La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 16 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 15

Stephen Abbot, sentado a oscuras en el cine, dirigió una mirada de reojo al rostro de su chica, iluminado por la pantalla de cinemascope. La película le estaba aburriendo, en parte porque el gran cowboy de rostro nudoso que aparecía en la pantalla estaba ya demasiado chocho para actuar como un supermán, y en parte porque no llevaba puestas las gafas. Vikki no sabía que de vez en cuando llevaba gafas y él pensaba que si se enteraba podía perjudicar su relación. Probablemente le plantaría si llegaba a enterarse de sus dos dientes postizos de delante; en sus sesiones de «apasionamiento» tenía que ir con sumo cuidado para que la inquisitiva lengua de la chica no le hiciera saltar la placa. Era muy exigente. Y podía serlo con aquel tipo. Era la chica más buena del club.

Tenía también otro problema: quería ir al lavabo. Su situación no era todavía desesperada, pero la idea de que no podía ir lo estaba empeorando lentamente. Y no podía ir porque estaba sin gafas, y sin ellas no conseguiría nunca encontrar el asiento cuando regresara. Le había sucedido ya una vez; tuvo que pasearse arriba y abajo por el oscuro pasillo hasta que su azorada amiga le había llamado con la mano. Después ya no salieron más.

Se removió incómodamente en su butaca. Le rodeó los hombros con su brazo y ella se apretó contra él mientras dejaba descansar una de sus manos sobre su muslo. La zona situada bajo la mano de ella se convirtió en el centro de sus sensaciones hasta que el peso causado provocó movimientos en otra parte. La besó suavemente en la mejilla y luego sobre los labios, con fuerza, al girar ella la cabeza y aumentar la presión de sus dedos sobre su pierna. Bien, había esperado dos semanas para no echarlo todo a perder; quizá había llegado el momento de entrar en acción. El corazón le golpeaba el pecho, el cerebro rebosaba amor concentrado y el deseo de orinar había cedido ante otro deseo superior; puso su mano libre sobre la muñeca de ella y acarició la tela sedosa de su blusa. Alargó unos dedos temblorosos y precavidos hacia los botones centrales y metió un dedo por una abertura, sintiéndose mareado al entrar en contacto con la carne cálida de su estómago. Pasó unos momentos trazando movimientos circulares con su dedo explorador y esperando su rechazo, luego lo retiró y movió la mano hacia sus pechos. Encontró la suave protuberancia y la cubrió temblando. Ella puso la mano, protestando, sobre la suya e intentó débilmente y sin convicción sacarla de allí. Pero él continuó por la abertura de la blusa, donde quedó parada entre los botones.

La sacó y desabrochó un botón; cuando introdujo de nuevo la mano ella contuvo el aliento.

«La primera —pensó Stephen—. La primera chica bonita. Después de tantas chicas gordas o chupadas, con narices grandes o con dientes de caballo, al final una de bonita. Oh, estoy enamorado. Ya verás cuando les cuente a los chicos que me deja meter mano».

Su mano se arrastró por el interior del sostén de encaje, tocó un pezón pequeño y duro, lo apretó entre los dedos, tocándolo como si apretara un botón.

De repente ella lanzó un grito y se puso en pie de un salto, arrastrando su brazo con ella.

—No quería hacer nada —empezó a balbucear, enrojeciendo a medida que la gente se giraba para mirarlos.

—Algo me ha mordido —gritó Vikki—. Hay algo en el suelo. ¡Me ha mordido la pierna!

Miró hacia abajo pero no pudo ver nada en la oscuridad. Se agachó, más para escapar de los ojos acusadores de la multitud del cine que para descubrir aquel ofensivo «algo».

—No hay nada aquí —dijo tristemente.

—Sí que hay, sí que hay. —Vikki empezó a llorar, retrocediendo sobre la falda de la persona que estaba sentada al otro lado. Alguien de la fila de delante encendió un mechero y se inclinó sobre el respaldo de su asiento, acercando al suelo una llamita.

Una gran forma negra se escurrió bajo el asiento.

Mientras Vikki gritaba, una mujer de la fila de delante se puso en pie de un salto y gritó también. Luego estalló el caos en todo el cine. La gente saltaba y daba patadas o huía a saltos de algo que estaba entre sus pies.

—¡Las ratas! —una voz aterrorizada resonó por la sala, repetida por otras personas igualmente horrorizadas.

Vikki empezó a golpear el suelo con los pies, histéricamente, como si el contacto con el pavimento la hiciera más vulnerable a los bichos. Stephen la agarró por los hombros y mientras trataba de calmarla se encendieron las luces de la sala. Entonces el terror realmente se apoderó de todos cuando vieron el horror que se desencadenaba entre las butacas. Las ratas corrían por los pasillos y se bifurcaban por las filas de butacas, saltaban encima de ellas y se precipitaban sobre la multitud presa de pánico. Hombres y mujeres gritaban mientras luchaban entre sí para poder salir de las butacas, bloqueadas a ambos extremos por los cuerpos que caían. Las puertas de salida quedaron atascadas porque la gente caía y se amontonaba, intentado escapar de la muerte que tenían detrás. El gran cowboy de la película empezó el tiroteo final con los malos.

Stephen arrancó una rata del pelo de Vikki y la tiró lejos de sí, mientras los dientes rechinantes de la bestia le abrían las manos. Agarró a la chica por el brazo y tiró de ella por la fila de butacas, empujando a la gente de delante. Las luces de la sala parpadearon de modo inexplicable y finalmente se apagaron, dejando la confusa escena iluminada únicamente por la luz que reflejaba la gran pantalla. Algo estaba mordiendo la pierna del muchacho; intentó quitárselo con una patada contra el respaldo de un asiento, pero por falta de espacio la rata pudo mantener su presa. Se agachó para arrancársela y sus manos fueron mordisqueadas por otra rata. Desesperado, se sentó en una butaca y levantó penosamente la pierna sobre el respaldo del asiento de delante, levantando al mismo tiempo a la gran rata negra. Vikki huyó de él y tropezó con un hombre que estaba dando los últimos espasmos en su lucha a muerte contra tres ratas. Cayó de lleno y fue sumergida inmediatamente por cuerpos hirsutos, sin que sus gritos pudieran distinguirse de los gritos de los demás.

Stephen agarró el cuello de la rata con las manos y apretó con todas sus fuerzas sin que el animal se soltara. Sintió que otra rata aterrizaba sobre su espalda y le mordía la chaqueta; se la quitó rápidamente, sin pensarlo, y la echó junto con la rata a la fila de detrás. Un hombre de la fila de enfrente vio su situación y agarró valientemente la rata que tenía en la pierna y estiró. De repente el animal soltó su presa y se revolvió sobre el hombre, mordiéndole en la cara.

El hombre se derrumbó con un grito de agonía.

El muchacho miró por encima de las butacas y vio que no podía hacer nada para ayudar a su salvador. Miró a su alrededor y al no ver una línea clara de salida, saltó sobre el respaldo de una butaca y empezó a andar cuidadosamente entre las filas, utilizando cuando podía los hombros de la gente, pero fiándose más bien de la suerte para guardar el equilibrio. Resbaló varias veces pero consiguió incorporarse de nuevo de un salto; el miedo le proporcionaba las energías necesarias para continuar adelante. El holocausto que se consumaba a su alrededor se hacía irreal. Era una pesadilla, y la extraña luz de la pantalla acentuaba el efecto sobrenatural.

Un hombre de delante levantó una rata por encima de su cabeza y la tiró lejos, golpeando al chico con aquel largo cuerpo y obligándole a resbalar de nuevo entre las butacas. Cayó pesadamente de espaldas y quedó conmocionado unos segundos. Alguien tropezó y cayó sobre él mientras se debatía con algo entre los brazos. La rata fue empujada sobre el pecho de Stephen, quien dio un grito de angustia. Golpeó al roedor y al hombre con sus puños, maldiciéndolos y llorando al mismo tiempo. Se le quitó el peso cuando el hombre logró incorporarse y continuó a tropezones con la rata todavía colgando de sus brazos y otra más sobre sus hombros que le masticaba el cuello.

El chico se incorporó de nuevo, escaló las butacas y continuó su azarosa marcha por el mar de personas condenadas. Muchas estaban ya en los pasillos: el pánico los había amontonado en aquellos espacios reducidos y no podían recurrir a la velocidad para escapar. Las puertas quedaron bloqueadas por los cuerpos amontonados, y los que conseguían pasar eran perseguidos en el vestíbulo por los bichos.

Una pareja de edad se apretaba en un último y desesperado abrazo mientras los bichos mordían sus piernas y caderas y los obligaban finalmente a caer de rodillas.

Otro hombre estaba sentado rígido en su butaca, con los ojos clavados todavía en la pantalla, como si mirara la película, y con las manos apretando los brazos de la butaca. Una rata saltó sobre su falda y abrió un agujero en su estómago.

Un grupo de adolescentes había formado un círculo, espalda contra espalda, y se iban abriendo paso lentamente por el pasillo, golpeando a los bichos con sus pesadas botas. Por desgracia no podrían llegar más allá de la masa de personas acumuladas alrededor de la salida.

Los de general, en el piso de arriba, no salían mejor librados; disponían solamente de dos salidas y las ratas se estaban arrojando ya por ellas. Los cuerpos de los demás los obligaban a retroceder y muchos caían por la barandilla a la sala de abajo.

Stephen continuó adelante, sollozando de miedo, hasta alcanzar las filas delanteras. Estaban relativamente libres de gente y de animales porque los puntos principales de lucha eran los laterales y las salidas del cine. Saltó sobre el suelo y se dirigió hacia el escenario. Consiguió afianzar una pierna y se puso rápidamente en pie. Un río de cuerpos negros y peludos salió de entre las cortinas laterales y se fue directo hacia él. Se volvió para correr en la otra dirección pero resbaló en la sangre que manaba de su propia pierna destrozada. Los bichos se le echaron encima en un instante, aplanando su cuerpo con sus formas malolientes, mordiéndole, empujándose unas a otras para llegar a su carne. Las golpeó con los brazos, pero cada vez más débilmente, hasta que al final cruzó los brazos sobre su rostro para protegerlo, dejando que los bichos devoraran su cuerpo.

Apartó un brazo de sus ojos y miró sin comprender la gran pantalla coloreada encima suyo. Sus ojos leyeron las palabras y su voz las repitió débilmente, aunque su cerebro ya no las comprendió. Murmuró: «Fin».

George Fox trabajaba en el zoológico desde hacía más de veinte años. Al contrario que muchos de sus camaradas, tenía una profunda consideración por los animales que cuidaba: sufría cuando uno de sus leones se sentía mal, mimaba a su gacela preferida cuando perdía el apetito e incluso pasó en cierta ocasión una noche en vela al lado de una serpiente moribunda. Cuando unos gamberros se introdujeron en su aviario y, sin ningún otro motivo que la pura sed de sangre, dieron muerte a treinta de sus amigos alados de exóticos colores, tuvo una crisis mental y lloró tres días seguidos. Sentía una simpatía y comprensión profunda hacia sus animales, grandes o pequeños, feroces o dóciles. Años atrás un mono le arrancó de un mordisco media oreja, pero él se abstuvo de castigarlo; lo dejó suavemente en el suelo, reprimiendo el dolor, y abandonó silenciosamente la jaula mientras apretaba con un pañuelo, tinto ya en sangre, la parte herida.

Esta noche notaba que el zoo estaba inquieto. Había un silencio en el aire, una quietud innatural en la gran finca de los animales de Londres; pero los animales no dormían. Cuando hizo su ronda vio que las bestias daban vueltas en sus jaulas, que los monos se acurrucaban juntos, mirando nerviosamente hacia la noche, que los pájaros parpadeaban silenciosamente sobre sus perchas. Sólo la risa demencial de la hiena perturbaba el incómodo silencio.

—Tranquila, Sara —calmó a su leopardo favorito en la sección de los grandes felinos—. No hay por qué ponerse nerviosa.

De repente el chirriar de pájaros rompió el silencio de la noche. «Parece el aviario», pensó, mientras se dirigía a la puerta y corría después hacia el túnel que conducía por debajo de la carretera pública al canal donde se encontraba el santuario de los pájaros fantásticos. Se le reunió otro vigilante en la entrada del paso subterráneo.

—¿Que sucede, George? —preguntó jadeando el otro.

—Todavía no lo sé, Bill. Algo ha asustado a los pájaros, parece que se hayan vuelto locos.

Se precipitaron por el negro túnel, utilizando sus linternas para tener más luz. Cuando emergieron por el otro lado oyeron un grito procedente de la sección de las jirafas. Vieron horrorizados que una de las gráciles criaturas corría a lo largo de la valla con grandes animales negros asidos a su tembloroso cuerpo. La jirafa se precipitó dentro del agua que hacía de foso alrededor de su explanada y se revolcó en ella furiosamente.

—Dios mío, ¿qué es eso? —preguntó Bill, sin estar seguro de lo que había visto a la luz de la noche.

—Te diré lo que es —gritó George—. Las malditas ratas. Las que se suponía que habían quedado exterminadas: ¡las ratas gigantes! —Dio unos pasos hacia el desgraciado animal pero luego se volvió hacia Bill—. Vuelve a la oficina, rápido. Llama por teléfono a la policía: diles que las ratas están atacando el zoo. Diles que necesitamos toda la ayuda disponible. ¡Rápido!

Corrió luego hacia la jirafa, sabiendo ya que no podía hacer nada por el pobre animal; pero a pesar de todo corrió. Se detuvo cuando oyó un grito humano procedente del túnel; se volvió y vio a Bill que salía de él con formas negras pululando sobre él y la sangre, así lo parecía, chorreando de su cabeza. Le vio hundirse, incorporarse a medias y caer de nuevo al suelo.

—Dios santo —dijo en voz baja. Tenía que llegar al teléfono. Había otra taquilla en esta sección, pero eso significaba pasar por el túnel lleno de ratas y cruzar el puente sobre el canal. Y seguramente las ratas habían llegado por el canal. «Aquellos hijos de su madre aseguraron que habían eliminado a las ratas, que todas estaban muertas o muriéndose. Pero los bichos están matando a mis animales. ¡A mis pobres animales!».

Gimió en voz alta, sin saber qué hacer. Finalmente decidió un plan de acción, tratando de ignorar los gritos de los animales de la sección sitiados por las ratas. Corrió hacia la valla que protegía el zoo de la carretera divisoria y la escaló con apresurada impericia. Cayó al otro lado y mientras estaba en el suelo vio los faros de un coche que se acercaba. Se incorporó dificultosamente, corrió hacia la carretera moviendo frenéticamente los brazos. Al principio parecía que el coche continuaría su marcha, pero seguramente el conductor vio su uniforme al resplandor de los faros. Frenó chirriando y George tuvo que hacerse a un lado para que no le alcanzara.

El excitado guardián se puso a gritar instrucciones cuando el conductor todavía bajaba la ventanilla. Ante la cara de incomprensión que ponía el conductor, George comenzó de nuevo:

—Llame a la policía, dígales que hay ratas, centenares de ratas atacando el zoo. Si no llegan pronto, los jodidos bichos matarán a mis animales. Vamos, siga, siga.

Cuando el coche tomaba ya velocidad una idea horrorosa cruzó por la mente de George. «Cuando lleguen la policía y los soldados, la única arma que serán capaces de utilizar será el gas. Y el gas es tan mortal para mis animales como para las ratas». Lanzó un grito de desesperación y corrió por la carretera hasta la entrada principal del zoo. Escaló la entrada giratoria y vio dos figuras de guardianes de noche que se aproximaban corriendo.

—¿Eres tú, George? —«gritó uno de ellos enfocándole una linterna a la cara.

—Sí, soy yo —contestó cubriéndose los ojos con el brazo.

—Salgamos de aquí, George, vámonos. Todo el zoo está invadido por las ratas. Son las ratas gigantes. Van a por los animales.

—No: tenemos que dejar salir a los animales, que queden en libertad. No podemos permitir que los maten.

—Ni pensarlo, nos vamos, no podemos hacer nada. ¡Y tú vienes con nosotros! — Mientras lo decía agarró al viejo guardián por el brazo y trató de hacerle retroceder hacia la entrada. George le golpeó ciegamente, tirando al suelo la linterna que llevaba su colega y huyó hacia la oficina principal.

—Déjalo, Joe —dijo el otro—. Sólo conseguiremos que las ratas acaben con nosotros, si vamos tras él. Salgamos de aquí.

El primero sacudió a regañadientes la cabeza y tras escalar la entrada salió a la calle.

George corrió con los pulmones a punto de estallar, haciendo caso omiso de las formas negras que emergían del túnel, salvó de un tirón los pocos peldaños que conducían a la oficina donde se guardaban todas las llaves de las jaulas. Por aquel entonces había estallado ya en el zoo un maremagnum de sonidos. Rugidos, chillidos, graznidos, ladridos, todo se combinaba para crear un caos tumultuoso. Arrancó de los ganchos los manojos de llaves que podía llevar consigo, sabiendo exactamente a qué sección pertenecía cada cual, y corrió al exterior.

Se detuvo pasmado ante la visión del poderoso gorila, el viejo del Zoo, que recobraba su vieja majestad primitiva, se arrancaba las ratas con sus grandes manos, aplastaba sus huesos con un inmenso poder y las echaba a lo lejos como trapos inertes. Pero incluso su fuerza tenía que sucumbir ante el número ilimitado de bichos con dientes como cuchillas. Las ratas cayeron como un enjambre sobre el gorila, irritadas por su fuerza, y lo obligaron a hundirse con estrépito sobre el suelo, donde continuó luchando valientemente.

George contemplaba la impresionante lucha mortal de los animales en un silencio fascinado, pero unos movimientos alrededor de sus piernas le devolvieron a la realidad. Miró al suelo y vio que los cuerpos negros y malignos pasaban corriendo por su lado, ignorándole inexplicablemente. Lleno de furia la emprendió a patadas con ellos, pero las ratas continuaban su marcha, ansiosas de devorar a los animales atrapados.

El guardián corrió con ellas, abría las cerraduras y dejaba abiertas de par en par, mientras corría, las puertas de las jaulas. Muchos de los desgraciados animales se limitaban a agazaparse en lo hondo de sus moradas, mientras que los demás veían una oportunidad de conseguir la libertad y se precipitaban por las puertas abiertas. Los pájaros eran los más afortunados porque podían escapar por el aire. Pero para los demás animales el único sistema de escapar era la rapidez. Los más orgullosos se quedaron a luchar y mataron muchas ratas antes de caer a su vez, pero la mayoría prefirió huir. Cuando llegaban a las vallas exteriores del zoo se precipitaban contra ellas, enloqueciendo al ver frustrado su deseo de huida. Algunos conseguían saltar la valla —los monos o los más ágiles—, pero los otros o se acurrucaban bajo la valla o recorrían velozmente su perímetro.

El viejo guardián se encontró en la sección de los grandes felinos. Todavía no le habían atacado las ratas. En ningún momento se preguntó por qué; estaba demasiado angustiado por el destino de sus queridos animales para preocuparse por su propia seguridad. Cuando corrió hacia las jaulas de hierro los rugidos eran ensordecedores, y los felinos gruñían tanto por miedo como por desafío. Llegó ante los leones y sin dudarlo abrió las puertas metálicas.

—Vamos, Sheik; sal, Sheba —los llamaba en voz baja, animándolos para que salieran.

Corrió a lo largo de las jaulas, abriéndolas todas, sin pensar en el peligro. El león saltó hacia adelante, rugiendo irritado, cuando vio varias formas negras entrar por las puertas de la sección. Las despedazó, las lanzó a lo alto con sus mandíbulas y desgarró sus cuerpos con sus garras. A medida que llegaban más ratas los otros felinos se unieron al león en la matanza de bichos: el tigre, el leopardo, la pantera, el puma y el jaguar, todos se unieron en la lucha contra el enemigo común. Sólo el leopardo cazador se quedó en su jaula.

—Vamos ya, Sara, tienes que salir —suplicó George, pero el precavido animal se limitó a enseñarle los dientes desde el fondo de la jaula, a gruñir y a levantar una garra—. Vamos, Sara, sé buena chica. No hay que tener miedo. Tienes que salir. — Desesperado, empezó a subir a la jaula—. Vamos ya, mujer, soy el viejo George. Vengo a ayudarte.

Avanzó lentamente hacia el leopardo cazador con la mano extendida y hablando sin cesar para tranquilizarlo. El animal se acurrucó lejos de él, gruñendo con mayor ferocidad.

—Soy yo, Sara, George. El viejo George.

El felino saltó sobre el viejo guardián y en unos segundos lo redujo a una carcasa sanguinolenta, luego arrastró triunfalmente el cuerpo sin vida por la jaula.

Luego saltó de la jaula y salió disparado hacia la lucha entre felinos y roedores, pero en lugar de atacar a las ratas saltó sobre el lomo de la pantera y hundió los dientes en su hombro. Los bichos continuaban entrando en tropel y la lucha entre la fuerza y el número continuó hasta el amargo final.