La invasión de las ratas
Capítulo 14
Judy se estaba bañando y disfrutaba de aquel cálido abrazo cuando oyó sonar el timbre del teléfono. La voz apagada de Harris pasaba respondiendo a través de la puerta entreabierta del cuarto de baño. Se preguntó indolentemente quién podía ser. Tras unos segundos de conversación unilateral oyó el clic del auricular al colgar y unos pasos que cruzaban la sala de estar hacia el cuarto de baño. Apareció Harris con una sonrisa irónica en el rostro.
—Era Foskins —dijo sentándose sobre la tapa del water.
—¿Un domingo por la mañana? Te estará echando de menos.
—En absoluto. Me acaba de despedir.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Mis servicios ya no son necesarios. «Le agradezco su ayuda extraordinariamente valiosa, amigo, pero ahora ya ha pasado lo peor y creo que no sería correcto continuar abusando de su precioso tiempo».
—El muy cabrón.
—No, no lo creas, no podía continuar así. Si he de ser sincero, se lo agradezco, porque en las últimas dos semanas me sentía muy poco útil.
—Sí, pero está el hecho de que te quite de encima cuando falta poco para el final.
—Bueno, ha demostrado que estaba en lo cierto, ¿no es verdad? Ya no me necesita para exhibirse: dispone para ello de todo el público. De todos modos, los chicos volverán dentro de unas semanas y habrá que emprender de nuevo la vieja rutina.
—Hum, supongo que sí —Judy se sumergió algo más en el agua—. Pero continúo creyendo que es un cabrón.
Harris rió y le echó agua suavemente por la cara.
—Nos ha invitado a una «pequeña reunión social» el próximo martes por la noche.
—¿Qué? —Judy se sentó de nuevo—. ¡No lo creo!
—Sabe que es un cerdo y no se lo acaba de tragar. Probablemente ésta sea su debilidad, que es sólo medio cabrón. —Mojó su mano en el agua jabonosa y recorrió con el dedo el muslo de Judy—. Me está dando la patada pero todavía desea que le quiera.
—Sí, claro. ¿Y tú qué?
—En realidad no creo que tenga importancia. En cierto modo me sabe mal por él, pero nuestro pequeño comité no me preocupa ni en un sentido ni en el otro: estoy contento de irme. Ahora lo peor ha pasado y tengo cosas más importantes en que ocuparme. —Acarició los muslos de Judy por dentro, mientras las piernas se abrían ligeramente para dejarle paso.
—¿Y acudiremos a esa pequeña reunión social?
—¿Por qué no? Así tendremos ocupada una noche.
Judy emitió un murmullo suave de apreciación cuando la mano alcanzó lo alto de sus piernas.
—¿Qué harás hasta que abran de nuevo la escuela? —preguntó.
Harris dio pequeños tirones al pequeño revoltijo de pelo púbico, casi preocupado por sus propios pensamientos.
—Quizá me dé una vuelta por la zona; miraré cómo limpian el barrio. Quizá incluso me decida a pintar.
—Yo podría conseguir unos días de vacaciones.
—¿Tía Hazel?
—Sí, por favor.
Empezó a revolverse en el agua y Harris se preguntó si aquel «Sí, por favor» era una respuesta afirmativa o lo decía para animar a sus inquisitivos dedos.
—Harris —dijo.
—¿Sí?
—Creo que te toca bañarte.
Empezó a desabrocharse la camisa.
Foskins los recibió efusivamente cuando llegaron a su casa, el martes siguiente.
—Hola, viejo amigo. Ah, usted debe de ser Judy. Entren, por favor.
«Medio colocado ya», pensó Harris, mientras su mirada se cruzaba con la de Judy y ella le guiñaba un ojo como respuesta.
—La mayoría de los invitados han llegado ya —dijo Foskins con una voz algo fuerte—. El cuarto de baño está arriba, a la izquierda; el dormitorio, a la derecha.
Judy desapareció escaleras arriba para retocar su maquillaje y Harris siguió a Foskins hasta una habitación llena de gente conversando. Vio a Howard entre un grupo, con el rostro congestionado por la gloria de los acontecimientos de la anterior semana.
—Hola, Harris —gritó meneando una mano, y el vaso que sostenía derramó parte de su contenido sobre una chica que estaba a su lado—. Ven y te presentaré a todo el mundo.
Harris fue hacia allí conducido por el brazo por Foskins, quien tomó al vuelo un whisky de la bandeja llena de licores que sostenía un camarero. Howard le presentó a su grupo con un aire de camaradería que no había demostrado nunca en su relación laboral.
—Oh, usted es el profesor que salvó a todos aquellos niños en la escuela, ¿no es cierto? —dijo excitada la chica que estaba al lado de Howard.
—Con la ayuda de casi toda la policía y los bomberos de Londres —sonrió Harris.
—Vamos, amigo, no hay que ser modesto —dijo Foskins agarrando al profesor por el hombro y sacudiéndolo cordialmente.
—Fiona adora a los héroes —dijo Howard riendo mientras ponía un brazo posesivo alrededor de su talle.
—Venga, venga, tengo que presentarle a todo el mundo.
Foskins lo arrastró fuera del grupo. Judy se les unió mientras daban la vuelta a la habitación, sonriendo, apretando manos y recibiendo felicitaciones. Tras su tercer whisky, la actitud de Harris hacia el subsecretario empezó a dulcificarse al verle reír, tomar el pelo a sus colegas ministros y aceptar sus alabanzas con modestia burlona primero o con hábil chulería después. Luego descubrió a Howard, de pie y a un lado, que miraba ferozmente a Foskins y hacía caso omiso de la charla de Fiona.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por Judy, quien cuchicheó a su oído:
—Así, pues, éste es el gran equipo.
—Podía haber sido peor —dijo, devolviéndole la sonrisa—. Por lo menos las botellas no paran.
—No hay duda de que Foskins está nadando en la gloria.
—Desde luego. ¿Para qué creías que servía la fiesta? No se lo puedes reprochar.
—Harris, te encuentro muy complaciente para un inconformista como tú.
Se echó a reír, la cogió por el hombro y la acercó hacia sí.
—De acuerdo, cometió un error, pero pronto lo corrigió.
—¡Sí, con tu ayuda y la de todos los demás! —dijo Judy, indignada.
—¡Tiene toda la razón, Harris! —Howard, tras cruzar la habitación, se les había unido, con Fiona siguiéndole los talones—. Está muy ocupado asumiendo toda la gloria, muy modestamente, es cierto; pero en definitiva fue mi idea.
—Sí —remachó Fiona jadeando.
—Por cierto —añadió Howard maliciosamente—, lo siento, pero me he enterado que usted ya no forma parte del equipo.
Harris sonrió al investigador, negándose a seguir el juego.
—¿Qué importa? De todos modos la cosa se está acabando —dijo mientras miraba a su alrededor para localizar al camarero y su bandeja.
—Sí, y todos volveremos a nuestros pequeños y oscuros empleos, mientras que él…
—Oiga, si no le gusta no me lo diga a mí, explíqueselo a él. —Harris agarró hábilmente un whisky de la bandeja volante.
—Cierto —dijo Howard—. ¡Desde luego que lo haré! —y se dirigió hacia Foskins.
—Harris, eres malo —sermoneó Judy al sonriente profesor.
—Oh, Dios mío, va a hacer una escena —gimió Fiona.
En el momento en que Howard alcanzaba al jovial Foskins, se oyó sonar el teléfono del hall, el subsecretario se excusó de su grupo dejando al investigador con la boca abierta y los pies clavados en el suelo.
Harris reprimió su hilaridad cuando vio al investigador recuperar sus sentidos y salir dando zancadas en pos de Foskins.
Dos minutos después Howard entró de nuevo en la habitación con el rostro demudado. Se reunió con ellos y sacudió lentamente la cabeza con una mirada de incredulidad en el rostro.
—Querido, ¿qué ha sucedido, qué ha pasado? —preguntó ansiosamente Fiona.
Los miró a todos, uno tras otro, sin alcanzar a distinguir sus rostros.
—Esa llamada —empezó a decir— era de nuestra sala de operaciones.
Esperaron en impaciente silencio.
—Se ha producido otro ataque. Otra matanza… en el norte de Londres.