La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 12 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 11

Harris se sentía feliz mientras entraba en la ruidosa aula. El fin de semana le había hecho la mar de bien. Tendría que salir más a menudo. Aire fresco, grandes espacios: verde. Lo mejor, decididamente.

—Muy bien, energúmenos, ¡callaos ya! —ladró por encima de la baraúnda—. Scally, siéntate y suénate. Thomas, fuera de la ventana, vuelve a tu sitio. Maureen, guarda ya tu espejo. Muy bien. ¿Habéis pasado un buen fin de semana? Me alegro. Vamos a pasar lista.

Los alumnos intuyeron que estaba de buen humor y que tendrían un poco más de margen que de costumbre. Por lo menos esa mañana.

—Sólo faltan dos. No está mal para un lunes por la mañana. Sí, Carlos, ¿qué sucede? ¿El water? Pero si acabas de ir. Bueno, sal, si no no podrás concentrarte.

Carlos, un muchacho delgado de piel oscura, le dio las gracias y salió de clase con una sonrisa satisfecha cuando hubo dado la espalda al profesor.

—Carol, distribuye papel. Shelagh, distribuye lapiceros. Hoy vamos a dibujar algunos animales —dijo Harris a la clase.

—¿Puedo dibujar un cerdo, señor? —preguntó un chico de las últimas filas.

—¿Por qué un cerdo, Morris?

—Puedo copiar a Toomey, que está rechoncho, señor.

El ofendido, un chico gordo, dio la vuelta sobre su silla mientras la clase rompía a reír e insultó a su torturador.

—Ven aquí, Morris —dijo Harris sin inmutarse. El chico se arrastró hasta la primera fila—. ¿Se te da mucho dibujar monos, Morris?

—No, señor.

—Bueno, coge un espejo e inténtalo —le dijo Harris sabiendo que la clase esperaba y se divertía con su victoria sobre un provocador, aunque le pudiese tocar el turno luego a cualquiera de los demás. «No muy fuerte», pensó Harris, «pero no está mal para un lunes por la mañana»—. Bueno, poneos a dibujar. El animal que os plazca, pero que ninguno se me parezca. Cuando hayáis acabado escogeremos el mejor y trataré de explicar por qué es el mejor. Recordad vuestro claroscuro.

Se paseó arriba y abajo por los pasillos laterales, conversando individualmente con ellos, dando respuestas y planteando preguntas. Llegó a un chico llamado Barney, algo pequeño para sus catorce años, pero muy brillante, buen dibujante, aunque todavía tuviese que aprender la técnica de la pintura. Era especialmente bueno con pluma y tinta, un arte que había aprendido solo, copiando cómics. Harris miró por encima del hombro del muchacho y contempló el dibujo que se estaba formando.

—¿Por qué dibujas una rata, Barney? —preguntó.

—No lo sé, señor —contestó Barney, chupando la punta de su pluma. Luego dijo —: Vi otra rata el día anterior. Grande, como la que vio Keogh… —Su voz se perdió cuando recordó a su camarada, muerto ya. El resto de la clase calló al oír el nombre de Keogh.

—¿En qué lugar? —preguntó el profesor.

—Cerca del canal. En el terraplén de Tomlins.

—¿Viste hacia dónde se dirigía?

—Saltó un muro y desapareció en la espesura.

—¿Qué espesura? Por allí no hay ningún parque.

—Donde solía vivir el guarda de la esclusa. Ahora, con el canal cerrado, parece una selva.

Harris recordaba vagamente la vieja casa, muy retirada de la carretera, donde solía ir cuando era niño para ver pasar las barcazas por la esclusa. Al guarda de la esclusa le gustaba que los chicos le vieran trabajar, siempre que no se pusieran pesados, y solía animarlos para que fueran. Era curioso que hubiese olvidado de aquel modo el lugar. Había estado recientemente en dos ocasiones en el terraplén de Tomlins, pero no había recordado la vieja casa. Quizá se debió a la «selva» de enfrente.

—¿Lo dijiste a la policía? —preguntó al muchacho.

—Qué va. —El interés de Barney se dirigió de nuevo a su dibujo, añadiendo unos toques más a su rata de aspecto sorprendentemente maligno.

«Era de suponer —pensó Harris—. Los chicos de esta zona no se mezclan con la policía por elección propia».

En aquel momento entró Carlos en la clase, terriblemente excitado.

—¡Señor, señor, en el patio! ¡Hay una rata! —dijo gesticulando hacia la ventana, con los ojos redondos y sonriendo en su excitación.

Toda la clase se precipitó en bloque hacia las ventanas.

—Volved a vuestros puestos —rugió Harris mientras se acercaba rápidamente a la ventana. Lo que vio le hizo contener el aliento.

No había «una rata», sino varias. Mientras miraba, otras se unieron al primer grupo. Ratas grandes y negras. Las ratas. Estaban agazapadas en el patio, mirando hacia el edificio de la escuela. Y luego más, y más.

—Cerrad todas las ventanas —ordenó con calma—. Johnson, Barney, Smith; pasad por las demás clases y pedid a los profesores que cierren todas las ventanas. Scalley, ve al despacho del director y dile que mire por su ventana; no, mejor que vaya yo. —Si iba un chico el director pensaría que se trataba de alguna tomadura de pelo, y podían perderse unos segundos valiosos—. No quiero que salga nadie de esta habitación. Y nada de jaleo. Cutts, tú te encargas de la clase. —El chico más alto de la clase se puso en pie. Los chicos estaban excitados ya y las chicas se ponían cada vez más nerviosas.

Salió corriendo de la habitación y se dirigió hacia el despacho del director. Mientras pasaba por el pasillo, algunas cabezas de profesores se asomaron por varias puertas.

—¿Qué sucede? —preguntó nerviosamente Ainsley, uno de los viejos de la escuela.

Se lo contó rápidamente y continuó su marcha. Sobre toda la escuela se había abatido un extraño silencio, un silencio que podía echarse totalmente a perder si una de las chicas se ponía histérica.

Barney salió disparado de una de las clases.

Harris le cogió por el brazo y le dijo:

—Tranquilo, Barney. Tómatelo con calma y tranquilidad. No asustes a las chicas. No queremos que haya pánico, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —fue la jadeante respuesta.

Cuando Harris se aproximó a la escalera que conducía al siguiente piso y al estudio del director, miró hacia el corto tramo que bajaba hasta la entrada principal. Naturalmente las puertas estaban abiertas.

Se deslizó lentamente hacia abajo, con la mano sobre la barandilla para asegurarse. Cuando llegó abajo oyó un sonido suave en los peldaños de piedra del exterior. Saltó silenciosamente hacia un lado de las puertas dobles y miró hacia fuera, a punto para cerrar de golpe e instantáneamente las dos puertas. En el peldaño superior, más ancho, vio a un chiquillo que estaba mirando hacia atrás, al patio donde se habían reunido ya unos treinta roedores.

«Dios mío —pensó Harris horrorizado—. Seguramente ha pasado por en medio mismo de las ratas».

Salió fuera, agarró rápidamente al chiquillo y saltó de nuevo al interior del edificio. Lo descargó sin ceremonias sobre el pavimento y se volvió para cerrar las puertas. Las ratas no se habían movido. Cerró rápida pero silenciosamente las pesadas puertas y las atrancó; luego respiró por primera vez en casi dos minutos.

—Hay animales en el patio, señor —dijo el niño de siete años con los ojos redondos, pero sin señal de miedo—. ¿Qué son? ¿Qué están haciendo aquí?

Harris recogió al niño haciendo caso omiso de sus preguntas, porque no sabía qué responderle, y subió corriendo la escalera. Lo dejó en lo alto y le dijo que corriera a su clase. Oyó el murmullo de voces a medida que los profesores se reunían en el pasillo. Subió corriendo el segundo tramo de la escalera, tres peldaños a la vez, y casi chocó con el director, que salía de su despacho.

—Llame, por favor, a la policía, señor Norton —dijo Harris de modo apremiante —. Temo que tendremos problemas.

—Acabo de hacerlo, señor Harris. ¿Ha visto lo que hay en el patio?

—Sí, a eso me refiero. Son las ratas gigantes, las asesinas.

Volvieron al despacho y miraron por la ventana. Las ratas parecía que se hubiesen multiplicado hasta alcanzar un par de centenares.

—El patio está negro de ratas —dijo el joven profesor sin dar crédito a sus ojos.

—¿Qué quieren? —El director miró a Harris como si él tuviese que saberlo.

—Los niños —dijo Harris.

—La policía no tardará en llegar; pero cómo resolverán la situación ya es otra historia. Asegurémonos de que todas las puertas y ventanas estén bien cerradas. Todos los niños han de subir al piso de arriba y atrincherarse. No acabo de entender todavía lo que está sucediendo, pero no perdamos tiempo ponderando la situación. — El director se dirigió con paso rápido hacia la puerta—. Ahora, señor Harris, compruebe todas las posibles aberturas. Yo voy a organizar a los profesores.

Harris siguió la delgada figura del director escaleras abajo, desde donde empezaba a subir el rumor de las conversaciones. Le oyó dar una palmada y pedir silencio. Harris pasó rozando el grupo de profesores, miró cada habitación y se aseguró de que todas las ventanas estaban cerradas firmemente.

Gracias a Dios, todas las ventanas inferiores disponían de rejas de hierro para evitar que algún balonazo mal apuntado rompiera los cristales. Bien.

Todo parecía bien. Faltaba la sala de profesores.

Al entrar vio inmediatamente que una de las ventanas estaba abierta. La ventana daba a un estrecho pasaje entre el edificio y el muro exterior y por lo tanto no disponía de reja para protegerla. Y en el suelo, ante ella, estaba sentado uno de los animales.

Harris no sabría nunca cómo había logrado escalar la pared, pero allí estaba, como si formara parte de un equipo de exploración enviado por las demás. Miraba en todas direcciones, olfateaba el aire, arrugando su hocico puntiagudo. Vio a Harris y se levantó de patas. Estaba por lo menos a medio metro del suelo. El profesor entró y cerró de golpe la puerta tras de sí. Tenía que cerrar aquella ventana.

Aquella rata concreta no perdió el tiempo estudiando a su víctima, saltó hacia delante; disparó sus patas y voló apuntando al cuello de Harris. Pero el profesor era más o menos igual de rápido que ella. Alcanzó una silla cuando los músculos del animal empezaban a tensarse para el salto y la blandió contra él. La silla golpeó a la rata en pleno salto, como un palo de cricket contra una pelota y la lanzó a un lado mientras la madera reventaba.

La rata cayó de pie y saltó de nuevo hacia Harris, quien abatió la silla sobre su lomo. Quedó aturdida unos segundos, pero todavía no estaba herida de gravedad. Sin embargo, había dado al profesor tiempo suficiente para alcanzar el pesado atizador puesto entre la leña del hogar apagado. Lo abatió con saña, más por odio que por temor, sobre el cráneo delgado de la rata, produciendo un repugnante ruido sordo. Abatió el atizador una y otra vez. Se volvió hacia la ventana para ver a tiempo a otra rata que escalaba el alféizar. Sin dudarlo la golpeó con el atizador, tirando a la rata hacia el angosto pasaje. Cerró la ventana y se apoyó contra ella, recuperando el aliento y tratando de controlar el temblor de sus rodillas. La ventana tenía dentro del cristal una fina trama de alambre para que no estallara al romperse.

—Esto tendría que detenerlas —dijo en voz alta.

Luego se fue a la puerta de la sala de profesores, sacó la llave de dentro, salió fuera y la cerró. Pero no sin antes dirigir una atenta mirada al animal que yacía sobre la moqueta.

Su cuerpo debía de medir por lo menos sesenta centímetros, y su cola otros treinta centímetros más. La piel hirsuta no era exactamente negra, sino de un marrón muy oscuro, con muchas manchitas negras. Su cabeza era mayor en proporción que la de los roedores corrientes y sus incisivos eran largos y puntiagudos. Sus ojos medio cerrados tenían el aspecto vidrioso y sin vida de los muertos, pero sus dientes parcialmente cubiertos parecían sonreír malignamente. Incluso cadáver, el cuerpo parecía mortal, como si la enfermedad que contenía pudiese transmitirse por el mero contacto.

Una vez en el hall, Harris vio que se estaban llevando a los niños hacia la escalera.

—¿Sucede algo, señor Harris? —le dijo el director acercándose a grandes pasos.

—No, nada. He matado a uno de los monstruos. —Harris vio que tenía todavía en la mano el atizador tinto en sangre.

—Gracias, amigo. Bueno, el lugar ha quedado protegido y la policía llegará pronto aquí, por lo tanto no creo que tengamos que preocuparnos mucho —dijo el director con confianza.

Pero su sonrisa desapareció inmediatamente ante la siguiente pregunta de Harris:

—¿Y el sótano?

Ambos se dirigieron hacia la escalera del sótano y apretaron a correr cuando se acercaban a ella. Se detuvieron en lo alto y miraron hacia la oscuridad.

—Seguramente todo está en orden —dijo el director—. El señor Jenkins, el encargado, está probablemente allí, repasando la caldera. Los lunes por la mañana le cuesta algo ponerla en marcha. Sabe Dios que los lunes me he quejado muchas veces del agua fría… —Calló algo indispuesto al ver que el joven profesor continuaba bajando como si no prestara atención a ninguna de sus palabras.

Harris se aproximó a la puerta del sótano con alguna precaución, apoyó una oreja contra ella y escuchó. Hizo callar al director llevándose un dedo sobre los labios cuando el otro llegó a su altura.

—Oh, vamos hombre —el director le hizo a un lado impacientemente y cogiendo el tirador abrió de par en par la puerta—. Jenkins, está… —Sus palabras se ahogaron ante el espectáculo que se ofrecía a sus ojos.

Animales negros pululaban y se escabullían por todo el sótano. Una ventana pequeña y elevada, a ras del patio exterior, estaba totalmente abierta, y de ella descendían más y más animales, un río constante de bichos.

Y estaban comiendo algo sobre el suelo. Lo único que Harris y el director pudieron distinguir fue una bota que sobresalía solitaria de entre la masa de cuerpos retorciéndose. El profesor apartó a su jefe de la puerta abierta porque varias formas negras se precipitaban ya hacia ellos. Agarró el tirador y estiró fuerte, pero dos de las ratas se escurrieron entre la puerta y el dintel, y una tercera quedó cogida por el hombro. Le dio tres patadas antes que volviera al sótano. Se giró rápidamente y vio que las otras dos huían escaleras arriba. El director estaba de rodillas y las seguía con la vista.

—Dios mío, son enormes —consiguió articular.

—Si llegan hasta los niños… —empezó a decir Harris.

—Yo las detendré, yo las detendrá. Harris, usted vigile esta puerta. Bloquéela con todo lo que encuentre. Es muy pesada, pero ¡tenemos que estar seguros! —El angustiado director empezaba a recuperarse—. Cuando esté, suba directamente arriba.

—De acuerdo, pero ¡que no le muerdan! —gritó Harris al hombre que subía—. Sus mordiscos son mortales. Manténgase lejos de su alcance.

Miró a su alrededor en busca de algo grande con que bloquear la puerta. El almacén estaba a su derecha. Lo abrió y echó un precavido vistazo a su interior. No tenía ventanas y por lo tanto no había problemas. Encendió la luz. Mesas, sillas, pizarras. Bien. Estiró una pesada mesa y la volcó hacia un lado, luego la arrastró de nuevo hasta la puerta del sótano. La aplicó contra ella y comprobó con satisfacción que la cubría completamente. La empujó hasta no dejar intersticio, y volvió al almacén. Vio un viejo radiador apoyado contra la pared y lo arrastró, haciendo un fuerte ruido al rozar con el suelo. Lo apoyó contra la mesa volcada y regresó para coger más sillas.

Precisamente entonces oyó un grito en lo alto de la escalera. Recogió el atizador del suelo y corrió escaleras arriba.

El director estaba en el suelo del pasillo, luchando con dos repugnantes ratas. Por suerte la puerta del extremo del pasillo estaba ya cerrada y los chicos habían podido escapar todos al piso superior. El director tenía cogida por el cuello a una de las ratas y luchaba para que no le alcanzara la cara. La otra estaba abriendo un agujero en su costado.

—¡Ayúdeme, ayúdeme! —suplicó a Harris volviendo la cabeza hacia el profesor.

Harris, mareado porque sabía que su jefe estaba ya muerto, corrió hacia él y abatió el atizador con todas sus fuerzas sobre una de las ratas. La rata lanzó un chillido agudo, una octava más alto que el de un niño asustado, y retiró sus colmillos del hombre que se debatía. Tenía el lomo partido, pero intentó arrastrarse hacia Harris. Este le puso el pie encima de la cabeza y la aplastó.

No podía golpear a la segunda rata por miedo a herir al director, por lo que dejó caer el atizador y alargó las manos para cogerla. La agarró cerca de los hombros y la levantó, procurando que sus dientes chasqueantes no le alcanzaran el cuerpo. Por desgracia, el director estaba demasiado asustado para soltar su presa sobre el roedor que se revolvía.

—¡Suéltelo ya, suéltelo! —gritó Harris, que casi levantaba al hombre junto con la rata.

Pero el director estaba demasiado aterrorizado para oír. El profesor aplicó su pie contra el pecho del director y le empujó hacia el suelo; cuando el otro se soltó cayó tambaleándose hacia atrás, pero consiguió mantener en lo alto a la rata. Su peso y su fuerza eran tremendos y notó que las garras de sus pies le hacían trizas la chaqueta y la camisa. Mientras lo aguantaba por detrás se incorporó sobre una rodilla y lo apretó contra el suelo. Vio que el director se alejaba de él a rastras sin apartar los ojos del monstruo que se retorcía entre sus manos. En un segundo plano Harris pudo oír el sonido de las sirenas de la policía. «¿Dónde demonios estaban? ¿Y qué hago yo ahora con esto?».

Miró desesperadamente a su alrededor. El animal se estaba ya deslizando y pronto se soltaría. No podría aguantarlo mucho rato. Y aunque luego lo matara, bastaba una sola dentellada de aquel maldito animal, una sola dentellada, para morir. La clase 3c tenía un acuario… Esa era la solución. Podía ahogar a la rata. Pero todas las puertas estaban jodidamente cerradas. Y con una sola mano no podría aguantar la presa.

—Señor Norton —gritó—. La puerta de 3c. ¡Ábrala, rápido, no puedo aguantar mucho!

El director meneó la cabeza, apagadamente, sin quitar los ojos de la rata.

—¡Abra la maldita puerta! —chilló Harris.

El hombre mayor arrancó finalmente su mirada de la rata y la fijó sobre el rostro congestionado del profesor. Asintió lentamente y empezó a arrastrarse hacia la clase 3c.

—¡Rápido, rápido! —gritó Harris.

Tardó casi una eternidad, pero el director alcanzó la puerta y levantó una mano temblorosa y cubierta de sangre hacia el tirador. Su mano resbalaba con la sangre y no podía darle la vuelta; para conseguirlo tuvo que levantar la otra. Al fin, la puerta se abrió.

Harris arrastró a la rata por el suelo, con los dedos doloridos, tratando de exprimir la vida de aquel cuerpo furioso, pero sin disponer de la fuerza ni de la presa necesarias. La rata clavaba sus garras en el parquet, obligándole a mantener la cabeza y los hombros ligeramente por encima del suelo. La pequeña cabeza chasqueaba los dientes en todas direcciones para hundirlos en la carne del hombre. Pero Harris iba con cuidado, con mucho cuidado. Cuando alcanzó la puerta, el director lanzó un gritito y dio una patada que le alcanzó en la pierna y casi le hizo soltar a la rata.

—Salga de ahí —dijo lentamente y entre dientes—, ¡váyase de una vez! —dijo más fuerte.

El director se arrastró hacia un lado y Harris pudo entrar. Vio el depósito al lado del alféizar de la ventana. Se desplazó hacia él. Cuando alcanzó la mesa del profesor, en la punta de la clase, levantó con un impulso a la rata encima de ella, utilizando toda su energía, pero sin soltar la presa en ningún momento. Luego la empujó con su cuerpo hacia el acuario y apretó la cabeza de la rata contra la mesa, mientras las patas traseras de la bestia se ensañaban con su cuerpo.

Finalmente la mesa se detuvo contra el alféizar. Levantó una pierna, se arrastró encima de ella y luego empujó a la rata hacia el tanque lleno de agua.

Descansó un instante antes de realizar el esfuerzo final. Reunió todas sus fuerzas, mientras el sudor bañaba su rostro. Levanto su cuerpo y el de la rata y hundió al frenético animal en el agua.

Pareció como si el tanque explotara. Agua y peces cayeron en cascada sobre él, pero aguantó inexorablemente, empujó aquella cabeza hasta el mismo fondo, ignorando el dolor en el pecho y en los brazos. Empezó a preguntarse si quedaría bastante agua en el tanque para ahogar a la rata o si sus miembros en convulsión no romperían las paredes de cristal. Pero los esfuerzos se hicieron cada vez más débiles y los espasmos de la cabeza menos violentos. Finalmente dejó de moverse. Pero Harris continuó sujetándola. Para estar seguro.

Levantó la vista y miró a través de la ventana. Algunos coches de la policía habían llegado ya y muchos hombres uniformados de azul estaban en el exterior de la puerta principal, sin saber qué hacer.

Soltó finalmente el cuerpo muerto y descendió penosamente de la mesa. Sus ropas estaban desgarradas, la sangre cubría la pechera de la camisa, pero estaba bastante seguro de que no le había mordido. Volvió junto al director, que permanecía sentado a la entrada con la cabeza hundida entre las manos.

—Ya está solucionado, señor. La policía acaba de llegar. Pronto terminarán con ellas. —Harris se arrodilló al lado del hombre tembloroso.

—Fue horrible —dijo el director levantando la cabeza de entre sus manos—. Espantoso. Estas repugnantes bestias me estaban esperando. No huían, en absoluto. Estaban en lo alto, esperándome.

Harris no sabía qué decir. ¿Cómo se puede consolar a una persona que va a morir en veinticuatro horas?

—Vámonos arriba. Allí estaremos más seguros. —Ayudó a incorporarse al director. Recorrieron el pasillo hacia la puerta que conducía a la escalera.

Cuando trató de abrirla descubrió que estaba cerrada con llave.

—¡Vamos ya, podéis imaginar que no abrirán los malditos tiradores! —gritó golpeando la puerta con el puño.

Oyeron ruido de pasos y luego de cerrojos que se abrían.

—Lo siento, no pensábamos que quedase nadie abajo —se excusó Ainsley, mientras su calva cabeza asomaba tras la puerta—. Oh, Dios mío, ¿qué ha pasado? — preguntó ansiosamente mirando las ropas cubiertas de sangre.

Pasaron entre ambos al director y cerraron la puerta.

—¿Están bien los alumnos? —preguntó Harris.

—Las chicas se están poniendo algo histéricas, pero los chicos conservan la chulería —contestó Ainsley, conteniendo el aliento bajo el peso del director.

—La van a necesitar —murmuró Harris.

Llevaron al herido director a su despacho y lo depositaron en su butaca.

—Yo ya estoy bien. Vayan a ver a los chicos. —Su rostro estaba pálido y Harris se preguntó si eran imaginaciones suyas o si estaba detectando ya un matiz amarillento en el rostro del hombre herido. ¿La piel se estaba tensando o era simplemente la tirantez del dolor?

—El señor Ainsley curará sus heridas, señor —dijo Harris—. Yo voy a ver qué está ocurriendo fuera.

Salió del despacho, apenado por aquel hombre que nunca le había gustado, pero a quien por lo menos respetaba. La visión del hombre arrastrándose por el suelo como un niño asustado no le abandonaría en mucho tiempo.

Entró en una clase llena de profesores y alumnos y todas las cabezas se volvieron hacia él. Vio que la puerta de la habitación de al lado estaba abierta y que por ella se asomaban rostros ansiosos. Hizo un gesto a los profesores para que se reunieran a su alrededor.

—El director está herido —dijo en voz baja para que los niños no le oyeran—. Creo que aquí arriba estamos bastante seguros, pero tendremos que poner barricadas en las puertas por si las ratas consiguen subir por la escalera. Que todas las chicas se pongan en un rincón lejos de las ventanas. Los chicos mayores pueden ayudar a empujar los pupitres y las sillas contra la puerta.

Grimble, una especie de pájaro de nariz ganchuda, se abrió paso hacia delante.

—Bueno, yo, en mi calidad de vicedirector… —empezó a decir.

—No disponemos de tiempo para cuestiones de política interior, Grimble —le interrumpió Harris bruscamente, provocando en algunos de los profesores jóvenes sonrisas de satisfacción, medio reprimidas. Grimble era bien conocido y despreciado por su manera artera y mezquina de actuar. Se retiró malhumorado.

Harris se dirigió a una ventana y la abrió. Vio muchos coches de la policía, entre ellos una camioneta cargada de perros. Algunos de los policías llevaban trajes de protección. Dos coches de bomberos estaban doblando la esquina al otro extremo de la calle, añadiendo sus frenéticas sirenas al barullo general. Una multitud se había estacionado en la estrecha calle.

Vio que en el patio el número de ratas había disminuido considerablemente. Luego descubrió por qué. Estaban desapareciendo de dos o tres en fondo por la pequeña ventana que a ras de suelo conducía al cuarto de la calefacción. Otras se dirigían hacia el estrecho pasaje, al lado del edificio. Supuso que la ventana de la sala de profesores era su objetivo.

Oyó que alguien gritaba detrás suyo. Al girarse vio que una de las chicas tenía un ataque de histeria. Estaba sentada sobre un pupitre y algunas compañeras y una profesora trataban de consolarla.

Una voz los llamó desde un altavoz, con un tono mecánico e inhumano:

—¿Están todos bien allá arriba? ¿Hay algún herido?

Harris hizo pantalla con las manos y gritó:

—Sí, por el momento estamos bien. ¡Pero hay un herido!

—Bien. Bueno… hagan barricadas. No sabemos qué planean las ratas, pero quizá traten de alcanzarlos.

«Desde luego que lo intentarán —pensó Harris—. ¿A qué cree que han venido hasta aquí? ¿De excursión?». Rabiaba de impaciencia, pero el policía se volvió e hizo un gesto a los coches patrulla, indicándoles que abrieran paso a los camiones de los bomberos. Se volvió hacia la escuela y levantó de nuevo el altavoz.

—Primero vamos a soltarles los perros, y mientras estén ocupadas intentaremos llegar hasta ustedes con las escaleras de los bomberos.

Era evidente que estaba enterado de la enfermedad mortal que transmitían los bichos y no estaba dispuesto a poner en riesgo a sus hombres contra ellos.

—¡No! —contestó Harris gritando—. No podrán evacuar a todos los chicos por las escaleras. ¡Y sus perros no durarán ni cinco segundos contra esas ratas!

—No se dejen llevar por el pánico. Repito: ¡no se asusten! Los expertos llegarán pronto.

Harris lanzó una maldición silenciosa cuando la voz continuó:

—Creo que van a traer gas para matar a los animales. Por favor, guarden la calma. No tardarán mucho.

El profesor gimió en voz alta. ¿Cuánto tiempo tardarían aquellos monstruos en abrirse paso royendo las puertas? No eran ratas normales; disponían de inteligencia, eran sistemáticas. Bastaría con que pasara una sola rata para desencadenar una debacle entre los niños.

—Oiga —gritó de nuevo—. ¡Las mangueras! Inunden el sótano. ¡Inunden las clases de abajo! Por lo menos eso las asustará.

Vio que el policía, que seguramente era un inspector jefe, consultaba con un bombero. Los bomberos se pusieron repentinamente en actividad y comenzaron a desenrollar las largas y gruesas mangueras. Mientras tanto los perros ladraban excitados, tirando de sus traíllas, ansiosos por enfrentarse con los negros animales. Dos consiguieron soltarse y se dispararon por el patio hacia el grueso de las ratas. El primero, un fuerte alsaciano, agarró una de las ratas por el cuello, la sacudió violentamente y la tiró al aire. El segundo perro, un macizo dobermann, saltó entre la apretujada masa de pelos, dando dentelladas en todas direcciones.

Pero pronto los perros quedaron cubiertos por los roedores, se vieron arrastrados al suelo con sus pelambres cubiertas de sangre. Se levantaron varias veces, pero caían de nuevo al suelo. Los otros perros, una decena, fueron soltados y volaron hacia la melée. Uno de ellos fue saltando incluso por encima de los lomos de las ratas y se abrió paso hasta desaparecer por la pequeña ventana del sótano.

Harris, que lo contemplaba desde arriba, se estremeció al pensar en lo que le esperaba.

Aunque los perros eran valientes no podían competir con la multitud de ratas gigantes. Pronto quedaron tirados por el suelo, despedazados, o bien intentaban arrastrarse hacia sus dolidos entrenadores. El jefe inspector tuvo que ordenar a los hombres que se retiraran. Era el único que había el riesgo que corrían, la enfermedad mortal transmitida por los animales, y no quería que sus hombres sacrificaran sus vidas si no era totalmente esencial para el bien de los niños.

De repente, las mangueras entraron en acción. Barrieron el patio con torrentes de agua helada, abrieron un paso libre de ratas proyectándolas contra la pared de ladrillos del edificio de la escuela. Se dispersaron en todas direcciones; se subían las unas encima de las otras. Y luchaban entre sí para librarse del agua. Pronto el río continuo de agua limpió la sangre de los perros.

Un chorro apuntó a la ventana del sótano, empujando dentro a algunas ratas, pero evitando que entraran más.

Los niños, que se habían amasado en las ventanas, gritaron con alegría cuando vieron la dispersión de los bichos. Cuando las ratas iniciaron la huida, la mayoría hacia los depósitos de carbón, otro chorro incidió sobre las ventanas del piso bajo. El estrépito de los cristales pulverizados por el chorro provocó sonrisas de alegría en los rostros de muchos alumnos.

Harris se separó de la ventana y atravesó la habitación abriéndose paso suavemente entre la masa de chiquillos.

—¿Dónde está el director? —preguntó a Grimble.

—Usted sabrá. Estaba con usted —fue la seca respuesta.

—Aparte algunos de estos pupitres. Seguramente está todavía en su despacho con Ainsley.

Apartaron los pupitres y dejaron el espacio suficiente para que abriera la puerta y se deslizara fuera.

—Voy a ver cómo están. Luego echaré un vistazo a las puertas del pasillo —dijo —. Poned de nuevo la barricada cuando haya salido. Si regreso rápido y golpeo la puerta, decid a los bomberos que suban las escaleras. Pero no abráis la puerta. Yo me meteré en el despacho del director y saldré por aquella ventana.

Cerró tras de sí la puerta y oyó el roce de los pupitres contra ella. Vio que la puerta del despacho del director estaba abierta de par en par. Corrió hacia allí y exhaló un suspiro de alivio cuando encontró al viejo Ainsley ocupado todavía con las heridas del director.

—Está… parece que está bien ahora, Harris —dijo Ainsley pasando una toalla húmeda sobre el rostro del director.

—Bien. Voy a comprobar las demás puertas: quiero que cierre ésta detrás de mí. Quédense aquí, y si hay más problemas… —calló sin tratar de explicar lo que quería decir con «problemas», aunque el silencio hablaba por sí solo—. Si hay más problemas salgan a la ventana y llamen a los bomberos. Les subirán una escalera. — No quiso sugerirles que se reunieran con los demás en las clases: la visión del director empapado en sangre los asustaría demasiado. Hasta ahora los chicos se habían mantenido bajo un notable control, pero si veían sangre podían salirse fácilmente de quicio.

Cerró la puerta y se dirigió rápidamente hacia la escalera. Abrió la puerta ligeramente y miró por la rendija. Todo en orden. Bien. La atravesó, la cerró y se deslizó escaleras abajo. El agua se estaba filtrando por debajo de la puerta inferior. La abrió cautelosamente. El pasillo se presentaba vacío de vida. Una de las ratas muertas que habían atacado al director yacía en el agua. Por un momento Harris pensó que vivía, pero comprendió que se trataba simplemente del río de agua que la movía.

Chapoteó por el pasillo, sin descuidarse de cerrar la puerta detrás suyo, pero abriendo luego todas las puertas de las clases para que el agua pudiese entrar más fácilmente. Pasó ante la sala de profesores y le pareció oír ruidos. Pero de momento lo más urgente era el sótano. Por allí había visto entrar a la mayoría de las ratas. Tenía que asegurarse de que la puerta aguantaba, quizá tendría que apoyar más muebles contra ella. Podía volver luego y dedicarse a la sala de profesores.

Bajó los peldaños que conducían al sótano procurando no resbalar en el chorro de agua. Supuso que habían llegado más camiones de bomberos y que las fuerzas del exterior estaban utilizando más mangueras para inundar completamente los pisos bajos.

Alcanzó el fondo y vadeó hasta la puerta. Pudo oír ruidos frenéticos de arañazos y luchas. Se inclinó para oír mejor sobre el ruido del agua que caía. Sí, trataban de abrirse camino royendo la puerta. Aflojó ligeramente el pupitre para ver el daño sufrido. Dios mío, se estaban formando ya hendiduras. Podía oír cómo roían ya la madera. Apretó de nuevo el pupitre y chapoteó hasta el almacén. Miró a su alrededor. Sólo quedaban unas pesadas cortinas. Cortinas viejas que se habían utilizado en el salón de actos del colegio. Las arrastró desde el estante donde se guardaban la mayor parte del año, dispuestas para utilizarlas en la fiesta de concesión de premios de fin de curso. Eran pesadas, pero con una tendría suficiente.

Las dejó dobladas sobre un banco para que no se mojaran y aumentaran de peso, y se fue a un montón de pizarras. Eran del tipo antiguo, con caballetes, y cogió dos. Las llevó fuera y las apoyó contra la pared. Luego tiró del radiador y el pupitre, separándolos de la puerta del sótano.

Vio unos bultos en la madera, por donde las ratas habían conseguido casi abrirse paso. «¡Dios mío, estas quijadas son fuertes!». Regresó rápidamente al almacén y recogió la cortina. Volvió corriendo a tiempo para ver que la madera empezaba a astillarse.

Casi con pánico embutió la tela en la rendija de debajo de la puerta, plegándola para que tuviera cuantas más capas mejor. Agarró las pizarras y las deslizó contra la puerta, lo más cerca del suelo que dejaba la cortina. Luego empujó la mesa contra la puerta y el radiador contra la mesa, reforzando la barricada con sillas y cajones, todo lo que pudo encontrar en el almacén.

Contento al fin, se apoyó contra la pared para recobrar el aliento. Creyó oír chillidos desde el interior, pero no estaba seguro y quizá su imaginación le estaba jugando pasadas.

Por aquel entonces el agua le llegaba ya a las rodillas. Vadeó hasta la escalera y subió arriba. Cuando alcanzaba el peldaño superior oyó que algo se rompía en la puerta de la sala de profesores. Vio emerger por ella una larga cabeza puntiaguda, ocupada todavía en roer la madera de su alrededor. Quedó helado, inmóvil. ¿No pararían nunca? Miró desesperadamente a su alrededor y descubrió el pesado atizador que había utilizado antes, tirado todavía en el pasillo y casi oculto por el río de agua. Saltó hacia él, resbaló en el suelo mojado y cayó a lo largo. Echó un vistazo atrás y vio que los hombros de la rata aparecían por el agujero cada vez mayor.

Se lanzó a cuatro patas, frenéticamente, hacia adelante, a tropezones agarró el atizador y se puso en pie, apoyándose en la pared para sostenerse.

Era como si la rata comprendiera sus intenciones porque redobló sus esfuerzos para escapar de la madera astillada. Gran parte de su cuerpo estaba libre ya y sólo sus pesados flancos la mantenían cautiva.

Harris corrió hacia adelante, procurando en esta ocasión no caer. Sin detenerse abatió el arma sobre el cráneo que se retorcía. De modo increíble falló porque la rata apartó la cabeza a un lado y el golpe fue a dar en el marco de la puerta. La rata descubrió sus dientes grandes y afilados y dirigió sus dentelladas contra el profesor, mientras sus ojos brillaban venenosamente. Pero Harris vio casi con satisfacción que demostraban también algo de miedo. «¿Qué le sucede a este ser inescrutable? Está asustado. ¿De mí?». Dio un grito, ávido de sangre, y abatió con fuerza el atizador sobre el delgado cráneo. Reventó de lleno y escapó la sustancia de él, mientras todo el cuerpo se contraía y luego quedaba inerte.

Harris se sintió mareado. Incluso matar a monstruos como aquellos no daba ningún placer, no era ningún triunfo. Se hizo atrás, sabiendo que aquel cuerpo que bloqueaba la salida de las demás ratas no duraría mucho. O bien lo empujarían afuera o se comerían los cuartos traseros.

Estaba todavía retrocediendo cuando vio que el cuerpo se movía a sacudidas, como si tiraran de él por detrás. De repente, medio cuerpo se desprendió del agujero. «Sólo les ha costado eso —pensó—. Menos de medio minuto para masticar sus cuartos traseros». Otra forma negra empezó a abrirse paso por el agujero. Harris se volvió y corrió, lanzando antes el atizador contra la puerta, más por frustración que por pánico. Falló y rebotó contra el suelo.

La rata había salido ya y otra ocupaba su lugar inmediatamente cuando la primera se lanzó contra el profesor en retirada.

La puerta se abrió lentamente a causa de la presión que ejercían en su base unos cuantos centímetros de agua, y Harris apenas tuvo tiempo de escapar. Cuando consiguió meterse dentro y hubo empujado la puerta hasta cerrarla, oyó el golpe del pesado cuerpo de la rata chocando contra el otro lado. Pronto siguieron ruidos de garras. En la escalera no había nada que apoyar contra la puerta. Corrió escaleras arriba, pasó al piso siguiente. Y cerró de golpe la puerta tras de sí. Entró precipitadamente en el despacho del director dando un susto a Ainsley. El director parecía estar todavía bajo los efectos del shock.

Harris corrió hacia la ventana y se asomó. Las escaleras de los bomberos habían alcanzado ya las ventanas de las clases adyacentes y los bomberos empezaban a subirlas.

—¡Por aquí! —gritó—. Traigan una aquí, con una manguera.

Uno de los bomberos le miró desde abajo.

—Las mangueras se están utilizando abajo, señor —dijo, y luego agregó—: No se preocupe, en seguida llegaremos a usted. Tan pronto como tengamos a los niños.

—Traiga aquí una manguera, ¡rápido! —gritó con impaciencia—. Tenemos que detener a los malditos bichos antes que logren subir por la escalera.

Sin discutir más, los bomberos empezaron a bajar.

—Señor Harris, no es necesario que perdamos los estribos —la cabeza de Grimble asomaba por la ventana de una clase próxima—. Si nos mantenemos todos en calma…

—¡Mierda!

La cabeza de Grimble desapareció bruscamente. Harris sonrió para sí. Por lo menos el día de hoy le había dado alguna satisfacción. Miró abajo y vio a los bomberos que conferenciaban con sus superiores y señalaban su ventana. Vio que asentían y que los bomberos corrían hacia donde otros dos controlaban una manguera. El chorro de agua se detuvo y la pesada manguera fue llevada a mano hasta la base de la larga escalera. El primer bombero subió los peldaños llevando la boca metálica de la manguera sobre su hombro, mientras sus compañeros la iban largando a medida que subía.

Harris vio que acababa de llegar una camioneta blanca con el nombre de «Ratkill». Hombres con bata blanca estaban descargando varios cilindros largos y plateados. Supuso que sería algún tipo de gas. Toda la calle estaba bloqueada ya por coches de la policía, camiones de los bomberos, ambulancias y un cordón de policías contenía a la multitud por los dos extremos. Vio padres angustiados, mujeres que lloraban y pedían a la policía que las dejaran pasar.

Cuando el bombero llegó al extremo de la escalera, ésta fue desplazada hacia la ventana de Harris.

—Perfecto —dijo ayudando al bombero a saltar a la habitación.

—¿Hacia dónde? —preguntó el bombero mirando a su alrededor e ignorando a Ainsley y al director.

—Por aquí. Sígame —dijo Harris estirando más manguera por la ventana. Vio que subía más gente uniformada.

Los dos arrastraron la manguera a lo largo del corredor.

—Un segundo sólo —dijo el profesor, deteniéndose ante la puerta de la escalera —. Asegurémonos primero.

Se preguntó si alguna vez podría abrir de nuevo una puerta con confianza. Atisbó por una delgadísima abertura que amplió luego cuando comprobó que no había peligro. Bajaron ‘hasta el recodo de la escalera y miraron hacia la siguiente de abajo, cerrada. El bombero se volvió hacia Harris cuando oyó el ruido de garras.

—Dios mío, ¿son ellas? —preguntó.

—Sí —dijo Harris—. Son ellas. Se están abriendo paso a base de roer la puerta. No necesitarán mucho, disponen de dientes como sierras eléctricas.

—Bueno, parece de todos modos que el agua está inundándolo todo —dijo el bombero quitándose el casco y rascándose la cabeza.

Harris asintió. Por lo menos había diez o quince centímetros de agua al pie de la escalera. Seguramente el sótano estaba ya totalmente inundado. El agua llegaba por lo menos al nivel delas ventanas y el chorro de las mangueras impediría que se escapara ninguna rata.

Oyeron pasos detrás suyo. Tres policías, un sargento y dos bomberos más bajaban para reunirse con ellos.

Harris les indicó que se quedaran donde estaban.

—Las ratas intentan atravesar la puerta. Si uno de ustedes se queda en la ventana, otro en la puerta del despacho y otro en lo alto de la escalera, podremos avisar en el momento oportuno para soltar el agua.

—El único problema es que sólo podremos utilizar media presión, a causa de los recodos —dijo el bombero que estaba con él—. Si damos toda la presión, el agua tratará de enderezar la manguera.

—En ese caso, procuramos redondear al máximo todas las curvas —dijo el sargento—. Que no haga cantos agudos.

Dieron a la manguera una forma serpenteante a lo largo de los varios recodos.

—La presión la echará hacia la pared de la derecha; por lo tanto, yo me quedaré aquí y la aguantaré. Usted, Harris, póngase al otro lado —dijo el bombero que acompañaba al profesor.

El sargento ordenó a los otros bomberos que volvieran a la ventana de arriba y situó a sus dos hombres en posiciones estratégicas a lo largo del recorrido.

—Muy bien. Estos cabrones ya pueden salir —dijo.

Esperaron en silencio con los ojos clavados en las estrechas rendijas de la puerta de abajo, que aumentaban de tamaño.

—¡Atención arriba! —gritó el primer bombero—. Es increíble. Madera maciza.

—Sí, y es el segundo caso en una mañana —comentó el fornido sargento.

—¿Qué quiere decir? —«preguntó Harris.

—Atacaron un tren cargado de personas en la hora punta. No sabemos todavía la gravedad, pero parece que fue una matanza. Yo me resistía a creerlo pero no tras ver esto.

—¿Un tren cargado de gente? ¿Atacaron un tren? —Harris miró con incredulidad al policía—: No lo creo.

—Oh, es muy cierto —contestó el sargento—. Como dije, todavía no conocemos todos los detalles. Quizá han exagerado. Pero la última noche también nos llamaron, a Shadwell. Tres personas muertas. Encontramos los restos del jefe de estación dentro de un armario: no quedaba gran cosa. Las ratas reventaron la puerta. Al principio querían echar tierra al asunto, por lo menos de momento, pero una cosa así no puede ocultarse.

Oyeron ruido de madera rompiéndose y un agujero apareció en la puerta, que luego se agrandó al saltar un gran trozo.

—¡Ya! —gritó el bombero.

—Ya, ya, ya —llegaron los ecos de los demás.

Una rata empezó a retorcerse por el agujero.

La manguera inerte se puso rígida al llenarse de agua y el bombero lanzó inmediatamente el chorro apuntando directamente al animal que se retorcía. El chorro golpeó la puerta un segundo tarde. La rata pudo soltarse a tiempo, mientras el poderoso chorro golpeaba su trasero hacia un lado. El bombero apuntó más abajo y la hizo rebotar de nuevo contra la pared.

—La puerta. No deje la puerta. Que no pase ninguna más —gritó Harris, pero ya era tarde. Con una velocidad fulgurante, otra rata había saltado por el agujero libre. El bombero dirigió de nuevo el chorro hacia la puerta y cubrió completamente el agujero. Incluso lo agrandó al empujar hacia adentro los trozos sueltos de madera. Las dos ratas medio corrieron, medio nadaron hacia la escalera.

—Yo me ocupo de ellas —bramó el sargento arrancando una de las pequeñas hachas del cinto de un bombero. Avanzó hacia las ratas que se aproximaban, procurando no meterse en la cascada de agua. Para darle más tiempo, el bombero bajó durante una fracción de segundo la puntería enviando a los dos animales rodando hasta la pared de enfrente.

El policía saltó los dos últimos peldaños y aterrizó con un chapoteo, blandiendo el hacha sobre su cabeza. Resbaló, pero la descargó sobre una de ellas y consiguió hundirla en su lomo. De nuevo se oyó el chillido infantil del monstruo herido. Sin esperar a rematarla se volvió hacia la segunda rata, pero sólo pudo alcanzarla de refilón con la hoja plana. La rata cayó, dio media vuelta y se lanzó contra las piernas del hombrachón. El policía lanzó un grito cuando aquellos dientes sañudos se hundieron en su rodilla. Golpeó de lado a la bestia tenaz, por miedo a cortarse la pierna con su arma ensangrentada, y trató de desalojarla. Desesperado, cayó de rodillas, apretó a la rata contra el suelo y abatió el hacha con todas sus fuerzas. Casi cortó de una rebanada a la bestia de pelo negro.

La otra rata herida trató de alcanzar la escalera pero Harris corrió hacia ella y de una patada la devolvió desde el primer peldaño. El policía le cortó la cabeza de un solo golpe. Luego separó la mandíbula de la rata que todavía pendía de su rodilla. Subió renqueando y maldiciendo en voz alta, arrimado a la pared.

El bombero que estaba estacionado en la ventana bajó corriendo.

—Acaban de traer los cilindros de gas al patio. Van a descargarlos por las ventanas. Dicen que no es perjudicial sino se respira demasiado, pero que acabará con los bichos: cúbranse el rostro con los pañuelos empapados.

—Dígales que inyecten gas por la ventana de este lado del edificio. ¡Es la sala de profesores y las ratas intentarán salir por allí! —gritó Harris para hacerse oír por encima del ruido del agua.

—¡De acuerdo! —El bombero subió corriendo las escaleras.

—¿Cree que podrá aguantarlas? —preguntó Harris al de la manguera.

—No hay problema. Aunque la puerta reviente bajo la presión, impediremos que suban la escalera hasta que el gas haga su efecto.

Harris ayudó al sargento a subir al segundo piso. Mientras avanzaba renqueando, el policía dijo:

—Me han dicho que estas mordeduras pueden ser peligrosas. ¿El chico que murió a causa de las ratas en la última semana era de esta escuela?

—Sí, lo era. Se llamaba Keogh.

—Sí, así es. Debió de quedar muy malherido, ¿no?

—No sé —mintió Harris.

Lo llevó al despacho del director y lo sentó en una silla de respaldo duro.

—Oh, ¿también a usted le han mordido? —preguntó Ainsley en tono quejumbroso, mientras cogía la caja de medicinas.

—Sólo un mordisco, señor. No es nada. Pero pica un poco —le dijo el policía.

Harris fue a la clase de al lado y golpeó la puerta.

—No hay peligro —gritó—. Déjenme pasar.

Oyó el ruido de los muebles al retirarse y se abrió la puerta ante él. La habitación estaba totalmente llena ya de profesores, alumnos, policías y bomberos.

Levantó la mano para imponer silencio a los niños.

—La situación está controlada ya. El agua bloquea la escalera y están inyectando en las clases de abajo un gas, inocuo para nosotros. Pronto podremos salir.

—Le agradecemos mucho su juicio sobre la situación, señor Harris —dijo agriamente Grimble—. Creo que el inspector jefe puede asumir el mando. Con su permiso, desde luego.

«A esta rata el gas no le va a afectar», pensó Harris.

Las ratas de la escuela fueron exterminadas lentamente. Las que no se ahogaron en el sótano murieron por el gas. Las del piso bajo corrían por todas partes, nadando por el agua que subía de nivel, buscando frenéticamente una salida. Escalaban los radiadores, se abrían paso royendo hacia otras clases y trataban de escapar por las ventanas, pero las detenían las rejas clavadas en el exterior. Saltaban encima de los pupitres, de los armarios, de todo lo que estaba elevado, para escapar del torrente de agua. Luego el gas se filtró en el interior y finalmente cayeron una por una, con violentas convulsiones, levantándose primero sobre sus patas traseras; algunas caían directamente al agua y otras se tumbaban sobre las plataformas que podían haberlas salvado de la inundación.

Muchas trataron una y otra vez de arrastrarse por el agujero de la puerta en el extremo del pasillo, pero el poderoso chorro de agua las devolvía sin falla. El pánico las enloqueció. Luchaban entre sí cuando se producía una colisión o cuando más de una intentaba alcanzar el mismo punto de huida. Luego una cuadrilla escogía sin motivo aparente una rata concreta, la atacaba y la mataba en segundos, porque la víctima no ofrecía ninguna clase de resistencia. Luego la cuadrilla escogía de nuevo a uno de sus propios componentes y lo destruía. De este modo su número iba disminuyendo.

Y pronto quedaron todas muertas.