La invasión de las ratas
Capítulo 13
Las ratas salieron a morir a las calles. Parecía que tras haber pasado sus vidas arrastrándose en la penumbra desearan respirar el aire fresco del mundo superior antes de perecer. Llenaron las calles; sus cuerpos se hinchaban al sol, provocando al principio gran alarma entre los que vivían en la zona. La alarma se convirtió en alivio cuando la gente vio que los bichos se estaban muriendo y que la crisis pasaba. Los cuerpos infectados fueron recogidos en masa, cargados en camiones y transportados a los crematorios donde fueron reducidos a polvo inofensivo. Los primeros signos del efecto del virus tardaron sólo dos días en manifestarse, pero en la semana siguiente aumentaron rápidamente. Se producían todavía ataques contra personas, pero eran mucho menos numerosos que antes. Y luego se descubrió un notable efecto secundario del virus.
Una rata que parecía muerta porque estaba echada en el suelo mordió a un soldado. La mató de un tiro y se presentó al hospital, donde esperó la muerte. Su estado durante tres días fue muy crítico, pero consiguió superarlo; la supervivencia se atribuyó a una reacción sobre la enfermedad de la rata por parte del virus que la infectaba. El germen mortal había quedado considerablemente debilitado.
Otras personas mordidas por las ratas no fueron sin embargo tan afortunadas. Algunas murieron en el plazo habitual de veinticuatro horas, otras estuvieron al borde de la muerte durante incluso una semana. Las mordeduras no fueron lo bastante numerosas para asentar ninguna deducción, pero el hecho de que una persona hubiese sobrevivido y otras duraran hasta casi una semana era realmente animador. Se hicieron pruebas con animales, pero en lugar de morir por la enfermedad causada por las ratas murieron por el virus que el hombre había introducido entre los roedores.
Al cabo de tres semanas se consideró que el peligro de la plaga se había virtualmente desvanecido aunque sólo se encontraron unos dos mil cuerpos. Se supuso que el resto de la población de ratas estaba agonizando o que había muerto ya en sus guaridas subterráneas.
La vida retornó prontamente a la normalidad. Se elaboraron planes para iniciar una operación de limpieza en masa de los distritos más viejos del Londres oriental. Habría que derribar muchas casas; los solares se edificarían o bien, una vez aplanados, se convertirían en terrenos de juego de cemento o en aparcamientos. Las zonas de los muelles se convertirían tras su renovación en bloques modernos y abiertos. Los sótanos no ocupados quedarían tapiados para siempre, se limpiarían a fondo o se reconstruirían las alcantarillas y desagües. La cosa costaría millones, pero la lección había sido muy dura. Con el tiempo, Stepney y Poplar se convertirían en barrios de moda, y su antigua historia de suburbios quedaría en el olvido.
Se descargó a Foskins de cualquier responsabilidad por los errores iniciales y se le reinstaló públicamente en su antiguo cargo. El primer ministro le felicitó personalmente y transmitió las felicitaciones al equipo que le había secundado en su crítica tarea. Foskins, en una conferencia de prensa, alabó a los especialistas cuyos laboriosos esfuerzos combinados con una dinámica inventiva permitieron lanzar el ataque final contra aquel terrible ser mutante y la enfermedad que transmitía; pero al mismo tiempo y con sutileza daba a entender que el mérito era suyo, por haber puesto en marcha y organizado el proyecto.
Continuaban reuniéndose cada día en el Ayuntamiento para discutir el progreso de la operación, pero los miembros del equipo no experimentaban ya aquella sensación de urgencia. A partir del virus se derivó un suero que podía utilizarse como antídoto contra las mordeduras de las ratas, con lo cual la enfermedad dejó de ser mortal, aunque ahora los casos de este tipo eran ya mucho menos frecuentes.
El peligro había pasado. Así lo creían todos.