierno. Vio miembros cubiertos de sangre; caras despedazadas; cuerpos reventados. Enfrente de él un hombre estaba de pie, apoyado contra la pared, rígido y tieso, con ojos que parecían mirar, sin vida, a sus propios ojos, mientras tres o cuatro ratas devoraban sus piernas. Una mujer gorda, completamente desnuda, gritaba lastimeramente mientras golpeaba a dos ratas que pendían de sus grandes senos. Un chico de unos dieciocho años trataba de escalar el techo del tren, apoyando los pies en la pared y haciendo lentamente palanca. Una gran rata corrió pared arriba y se lanzó sobre su regazo, obligando al chico a resbalar hasta el suelo. El aire estaba lleno de aullidos. Gritos de socorro que perforaban su cerebro. Y todo en la penumbra, contra la oscuridad del túnel, como si el entero proceso se desarrollara en un limbo negro. Y por todas partes animales negros y peludos que se escurrían, se subían por las paredes, se lanzaban por el aire, parando solamente cuando cesaban los esfuerzos de sus víctimas para luego comer y beber de ellos.
Henry se hundió sobre sus rodillas y se santiguó débilmente.
Se sobresaltó cuando una mano le tocó el hombro.
—¿Qué haremos? —le preguntó Violet, tratando de ver su rostro en la oscuridad. Con un esfuerzo intentó apartar la terrible escena de su mente.
—Vamos a esperar un rato para ver qué pasa. Deberán enviar a alguien por el túnel a investigar. Supongo que no van a tardar demasiado. —Alcanzó la mano de Violet y la acarició suavemente. Empezaba a disfrutar secretamente con la dependencia de la mujer en relación a él. Anteriormente siempre se había sentido algo tímido con el sexo opuesto, pero ahora, en medio del caos, estaba descubriendo un nuevo aspecto de su personalidad tímida. Una sensación de orgullo personal empezó a apagar los temores de su interior.
De repente los gritos cesaron. Quedaron inmóviles unos segundos, tratando de captar con sus oídos el menor sonido. Y luego oyeron los gemidos. Empezó como un largo y bajo gemido que se desarrolló en varios gemidos más. Pronto, todo el túnel resonó con los gritos de agonía, las voces plañideras y las llamadas de auxilio. Pero no hubo más gritos. Aquella urgencia estridente había desaparecido de las voces. Era como si los que quedaban mutilados —los que todavía estaban con vida— comprendieran que ya nada más podía pasarles. Se había perpetrado el horror y ahora sólo les quedaba vivir o morir.
Henry se incorporó y miró por la ventana. Podía ver uno o dos cuerpos próximos, pero la oscuridad ocultaba el resto.
—Creo que se han ido. —Se volvió hacia la mujer y la chica—: Creo que no queda ni rastro de las ratas.
Violet se puso de rodillas y miró hacia fuera.
—Pero, pero este resplandor qué es. Parece que se ve un resplandor en algún sitio. Henry se incorporó de un salto.
—¡Claro! ¡El fuego! Se esta extendiendo y probablemente ha asustado a las ratas. Tendremos que salir.
—No —gritó Jenny—. No podemos salir de aquí. Estarán esperando.
—Ni tampoco podemos quedarnos aquí —le dijo sin dureza—. Mire, creo que se fueron ya, asustadas por el incendio. Voy a salir a echar un vistazo para comprobarlo. Luego volveré con ustedes.
—No nos abandone —dijo Violet agarrándose a su brazo. Le dirigió una sonrisa mientras su rostro se iluminaba ya con el rojo resplandor. Era una mujer guapa, pensó. Probablemente casada. Y también con hijos. «No se pararía ni un segundo a mirarme en una situación normal. Lástima».
—De acuerdo. Iremos juntos.
—No, no. Yo no salgo de aquí. —Jenny se acurrucó en el rincón opuesto.
—Tiene que hacerlo, querida. Si se queda, dentro de poco se asfixiará. —El humo se estaba haciendo más denso—. Ahora no hay peligro, ya lo verá. —Se inclinó y la obligó a ponerse en pie, ayudado por Violet—. Cuando salgamos no quiero que ninguna de las dos mire alrededor —les dijo—. Limítense a cogerse conmigo y a mirar hacia adelante. Y por favor, confíen en mí.
Abrió cautelosamente la puerta y dirigió la linterna hacia el túnel, aunque apenas la necesitaba ya gracias al resplandor del fuego que se había declarado en algún lugar del convoy. Había cuerpos tirados entre las vías hasta donde su vista alcanzaba, algunos todavía se movían, algunos se arrastraban túnel arriba, alejándose del tren, otros yacían totalmente inmóviles. Creyó distinguir pequeñas formas que se movían entre ellos, pero no estaba seguro y quizá se debía a una apariencia creada por la luz movediza.
—Vamos ya, señoras. Recuerden lo que les dije y mantengan la vista al frente: no debemos detenernos por nada ni por nadie.
Era normalmente un hombre compasivo, pero sabía que cualquier intento de ayudar a los heridos resultaría fatal. Tendrían que ser rescatados más tarde.
Saltó a las vías y levantó los brazos para ayudar a la chica, que temblaba incontroladamente. Le habló con dulzura, con mimo, tratando de calmar sus nervios destrozados. Violet le sonrió desde arriba, asustada, pero poniendo su vida en manos de aquel hombrecito amable. Iniciaron la marcha, medio agachados para evitar las capas superiores cargadas de humo. Henry iba primero, le seguía la chica, con la cara contra su espalda, y Violet inmediatamente después, con sus brazos alrededor de Jenny.
Avanzaron tropezando y tratando de ignorar los gemidos, los débiles gritos que pedían ayuda. Henry sintió que una mano agarraba débilmente sus pantalones, pero se desprendió al dar el siguiente paso. Sabía que no podía detenerse, porque las vidas de la mujer y de la chica dependían de él. Volvería luego con el equipo de rescate. Su deber ahora consistía en sacar a los tres de allí y avisar a la siguiente estación. Oyó un chirrido y sintió que algo blando se agitaba bajo su pie. Dirigió allí la linterna y descubrió una rata que le miraba desafiadoramente. Vio también a otras ratas alrededor, pero eran distintas de las de antes. Eran pequeñas. Normales. Repugnantes pero normales. Le largó una patada y la rata huyó precipitadamente, mientras otra se lanzaba sobre él y mordía el pantalón de Henry.
Por fortuna sólo arrancó la tela y él pudo levantar a tiempo la pierna contra la pared, obligando a la rata a soltar la presa y a caer al suelo. Dejó caer con fuerza su pie sobre el lomo del animal y quedó sorprendido al oír el crujido de pequeños huesos rompiéndose.
Jenny gritó.
—No pasa nada, no pasa nada —dijo rápidamente—. Son ratas normales. Son peligrosas, pero no tienen comparación con las grandes. Probablemente están más asustadas de nosotros que nosotros de ellas.
Violet sintió que a través de su miedo crecía en su interior la admiración por aquel hombrecito. Apenas se había fijado en él en el tren. Era el tipo que pasaba inadvertido. Sólo una cara. El tipo de hombre sobre el cual una no se pregunta nada: que simplemente no despierta ningún interés. En cambio ahora, aquí abajo, en este lugar espantoso, que valiente era. Las estaba rescatando de aquella carnicería. A ella y a la chica, desde luego. Pero con qué valor.
Cuando Henry mató a la rata, Jenny se vio obligada a mirar a su alrededor. El espectáculo la hizo vomitar. Se dobló contra la pared deseando desmoronarse, pero la otra mujer la sostenía. ¿Por qué aquel hombre no las dejaba regresar al tren, donde estarían a salvo? Trató de retroceder, tambaleándose, pero Henry la cogió del brazo.
—Por aquí, querida. Pronto llegaremos.
Mientras avanzaban, tropezando, vieron ratas que se alimentaban con los cuerpos de hombres y mujeres: de gente que iba al trabajo, creyendo que se trataría de un lunes como todos, con sus mentes ocupadas por pequeñas penas y pequeñas alegrías, sin imaginar que podían morir aquel mismo día. Sin imaginar que pudiesen morir nunca de un modo tan espantoso. Los tres continuaron avanzando, ahogados con el humo; a veces caían, pero se ayudaban entre sí: continuaron avanzando hasta dejar atrás a los muertos y mutilados. De pronto Henry se detuvo y Jenny y Violet chocaron contra su espalda.
—¿Qué sucede? —preguntó ansiosamente la mujer mayor.
—Allí delante. Hay algo allí. Vi un destello.
Recorrió con su linterna un raíl plateado hasta que el rayo cayó sobre cuatro objetos negros. Cuatro ratas gigantes. Los estaban esperando. Los esperaban acechando en la oscuridad. Ninguno de los dos grupos se movió durante unos pocos segundos, petrificados, luego el trío humano empezó a retroceder lentamente. Las ratas se limitaron a mirarlos. Henry oyó un grito sofocado de Violet detrás suyo mientras su mano le apretaba fuertemente el brazo.
—Detrás nuestro. Hay más —consiguió decir.
Dio media vuelta y las vio. Dos ratas. Avanzaban furtivamente hacia ellos. Comprendió que estaban cercados. Las cuatro de delante habían empezado ya a avanzar, daban pequeños pasos encogidos con los músculos de la espalda tensos y prestos para el salto. «Quizá si yo fuera solo lo conseguiría —pensó—. Podría saltar sobre las de delante y salir corriendo. La chica y la mujer no podrían conseguirlo, pero yo solo quizá tendría una oportunidad».
—Contra la pared, señoras. —Las empujó hacia atrás, reprimiendo los pensamientos de huida de su mente—. Manténganse a mi espalda y si tratan de pasar detrás de mí, denles patadas; lo más fuerte que puedan. Se quitó la chaqueta y la arrolló sobre su brazo manteniendo la luz de la linterna enfocada sobre las ratas que se habían agrupado ante él. La chica ocultó su cara contra la pared, la mujer empezó a sollozar pensando en sus hijos.
Una rata avanzó hacia delante sin que su mirada helada abandonara los ojos de Henry.
Una luz destelló en el fondo del túnel. Oyeron voces. Pasos, más luces. Todo el túnel se iluminó a medida que los pasos y las voces se hacían más fuertes.
Las ratas y las tres personas miraron hacia el sonido, sin que ninguno de los dos grupos se moviera. Unos ruidos por el suelo devolvieron los ojos de Henry hacia las ratas, justo a tiempo para ver cómo desaparecían hacia el tren en llamas. Todas excepto una. La que se había acercado más estaba todavía allí, estudiando al hombre. Sin moverse, como si no tuviera miedo. El pasante sintió un sudor frío como si el animal estuviera escrutando el fondo de su alma. El miedo le paralizó. Casi despreciativamente, la gran rata giró la cabeza hacia los hombres que se acercaban, miró de nuevo a Henry y luego huyó.
—Aquí, aquí —gritó Henry.
Pronto los rodearon hombres de uniforme: policía y personal del metro. Cuando Henry les contó el terrible suceso le miraron incrédulos.
—Por favor, señor. Las ratas no pueden haber atacado ni haber querido atacar a un tren entero cargado de personal —dijo un sargento de la policía, moviendo la cabeza negativamente—. Gigantes o no, no pueden meterse en un tren. Quizá el humo las ha trastornado un poco.
Violet Melray avanzó bruscamente por delante del pequeño pasante y gritó irritadamente:
—¡Vaya, pues, y Véalo de una maldita vez! —Luego se volvió hacia él y cogiendo su mano entre las suyas le dijo más suavemente—: Gracias. Gracias por habernos ayudado.
Henry enrojeció y bajó la vista.
—Ah, bueno, sí —dijo el sargento—, continuaremos. Dos de mis hombres los llevarán a la estación.
—No —dijo Henry—. Regreso al tren con ustedes. Van a necesitar toda la ayuda posible. —Miró a la mujer que apretaba todavía su mano—. Adiós. Volveremos a vernos.
Antes que pudiera sacar su mano, ella dio un paso y le besó en la mejilla.
—Adiós —murmuró.