La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 13 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 12

Aquel lunes se convirtió para los londinenses en el «lunes negro». Durante todo el día fueron llegando informes a intervalos regulares: informes sobre muertos y heridos. La tragedia del metro fue el desastre mayor, y la escuela estuvo a punto de convertirse en el segundo. Las muertes se producían de modo extraño: el hombre que iba a sacar el coche y se encontraba su garaje lleno de bichos; el crío que tomaba el sol, solo en su cochecito, y sonreía al negro animal para ser luego arrastrado y matado; el cura que recitaba sus oraciones matinales solo en su iglesia; los dos electricistas que repasaban la instalación eléctrica de una casa vieja para los nuevos inquilinos; un jubilado que vivía en lo alto de un nuevo bloque municipal y que abría la puerta de la calle para recoger la leche; el basurero que levantaba la tapa de un recipiente de basuras y encontraba dentro a dos animales al acecho.

Hubo también escapes milagrosos: un cartero que llevaba la correspondencia a un sótano habitado, al darse la vuelta se encontró con tres pares de ojos malignos que le estudiaban desde el depósito del carbón, pero las ratas no intentaron atacarle y pudo retirarse a tropezones y subir los peldaños de piedra; un equipo de descargadores quedó atrapado por las ratas en un tinglado del muelle, escaparon escalando bidones y luego saliendo por una claraboya y por el tejado; un lechero repelió a dos ratas negras tirándoles botellas de leche; una ama de casa encontró su planta baja llena de animales, subió escaleras arriba y saltó desde la ventana de un dormitorio a la calle.

Pero quizá la fuga más fantástica fue la del repartidor de periódicos, que en su recorrido matinal tomó un atajo por entre unos derribos y se encontró en medio de unas treinta o cuarenta ratas gigantes. Con increíble sangre fría para un chico de catorce años caminó tranquilamente entre ellas, procurando cuidadosamente no pisar ninguna. Sin que pueda saber por qué, le dejaron pasar. Nadie hubiera creído al muchacho si dos hombres que iban al trabajo no hubiesen contemplado la escena desde la calle. No había explicación ni razón lógica para un fenómeno así.

La gente de Stepney, donde se produjeron la mayoría de los incidentes, estaba asustada e irritada. Culpaban a las autoridades locales de la situación; aseguraban que en la Zona no se habían mantenido nunca de modo completo ni en toda la extensión necesaria los adecuados servicios sanitarios. Se habían descuidado desde la guerra los viejos solares bombardeados; casas declaradas ruinosas desde hacía años estaban todavía en pie; nunca se eliminaba con la rapidez necesaria la basura de los mercados y los derribos de las constructoras. Todos estos lugares criaban porquería, constituían santuarios para las plagas. Los ayuntamientos cargaban la culpa al gobierno, dando por entendido que la investigación que había llevado a cabo el Ministerio de Sanidad no había sido completa; que no se había dedicado dinero para eliminar la plaga; que se había regateado en el proyecto tiempo y trabajo; que no se había procurado con suficiente rigor la total extinción de la plaga. El gobierno ordenó una encuesta pública que hizo recaer la responsabilidad final, de modo terminante e irrevocable, sobre las espaldas de Foskins, el subsecretario de Estado.

Aceptó su responsabilidad y dimitió, sabiendo que esto era lo que se esperaba de él. La compañía Ratkill fue criticada también severamente. El gobierno la acusó de negligencia y le dirigió una reprensión pública, aunque ella replicaba que se trataba de una especie desconocida e impredecible de roedor. Pidió que se le diera otra oportunidad en la lucha contra aquel problema amenazador, pero se le informó que iban a intervenir para resolver el problema casi todas las compañías de control de plagas del país y que todas deberían trabajar estrictamente cooordinadas.

La cuestión se transformó en un tema político. El Partido laborista aseguraba que los conservadores, que estaban gobernando, de hecho no se habían preocupado nunca de las condiciones de vida de la clase obrera, habían descuidado la eliminación de los suburbios, permitían que la porquería se acumulara en las calles y no habían llevado nunca a cabo los planes propuestos (propuestos por los laboristas cuando gobernaban) para instalar una red completamente nueva de alcantarillado que resolviera el gran problema de los desechos de Londres. Los conservadores contestaron que las condiciones de vida de la clase obrera de Londres no habían empeorado de repente cuando el partido se había hecho cargo del gobierno, sino que ya antes, cuando el gobierno laborista estaba en el poder, se había dejado que se deterioraran. Citaron estadísticas de grandes zonas de nueva urbanización, no sólo en el East End de Londres sino en todos los barrios pobres de la ciudad. La polución, afirmaron, se había reducido espectacularmente.

Todos los tramos orientales del metro urbano quedaron cerrados temporalmente para proceder a una completa depuración de los túneles. Sin embargo, la mayoría de las personas se negaron a utilizar cualquier tramo del metro y las horas puntas se hicieron caóticas. Los descargadores se declararon en huelga, negándose a trabajar en las zonas del puerto donde la amenaza parecía más fuerte. Los basureros se negaron a poner en peligro sus vidas recogiendo basura que podía contener a los mortales bichos. Se llamó al ejército para resolver el problema, porque no podía dejarse que la basura se acumulara en una situación tan precaria. Como es natural, los trabajadores municipales que mantenían el alcantarillado resistieron a todas las presiones para continuar con su trabajo.

Cuando llegaron al conocimiento público las noticias sobre los fallecimientos causados por la enfermedad de las ratas, la situación se hizo todavía más crítica.

La gente que vivía en los distritos del este de Londres pidió la evacuación inmediata. El gobierno les pidió que se mantuvieran en calma: la situación estaba firmemente controlada. Pero los padres se negaban a enviar a sus hijos a la escuela. Se puso en práctica una vez más el sistema de evacuación de niños para época de guerra, y los niños fueron trasladados a todas las regiones del país. Se depositaron cebos envenenados en sótanos, jardines y cubos de basura, consiguiéndose así matar a ratas pequeñas, ratones y muchos animales domésticos. La gente desconfiaba de los restaurantes y prefería no acudir a ellos. Muchos carniceros decidieron cerrar de momento las tiendas: la idea de quedarse entre aquellas cantidades de carne cruda resultaba bastante incómoda. La gente rechazaba cualquier trabajo que obligara a estar bajo tierra, rechazaba cualquier trabajo que obligara a salir de noche.

Los ataques continuaron y murió más gente a causa de las heridas, de la enfermedad o de ambos factores.

Aunque se suponía que las compañías de control de plagas trabajaban juntas para obtener sistemas de lucha contra la aparente invasión de ratas, cada cual trató de superar por su cuenta a las demás. Los cebos envenenados resultaron bastante ineficaces porque al parecer los animales preferían alimentarse de carne humana o animal. Cuando los venenos normales, fosfuro de cinc y óxido arsenioso, fallaron se pasó al fluoracetato y a la fluoracetamida de sodio, pero tampoco consiguieron mucho efecto.

El gas, como se había demostrado en el ataque a la escuela, era la respuesta efectiva, pero había que atrapar a las ratas en espacios cerrados. Lo inyectaron en las alcantarillas y en los sótanos de viejos edificios, pero cuando se enviaba un equipo con trajes protectores para investigar los resultados, solía encontrarse con muchas ratas normales muertas y un número pequeño de ratas gigantes muertas.

Harris estaba mirando desde la ventana de su piso cuando sonó el teléfono. Contemplaba el pequeño jardín privado dentro de la plaza, rodeado de casas altas con terraza, magníficas en su época de la Regencia, pero ahora ligeramente desvencijadas. El profesor esperaba que le destinaran a otra escuela tras el cierre de St. Michael y de otras escuelas de la zona, clausuradas hasta que la situación mejorara. Su mente se relajaba ante la visión del pequeño y pacífico jardín; tras el drama de la escuela sus nervios estaban a punto de estallar y pedían todo el relax que podía darles.

Contestó al teléfono, aunque su agudo repiqueteo le hubiese despertado de nuevo la tensión.

—Oiga, ¿el señor Harris? Le habla Foskins.

Tras la sorpresa inicial, Harris contestó:

—Hola, Foskins. ¿Qué puedo…?

—Nos preguntábamos, viejo amigo, si podría prestarnos una pequeña ayuda.

—Bueno, sí, claro está…

—Uno de nuestros muchachos quisiera plantearle unas cuantas preguntas. Poca cosa, no le ocupará mucho tiempo. Resulta que usted es una de las contadas personas que entró en contacto físico con las ratas asesinas y sobrevivió. ¿Podría acudir esta tarde?…

—De acuerdo. Pero yo creía que le habían…

—¿Despedido? Exteriormente así fue, querido amigo; tenía que ser así. La presión pública. Pero creo que el Ministerio prefiere no prescindir de mí en estos momentos, por lo tanto no dé crédito a todo lo que lee en los periódicos. Bueno, ahí está la dirección a la que quiero que acuda…

El mismo Foskins le recibió cuando llegó a la dirección transmitida. Resultó ser el Ayuntamiento de Poplar; una base de operaciones bastante lógica, pensó. Foskins le introdujo en una gran sala de reuniones, con las paredes cubiertas de mapas ampliados de la zona, diagramas de las redes del metro y del alcantarillado, ampliaciones de las mismas ratas gigantes, viviseccionadas o enteras, incluso fotografías de sus deyecciones.

La sala era un hervidero de actividad, pero Foskins le condujo hasta un grupo de personas que discutían, alrededor de una mesa, de modo tranquilo y sin excitarse.

—Caballeros, éste es el señor Harris, el profesor de quien les hablé —dijo Foskins presentándole—. Éste es nuestro equipo de expertos. Investigadores de las principales compañías de control de plagas, biólogos, expertos de sanidad de nuestro propio ministerio, incluso un par de muchachos de la guerra química.

Los saludó con un gesto de cabeza.

—Permítame que le ponga brevemente al día y luego le haremos algunas preguntas —dijo Foskins—. Hemos examinado a fondo estos monstruos y no hemos encontrado nada extraordinario en ellos, aparte, como es lógico, de su tamaño y de su cerebro ligeramente mayor, Sus dientes son más grandes, pero sólo en relación a su cuerpo. Sus orejas, que de entrada parecen peculiarmente largas debido a que carecen de pelos, están también exactamente proporcionadas a su cuerpo. Pero las ratas negras normalmente tienen orejas más largas que la especie gris. Lo cual nos plantea un tema interesante. —Hizo una pausa indicando a Harris que se sentara, luego continuó—: La rata gris parece que ha desaparecido de Londres. Como la rata gris no puede escalar tan bien como la negra, a lo largo de los años su capacidad de supervivencia en la ciudad ha sido menor. La rata negra puede escalar paredes y saltar de un tejado a otro, mientras que a la gris cada vez le ha resultado más difícil conseguir entrar en los lugares que presentaban barreras de este tipo. Durante años, las dos especies han batallado por la supremacía y ahora parece que la negra ha vencido. No hemos encontrado rastro de la gris, incluso han desaparecido sus deyecciones, que son muy distintas de las de la negra.

—Es natural suponer que la introducción de las monstruosas ratas negras inclinó la balanza a su favor —interrumpió uno de los presentes.

—Sí, como si un pequeño país consiguiera la bomba de hidrógeno —continuó Foskins—. Bueno, parece ser que han vencido por completo a la rata gris. Uno de nuestros asociados más jóvenes —miró hacia el hombre que había hablado— presentó la idea de lanzar multitudes de grises para que se enfrentaran con las negras, contando con la ventaja de su número. No hay que decir que no tenemos intención de convertir el este de Londres en un campo de batalla para los bichos. Las consecuencias podrían ser desastrosas.

El joven investigador enrojeció profundamente y se puso a estudiar atentamente las uñas de sus dedos.

—Éste es, pues, el villano de nuestra historia —Foskins levantó una fotografía de una rata grande pero muerta—. Rattus rattus. La rata negra. O la rata de los barcos. Se sabe que algunas de las especies alcanzan en las regiones tropicales sus dimensiones. Creemos que un representante, o representantes, de su especie llegó en un buque y se cruzó con nuestra variedad vulgar. A causa de las dificultades que esto representa sospechamos que las trajeron clandestinamente. Los parques zoológicos aseguran que no conocen ningún caso, y en general la idea sería de todos modos ilegal, pero no podemos confiar con que alguien admita haberlo hecho.

—Lo que esperamos ahora de usted, señor Harris, es información —dijo otro miembro del comité—. Cualquier cosa que nos ilustre algo más sobre estos animales. Como ve, no hemos podido hasta ahora hacernos con ningún ejemplar vivo y usted es la única persona que ha tenido contacto estrecho con ellas más de una vez y ha sobrevivido. No sabemos nada de su conducta, dónde van tras un ataque, por qué a veces no atacan en absoluto y qué ha causado su apetito de carne humana. Cualquier ligera peculiaridad que usted haya notado podría tener para nosotros un valor incalculable.

Harris les contó sus experiencias con las ratas; les habló de Keogh, una de sus primeras víctimas, y de cómo persiguieron al chico por el canal, escalando una un muro de dos metros, pero dejándole huir; el episodio con Ferris, el hombrecito de Ratkill, y su primera vista de los bichos, nadando en una especie de formación, cómo uno de ellos se había detenido al otro lado del canal para estudiarle y desapareció luego súbitamente a través de una valla.

—¿Se fue porque usted la asustó? —«le preguntaron.

—No, en absoluto. No era temor. Levantó la cabeza como si de repente hubiese oído algo, casi como si alguien la llamara. Pero yo no oí nada.

Uno de los investigadores tomó la palabra:

—Posee un agudo sentido de la audición, como sucede con muchos animales o mamíferos. Las ratas pueden localizar a sus crías en un campo de trigo gracias a sus silbidos superagudos. No es nada extraño. De hecho, mi compañía trabaja en un método de exterminación de ratas en los edificios con ultrasonidos. De momento está en una fase inicial, pero parece que funciona.

—Bueno, quizá fuera eso. Pero lo que es extraño es el modo como te estudian. Me ha sucedido más de una vez: parecía como si leyeran mi mente. Es extraño. — Continuó hablándoles de la batalla en la escuela, y les contó todos los detalles que pudo recordar. Cuando hubo concluido se hizo el silencio en la mesa.

—Lo siento, veo que no les sirvo de mucho —dijo, con la sensación de haber olvidado algo, y de que su mente estaba trabajando oscuramente para recuperarlo.

—Por el contrario, señor Harris —sonrió Foskins—. Nos ha sido muy útil. Si ahora quiere dejarnos para que podamos digerir la información que nos ha facilitado…

El joven investigador a quien Foskins había hecho sonrojar antes se puso de pie excitadamente:

—Infectémoslas —gritó.

Todos los ojos se dirigieron hacia él.

—Oigan, no podemos envenenarlas porque sólo quieren carne humana o de animal. Pero podríamos infectarlas.

—¿Cómo, exactamente? —preguntó el escéptico Foskins.

—Inyectemos un grupo de animales, perros, gatos, o ¿qué les parece ratas grises?, con un virus, algo muy infeccioso, mortal para las ratas: nuestros bioquímicos podrían conseguirlo fácilmente. Los soltamos en ciertos puntos que el señor Harris podría mostrarnos; por ejemplo, aquel tramo del canal. Los animales infectados son atacados por las ratas negras, ellas mismas reciben la infección y la contagian a sus congéneres. Ellos mismos se destruyen.

Hubo un momento de silencio.

—Podría infectar a las personas. Podría provocar una epidemia —sugirió alguien.

—No si utilizamos el virus adecuado.

—Podría matar a todos los animales dentro y alrededor de Londres.

—¿Vale la pena el riesgo, no?

Otro silencio.

Luego Foskins dijo:

—Sí, quizá dé resultado.

El joven investigador le dirigió una sonrisa de gratitud.

—Sí, es posible —uno de los científicos se inclinó con entusiasmo hacia delante —. Son demasiado inteligentes para tragarse el veneno, o quizá estén inmunizadas. Pero si pudiésemos infectarlas…

—Pero no con ratas —dijo otro, mientras la idea empezaba a prender, quizá por pura desesperación—. Sería demasiado peligroso con otras ratas. Las consecuencias podrían ser imprevisibles.

—De acuerdo, utilicemos perros. Cachorros de perro, para facilitarles la tarea a las ratas.

La mente de Harris se rebeló ante la idea de alimentar a los bichos con cachorros.

—¿Y por que no infectamos simplemente carne cruda? —sugirió.

—No, el virus tendría que transmitirse a base de tejidos vivos.

—¿Pero qué virus podemos utilizar? No disponemos de una sola rata gigante cautiva. ¿Cómo sabremos qué virus puede acabar con ellas? —preguntó Foskins.

—Yo tengo ya una idea que promete —dijo un bioquímico—. Podemos ensayarla en ratas negras normales y esperar que surta efecto sobre las hermanas mayores.

El debate continuó, las discusiones se desencadenaron, saltaron las soluciones. Harris se sentía muy halagado de participar en el centro de la operación, pero su mente estaba ocupada todavía en la búsqueda de algo olvidado.

—Muy bien —Foskins marcó el punto final de la ruidosa discusión—. Disponemos solamente de unos días para descubrir el virus adecuado. Aunque sea preciso comprobarlo a fondo, y no tengo que insistir sobre un punto tan claro, tendríamos que poner en práctica el plan a mediados de la próxima semana. Mientras tanto el señor Harris y yo, junto con el topógrafo del distrito, nos dedicaremos a elegir los lugares más adecuados para introducir los perros infectados. Puedo añadir que el señor Harris se crió en esta zona, y supongo por lo tanto que conoce los lugares donde las ratas pueden haber instalado con mayor probabilidad sus madrigueras. Todos ustedes continuarán con el programa normal de distribución de cebos, inyecciones de gas o cualquier otro sistema que se les ocurra, y nos reuniremos cada mañana a las ocho y media para seguir el curso de la operación. ¿Alguna pregunta más? ¿No? Bien. Manos a la obra. —Se volvió hacia Harris y le dijo en voz baja—: Vámonos a tomar una copa, señor Harris.

Cruzaron la calle del Ayuntamiento y se metieron en un bar que acababa de abrir sus puertas para la invasión de la tarde. Sus ojos tardaron en adaptarse a la oscuridad tras la luz brillante del sol de la tarde.

—¿Qué quiere tomar? —preguntó Foskins, llevándose la mano al billetero.

—Keg.

—Una botella de Keg y un gin-tónic, por favor.

Encontraron un rincón tranquilo y se acomodaron en unos asientos de imitación de cuero.

—Salud —dijo Foskins.

—A la suya —replicó Harris.

Bebieron en silencio unos instantes.

—Estoy sorprendido —dijo Harris.

—¿De qué?

—De que continúe mandando.

—Ah, bueno. Como le dije por teléfono, señor Harris, el público quería la cabeza de alguien. Yo tenía el cargo, y yo era la única víctima posible. —Sonrió sin humor, examinando el borde de su vaso—. Hay que encontrar siempre una víctima propiciatoria: las cosas funcionan siempre así. —Rápidamente se quitó de encima aquel aire de abatimiento y sonrió al profesor—. Pero hago mi trabajo demasiado bien para que puedan prescindir de mí, y ellos, esas indefinibles personas, lo saben demasiado bien. Ya ve, el único error que cometí entonces —fue subvalorar al enemigo. Acepto que el error fue mayúsculo. Tuvo ciertamente consecuencias serias. Pero fue un error natural, si se tienen en cuenta las circunstancias, ¿no cree? Quiero «decir que no es cosa que suceda cada día, ¿no es cierto?

—Supongo que no. —Harris bebió un largo trago sintiendo los ojos de Foskins sobre él.

—La última vez que nos vimos se mostró más bien duro conmigo —dijo Foskins.

De pronto Harris comprendió por qué le habían incorporado a la operación. En realidad no era tan necesario: apenas podía considerarse imprescindible su ayuda. El público había maltratado a Foskins. Le había maltratado y no le había apreciado. Habían pedido a gritos su sangre y sus superiores se la habían entregado. Por lo menos aparentemente. Y él también le había despreciado. Por lo tanto, Harris representaba de modo simbólico al público. Constituía el contacto físico de Foskins con la gente que se había burlado de él. Y ahora iba a demostrar que estaban equivocados. A través suyo. Demostrándole que ocupaba todavía el puesto de mando de un modo muy, pero muy eficaz.

«¡Buena suerte!», pensó Harris.

—Bien, parece que hoy hemos conseguido algo importante. —Foskins se apoyó de nuevo en su asiento con una amplia sonrisa en su rostro—. No sé por qué no pensamos antes en ello. ¿Quiere tomar otra ronda?

—Déjeme a mí —dijo Harris, apurando su vaso y poniéndose en pie—. ¿Lo mismo?

Cuando trajo de nuevo los vasos a la mesa, sorprendió al otro sumido en profundos pensamientos. Foskins le miró casi como si fuese un desconocido.

—Gracias —dijo—. Bueno, creo que ahora hemos dado con el truco, ¿no le parece? Sí, creo que pronto volveremos a la normalidad. Usted se incorporará a su escuela. A mí me darán otra vez el cargo, desde luego sin publicidad, o quizá trasladándome a otro ministerio. Pero de modo honorable. —Sorbió su ginebra—. Dígame, ¿por qué enseña en el East End? Hay lugares más agradables, ¿no es cierto?

—Es terreno familiar.

—Ah, ¿vive todavía allí?

—No. Tengo un piso cerca de King’s Cross.

—Casado, seguramente.

—No, en realidad no.

—Ya entiendo. También me sucedió a mí.

Foskins tomó un gran trago de su bebida, mientras su mente divagaba de nuevo. Harris empezó a sentirse ligeramente irritado ante el aire melancólico que iba tomando la conversación.

—¿Cree usted que darán a tiempo con el virus adecuado? —preguntó, cambiando de tema.

—Oh, sí. No hay problema. Estos chicos podrían descubrir la manera de que las pulgas cojan el sarampión. El factor importante es el tiempo. Usted ya sabe lo rápido que se reproducen esas ratas. De cinco a ocho veces al año. Y sus crías pueden reproducirse al cabo de tres meses. Usted es profesor y puede calcularlo. Si no acabamos pronto con esas malditas ratas acabarán dominando toda la ciudad. ¿Quiere otra ronda?

—No, tengo que irme —dijo Harris—. Me están esperando.

—Sí, sí, desde luego —dijo de nuevo con abatimiento—. Bueno, nos veremos mañana, frescos y sonrosados, ¿no? —dijo con más animación.

—¿Quiere que venga?

—Sí, claro. Usted está ya en el ajo, amigo. No se preocupe por los demás. Me ocuparé de su destino. En realidad ya he dado instrucciones. No van a enviarle a otro lugar. Bien. Le veré mañana.

Harris salió con alivio del bar. No acababa de captar el motivo de su desagrado hacia Foskins: quizá eran sus imprevisibles cambios de humor. Primero brillante, afectuoso, eficiente; luego… bueno, lo único que se le ocurría era «perro apaleado». A Harris le faltaba tiempo para llegar a casa y ver a Judy.

Foskins contempló ceñudo su vaso. «Supongo que no debo quedarme mucho rato —pensó—. No me conviene que alguien del equipo cruce la calle, se asome por aquí y me vea bebiendo en solitario. La impresión no sería buena, especialmente ahora».

Pensó en el joven profesor. Probablemente vivía con una chica —no parecía maricón—. Seguro de sí mismo, independiente. Joven. «Sin embargo, puede resultar útil en esta operación. Desde luego no es esencial, pero por lo menos el profesor aprenderá lo difícil que resulta organizar un proyecto de este tipo. La experiencia le resultará muy provechosa: me gustaría solamente que otros pudiesen tener idea de las dificultades que representa. Quizá entonces no reclamarían tan a gusto las cabezas al presentarse la primera crisis. Pronto verán que todavía no me ha llegado la hora del retiro».

Pidió otro vaso: «un vaso rápido», se dijo a sí mismo, y volvió a su asiento.

«Es curioso cómo acaban las cosas —pensó—. Uno tiene siempre que demostrar su valía ante los demás. A algunos les resulta fácil, nacieron con ese don, pero los demás necesitan trabajar duro, constantemente, sin descansar ni un minuto, sin poder revelar la propia debilidad a quienes estarían muy contentos de aprovecharse de ello en beneficio propio. Así me ha sucedido siempre. El trabajo, el mando: no se me han dado nunca de modo fácil. Mi lucha ha sido un secreto bien guardado. Si supieran las noches que he pasado sudando tinta, trabajando machaconamente para estar al día con mis exigencias de producción… No sólo para estar al día, sino para ir adelantado.

»Pero Rosemary lo descubrió. Era lógico que así fuera: era mi esposa. Cualquier otra mujer me habría ofrecido su consuelo, pero no Rosemary. Se sintió frustrada por tantas noches pasadas en casa, vadeando entre el paperamen. Y luego descubrió que las proezas de la cama tampoco se me daban con naturalidad: bueno, el desencanto fue excesivo. Si hubiésemos tenido hijos supongo que hubiese dispuesto de algo con que ocuparse, pero incluso esto tuvo que echarme en cara. Sin embargo duró quince años, es decir, que debí inspirarle algo de amor. Yo sabía que tenía de vez en cuando sus asuntos, pero no me importaba con tal que fuera discreta. Incluso hubiese podido superar sus pullas ante los amigos y los colegas, burlándome a mi vez de ella con aquella falsa cordialidad. Pero cuando sus asuntos se hicieron mucho más frecuentes y mucho menos discretos, y peor aún, mucho menos discriminantes, la cosa tenía que finalizar. Pero ella tomó la iniciativa y saltó por su cuenta; se fue con un maldito viajante de comercio. ¡Un viajante de comercio! Hice lo que pude para que la cosa no se supiera, pero siempre se corre la voz, y no me quedó más remedio que trabajar más duro todavía, tener todavía más éxito, lo que fuera, con tal de cubrir la vergüenza de que una esposa infiel me dejara plantado. Y la doble vergüenza de que me pusieran los cuernos ella y un condenado viajante de comercio. ¿Quién puede conservar su dignidad tras esto? Pero lo conseguí, alcancé este cargo con mi trabajo. Sí, el asunto de las ratas perjudicó algo mi reputación, pero mis superiores no han querido que me fuera. No; conocen mi verdadera valía. Que el público reviente. Y cuando hayamos superado este pequeño episodio todos reconocerán mis méritos. De hecho, cuando de más poder se dispone, más fácil resulta encontrar soluciones a cualquier problema. Basta con que te rodees con la gente adecuada, con los cerebros adecuados: ellos dan con la respuesta y tú te llevas la fama. Lo más difícil fue escalar un puesto de autoridad, pero una vez conseguido, el resto vino por sí solo.

»Voy a tomar otra copa, una sola, y luego quizá me pase por el club: explicaré a los muchachos que todo va bien, dejaré caer algunas alusiones sobre nuestra idea, no mucho, por si falla, pero lo suficiente para que se enteren de que el viejo Foskins lo consiguió otra vez. Me encuentro ya mejor, y de momento no vale la pena que vuelva a casa para meterme en un lugar solitario. A los chicos les encantará verme, creo que sí».

Apuró su vaso y salió a la luz todavía brillante del sol.

Harris asistió cada mañana, a las ocho y media, a las reuniones diarias del Ayuntamiento. Estudió con Foskins y los topógrafos del distrito diez puntos claves donde era probable que hubiese madrigueras de ratas. Al finalizar la semana los bioquímicos habían dado con el virus correcto.

Se rieron del asombro del profesor ante tanta rapidez.

—El problema no era éste —le dijeron—. De hecho teníamos ya el virus desde hacía muchos años. Lo heredamos de los alemanes después de la guerra. Estaban elaborando un sistema para eliminar todo nuestro ganado con una infección que no perjudicara a la población, y de hecho habían dado con la respuesta. Por fortuna para nosotros la guerra terminó antes que pudieran utilizarlo, y desde entonces ha constituido un secreto bien guardado, junto con otros articulitos malignos. Lo difícil, y en esto hemos gastado tiempo, era encontrar un antídoto que lo contuviera. No nos entusiasmaba la idea de eliminar toda la vida animal del país. Bueno, descubrimos la antitoxina y no nos resultará difícil darla a nuestros animales, inyectándola o mezclándola con el pienso o el agua. Se está produciendo ya en masa, y por precaución estamos trabajando en otro suero, por si el primero falla. Repito que es pura precaución. No vemos ningún motivo para que falle el primero.

Foskins los felicitó por su buen trabajo y fijaron un calendario para ejecutar el plan.

—Muy bien, caballeros —concluyó el ministro—. El martes por la mañana, a las seis, soltaremos los primeros cachorros infectados. Iremos por la mañana a nueve zonas, todas puntos clave y abandonaremos a su sino a los desgraciados y sacrificados animales. ¿Alguna pregunta?

—Sí —dijo Harris levantando la mano, pero la bajó inmediatamente al darse cuenta de que estaba imitando a sus alumnos ausentes—. ¿Qué sucederá si mientras soltamos a los cachorros se nos echan las ratas encima?

—Todos llevarán trajes de protección, señor Harris. Es un procedimiento de rutina en una operación de este tipo. Creo que juzgará los trajes adecuados, aunque quizá incómodos. —Foskins miró los otros rostros—. ¿Más preguntas?

—Sí —dijo Harris.

—¿Señor Harris?

—¿Qué pasará si falla?

—Si falla ¿qué?

—La idea.

—En este caso, señor Harris, que Dios nos ampare.

El gris amanecer proyectaba su niebla sobre el viejo canal. Ni un pájaro perturbaba el silencio de la fría mañana. Las sucias aguas se movían ocasionalmente en la ligera brisa matinal, enviando pequeñas ondulaciones que rompían indolentes en las orillas de piedra de aquel río artificial.

Un débil gañido rompió el silencio. Avanzaban por la orilla cinco hombres que parecían visitantes de otro planeta. Estaban cubiertos de pies a cabeza por un pesado material, como de plástico, y llevaban cascos con grandes Viseras de cristal. Dos de los hombres llevaban un gran cesto. La tapa saltaba de vez en cuando como si los ocupantes de la caja trataran de salir. Uno de los hombres señaló un punto al lado del canal y el cesto quedó en el suelo.

—Aquí podemos soltar el primer grupo —dijo Harris, sudando dentro de su pesado traje. Levantó la visera de cristal para que los demás pudieran oírle mejor.

—Aquí vimos a las ratas la última vez. Nadaron por el canal hasta este punto. Luego escalaron la orilla y desaparecieron por aquel agujero de allí. —Señaló hacia la otra orilla. Abrieron el cesto y sacaron tres perritos. Harris acarició con ternura uno de ellos. «Pobres animalitos», pensó.

El joven investigador, presentado al profesor tras su primera reunión en el Ayuntamiento como Stephen Howard, levantó su visera y se quitó el sudor de la frente con una mano enguantada.

—Bueno, atemos dos de ellos y soltemos a los otros para que se paseen —dijo—. De este modo las ratas tendrán que dar con ellos.

Harris vio cómo clavaban una estaca de metal en el camino endurecido que corría a lo largo del turbio canal. Ataron a ella dos de los cachorros.

—Bueno, pequeños, iros ya.

Puso al perrito que tenía en brazos sobre el suelo y le dio un pequeño empujón, pero el animal se apretó de nuevo contra su mano, lamiéndola, y mirándole a la cara.

—Vamos chico, es por la Reina y la patria.

El perrito se sentó sobre sus patas y le miró.

—Dios mío —murmuró Harris—, será más difícil de lo que imaginaba.

Howard metió la mano en el cesto y sacó algo de carne cruda.

—Esto les gustará. Era cebo para las ratas, pero no veo que los pobres animales no puedan disfrutar de un último banquete. Me iré hacia el puente para que me sigan y les dejaré allí carne suficiente para hartarse. Vamos chicos, venid.

Pasó la carne por el hocico del cachorro y la arrastró sugestivamente, pero sin que la alcanzaran sus pequeñas dentelladas.

—¡No vaya muy lejos! —gritó Harris mientras la figura extraña desaparecía bajo el puente. Él y los demás empezaron a esparcir más carne cruda alrededor de los dos cachorros atados, y a darles pedazos para que estuviesen contentos.

Levantaron la vista cuando oyeron ruido de pasos precipitados y vieron que Howard venía hacia ellos moviendo excitado los brazos. Primero no entendieron de qué se trataba, pero al señalar hacia el puente comprendieron el motivo de una huida tan precipitada.

En la oscuridad, debajo del puente, vieron varias bestias negras que rodeaban al perrito, quien había empezado a gemir lastimeramente. Harris hizo el gesto de ir hacia allí, pero una mano sobre su hombro le detuvo. Asintió con la cabeza, comprendiendo que era necesario. ¿Qué importaba la muerte de un perrito si de este modo podían salvarse las vidas de innumerables personas? Pero para el pobrecito la muerte sería terrible.

De pronto vio que una línea de ratas se destacaba del oscuro interior del puente y se disparaba tras el investigador que huía pesadamente. La rata que iba en cabeza alcanzó rápidamente la figura del embarazoso traje y saltó contra sus lentas piernas. Se agarró al material del traje, pero sus dientes afilados como cuchillas no lograron penetrar en él. Howard continuó corriendo, arrastrando tras de sí a la tenaz criatura.

—La visera —gritó Harris—. Cierre la visera.

Howard le oyó y cerró de golpe la cubierta de cristal. Tropezó al agarrársele otra rata a la otra pierna, pero consiguió hacer pie. El grupo de hombres vio horrorizado cómo otra rata escalaba su espalda y se posaba sobre su hombro, dándole dentelladas al casco. Howard se hundió pesadamente y uno de sus brazos chapoteó en el agua del canal. Se puso de rodillas mientras las ratas pululaban ya sobre él. Intentó en vano quitárselas de encima, pero los animales se agarraban a su cuerpo como enormes sanguijuelas.

Harris vio lo que más temía: en el duro material empezaba a formarse una rendija. Corrió hacia delante, seguido por los tres restantes. Llegó hasta Howard y empezó a estirar ratas que estaban desgarrando ya frenéticamente la tela, sin atender a los golpes que recibían. Harris echó dos a patadas dentro del canal, confiando que en su aturdimiento se ahogarían. Sin hacer caso de las bestias que se agarraban al investigador le puso en pie y le arrastró a lo largo de la orilla del canal.

Todos los hombres luchaban ya por sus vidas a medida que aumentaba el río de ratas. Avanzaban a tropezones hacia el agujero de la valla que les permitiría escapar de la trampa mortal del canal. La presión disminuyó algo cuando pasaron ante los perritos que gemían y ante la carne esparcida por el suelo, porque las ratas se precipitaron con satisfacción sobre la fácil presa.

—¡Volvamos a la camioneta! —Harris oyó un grito amortiguado—. ¡Tenemos los cilindros de gas!

Continuaron retrocediendo. El camino era ahora más fácil porque la mayoría de las ratas convergían sobre la carne animal. Ayudándose mutuamente alcanzaron la brecha y la escalaron. De pronto, las ratas que todavía se mantenían pegadas se dejaron caer hasta el suelo, como si percibieran el peligro que representaba para ellas salir de los límites del canal. Harris arremetió contra una de ellas antes de que pudiera escapar, ignorando la repulsión que le causaba el animal, que se retorcía. Cogió su cuello con una mano, las patas traseras con otra y la levantó en el aire.

—¡Aquí tiene un ejemplar vivo! —gritó, luchando para mantener su presa.

—Magnífico —respondió Howard, acudiendo en ayuda del profesor.

La rata gigante era inmensamente fuerte y se debatía con ferocidad entre sus brazos, pero los dos hombres resistieron tenazmente. Las otras ratas, que no habían huido sino que habían permanecido al otro lado de la brecha, la atravesaron de repente y empezaron a atacar a los dos hombres.

Los otros tres la emprendieron a patadas y estirones contra los bichos, tratando de alejarlos, pero pronto comprendieron que sus esfuerzos serían inútiles a no ser que contaran con más ayuda. Sus camaradas de las camionetas cercanas pusieron en marcha los motores y se lanzaron ruidosamente hacia ellos, frenando de modo chirriante al lado de la refriega. Abrieron de par en par las puertas traseras de las camionetas y los hombres, luchando todavía, empezaron a subir a ellas dificultosamente mientras las ratas se les colgaban de los trajes y subían a los dos vehículos. El ruido ensordecía a Harris, a pesar de la protección del casco: los perritos de las cestas que ladraban furiosamente, los bichos que chillaban con aquel tono peculiarmente elevado, los gritos y exclamaciones de los hombres. Vio que el conductor de la camioneta donde se estaba metiendo no llevaba ni casco ni guantes. Gritó al hombre para que se cubriera la cabeza y las manos, pero el conductor no le oyó entre el tumulto. Dos hombres habían entrado ya en la primera camioneta y estaban sacando rápidamente los tanques de gas y rechazando a patadas a las ratas cuando saltaban al interior. Harris y Howard se metieron dentro, cogiendo entre los dos a su cautiva, ignorando el dolor de los mordiscos, que no penetraban pero pellizcaban la carne de modo insoportable. La camioneta empezó a moverse y las ratas emprendieron su persecución tratando de saltar por las abiertas puertas traseras: algunas lo conseguían y otras eran rechazadas a la calle. Cerraron de golpe las puertas, atrapando por la mitad el cuerpo de una rata que cayó fuera tras recibir una buena patada por parte de uno de los ocupantes.

Soltaron el gas de uno de los cilindros para acabar con los bichos que quedaban dentro de la camioneta y que continuaban atacando.

—¡Ésta no! —ordenó Howard—. Buscad algo para meterla dentro. La queremos viva.

Vaciaron el contenido de una caja de herramientas y metieron a la enloquecida rata en su interior. La tapa quedó firmemente ajustada. Un súbito bandazo de la camioneta los hizo volverse para mirar ansiosamente al conductor. Estaba tratando de quitarse una de las bestias negras de la mano descubierta. Un chorro de gas dirigido contra la rata la hizo caer pronto al suelo, a los pies del conductor, cuyo brazo colgaba ahora inerte a su costado. Continuaba conduciendo, gimiendo de dolor, mientras asía el volante con la mano derecha. Apuntaron el gas por el amplio interior del vehículo y la muerte llegó en pocos segundos a las sañudas ratas.

—¡No den demasiado gas! —gritó Howard—. ¡De lo contrario acabaremos también con los perros!

La última rata dio unos cuantos pasos aturdida, luego se puso rígida y falleció. Entonces los hombres se quitaron los cascos protectores y miraron al conductor herido, sabiendo que estaba condenado.

—La otra camioneta nos sigue de cerca —dijo Howard mirando a través de la ventana trasera—. Ya estamos lo bastante lejos —dijo al conductor—, por lo tanto aparquemos y le curaremos la herida. —Lanzó una mirada a Harris y sacudió la cabeza con desaliento.

La camioneta se detuvo en la cuneta y el otro vehículo hizo lo propio detrás de ellos. Se abrieron las puertas y salieron los hombres pesadamente, felices de respirar los frescos aires de la mañana tras el humo acre de los gases. Harris, que se sentía mal y ligeramente mareado, se apoyó contra un costado de la camioneta.

—Un exceso de gas puede matar a una persona —le dijo Howard—. Especialmente en un espacio reducido como éste. Tuvimos suerte de llevar puestos los cascos. El conductor acaba de desmayarse, y supongo que no es de la herida, sino del gas, y esto a pesar de ir al lado de una ventana abierta.

—¿Sabe el pobre que va a morir? —preguntó Harris, todavía con las ideas borrosas.

—Todos están enterados ya de la enfermedad, señor Harris. Era consciente del riesgo; tenía que haberse protegido.

—Bueno, quizá usted tampoco tuvo mucha suerte —dijo Harris señalando un roto en el traje de Howard.

El investigador palideció y metió su mano por el agujero.

—Creo que no me mordieron —dijo—, pero estoy lleno de cardenales causados por sus dientes. Dios mío. —Luchó con la cremallera del traje gris y consiguió abrirla a trompicones. Vio con alivio que las ropas que llevaba por debajo no habían sufrido daño. Exhaló un profundo suspiro y se apoyó contra la camioneta.

Al cabo de un rato dijo:

—Llevemos a este pobre hombre al hospital, aunque no le servirá de mucho; luego continuaremos nuestra ronda. Pero ahora Foskins tendrá que mandarnos más protección. En definitiva, sólo hemos cubierto el primer punto. Confío que entre los nueve puntos que quedan habrá escogido usted para nosotros algunos lugares seguros.

Harris le sonrió sin humor.

—¿Cree usted que queda algún lugar seguro?

Aquel día sufrieron ataques de los bichos en tres ocasiones más. Harris llegó por la noche al piso completamente agotado, tanto mental como físicamente; sus nervios estaban embotados por los terrores de la operación. Se hundió en su butaca y contó a Judy los acontecimientos del día.

—El canal fue lo peor, y lo que más nos impresionó, sobre todo, que hirieran al conductor; luego procedimos con más precaución. Desde allí fuimos a la zona portuaria: no había visto nunca las calles tan desiertas. Dejamos el cebo y nos fuimos corriendo.

Evitó cuidadosamente hablar de los perritos para no alterarla, porque conocía su amor por los animales.

—En uno de los lugares detuvimos las camionetas a la entrada de una avenida que conducía al río, salimos y llevamos el cebo al otro extremo. Lo tiramos allí, pero al dar la vuelta para regresar las hijas de puta nos habían cortado la retirada. Salían como un río de la reja de un sótano. No nos detuvimos a pensar. Howard se metió inmediatamente entre ellas y se fue disparado hacia las camionetas; los demás le seguimos en masa, abriéndonos paso a patadas y tropezones, dando gracias a Dios por nuestros trajes de protección. Nos apretujamos en las camionetas y nos fuimos pitando.

»Es curioso, pero mientras estábamos sentados en el Ayuntamiento, haciendo planes, oyendo todos los informes, incluso mis experiencias directas entre las ratas, no nos dábamos cuenta de la gravedad real de la situación. Para comprenderlo hemos necesitado lo de hoy. Por la mañana las calles estaban prácticamente desiertas, y más tarde la gente pasaba formando grupos o en coches y camionetas.

»En todo caso, después pudimos disponer de la escolta que nos había prometido Foskins. También trajo el ejército: dos camiones cargados de tropa, con cañones de agua, lanzallamas, gas; todo el maldito equipo. Ciertamente nos sentimos algo más cómodos.

—Teníais que haber ido de entrada con ellos —le interrumpió Judy, irritada no con Harris sino con Foskins, que estaba al mando.

—Sí, ya lo sé —dijo Harris—, aunque de todos modos cumplimos el programa, las habíamos subvalorado. A pesar de todos los informes, continuábamos considerando a las ratas como una plaga muy peligrosa, no como la fuerza arrolladora en que parece transformarse actualmente. A pesar de la masacre del tren y del ataque a la escuela no esperábamos encontrar tantas en un día. Es cierto que escogimos los lugares más probables, de lo contrario la acción hubiese carecido de eficacia, pero ni yo mismo estaba preparado a la idea de encontrarnos tantas veces cara a cara con las ratas. Te digo, Jude, que si el plan falla habrá que arrasar toda la zona.

Judy se estremeció.

—¿Y si no se llega a tiempo? Me contaste lo rápido que se reproducen. ¿Y si se corren por todo Londres?

Harris quedó callado un rato y luego dijo:

—Adiós Londres.

—Querido, marchémonos. Has hecho todo lo que podías, los has ayudado el máximo. Dijiste que en realidad no eras necesario, que sólo estabas para elevar la moral de Foskins. Pues bien, que lo resuelvan ellos. Vámonos antes que la situación empeore.

—Vamos, Jude, sabes que no podemos. ¿Adónde iríamos?

—De momento con tía Hazel. A ti te podrían trasladar a una escuela local y a mí no me importaría trabajar un tiempo en una tienda. Las escuelas de fuera están llenas a rebosar de niños, y lo que piden precisamente es que los profesores salgan de Londres.

—No, amor mío, no podemos irnos ahora. Hoy mismo, mientras nos paseábamos vestidos con estos ridículos trajes espaciales, escoltados por soldados armados hasta los dientes, y yo los llevaba a todos los lugares que conocía, a lugares que conozco desde siempre y que han formado parte de mi vida, comprendí que tenía que llegar hasta el final. En definitiva, y aunque te suene ridículo, se trataba de mi terruño. Los que me acompañaban eran forasteros. A Foskins y a su ministerio les daría lo mismo que fuese un país extranjero. Como puedes suponer, no diré que quiero al barrio o que lo tenga en la sangre. No pienso en estas estupideces. Pero me siento en cierto modo responsable. Como si mi viejo colegio se estuviese cayendo de viejo. ¿Lo entiendes?

—Sí, lo entiendo —Judy le sonrió llevándose su mano contra su mejilla—. Estás viciado.

Se encogió de hombros, sonriendo para sí.

—¿Hubo más casos hoy? —le preguntó ella.

—Sí. En un patio de una escuela vimos a un grupo de ratas atacando a un perro. Nos metimos entre ellas y soltamos el cebo sin parar. —Su mente se llenó con la terrible imagen de sus compañeros soltando los perritos desde las camionetas en medio de las ratas, mientras él se sentía incapaz de participar—. Luego fuimos a una iglesia bombardeada y descubrimos los huesos descarnados de dos personas. Era imposible saber quiénes eran y cuánto tiempo hacía que estaban allí; los esqueletos estaban demasiado limpios para que hubiese pasado mucho tiempo y no había rastro de vestidos. Lo curioso es que estaban estrechamente abrazados, como dos amantes. Empezamos a descargar el cebo cuando oímos un grito. A uno de los hombres se le había subido una rata al cuello y corría por allí como un loco. Por fortuna el traje impidió que el animal lo hiriera, pero su miedo se nos contagio y todos corrimos hacia la salida. Dos hombres fueron en ayuda del atacado, pero pronto tuvieron que ocuparse de sí mismos. Los tres salieron disparados por el agujero, con las ratas colgando del cuerpo; cuando quedaron libres dirigimos el cañón de agua hacia la abertura para impedir que salieran más ratas. Los soldados ayudaron a los tres a quitarse las ratas de encima con las bayonetas. El ejército quería llenar de gas el lugar, pero Howard se opuso. En esta ocasión lo importante era que las ratas vivieran, para que transmitieran el virus.

»Tras este episodio no tuvimos muchos problemas, aunque continuamos viéndolas. Nos mostramos más cautelosos y no nos alejábamos de las camionetas; saltábamos dentro al menor indicio de peligro. Creo que nadie se hizo el valiente. Conocíamos las consecuencias demasiado bien.

—No quiero tener a un héroe muerto, Harris —dijo Judy.

—Puedes creer que no lo tendrás.

—Bien, y ahora ¿qué?

—A esperar. Esperaremos que el virus surta efecto, y si resulta positivo no tardará mucho en difundirse. Calculan que en un par de semanas conoceremos los resultados, sean los que sean.

—Y si el resultado es negativo ¿qué pasará?

—Bueno, ya no se tratará de un problema del East End. Probablemente no podrán contener las ratas en esta zona. Se correrán por todo Londres. Y en ese caso no me gustaría estar presente.