La invasión de las ratas

James Herbert · Capítulo 7 de 19

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La invasión de las ratas

Capítulo 6

Harris se despertó con un respingo y alargó el brazo automáticamente hacia el estridente despertador. El timbre le sobresaltaba siempre si le cogía desprevenido. Había cogido últimamente el hábito de despertarse minutos antes de sonar el despertador; esperaba el primer timbrazo explosivo, y lo paraba inmediatamente con mano ágil. Luego dormitaba casi veinte minutos de propina.

Pero esta mañana le había sorprendido en un sueño profundo. Intento recordar de qué se trataba. Era algo de unos dientes. Unos dientes afilados y furiosos.

Condenada historia, pensó: las ratas. Miles de ratas. Recordaba haber echado un vistazo por la ventana. Era de noche y en la calle había miles de ratas, quietas todas, que le miraban, sin más, a la luz de la luna. Miles de ojillos malvados. Luego se lanzaron hacia él, reventaron la puerta de la calle y se escurrieron escalera arriba. Gracias a Dios, sonó el despertador.

Dio media vuelta con un gruñido y rodeó con su brazo la figura acurrucada que dormía a su lado.

—Buenos días, Jude. —La chica se enrolló más mientras murmuraba suavemente.

Harris recorrió con la lengua su espalda desnuda, mientras ella se meneaba de placer. Puso la mano entre sus brazos y sus muslos replegados y acarició ligeramente su vientre suave. Ella se volvió lánguidamente hasta ponerse de cara a él, estirando en el proceso brazos y piernas.

—Hola —dijo mientras le besaba.

La acercó más a sí y ambos se apretaron el uno contra el otro.

—Es tarde —dijo.

—No tanto.

—Yo creo que sí. —Pasó un dedo por el interior de sus muslos, provocándola—. ¿No tuviste bastante la última noche?

—No —contestó ella besándole los párpados.

—Pues yo sí. —Arrancó de golpe las sábanas, riendo—. Ahora métete en la cocina y ocúpate de tus cacharros.

—Cerdo.

La siguió con la mirada mientras se ponía el salto de cama y desaparecía en la cocina. Él se quedó en la cama pensando en Judy, mientras le llegaban los ruidos de armarios que se abrían y se cerraban, del agua llenando la tetera, y la música de Radio One.

Vivían juntos desde hacía seis o siete meses y su amor parecía más fuerte cada día. Ella era diseñadora de modas, una buena diseñadora, y se conocieron en una fiesta de unos amigos comunes. Durmieron juntos aquella primera noche, pero ella no le dejó hacer el amor. Lo intentó como es lógico, pero ella le apartaba suavemente, y a la mañana siguiente descubrió con sorpresa que estaba contento por ello. Semanas después, cuando comprendieron que se habían enamorado, le preguntó por qué le dejó quedarse aquella noche sin permitirle hacer el amor. No pudo explicarlo porque tampoco ella lo entendía del todo. No el no haber hecho el amor, sino el haberle dejado dormir con ella. No había dormido todavía con nadie, y aunque estuvo prometida durante dos años, no hicieron otra cosa que tocarse.

Había sentido que algo cedía en su interior aquella noche. En cierto modo le sabía mal por él, porque parecía por fuera una persona autosuficiente, llena de confianza, pero en el fondo era el proverbial «chiquillo extraviado». Él contestó sonriendo que se trataba de su truco habitual con las mujeres, pero ella, tras asentir, replicó:

—Sí, estaba muy claro. Pero incluso así yo notaba en el fondo una pequeña alma perdida que daba vueltas. Hay muchos niveles en tu persona, Harris.

Aquello le había impresionado. Le halagaba que alguien se interesara tanto por él que tratara de sonsacarle de aquel modo. Continuó explicándole que aquella noche no hubiese podido dejar que se fuera, que le necesitaba cerca de ella, pero que no podía bajar la última barrera hasta estar completamente segura de él. Y de sí misma.

Unos meses después alquilaron un piso en la zona de King’s Cross y se fueron a vivir juntos. Hablaron de matrimonio y decidieron que todavía no tenía importancia. Vivirían así por lo menos un año y luego decidirían. O bien a favor, o bien en contra.

A veces, sobre todo si estaba solo, la antigua dureza se insinuaba de nuevo en él y se decía: «Harris, muchacho, aquí tienes un buen asunto». Pero cuando estaba con Judy, paseando, cogidos de la mano, haciendo el amor, la ternura limpiaba toda posible dureza de sus sentimientos.

La voz de Judy, desde la cocina, interrumpió sus pensamientos:

—De acuerdo, gandul, el desayuno está casi a punto.

Saltó de la cama, se puso un albornoz azul y se fue al lavabo del rellano. Luego pasó por la puerta de la calle para coger el periódico. Cuando volvió besó a Judy en el cuello y se sentó ante la mesita.

—Te agradezco que me hayas llamado, por poco revienta mi vejiga.

Judy le pasó el bacon y los tomates y se sentó ante sus huevos duros. A él le desagradaban los huevos en el desayuno.

Abrió el Mirror para leer los titulares. Normalmente leía el periódico en el autobús, camino de la escuela —le gustaba dejarlo en la sala de profesores y observar la desaprobación de sus colegas, que consideraban tebeos todo lo que no fuera el Times o el Guardian—, pero siempre echaba un vistazo a los titulares en el desayuno.

—¡Dios mío! Escucha esto —dijo masticando pan—. «Seis vagabundos devorados vivos por las ratas. A últimas horas de ayer noche llamaron a la policía para que acudiera a un solar bombardeado, en Stepney; los transeúntes habían oído gritos y el ruido de una lucha violenta en las ruinas del antiguo cementerio de St. Anne. Al investigar, los inspectores de policía descubrieron los restos de seis cuerpos, aparentemente muertos por las ratas, algunas de las cuales se estaban comiendo todavía los cadáveres. La zona fue acordonada inmediatamente y la policía, provista de trajes de protección y ayudada por una importante compañía de desratización, inspeccionó las ruinas en busca del nido de ratas, pero sin poder descubrir rastro de los bichos. Anteriormente, y aquel mismo día, Karen Blakely, de trece meses de edad, y su perro fueron atacados y muertos por ratas en su propio hogar. La madre de la niña, Paula Blakely, está en el hospital, con calmantes, y se dice que su estado actual es grave. Se nombrará una comisión de encuesta para…».

Harris finalizó en silencio la lectura del artículo y Judy se levantó y vino a su lado, apoyándose en su hombro.

—Es terrible. —Se estremeció y se apretó contra él—. ¿Cómo pueden suceder estas cosas hoy, en nuestra época?

—Sé que quedan todavía suburbios terribles, pero no sabía que fueran capaces de criar cosas de este tipo. —Movió la cabeza perplejo—. Seguramente era la mujer que vi ayer en el hospital. Y Keogh dijo que vio dos ratas enormes. Quizá no estaba exagerando. ¿Qué diablos está ocurriendo?

Se vistieron los dos y salieron del piso. Antes de separarse, para emprender direcciones opuestas —Harris hacia el East End; Judy a los grandes almacenes donde «creaba» moda, en el West End—, se dieron un beso de despedida y cada cual siguió su camino.

En el autobús, Harris reflexionó sobre el tema de las ratas y se preguntó si los tres incidentes estaban relacionados. ¿Se trataba de meras coincidencias o estaban conectados de algún modo? ¿Podía tratarse de las mismas ratas o constituían grupos diferentes? Decidió interrogar más a fondo a Keogh sobre las dos ratas, pero recordó entonces que el chico no asistiría a clase. Bien, no importaba, lo haría al día siguiente.

Pero esa mañana no llegaría para Keogh. Cuando Harris llegó a la escuela le llamaron a la oficina del director y le dijeron que el muchacho había sido trasladado urgentemente al hospital la noche anterior, con mucha fiebre, y que su estado era de momento crítico. El hospital había llamado preguntando si hubo otras personas con él cuando fue mordido por la rata. Pedían también que acudiera a verlos el profesor que había traído el chico el día anterior.

—Sí, voy a arreglar mis clases y luego iré —dijo Harris al preocupado señor Norton.

—No, me he preocupado ya de eso —dijo el director—. Puede ir ahora mismo. Insistieron en que la cosa era urgente. No tarde demasiado.

Harris salió de la escuela y se dirigió al hospital con paso vivo. Al llegar allí empezó a explicar quién era pero el recepcionista le esperaba: lo llevó inmediatamente a una oficina, en la parte trasera del edificio, y le pidió que esperara. Apenas se había sentado cuando la puerta se abrió y entraron tres personas.

—Ah, ¿es usted el profesor del muchacho? —preguntó el primero de ellos, dirigiéndose hacia la mesa. Su considerable persona se sentó sobre la butaca con un golpe pesado y sus cansados ojos apenas parpadearon hacia Harris. Señaló con la mano los otros dos antes de que Harris pudiese contestar—: El doctor Strackley —el doctor hizo un gesto con la cabeza— y el señor Foskins, del Ministerio de Sanidad. —Foskins alargó su mano hacia el profesor y éste la estrechó—. Y mi nombre es Tunstall. Soy el secretario del Grupo de Hospitales. —El hombre de la mesa finalizó las presentaciones mientras repasaba un pliego de papeles. Se detuvo especialmente en uno de ellos, pareció estudiarlo intensamente, pero al mismo tiempo preguntó—: ¿Y su nombre?

—Harris. ¿Cómo está Keogh?

Tunstall levantó los ojos del documento.

—¿No se lo han dicho?

Harris se quedó helado ante el tono de voz del secretario del Grupo.

—Por desgracia, falleció esta noche.

Harris sacudió la cabeza con incredulidad.

—Pero fue ayer mismo cuando le mordieron.

—Sí, señor Harris, lo sabemos —el doctor se levantó y se inclinó sobre la mesa, estudiando intensamente al aturdido profesor—. Por eso le pedimos que se presentara. Usted trajo ayer al muchacho. Quizá pueda contarnos cómo y dónde recibió la mordedura.

—Pero no es posible que uno muera de una mordedura. Y en un solo día. — Harris movió negativamente la cabeza mirando a los tres hombres e ignorando la pregunta del doctor.

Tunstall tomó la palabra, tras apartar finalmente los papeles:

—No, ciertamente parece imposible. Están realizando ya una autopsia para comprobar si Keogh padecía en aquel momento otra enfermedad. Pensamos que la mordedura podía haber actuado como una especie de catalizador sobre una enfermedad oculta incubada por el muchacho. Pero actualmente hemos descartado casi del todo esta teoría, aunque todavía la estamos investigando. Ayer trajeron también a una mujer, quizá usted se haya enterado por los periódicos: las ratas mataron a su hija y también ella fue atacada cuando intentaba salvar a su hija. Acaba de morir hace dos horas.

—Pero esto significa que cualquier persona que entra en contacto con las ratas y resulta mordida…

Foskins le interrumpió antes de que Harris pudiese terminar:

—Sí, señor Harris. Una vez mordida, una persona tiene unas veinticuatro horas de vida. Por eso consideramos esencial saber lo más que podamos sobre estas ratas concretas. Se trata evidentemente de una especie desconocida; por lo menos desconocida por nosotros en Inglaterra. Por lo que sabemos, su tamaño es realmente extraordinario…

—Queremos saber todo lo que le dijo el muchacho con relación al incidente — dijo Tunstall con impaciencia.

—Sí, desde luego —asintió Harris—. ¿Pero cómo han muerto? ¿Y de qué han muerto? —Miró a los tres hombres por turno. La habitación se llenó con un silencio incómodo.

Finalmente, el doctor carraspeó y miró al secretario del Grupo.

—Creo que lo lógico es que el señor Harris se entere también. Creo que podemos confiar en su discreción, y quizá pueda ayudarnos si conoce bien esta zona.

—Nací aquí. Conozco casi toda la región; sé exactamente el lugar donde Keogh vio a las ratas.

—Muy bien —suspiró Tunstall—. Pero sepa que no puede repetir nada de lo que se diga en esta habitación. No estamos seguros todavía de qué se trata, y hasta que lo sepamos tenemos que actuar con la mayor discreción. No queremos que cunda el pánico por algo que quizá constituya un hecho aislado.

—Como el hecho que seis vagabundos sean devorados vivos —interrumpió Harris.

—Sí, sí, señor Harris, sabemos que la cosa resulta bastante terrible —dijo Foskins rápidamente—, pero no queremos que cunda el pánico, ¿no es cierto? Me refiero a que las primeras repercusiones se darían en los muelles. Sabemos que los descargadores no necesitan muchos pretextos para dejar el trabajo; piense por lo tanto los resultados de una alarma de este tipo. Y si los alimentos se quedaran pudriéndose en los tinglados y en los buques, ¿qué sucedería? Toda la costa quedaría infestada en unos pocos días. Un círculo vicioso, señor Harris, un círculo vicioso.

El profesor permaneció callado.

—Piense que probablemente superaremos este problema antes de que ocurran más casos —Tunstall se inclinó hacia adelante y dirigió un dedo hacia Harris—: Su ayuda no es esencial en realidad, pero si usted desea ayudarnos ha de aceptar esta condición de no decir nada.

Harris se preguntaba cuál podía ser el motivo real. «Debe de estar realmente preocupado».

—Muy bien —dijo encogiéndose de hombros—. Lo único que quiero saber es cómo murieron Keogh y la mujer.

—Desde luego —dijo el doctor Strackley, sonriendo y tratando de romper el hielo —. Las defunciones se debieron a una infección introducida por la mordedura de la rata en el torrente sanguíneo. La enfermedad que suele transmitir esta plaga se llama enfermedad de Weil, leptospirosis o ictericia espiroquética. En nuestro país se dan solamente unos diez u once casos por año: es una enfermedad rara. El organismo que la causa, Leptospira Ictero-haemorrhagae, se alberga en las ratas y llega al hombre por medio de su orina, a través de la piel o del conducto alimentario. Es un riesgo profesional de los que trabajan en el alcantarillado. El período de incubación dura de siete a trece días; la enfermedad se inicia con fiebre elevada, dolores musculares, pérdida del apetito y vómitos. El estadio febril dura varios días antes de hacer su aparición la ictericia y el paciente queda en postración. La temperatura baja normalmente al cabo de diez días, pero tienden a darse recaídas. A menudo tratamos la enfermedad con penicilina y otros antibióticos, pero disponemos de un suero especial para ello. Lo malo es que raramente se diagnostica a tiempo como enfermedad de Weil para poderlo aplicar. Muy bien, ésta es la enfermedad que nosotros conocemos. Ahora bien, lo increíble es que en los dos casos de anoche todo el proceso tuvo lugar en un periodo de veinticuatro horas. —Hizo una pausa, como para impresionar—. Hay también otras diferencias.

Miró a Tunstall, pidiendo permiso en silencio para continuar. Tunstall asintió.

—La fiebre ataca al cabo de cinco o seis horas. La ictericia aparece inmediatamente. La víctima pierde rápidamente todos sus sentidos, la vista primero. El cuerpo entra en coma y lo sacuden de vez en cuando violentos espasmos. Entonces se produce algo realmente terrible. La piel, que ya está completamente amarilla, se pone tensa. A medida que se estira sobre la estructura ósea, se va adelgazando. Se convierte en un tejido fino. Finalmente empieza a desgarrarse. Aparecen grandes agujeros en todo el cuerpo. La pobre víctima muere de un modo terriblemente doloroso; nuestras drogas más patentes sólo consiguen proporcionar un ligero alivio.

Los tres callaron mientras aquella información trataba de introducirse en el entumecido cerebro de Harris.

—Pobre Keogh —dijo finalmente.

—Sí, y Dios salve a quien quiera que sea mordido de nuevo —dijo Tunstall, casi con impaciencia—. Ahora, antes de que sucedan otras cosas, hemos llamado a Ratkill. Es una buena compañía y muy discreta. Esta mañana están investigando el solar bombardeado y la casa de la mujer, y si usted puede decirnos dónde mordieron al chico, les diremos que investiguen también esa zona.

Harris les explicó la situación del viejo canal que Keogh había tomado como atajo.

—Si me dejan conducir a los desratizadores hasta allí, podré enseñarles el punto exacto.

—Sí —dijo Foskins—. Vamos a pasar ahora por el cementerio para ver qué consiguen. Puede venir con nosotros y luego puede acompañar a alguno de los chicos al canal.

—Tendré que llamar primero a la escuela.

—De acuerdo, pero no diga ni una sola palabra a nadie. Limítese a comunicarles que el hospital le necesita para ir a declarar. Cuando vuelva a la escuela, nos gustaría que preguntara a sus alumnos si han visto recientemente alguna rata y, en caso afirmativo, dónde. Además, si algo les ha mordido, lo que sea, que vayan directamente al hospital. Si puede hacerlo sin que se asusten, se lo agradeceremos.

—No creo que esto baste para asustar a mi pandilla —dijo sonriendo Harris.

—Creo que fue por aquí —dijo Harris a uno de los hombres de Ratkill que había podido llevarse del escenario caótico y espantoso del cementerio.

Él y el desratizador, un hombrecito tranquilo cuyo rostro apuntado, pensaba Harris, no se distinguiría mucho de los seres con cuya exterminación se ganaba la vida, estaban ahora enfrente de un alto muro de ladrillo.

—El canal está al otro lado —dijo Harris—. Si andamos un poco llegaremos a las barandillas, y a no ser que este cambiado, encontraremos algunas aberturas.

Mientras andaban, el hombrecito, cuyo nombre era Albert Ferris, abandonó parte de su reserva y de su ligera prevención por la profesión de Harris y empezó a conversar con el profesor.

—Piense que no había visto nunca nada como lo de esta mañana. Estoy en este baile desde hace quince años y no ‘había visto nunca nada igual. Sangre y trozos de cuerpos por todas partes. Horrible. Pero sin ninguna rata. Quiero decir sin ninguna rata muerta. Los pobres tipos no debieron ni enterarse de lo que estaba atacándolos. Probablemente aquel mejunje que se tragan los dejó roques, todos bien trompas. Pero podría imaginarse que por lo menos escaparía alguno con vida. O que conseguiría matar alguna rata. —Meneó la cabeza—. No acabo de entenderlo.

—No había oído nunca que las ratas atacaran a los hombres para comer —dijo Harris, para que su compañero continuara hablando. Estaba decidido a aprender todo lo posible sobre el tema. No sabía por qué, pero su inquietud le preocupaba más hondamente que la natural impresión ante aquella terrible tragedia.

—No, en general no atacan —contestó Ferris—. Por lo menos no lo hacen en nuestro país. Piense que las ratas son muy precavidas, mucho. Pueden vivir prácticamente de todo y ciertamente no irán a atacar para conseguir sólo carne. Cadáveres sí. Pueden comer cadáveres. Pero atacar a un hombre sólo para comérselo, no. Lo que más nos extrañó esta mañana fueron los rastros que encontramos. Deyecciones el doble de grandes que las de una rata normal. Las hemos enviado al laboratorio para que las analicen, pero lo que sugieren de entrada son ratas muy grandes. Y si ahora en Londres empieza a criar una colonia de ratas mayores de la cuenta, y ya sabe con qué rapidez crían, me parece que tendremos muchos problemas. Y si además atacan a la gente… —Volvió a sacudir la cabeza.

—De hecho, ¿con qué rapidez crían? —preguntó el profesor.

—La hembra puede tener de cinco a ocho camadas por año, con un número de cuatro a doce crías por camada. Los cabrones se las montan de nuevo un par de horas después. Prefiero no pensar en esas ratas grandes paseándose en manadas por aquí.

Tampoco Harris quería imaginárselo.

Llegaron a las barandillas y dieron con el agujero.

—Bueno —dijo Harris a Ferris—, ya sabe que sólo buscamos el rastro de esos animales. No tenemos interés en coger ninguno.

—No se preocupe, amigo. No voy a enfrentarme con ninguno.

Una vez satisfecho de que no partía en cruzada con el especialista, Harris inició la marcha por la abertura. Empezaron a retroceder lentamente hacia el punto de partida del muro, vigilando intensamente cualquier pequeño movimiento.

Ferris las vio primero. Estaba observando la otra orilla, buscando agujeros oscuros, grupos de deyecciones, cualquier cosa, cuando su mirada tropezó con tres objetos en movimiento por las turbias aguas. Sobre el agua marrón oscuro del canal podían verse tres cabezas pequeñas y negras que se deslizaban en dirección opuesta a la que ellos seguían.

—Mire —dijo señalándolas excitadamente—. Ahí van tres.

Harris miró en la dirección que Ferris señalaba. Vio al instante las tres formas negras, que en formación perfectamente triangular dejaban tras si una suave estela.

—Muy bien, sigámoslas. ¡Parece que saben hacia dónde van! —gritó Harris al pequeño exterminador de ratas, que le seguía con mucha dificultad.

De repente, los negros animales salieron del agua y se escurrieron hacia la orilla. Por primera vez los dos hombres pudieron observar el cuerpo entero.

—Dios mío, son enormes —exclamó Harris.

—Nunca vi ratas de ese tamaño —dijo Ferris boquiabierto—. De momento, mejor que nos mantengamos apartados, amigo. Es mejor, bueno, que no las excitemos.

—Tenemos que intentar seguirlas —dijo Harris firmemente—. Quizá nos conduzcan a su madriguera.

Mientras hablaba, la rata de cabeza se detuvo y volvió la cabeza hacia ellos. Las otras dos se pararon al instante e hicieron lo propio.

Harris no olvidaría nunca el horror que experimentó bajo la mirada de aquellos tres pares de ojos, duros y malignos. Más que por su tamaño o por la repulsión natural que inspiran aquellos bichos, se sintió paralizado al comprobar que no huían, ni trataban de ocultarse. No daban muestra alguna de pánico. Eran tres cuerpos inmóviles, que miraban con malevolencia a los dos hombres, como si ponderaran nadar hacia ellos o continuar su camino. Harris sabía que si aquellos sucios animales hacían cualquier gesto de dirigirse hacia ellos, no dudaría en huir con toda la velocidad de sus piernas. Cuando sintió la mano de Ferris apretándole el brazo, supuso que el desratizador pensaba lo mismo.

Pero las ratas se volvieron de repente y desaparecieron a través de un agujero en la vieja valla de madera que protegía aquel lado del canal del terreno público.

—Gracias a Dios que se fueron. —Ferris exhaló un profundo suspiro. Y cuando se hubo recuperado ligeramente—: ¿Qué hay al otro lado?

Harris pensó un momento, tratando de recordar la zona de los alrededores.

—Bueno, se trata de un solar abandonado, desde aquí puede verse la maleza, y luego hay… —Se rascó una mejilla concentrándose—. ¡Vaya! Hay pisos. Hay un bloque de pisos detrás del solar. Por fortuna, la mayoría de los chicos estarán en la escuela, aunque algunos quizá estén yendo a casa a esta hora para comer. Me imagino que las ratas se dirigen hacia los grandes recipientes de basura afectos a esos pisos. Por si acaso, vayamos rápido hacia allí.

Estaba a punto de emprender la marcha corriendo por la valla metálica de aquel lado del canal, cuando sus ojos captaron más movimientos en el agua. Vio un grupo mayor de formas negras deslizándose por el agua, pero esta vez procedentes de la dirección contraria a la que seguían las tres primeras. Pudo contar por lo menos siete animales antes de salir corriendo tras Ferris, cuya reacción ante el terrible grupo fue inmediata.

Mientras corría, Harris echó un vistazo hacia atrás y pudo ver que los cuerpos peludos y mojados se escurrían por el mismo agujero de la valla que habían utilizado los tres primeros.

Cuando los dos hombres llegaron temblando a la carretera, Harris detuvo un instante al pequeño desratizador.

—Oiga, llame a la policía —dijo mientras sus pulmones jadeaban por conseguir aire—. Que se pongan en contacto con su gente y que los manden aquí lo más rápido posible. Voy a dar la vuelta hasta los pisos, usted sígame cuando haya telefoneado. Hay un pequeño puente para la carretera no muy lejos de aquí, en aquella dirección, sígame lo más pronto que pueda, por amor de Dios. ¡No quiero enfrentarme sin ayuda con esa manada!

—Oiga, amigo, las ratas son mi oficio —replicó Ferris ferozmente—. Usted llama a la policía. Descubriré hacia dónde se dirigen y sabré cómo tratarlas cuando lo consiga. No soy ningún héroe, es cuestión de sentido común, ¿no le parece?

Sin esperar su respuesta el hombrecillo salió al trote.

«¿Por qué discutir?», pensó Harris mientras emprendía la búsqueda de una cabina telefónica.

Las ratas corrían entre la maleza, mientras se les unían nuevos grupos de la variedad más pequeña. Alcanzaron otra valla de madera que separaba los grupos municipales de viviendas del solar abandonado. Se deslizaron como un río por debajo de ella a través de sus múltiples agujeros y se dirigieron hacia los grandes depósitos de basura situados al pie de cada bloque de pisos. Comida y desechos de todo tipo caían allí a través de las conducciones que partían de cada piso y desembocaban en un gran cubo redondo, que era evacuado cada semana por el servicio municipal de basuras. Muchos animales domésticos eran enterrados así cuando su vida acababa por accidente o de vejez. Mondas de patata, cáscaras de huevo, comida podrida, papel; todo lo que cabía por el conducto se evacuaba de este modo y quedaba mezclado y descomponiéndose durante una semana antes de ser vertido y triturado en el camión de la basura. A fines de cada semana el hedor era ya insoportable y los inquilinos prohibían a sus hijos que se acercaran a las puertas putrefactas de los depósitos.

Era la primera ocasión en que un grupo grande de ratas visitaba el lugar durante el día. Normalmente había demasiados niños que reían, gritaban, se peleaban, hacían ruido por el puro placer de hacerlo, y mantenían así apartados a aquellos animales tímidos. La noche era su aliada.

Pero ahora se sentían más valientes. Tenían por jefes a las ratas mayores y más negras, de una nueva especie aparecida de repente entre ellas, que las dominaba e intimidaba, y les infundía al mismo tiempo un nuevo valor. O por lo menos un nuevo impulso.

Sin ser vistas de momento corrieron en fila india a lo largo de las paredes de los edificios hasta alcanzar un depósito donde muchas noches antes habían roído la madera hasta hacer agujeros en las puertas para que pudieran penetrar sus cuerpos siempre hambrientos. Pasaron apresuradas y se metieron en otros agujeros, también obra suya, situados bajo el gran cilindro de basura, alcanzando de este modo el mismo montón donde roían y comían todo lo masticable.

Las ratas grandes fueron las primeras en notar la presencia de la carne. Alguien había tirado el cuarto de carne de su fin de semana. Quizá se había pasado, quizá un marido cansado de broncas por no regresar de la taberna a tiempo para la comida dominical tiró todo el cuarto en un ataque de ira. Pero estaba allí y el deseo de carne de las ratas se hizo frenético.

Las ratas más pequeñas trataron de hacerse con ella, pero fueron muertas al instante y luego devoradas por sus superiores.

Ferris percibió los chillidos de las ratas pequeñas cuando pasaba corriendo al lado del depósito. Se detuvo, rígido, y escuchó intensamente, con su cara pequeña y puntiaguda vuelta hacia un lado. Lenta y muy silenciosamente caminó hacia las puertas, aparentemente sólidas. Luego descubrió de dónde procedía el ruido. El olor de alimentos podridos le convenció de lo peor. Vio los agujeros en la parte baja de las puertas y se arrodilló cuidadosamente. Escucho de nuevo. Se había hecho el silencio ahora. Inclinó con precaución la cabeza hacia el mayor de los negros agujeros y trató de sondear la oscuridad. Nada se movía. Ahora se apoyaba ya en las dos rodillas con su oreja derecha en contacto casi con el suelo.

Una rata grande salió contra él sin avisar y le mordió a fondo en la mejilla. Ferris lanzó un grito y cayó de espaldas, golpeando furiosamente al animal que tenía en la cara. Consiguió arrancarse con todas sus fuerzas a la rata, que le abrió un gran agujero en la mejilla, pero no pudo sostener aquel cuerpo poderoso y contorsionante que se echó de nuevo sobre él. Los otros roedores salieron como un río por los agujeros hacia el hombrecito, cuyos gritos poblaban ya de gente puertas y ventanas.

Cuando los inquilinos vieron aquella figura de bata blanca en el suelo, rodeada y cubierta de cuerpos negros y peludos, no podían comprender exactamente qué sucedía. Algunos, cuando se dieron cuenta, cerraron de golpe las puertas y las atrancaron con llave por alguna extraña razón, como si aquellos seres extraños pudiesen abrir cerraduras. Otros —la mayoría mujeres cuyos maridos estaban en el trabajo— gritaban o se desmayaban. Algunos que disponían de teléfono llamaron a la policía. Muchos se quedaron simplemente mirando, horrorizados y silenciosos. Una vieja jubilada, una mujer robusta pero activa, corrió hacia el lugar blandiendo una escoba por encima de la cabeza. Dio con ella pesadamente sobre los cuerpos más próximos, que eran las ratas más pequeñas en la parte exterior del círculo que rodeaba al hombre que luchaba por su vida. Cuando se dispersaron, una rata mayor paró de comer y dirigió una mirada amenazadora hacia ella.

El primer teléfono que Harris encontró había sido inutilizado por los gamberros. Supuso que las otras cabinas de la zona habrían sufrido idéntica suerte y decidió no perder más tiempo y probar en la tienda o bar más próximos. Encontró un estanco y pidió apresuradamente permiso al propietario para telefonear a la policía. El hombre se mostraba al principio algo reticente, pero la seriedad del profesor le convenció que la cosa era urgente.

Hecha la llamada y pasadas las direcciones, Harris dio las gracias al estanquero y salió corriendo de la tienda. Pronto alcanzó el lugar donde Ferris y él se habían separado y siguió la dirección emprendida por el pequeño exterminador. Atravesó el puente sobre el canal y se encontró con los bloques del Ayuntamiento. Oyó la conmoción segundos antes de llegar al terrible escenario. Mientras corría por los patios y doblaba una esquina vio a una vieja señora que blandía furiosamente una escoba en el aire mientras varias ratas grandes la arrastraban al suelo. Harris quedó petrificado hasta que los lastimeros gritos de auxilio le impulsaron hacia adelante, consciente en extremo de la enfermedad mortal que transmitían las mordeduras de las ratas, pero sabiendo que no podía quedarse parado mientras las ratas despedazaban a la vieja señora. Por fortuna para Harris un grupo de trabajadores de unas obras cercanas habían oído los gritos y estaban avanzando contra las ratas, armados con picos, palas o cualquier instrumento que pudieron recoger al salir corriendo.

De nuevo la gran rata que había observado a la vieja jubilada alzó la vista y estudió furtivamente al hombre que se le estaba aproximando. Las otras ratas mayores detuvieron también su frenético ataque.

Esto no intimidó a los trabajadores. Continuaron avanzando, gritando y meneando sus variadas armas.

De repente, como un solo cuerpo, las ratas dieron la vuelta y huyeron, abandonando a sus compañeras más pequeñas al ataque sin compasión de los enfurecidos hombres.

Harris se apoyó contra una pared cuando vio huir en su dirección a los animales. Pasaron escurriéndose por su lado, una de ellas incluso pasó encima de su zapato y le hizo estremecerse involuntariamente. Otra se detuvo ante él, le miró fríamente durante una fracción de segundo y emprendió de nuevo la marcha. Harris se desmayó casi de alivio cuando la última forma espeluznante desapareció bajo la valla del solar abandonado. Parecía que dos trabajadores fuesen a escalar la valla para detenerlas, pero Harris consiguió recuperar el habla a tiempo para pararlos.

Cuando volvieron atrás el profesor pudo dirigir la vista hacia la carnicería que habían causado las ratas. La anciana señora estaba en el suelo, su pecho sacudido por movimientos pronunciados e irregulares, cubierta de sangre, agarrando todavía débilmente la escoba. Sólo entonces descubrió Harris la bata rota y manchada de sangre del pequeño Ferris. Solamente el uniforme, casi irreconocible, con el emblema «Ratkill» sobre el pecho, le permitió comprender que se trataba del pequeño exterminador de ratas, porque aquel cuerpo desmoronado carecía ya de cara.

—Consigan una ambulancia, de prisa —dijo Harris débilmente a uno de los trabajadores, sabiendo sin embargo que ya era demasiado tarde para la anciana señora.

—Ya viene una hacia aquí —dijo acercándose uno de los vecinos. Los demás empezaron a emerger lentamente de sus hogares y caminaron indecisos hacia los cuerpos, vigilando atentamente la valla.

—¿Qué eran? —preguntó alguien.

—Eran ratas, desde luego —contestó otro.

—¿Ratas de ese tamaño? —continuó el primero.

—Tan grandes como perros.

—Vamos ya, persigámoslas —rezongó el trabajador que estuvo a punto de escalar la valla—. No podemos dejar que animales así estén sueltos por los alrededores.

—No —dijo Harris. No podía hablarles de la enfermedad fatal que transmitía aquella plaga, pero tenía que impedir que se enfrentaran con las ratas—. La policía está en camino y también los de la desratización; es mejor que lo hagan ellos.

—Mientras esperamos a la policía, los bichos habrán desaparecido. Yo voy allá. ¿Quién viene conmigo?

Harris le cogió por el brazo cuando empezaba a dirigirse hacia la valla. El otro dio media vuelta airadamente, pero ya dos coches de la policía entraban sonoramente en la finca y se detenían chirriando de frenos al lado del grupo de personas inmóviles.

Foskins salió del segundo coche y se fue directamente hacia Harris, sin que sus ojos se apartaran de las dos figuras que yacían en el suelo.

Mientras llegaba una camioneta de Ratkill, apartó a un lado al profesor para que la multitud, que aumentaba, no pudiese captar su conversación.

—Bien, señor Harris, ¿qué ha sucedido?

El profesor le contó brevemente lo sucedido. Se sentía lleno de compasión por aquel pequeño Ferris, de cara sonrosada, cuyo sentido del deber para con su trabajo le había conducido a una muerte prematura. El mismo Harris quizá estaría en el suelo si Ferris no hubiera insistido en seguir personalmente a las ratas.

—Vamos a enviar ahora mismo un equipo de investigación —dijo Foskins—. Pasarán la valla y bajarán por el canal. Enviaremos patrullas a lo largo del canal y acordonaremos toda la zona.

—Estos canales tienen kilómetros de longitud. ¿Cómo podrá acordonarlos? — Harris estaba ligeramente irritado por la voz autoritaria y tranquila de Foskins—. Y en todo caso, ¿cómo podrá acordonar todas las alcantarillas que pasan por debajo de esta zona?

—Esto, señor Harris —dijo Foskins fríamente—, es nuestro problema.