La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 18 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 17

Harris condujo como un loco, porque sabía que probablemente no había más tráfico que él. Un coche patrulla del ejército lo detuvo una vez y tuvo que perder unos minutos valiosos mostrando su pase y explicando su misión. El oficial al mando lamentó no poder acompañarle, pero tenía que cumplir con su deber. Le deseó suerte y le abrió paso.

Mientras conducía por la ciudad y los bloques comerciales se erguían sobre él a ambos lados, el sentimiento de absoluta soledad se hizo casi insoportable. Deseó volver atrás, para estar de nuevo entre la gente, para sentir la seguridad del grupo, pero se obligó a sí mismo a continuar, porque sabía que tenía que impedir que Foskins entrara en la casa.

Cuando llegó a Aldgate, vio a los primeros roedores. Corrían a un lado de la ruta y formaban un negro río de cuerpos hirsutos. Se les unían muchos más que salían de los edificios y convergían en el río principal empujando y escalando los lomos de los otros.

Volvió la cabeza bruscamente al oír un ruido de vidrios rotos y vio la luna delantera del restaurante J. Lyons derrumbarse con el río de cuerpos que emergía de su interior. Todos seguían la misma dirección y Harris supuso que el punto era el parque al lado de la Torre de Londres, donde estaba situado uno de los transmisores. Continuó adelante, consciente del gradual incremento en el número de animales, pero felizmente todos ignoraban el coche lanzado por la calle. Cuando dobló hacia la Commercial Road tuvo que frenar violentamente. Parecía como si se extendiera ante él una gran alfombra movediza: la amplia avenida estaba totalmente cubierta por bichos negros que formaban una cubierta ondulante sobre el asfalto.

Se quedó helado ante aquel espectáculo. La mayoría venía de una calle lateral y desaparecía por otra calle, al otro lado de la avenida principal. La masa negra parecía presentar una anchura de unos cincuenta metros, sin ninguna solución de continuidad a lo largo de ella. ¿Tenía que dar media vuelta y encontrar otro camino o se encontraría con la misma dificultad en otra avenida? ¿Y cuánto tiempo necesitaría para sortear el obstáculo? ¿Tenía que meter el coche en medio de los animales? ¿Qué sucedería si el coche se paraba y quedaba atrapado en medio del río? Si le atacaban, el traje protector apenas bastaría para resistir. El instinto le aconsejaba dar media vuelta, volver a la protección de los militares, pero cuando miró por el retrovisor vio otros ríos de ratas que emergían de calles y edificios como lava líquida de un volcán, formando afluentes alrededor de los obstáculos para reunirse de nuevo y constituir grandes corrientes. Comprendió que el camino de regreso sería igualmente peligroso.

Algo aterrizó con estrépito sobre su capó obligándole a mirar de nuevo hacia adelante. Una de las ratas gigantes le estaba contemplando a través del parabrisas, su cara maligna estaba casi a su mismo nivel, a una distancia solamente de medio metro, con una delgada capa de cristal como única protección.

Aquello decidió por él. Puso la primera y dio gas dejando que el embrague resbalara para coger potencia. Empezó a avanzar, primero lentamente, y luego quitó suavemente el pie para aumentar la velocidad. La rata resbaló sobre el capó; trataba de mantenerse con sus largas garras, pero la superficie lisa del coche pronto se impuso y se deslizó de nuevo hasta el suelo.

Harris mantuvo apretado el pie sobre el acelerador. Se dijo que sería más o menos como por una carretera inundada: el truco consistía en mantener la marcha, lenta pero continua. El coche alcanzó el borde de la corriente y se metió entre los cuerpos agitados. Se puso a dar sacudidas a medida que pasaba sobre ellos. El crujido de los huesos y de los cuerpos aplastados provocaba náuseas en el profesor, quien no podía hacer otra cosa que fijar sus ojos en la continuación de la calle y dejar clavado el pie sobre el acelerador. Las ratas parecían no preocuparse por el coche y no intentaban escapar de las mortíferas ruedas. Algunas saltaron por encima del capó y de la carrocería, una de ellas saltó contra una ventanilla lateral y la astilló sin romperla. En dos ocasiones el coche resbaló sobre la húmeda sangre que impregnaba las ruedas y Harris tuvo que esforzarse en seguir la línea recta, rogando para que el motor no se calara.

Sintió un golpe sobre el techo de la carrocería, encima suyo, y luego apareció una cabeza puntiaguda sobre lo alto del parabrisas con el morro retorciéndose a un lado y otro y las puntas de las garras extendidas y planas sobre el cristal.

Harris se apretó contra el asiento de puro pánico y estuvo a punto de soltar el pie del acelerador, pero hundió automáticamente el embrague para evitar que el motor se calara. El animal cayó sobre el capó, debido principalmente a la sacudida del coche, y se volvió para contemplar al hombre del interior.

Parecía incluso mayor que una rata gigante normal y Harris se preguntó si las ondas sonoras no la afectaban tanto como a las demás. Se recuperó rápidamente y continuó la marcha, tratando de ignorar al monstruo que le miraba malignamente al otro lado del cristal. Los chillidos agudos de las ratas atrapadas entre sus neumáticos aguijoneaban su odio y esto le empujaba hacia adelante.

De pronto la rata del capó se precipitó contra el parabrisas: descubrió los dientes y trató de utilizarlos para romper el cristal. Éste aguantó, pero el profesor sabía que no resistiría un exceso de presión. Vio con alivio que casi había superado ya la masa deslizante de cuerpos negros y empezó a acelerar. La rata saltó de nuevo, provocando la aparición de una gran raya dentada sobre el parabrisas. Al fin el coche salió del río de animales y Harris inmediatamente puso segunda y luego tercera. Sabía que tenía que soltar rápidamente a la rata antes que el cristal cediera y empezó a dar bruscos virajes a ambos lados, confiando quitarse así de encima aquel pasajero incómodo.

Pero ya era demasiado tarde.

La rata dio una desesperada embestida contra el parabrisas como si intuyera que era su última oportunidad: toda el área de visión de Harris se hizo nebulosa y blanca cuando el cristal estalló en una miríada de pequeñas rajas.

Harris se vio directamente ante el rostro de la rata. Había conseguido pasar la cabeza y luchaba para ampliar el agujero y dejar paso a su cuerpo poderoso. Mostró sus incisivos manchados de sangre al profesor, sus ojos le miraban ferozmente deformados y bulbosos por la acción del cristal que estiraba hacia atrás la piel del cuello. Harris sabía que en cuestión de segundos el cristal cedería y el animal saltaría sobre su rostro descubierto. Apretó a fondo los frenos; sabía y temía lo que iba a seguir. Cuando el coche, tras serpentear, quedó inmóvil se puso los pesados guantes del traje protector y abrió la puerta de su asiento. Saltó al exterior y dio la vuelta corriendo hasta la parte delantera: agarró aquel cuerpo repugnante y tiró con todas sus fuerzas. La repentina impresión del aire frío sobre su rostro le hizo comprender lo expuestos que estaban su cabeza y su rostro, y el pánico le dio todavía más fuerza y rapidez. Consiguió soltar a la rata; el cristal le había hecho cortes en el cuello mientras trataba de desasirse.

La mantuvo encima de su cabeza y la echó hacia el otro lado del coche, pero su peso le cogió desprevenido y debilitó su impulso. El cuerpo de la rata rozó el borde del capó y rodó hasta el suelo con una fuerza pasmosa, pero se puso inmediatamente en pie y se lanzó por debajo del coche contra el profesor. Harris se movió rápidamente pero no esperaba que la rata pasara por debajo del coche.

Cuando saltó al interior y empezó a cerrar la puerta sintió un dolor terrible en la pierna, miró hacia abajo y vio que la rata estaba asida a un punto de la pierna encima mismo del tobillo; la tela del traje, con su dureza, le había salvado de una herida grave. Trató de sacudirse al animal pero éste continuó asido fuertemente; aumentaba la presión y trataba de subir al coche.

Harris lo golpeó con el puño, pero sin resultado. Metió de nuevo el pie en el interior del coche y lo dejó en el borde mismo, agarró la manecilla de la puerta con ambas manos y cerró de golpe la puerta con todas sus fuerzas. La rata lanzó un chillido penetrante y soltó su presa de la pierna. Tenía el cuello apresado entre la puerta y el marco pero continuaba meneándose frenéticamente con los ojos vidriosos y la boca espumeante. Harris apretó más la puerta, deslizando incluso la mano a través de la estrecha rendija para asirla mejor, y estrujó la vida de la rata.

Cuando cesaron sus convulsiones abrió la puerta lo suficiente para que el cuerpo cayera al suelo y la cerró de nuevo rápidamente. Quedó sentado, temblando unos segundos, sin sentir ningún alivio porque sabía que debía continuar adelante. Únicamente el rugido del motor, a muchas revoluciones, consiguió devolverle los sentidos. Tenía el pie apretado sobre el acelerador; no había quitado el contacto a propósito, y el motor giraba locamente. Soltó el pie, amplió el agujero del parabrisas, puso la primera y arrancó primero lentamente y luego cogiendo velocidad a medida que recordaba su misión.

Vio muchas más ratas gigantes y se metió sin dudarlo entre ellas, sin preocuparse en reducir la velocidad cuando bloqueaban la carretera. Parecía por lo menos que la idea de los ultrasonidos funcionaba. Las ondas estaban sacando a los bichos de sus madrigueras. Quizá la historia del flautista de Hamelín no era tan fantástica. Quizá su flauta estaba sintonizada también con la frecuencia de las ratas.

Miró a través de una ventanilla lateral al oír ruido de helicópteros. «Ahora todo depende de ellos —pensó— y de su gas».

Salió de la Commercial Road y se dirigió hacia el canal en desuso; parecía que las ratas disminuían en número. Cuando alcanzó la calle que corría a lo largo del viejo canal, la encontró totalmente vacía de roedores. Vio un coche al fondo, en mitad de la calle, y supuso que Foskins se le había adelantado. Se detuvo en el lugar donde sabía que estaba la casa, escondida tras un alto muro y apantallada por la vegetación salvaje. Seguramente Foskins aparcó el coche y caminó hacia atrás buscando el lugar. Quedó sentado unos segundos, trató de captar cualquier ruido sin decidirse a abandonar la relativa seguridad del vehículo. Cogió el casco con visor de cristal y salió del coche. Miró desde allí a ambos extremos de la calle. Con el casco en la mano y a punto para ponérselo a la menor alarma, se dirigió hacia el boquete tapiado donde estuvieron antes las rejas de hierros. Dos de los pesados tableros habían sido apartados, dejando un espacio lo bastante ancho para que pasara una persona.

Harris metió con precaución la cabeza y gritó:

—¡Foskins! Foskins, ¿está usted ahí?

Silencio. Un silencio completo, de absoluta soledad.

El profesor lanzó una última mirada arriba y abajo de la calle, se puso el casco a pesar del desagrado que le causaba la consiguiente sensación de claustrofobia, y se introdujo por el agujero. Se abrió paso a través de la maleza por el antiguo camino, mirándolo todo remotamente a través del visor de cristal. Alcanzó la vieja y familiar casa y se detuvo ante la puerta delantera, cerrada. Se quitó el casco y llamó de nuevo:

—Foskins, ¿está usted dentro?

Golpeó la puerta, pero la casa continuaba silenciosa. «Diablos, tendré que entrar —se dijo—. Por lo menos si había ratas se habrán ido todas ya».

Miró a través de la ventana rota, pero no pudo ver nada a través de la oscuridad; los árboles del jardín y la maleza impedían que entrara mucha luz en el interior de la casa. Volvió al coche, cogió una linterna de la guantera y regresó a la casa. Apuntó la linterna a través de la ventana y sólo vio dos butacas viejas y podridas y un pesado armario de madera. Retrocedió ante un hedor que no se debía enteramente a la ranciedad de los años. Intentó abrir la puerta delantera, pero estaba firmemente atrancada. Dio entonces la vuelta hacia la parte trasera.

Lo que en otros tiempos debió de ser la cocina daba sobre el viejo canal y su puerta estaba ligeramente entreabierta. La abrió del todo y el crujido de los goznes fue el único sonido que interrumpió el incómodo silencio.

Entró.

El olor que atacó su nariz era incluso más fuerte que antes y se puso rápidamente de nuevo el casco con la esperanza de que sirviera de máscara. La cocina tenía todavía unos cacharros en el fregadero, cubierto con el polvo acumulado durante tanto tiempo; colgaban telas de araña de las ventanas y por los rincones de la pequeña habitación; quedaban todavía cenizas en el hogar de su último fuego. Quien viviera aquí se fue apresuradamente.

Harris abrió una puerta y entró en una sala oscura; aunque todavía distinguía los contornos, encendió la linterna. Entró por una puerta que nunca les permitió pasar el guarda de la esclusa cuando, de pequeño, los invitaba, a él y a sus amigos. No porque hubiese al otro lado ningún misterio sino porque el guarda decía que era una habitación privada, una habitación que utilizaba para descansar y para leer el periódico del domingo. Sin saber por qué, la habitación desconocida le produjo una viva aprensión, le despertó el temor en el centro mismo de su alma. Giró nerviosamente la manecilla y empujó la puerta, primero lentamente y luego con rapidez y energía, dejándola rebotar contra la pared.

Estaba casi completamente oscura, porque las polvorientas cortinas de la ventana no dejaban pasar ya la luz a través de su fina malla. Apuntó la linterna por las paredes; buscaba y al mismo tiempo temía encontrar algo. Parecía haber sido convertida en un estudio; en un rincón había un globo, en otro una pizarra; por las paredes había dibujos de animales, de estructuras óseas, variaciones de especies; un largo estante atestado de grandes volúmenes; una mesa con montones de mapas y dibujos.

Harris dirigió de nuevo la linterna a la pizarra. El dibujo a tiza, a pesar de estar medio borrado y de que era difícil de distinguir con aquella luz, parecía ser de… se quitó el casco para ver mejor y se acercó más. La cabeza puntiaguda, el cuerpo largo, las pesadas ancas, la delgada cola: sí, se trataba sin ninguna duda de una rata. Y, sin embargo, aunque fuera difícil de comprobarlo con aquella luz, era una rata algo extraña.

Un ruido en algún lugar bajo las escaleras interrumpió sus pensamientos.

—¿Foskins, es usted? —gritó.

Hubo un instante de silencio, pero luego oyó otro ruido. Un ruido ligero de algo deslizándose. Corrió hacia la puerta y llamó de nuevo a Foskins. Más silencio y finalmente un fuerte ruido sordo que parecía proceder de detrás de la casa. Debajo.

Retrocedió poco a poco por la sala con una mano en la pared para guardar el equilibrio. Enfrente de la cocina había otra puerta que no había visto antes, pero que ahora recordaba de cuando era pequeño. Era la puerta del sótano y no estaba cerrada del todo.

La abrió y dirigió la luz de su linterna por el abrupto tramo de escaleras, pero sólo pudo distinguir una pequeña porción del fondo.

—¿Foskins?

Dio un primer paso hacia abajo, y casi se desvaneció ante el insufrible hedor. Vio que el fondo de la puerta estaba comido. «Si el zoólogo introdujo las ratas mutantes en el país, seguramente las tenía guardadas aquí abajo —se dijo Harris—; y aquí dejó que se reprodujeran, las estimuló incluso a ello. ¿Pero qué le sucedió al científico? ¿Fue muerto por sus propios monstruos? Y una vez muerto nada pudo controlar el rápido crecimiento de la población de ratas. Pero ahora el sótano tiene que estar vacío: las ondas sonoras habrán sacado de allí a las ratas. Y, sin embargo, la rata del coche no pareció afectada por los ultrasonidos. Quizá haya otras ratas como ella. ¿Me voy o sigo?».

Había llegado hasta allí y sería una pérdida real de tiempo interrumpir la investigación. Bajó las escaleras.

Cuando alcanzó el fondo, captó un ligero punto de luz procedente de algún lugar ante él. Buscó la claridad con su linterna, rastreando el suelo, y descubrió muchos objetos blancos esparcidos por el suelo. Descubrió con horror que se trataba de huesos, y que muchos parecían huesos humanos. «Si esto fue un nido de ratas, debieron arrastrar a sus víctimas humanas hasta aquí, para devorarlas con seguridad o quizá para alimentar a sus crías».

Dirigió la linterna a los lados y descubrió jaulas alrededor de la habitación con la tela de alambre reventada y el fondo lleno de paja y más objetos blancos. Dirigió de nuevo el rayo de su linterna hacia la pequeña zona luminosa y entonces comprendió de qué se trataba. Era otra linterna, del tipo de llavero, que proporciona un débil punto de luz suficiente para que una persona encuentre en la oscuridad el agujero de la cerradura. Yacía al lado de un cuerpo y, con el corazón encogido, Harris dirigió la linterna hacia él.

Los ojos sin vida de Foskins miraban brillantemente hacia el techo. Era difícil reconocerle porque había perdido la nariz y tenía toda una mejilla desgarrada, pero Harris supo instintivamente que se trataba del antiguo subsecretario. La parte inferior de su rostro estaba cubierta de sangre y sobre su cuello abierto y carmesí se movía algo. Una rata negra se estaba alimentando: bebía el líquido rojo a tragos cortos y ansiosos. Se detuvo cuando la luz le dio de lleno y dos ojos odiosamente sosegados, amarillos y malignos miraron directamente a la brillante linterna.

Cuando Harris dio involuntariamente un paso atrás, la parte ancha del rayo de luz cayó sobre el resto del cuerpo mutilado. El traje estaba hecho trizas, un brazo parecía casi arrancado del cuerpo. Sobre el pecho desnudo se abría un boquete en el lugar que correspondería al corazón. Otra rata estaba atravesada sobre el cadáver, con la cabeza hundida en los intestinos del hombre sin vida, sin que en su excitación notara la presencia de otra persona. Foskins tenía agarrada convulsivamente con la otra mano una hacha, cuyo filo se hundía en el cráneo de otra rata gigante. Otro bicho estaba muerto al lado.

Parecía como si toda la escena se hubiera petrificado en la mente de Harris, como si sus ojos hubiesen actuado de cámara fotográfica y hubiesen reducido la escena macabra a una instantánea inmóvil fuera del tiempo. Aunque no podía haber quedado inmóvil más de dos segundos, parecía una eternidad, un vacío en el tiempo que no podía medirse en horas o minutos.

Otra cosa empezó a registrarse oscuramente en su mente a través del shock. Algo acechaba en un rincón alejado. Algo hinchado y pálido. Indefinible.

La catalepsia paralizadora quedó rota de repente cuando la rata que estaba sobre el cuello de Foskins se desprendió de él y saltó hacia la luz.

Harris se tambaleó hacia atrás, tropezó con unos huesos y cayó de espaldas. La linterna se le escapó de las manos y saltó rodando por el suelo, sin que por fortuna se apagara. Mientras estaba en el suelo, ligeramente aturdido, se dio cuenta de que no llevaba el casco protector y que también se le había escapado de las manos. Sintió que unas patas pesadas escalaban su cuerpo hacia su rostro desnudo.

Consiguió agarrar a la rata por el cuello cuando estaba a punto de hundir los dientes en su carne. El aliento fétido de las mandíbulas del animal a pocos centímetros del rostro de Harris aumentaron el terror que le dominaba. La rata parecía incluso mayor y más pesada que la especie gigante; era similar a la del coche. Rodó sobre el suelo, desesperadamente, lanzando patadas y acertando felizmente en la cabeza a la otra rata que también se dirigía hacia él.

Apretó la cabeza puntiaguda contra el suelo y la golpeó con su puño libre, pero las garras de la rata se cebaban sobre su cuerpo, le golpeaban a un ritmo furioso y le impedían utilizar su peso para atenazarla. La rata dio una dentellada contra el pesado guante de su mano cuando ésta descendió de nuevo y agarró el material con los dientes. Harris notó que algo acababa de aterrizar sobre su espalda y sintió un agudo dolor cuando el atacante le estiró la cabeza hacia atrás por los cabellos. Rodó de nuevo tratando de aplastar a la rata que tenía en la espalda, pero al mismo tiempo perdió la presa sobre la otra. El sistema dio resultado, pero al apoyarse sobre una rodilla sintió que su pelo se rompía por las raíces.

La primera rata le saltó a la cara, pero consiguió girarla a tiempo, no sin sentir un dolor ardiente al marcarle la mejilla unos incisivos como cuchillas. Con la mano derecha impulsó todavía más a la rata en su vuelo, largándole un fuerte golpe en las ancas que la envió por encima de su hombro y la hizo chocar contra una de las jaulas. Harris hizo un movimiento hacia el hacha que recordaba haber visto en la mano inerte de Foskins; avanzó a gatas hacia ella, como los mismos animales que estaba combatiendo.

Cuando alcanzó el hacha, iluminada por la fantástica luz de su linterna perdida, vio que su mano estaba descubierta, expuesta a los dientes y garras cortantes de los bichos. La estiró casi contra sí, para protejerla con su cuerpo, pero su equilibrio dependía de la mano enguantada. Alargó el brazo de nuevo para alcanzar el arma que podía salvarle la vida y unos dientes afilados se cerraron sobre su mano y la sacudieron furiosamente.

Se puso en pie, gritando, y arrastró la mano hacia sí. La rata cayó al suelo con dos de sus dedos entre las mandíbulas.

Parecía increíble, pero no sintió dolor, porque su mente estaba demasiado aturdida por el terror y la impresión para que el mensaje llegara a su cerebro. Se dirigió dando traspiés hacia la puerta; sólo quería escapar, no le preocupaba ya Foskins, no le preocupaba derrotar a los bichos, lo único que quería era liberarse de aquella pesadilla. Una de las ratas aterrizó sobre su hombro y le derribó al suelo. Cayó sobre una jaula y rodó hasta detenerse detrás de ella, quitándose de encima en el proceso a la rata. El deseo de acurrucarse, de acostarse y morir, pasó por su mente frenética, pero se puso en pie con un rugido, un chillido, un grito de rabia, nunca supo qué fue, e hizo presa al mismo tiempo en dirección de la rata. La cogió por las patas traseras y la arrancó del suelo. La otra rata le había saltado al muslo y Harris sintió sus mordiscos a través del material del traje protector. La sangre manó cálida y libremente pierna abajo y de este modo comprendió que los dientes habían penetrado el pesado traje. Esto exasperó su furia y le proporcionó la energía necesaria, no la energía de la locura, porque su mente se mostraba ahora fría y calculadora, indiferente al dolor, sino la energía de un hombre que se niega a dejarse vencer por un ser inferior y repugnante.

Giró su cuerpo, arrastrando a la rata que tenía agarrada e ignorando al mismo tiempo a la rata del muslo. Levantó al animal que se debatía, lo más alto que pudo, y lo hizo rebotar con todas sus fuerzas contra la pared. El aturdido animal lanzó un chillido agudo, no muy distinto al de un niño, pero todavía se retorcía y giraba en sus manos. La hizo rebotar de nuevo y pudo emitir un gruñido de satisfacción al oír el ruido de los huesos del delgado cráneo que se rompían contra el hormigón. La tiró lejos de sí, lo más lejos que pudo, sin saber si todavía estaba con vida.

Se inclinó luego y tiró de la rata que colgaba de su muslo, pero el dolor se hizo insoportable. Levantó el cuerpo que se retorcía y se dirigió a tropezones hacia la figura sin vida de Foskins. Cayó sobre sus rodillas y estuvo a punto de desmayarse con el esfuerzo y el dolor, pero consiguió arrastrarse unos pasos más, desesperadamente. No podría resistir ya mucho tiempo el dolor del muslo. Con un esfuerzo supremo y definitivo llegó hasta el cadáver y cayó sobre él. Su peso obligó a la rata a dejarle, pero el animal se lanzó inmediatamente a otro ataque. Harris rodó hasta quedar de espaldas al suelo, levantó las rodillas y dio una patada con ambos pies. El golpe envió a la rata sinuosamente por la habitación, y le dio tiempo para ponerse de rodillas.

Agarró el hacha y sacó el filo de la rata muerta. Vio con horror que la mano de Foskins aguantaba todavía macabramente el mango. Cogió la muñeca con su mano izquierda herida y con la derecha soltó el hacha. Se volvió inmediatamente y apenas tuvo tiempo de enfrentarse con la bestia negra, que le atacaba con las mandíbulas rezumando espuma y sangre, los ojos reventando de odio. Abatió el hacha para parar el salto y la hoja atravesó directamente el puntiguado cráneo. Aterrizó hecha un paquete ante él, muerta ya pero retorciéndose violentamente. La había decapitado.

Harris se desplomó: su frente tocaba casi al suelo. Un ruido deslizante le devolvió los sentidos. Levantó la vista y vio a la otra rata, la que había proyectado contra la pared creyendo que le había fracturado el cráneo: se arrastraba hacia él. Estaba gravemente herida, casi muerta, pero todavía tenía la energía y el odio necesarios para irse hacia él, dejando un rastro húmedo de sangre tras de sí.

Harris se arrastró hacia ella y la rata levantó su repugnante cabeza y le mostró los dientes, mientras salía de su garganta algo así como un gruñido. Harris vio que tenía la espalda rota, pero que continuaba adelante, decidida a destruirle.

Cuando la distancia que les separaba se redujo a sólo dos palmos, Harris se puso sobre sus rodillas y levantó el hacha por encima de la cabeza, con ambas manos. Las ancas posteriores de la rata se estremecieron como si intentaran cobrar la energía necesaria para el salto, algo que no podría ya conseguir. El profesor abatió el hacha con estrépito sobre la parte posterior de su cuello: le trituró la columna vertebral y cortó sus arterias.

El profesor, exhausto, cayó como un paquete al suelo.

No supo cuánto tiempo permaneció sin sentido. Tanto podían ser cinco minutos como cinco horas. Se quitó el guante de una mano y miró la hora. Era imposible saberlo con exactitud porque no disponía de referencias para los terribles acontecimientos que precedieron su colapso. El dolor en la mano era ya atroz y superaba las pulsaciones del muslo. Le dolía todo el cuerpo y su mejilla estaba pegajosa de sangre. Un fuerte dolor le obligó a tocarse la oreja y descubrió con espanto que le faltaba el lóbulo.

—Dios mío —murmuró. Pero estaba con vida y una especie de ligereza inundó todo su ser. «Las inyecciones que me dieron evitarán cualquier contagio —se dijo con confianza—. Lo único que me falta es salir de este condenado agujero».

Se sentó y la mano rozó el cuerpo muerto de Foskins. «Pobre hombre —pensó—. Realmente tuvo que emplearse a fondo para poder matar a dos ratas. Bueno, en definitiva descubrió el nido; éste debió ser su punto de partida, la madriguera base».

Un sonido le puso de nuevo en tensión. El miedo refluyó hacia él. «Dios mío, no terminarán nunca». Buscó apresuradamente el hacha, la encontró todavía hundida en el cuerpo muerto de la rata y la recuperó de un tirón.

El sonido era como un gemido, un ruido extraño y maullante. Procedía del otro extremo.

De repente, la mente de Harris recordó el instante en que había descubierto el cuerpo de Foskins. Su cerebro había tomado una instantánea. Había visto en la oscuridad una imagen pálida y borrosa.

Ahora podía oír un ruido de algo deslizándose.

Se arrastró desesperadamente hacia la linterna caída, que por suerte todavía funcionaba, aunque su luz, era cada vez más débil. «¿Tengo fuerzas suficientes para resistir otro ataque?», se preguntó. Lo dudaba. Su intención era recuperar la linterna y luego subir las escaleras y salir a la calle lo más rápidamente posible.

Pero cuando consiguió la linterna y el ataque no se produjo, le entró curiosidad. Dirigió el foco hacia el punto de procedencia de los ruidos. Algo estaba allí, algo blanco o gris, que se movía ligeramente. Dos ojos se reflejaban hacia él. Unos ojos pequeños. Luminosos. Se dirigió lentamente hacia ellos.

Cuando se hubo acercado, todo su cuerpo se puso a temblar, por la repulsión que le causaba aquel espectáculo. Se detuvo a algo más de un metro, resistió el impulso de huir y se obligó a mirar.

Acurrucado en el rincón más alejado, ante él y sobre la paja, rodeado de huesos humanos, yacía el ser más detestable que había visto nunca, despierto o en sueños. En cierto modo se parecía a una rata, una rata grande, mayor, mucho mayor que las demás. Su cabeza era puntiaguda, su cuerpo largo pero obeso, y podía ver una cola larga y gruesa que retorcía hacia delante, desde detrás. Pero la semejanza acababa aquí.

Todo su cuerpo parecía pulsar espasmódicamente; estaba casi sin pelo, con sólo unos pocos hilos grises. Su color era completamente blanco, o quizá gris colorado, pero era imposible distinguirlo con aquella luz, y sus venas se transparentaban obscenamente y palpitaban al unísono con los movimientos de su cuerpo. A Harris le sugirió un ojo vaciado, fuera de órbita, enorme e inyectado en sangre. Tragó saliva para detener el inminente vómito.

Miró aquellos ojos ciegos. No tenían pupilas, eran unas simples rendijas amarillas y brillantes. La cabeza se movía a un lado y a otro como si olfateara el aire, pues era el único sistema de que disponía para localizarle. El hedor de la bestia era repugnante, pútrido, casi venenoso. Una forma a un lado de su gran cabeza intrigó a Harris. Haciendo caso omiso de su repulsión se acercó un paso más, porque comprendía que el animal estaba tullido por su propia obesidad.

El bulto era casi tan grande como la propia cabeza y también se meneaba al lado mismo, por el aire. Miró más a fondo, acercando la linterna y vio que parecía… ¡una boca!

«Dios mío. ¡Tiene dos cabezas!». Harris retrocedió con un grito de horror. La segunda cabeza no tenía ojos, pero sí boca y restos de dientes. No tenía orejas: era únicamente un hocico puntiagudo que se retorcía y olfateaba.

El maullido de los asquerosos animales se hizo más intenso mientras su cuerpo se debatía pesadamente en la cuna de paja. Pero era incapaz de moverse. Intuía el peligro y sabía que no tenía escapatoria. Las ratas gigantes que «Harris y Foskins habían combatido eran sus guardianes. La guardia del rey. Pero ahora estaban muertas y él sin protección. Vulnerable.

Con un gemido Harris levantó el hacha y se tambaleó hacia el monstruo, asustado pero sabiendo que tenía que matarlo, sabiendo que no podía dejarlo en mano de las autoridades porque lo conservarían con vida y estudiarían su monstruosidad, su rareza; sabía que no podría dormir ya tranquilo si no acababa con él. Y si el animal tenía que morir, él sería su ejecutor.

Se lanzó hacia delante y la ciega criatura intentó apartarse. Pero su glotonería y su dependencia en relación a sus súbditos la perjudicaron. Era demasiado pesada, demasiado vieja, demasiado desguarnecida.

El cuerpo reventó como una gran pelota llena de sangre oscura y roja. Harris quedó empapado en el fluido espeso y pegajoso, pero continuó golpeando a la carne pulsante, con una rabia que nunca había sentido.

—¡Por todos los que han muerto por culpa tuya! —gritó al animal moribundo—. ¡Por la gente buena, por los malos, por los inocentes, por las ratas como tú! —Tajó las cabezas y mató los dos cerebros que habían dominado a las otras ratas—. ¡Y por mí! Para que yo sepa que siempre podremos acabar con una basura así.

Hundió de nuevo el hacha en el lomo combado del animal con un último impulso, luego cayó de rodillas y rompió a llorar.

Pronto se secó los ojos y se puso en pie. Miró por última vez el montón de carne asquerosa, se volvió y atravesó tambaleándose el sótano, no sin mirar a su lado el cuerpo de Foskins, pero incapaz ya de sentir ninguna emoción.

Escaló penosamente las escaleras y salió por la cocina a la luz del sol. Se detuvo un momento al borde del canal y al ver las nubes de gas que pasaban por el cielo azul y brillante se sintió seguro, porque el gas estaba cumpliendo su objetivo mortal. Respiró profundamente para eliminar el penetrante olor del sótano que llevaba metido en las narices. Se encogió al sentir el dolor de su mano y examinó los muñones de los dedos. Su corazón se estremeció de repente por Judy. Y por la gente. Quería estar entre ellos.

Se volvió y regresó por el camino: su cuerpo ya no temblaba y el sol lo estaba calentando. Pasó por el boquete y salió a la calle, subió cansadamente a su coche y tras arrancar se alejó de la vieja casa.