La isla del dragón
Capítulo 7
Él se esforzó todo lo que pudo. El ligero resplandor hostil que llegaba desde fuera de la ventana seguía distrayéndolo, sin embargo, aun cuando cerraba los ojos. Todo lo que conseguía ver era su rostro, transformado por su mente en una máscara de marfil tallado, hermosa pero en cierta forma inhumana, mientras sus ojos se volvían lentamente hostiles, como si se hubiesen entrecerrado contra su mirada penetrante.
—Nombre a la que tiene en la mente —le urgió ella por fin—. Acertará.
—¿Es… una estrella? —preguntó él desesperadamente, adivinando.
—¿Es… acaso una cruz?
Ella volvió a bajar una carta y él siguió adivinando al azar. No tenía esperanzas de ser aprobado. Ni siquiera debería haberlo intentado, porque el éxito lo marcaría para los verdugos de Gellian. Sin embargo, a pesar de sí mismo, lo que más le asustaba era el fracaso. Y aunque temía que el miedo mismo le hiciera equivocarse, no pudo detener el sudor ansioso que le enfriaba la frente y que le ponía pegajosas las manos, ni tampoco consiguió evadirse de ese despiadado reflejo pálido del cielo gris exterior.
—¿Por qué se angustia tanto? —preguntó ella. Se levantó cuando terminó la serie, meneando la cabeza para reprocharle su nerviosismo—. ¿Por qué no fuma mientras estudio los resultados?
Él no acostumbraba a fumar, porque trabajaba mucho en laboratorios esterilizados, donde la nicotina estaba prohibida, pero buscó un cigarrillo y se lo llevó nerviosamente a la boca, hasta que la oyó mezclar nuevamente las cartas.
—¿Cuál fue el resultado? —preguntó roncamente.
—Bastante bueno —contestó ella, pero en su voz hubo un tono desilusionado—. Repetiremos la prueba.
Él volvió a intentarlo, pero no encontraba sinceridad en sus descabelladas adivinanzas. Y vio la preocupación del rostro bronceado de ella cuando se levantó nuevamente, con su vaga sonrisa forzada.
—Lo lamento inmensamente, doctor Belfast —dijo, y él captó la fría formalidad que había aparecido en su voz—. Estaba segura de que aprobaría el test, y no entiendo su fracaso.
—Hice lo posible —afirmó él. Esa cruel luminosidad se hizo súbitamente más intensa en el cuarto, convirtiendo a la joven en algo pálido y severo. Sabía que ella se disponía a desalojarlo de aquel extraño refugio—. Quizá me esforcé demasiado. — Una inexplicable alarma estremeció su voz—. Por favor, no me rechace sin otra prueba.
—Sería inútil —murmuró ella con voz remota, y meneó la cabeza cansadamente —. A menos que su capacidad psíquica haya sido turbada por alguna conmoción emocional. —Sus ojos celestes se hicieron penetrantes, y algo apagó su voz—. ¿Vio al hombre que mencioné? —susurró súbitamente—. ¿John Gellian?
Él enfrentó su mirada, y esperando su reacción, asintió lentamente.
—Me encontró en el vestíbulo de mi hotel, una hora después de que usted me llamara. Me llevó a su oficina, me contó una historia y me ofreció un trabajo.
Su cuerpo bronceado pareció petrificarse. Sus ojos fríos como el resplandor exterior volvieron a estudiarlo antes de inquirir:
—¿Lo aceptó?
—Todavía no —contestó él, con un extraño alivio al descubrir que su percepción de mutante no le informaba todo…, si ella era una mutante. Dane se serenó un poco —. Lo que me contó era demasiado importante para asimilarlo en una sola entrevista —agregó—. Lo pensaré hasta las ocho de la mañana.
—¿Le dijo que yo soy algo extraño? —susurró débilmente—. ¿Algo… monstruoso?
—Habló de mutaciones genéticas —confesó Dane nerviosamente—. Una historia extraña. No sé qué pensar…
—¡No le crea! —exclamó ella, y el hielo de su voz se derritió con una cálida vehemencia—. Conozco ese horrible relato, y no es cierto. Ese hombre está enfermo. Tiene esos monstruosos desvaríos. Lo convierten en un ser peligroso…, tanto para usted como para mí.
De pronto ella se sentó sobre el borde de la mesita que sostenía la pantalla, como si sus emociones la hubiesen debilitado. Súbitamente sus grandes ojos parecieron demasiado inocentes.
—No me extraña que haya fracasado en los tests…, si creyó en las absurdas mentiras de Gellian —exclamó ella, y le sonrió, con un ligero alivio—. Confíe en mí, Dane. Pregúnteme cualquier cosa que desee saber.
—Muy bien —asintió él, y se inclinó un poco hacia delante, contemplándola ansiosamente—. Explíqueme quién es usted.
—Nadie que pueda despertar interés —contestó ella secamente, y volvió a alejarse—. Simplemente una mujer que se dedica a los negocios.
—Yo… quiero conocerla, Nan —murmuró él, y una oleada de emoción rompió su propia reserva, un impulso urgente que él no entendía con claridad, y que quizás había nacido de aquella sensación de seguridad y de su temor a perderla—. Por favor, hábleme de usted. Imagine que yo estoy llenando su ficha azul.
—Si lo desea así —respondió ella, y su boca roja sonreía vagamente, pero sus ojos se mantuvieron velados y distantes—. Mi padre era ingeniero de minas y mi madre una maestra que él conoció en Montana. Nací en Anaconda. Ahora él está retirado, y viven en una granja de medio acre cerca de San Diego.
—¿Y… usted?
—No soy nada extraordinaria —contestó ella, encogiéndose de hombros—. Viví en aburridas ciudades mineras, donde trabajaba mi padre. Fui al colegio. Hubo dos o tres hombres que creyeron que me amaban. Algunos empleos sin importancia. Incluyendo éste…
—Pero éste tiene importancia —protestó Dane instantáneamente—. Si está dispuesta a decir la verdad, quiero saber algo acerca del Servicio Sanderson.
—Lo lamento —manifestó ella secamente—. No estoy autorizada para discutir nuestro servicio con personas no aprobadas.
—Sin embargo, sé algo acerca de él —dijo Dane—. Gellian me explicó que se dedican a buscar y a ayudar a otros no-hombres. —La estudió detenidamente—. ¿Éste es el servicio que prestan?
—¡Gellian se equivoca! —exclamó ella, con voz amarga y vehemente—. Su imaginación enfermiza ha deformado los hechos hasta convertirlos en una horrible mentira. Pero comprendo que debo explicarle algo.
—Creo que será lo mejor.
—¿No lo repetirá? —inquirió ella, dirigiéndole una mirada implorante—. ¿Ni siquiera a Gellian? ¡Especialmente no se lo cuente a él!
—Muy bien —asintió él lentamente—. Cuente con mi palabra.
Ella le hizo una seña para que le siguiera. Volvieron a la oficina y Nan se sentó cansadamente. Sin mirarlo, se inclinó distraídamente hacia delante para enderezar el tintero, el calendario y el reloj y luego limpió mecánicamente una partícula invisible de polvo.
—¿Y bien? —preguntó él, esperando impaciente, de pie ante el escritorio.
—Usted verá. Yo también soy especialista en genética —dijo ella finalmente—. Estoy contribuyendo a realizar un sensacional experimento con la genética humana. Este servicio forma parte de él.
—¿Cuál es su objetivo?
—Rescatar a la raza humana de la civilización.
Él esperó a que continuara, intrigado.
—Creemos que la civilización moderna, al albergar a los inadaptados, ha detenido el progreso del individuo. Quizás incluso lo ha hecho retroceder. Nosotros tratamos de remplazar las precauciones que no tomó la naturaleza. Queremos desarrollar un tipo humano mejorado, por medio de un proceso de inteligente selección artificial.
—¿El proceso de Kendrew? —susurró Dane roncamente—. ¿La mecánica genética?
—¿Kendrew? —repitió ella, y sus ojos se dilataron inocentemente—. No, nuestro proceso no consiste en la mecánica genética. Usamos el mismo método sencillo que los hombres emplearon siempre para mejorar cualquier raza. Seleccionamos individuos con rasgos adecuados y los unimos para que se casen y se reproduzcan. — Sus largos dedos volvieron a mover el tintero, sin dirección—. Entre los genes que exigimos —agregó finalmente—, están los de la capacidad metapsíquica.
—¿Y usted resultó aprobada?
Ella titubeó. Por un momento a él le pareció que su rostro tenía una expresión melancólica, pero entonces giró rápidamente la cabeza hacia el despiadado resplandor que llegaba desde fuera. Esto borró todo sentimiento de sus rasgos, dejándolos impasibles y fríos.
—Resulté aprobada —respondió ella con voz débil.
—Entiendo —murmuró Dane. Y entonces, casi convencido, cedió a un impulso súbito y preocupado—. En un tiempo hubo una chiquilla que dijo que yo no podía jugar con ella porque no todos mis genes eran blancos. —Se rió ásperamente, sin saber con certeza por qué lo hacía—. Usted no puede cambiar los genes.
—Es cierto —contestó ella. Se levantó rápidamente, encaminándose hacia la puerta—. Me alegro de que lo entienda, y estoy convencida de que respetará su promesa. Adiós, doctor Belfast.
—Espere —dijo él, manteniéndose tercamente en su posición—. ¿No me brindará otra oportunidad?
—Pensaba dársela —respondió ella, y sus ojos melancólicos volvieron a posarse sobre él—. Pero ahora comprendo que usted no nos servirá. Por favor, disculpe mi error. Y váyase… ¡antes de que corra más peligro!
—¿Por parte de Gellian?
—Por parte de todas las personas que no piensan y que no participan en nuestro experimento. —La ansiedad le hizo levantar la voz—. Por parte de las personas que creen erróneamente que estamos violando la ética cristiana y la filosofía democrática de que todos los hombres son hermanos. ¿Entiende?
—Entiendo —asintió él, estudiando su pálida angustia—. ¿Gellian no es más que un abanderado de la vieja raza, celoso y resentido de la generación superior que ustedes están creando?
—Si desea expresarlo así… Ése es el peligro. El motivo por el cual debe irse ahora, y no tratar de visitarme nunca más.
Él asintió cuidadosamente, procurando no demostrar que había descubierto su mentira. No lo había engañado. Su historia acerca del vasto experimento aplicado a la genética humana había sido planeada con bastante habilidad para convencer a otro genetista. Con la organización adecuada, con los fondos y una dirección entusiasta para trabajar en silencio a través de varias generaciones, el hombre podría convertirse en un superhombre, sin la necesidad de un proceso de transformación genética.
Su historia era muy plausible. Pero seguía siendo falsa.
Cualquier experimento de ese tipo, desarrollándose como correspondía a través de siglos, requeriría una absoluta discreción para proteger de hombres hostiles como Gellian sus archivos y su personal y sus sujetos seleccionados. Si ese relato era cierto, no podía ser contado a un extraño.
Tambaleante después de esta consideración, su débil convicción fue barrida por completo cuando pensó en el árbol metálico, que debía de haber sido hallado en uno de los refugios de los no-hombres. Quizás ella todavía creía que Gellian no había descubierto nada extraordinario debajo del disfraz festivo, o que no había relacionado la planta con los hombres mutantes.
Varias generaciones de acoplamiento selectivo producirían indudablemente una raza humana superior. Incluso las facultades psíquicas podrían ser ampliamente aumentadas, suponiendo que los genes de las mismas existiesen pero estuviesen latentes. Pero una nueva creación tal como la del árbol de Navidad, de aspecto inofensivo, requería un millón de generaciones de mutaciones naturales y de selecciones artificiales. Sin embargo, no había sido obtenido por este método, y desmentía su argumento por completo.
Ella había abierto la puerta, esperando que él saliese. Dane seguía indeciso y sin deseos de abandonar el santuario antes de haber averiguado qué era lo que lo dotaba de aquellas cualidades protectoras, y se detuvo para mirar esperanzado. Todo lo que vio fue el resplandor de afuera sobre su rostro tostado, un brillo extraño y cruel, más inexplicable que nunca.
—Adiós, Dane —dijo ella con voz contenida y tensa—. Será mejor que se vaya.
Él siguió titubeando. Súbitamente la compadeció, como consecuencia de su mentira patética. Porque ésta demostraba claramente los limites de la débil capacidad psíquica que ella poseía y porque parecía una endeble defensa contra los asesinos de Gellian y el odio que resplandecía afuera.
—¿Puedo volver a verla? —imploró él impulsivamente—. ¿Esta noche? ¿Mañana? ¿Podremos intentar nuevamente el test?
—Carece de las condiciones necesarias —respondió, y por debajo de esa hostilidad reflejada, ella se había retirado incluso fuera del alcance de su compasión —. Su fracaso es definitivo —agregó secamente—. Y mi tiempo es limitado.
El de él también. A las ocho de la mañana tendría que unirse a sus cazadores, o resignarse a ser cazado junto con ella. En las pocas horas que todavía le quedaban libres tendría que entrevistarse con Messenger y resolver muchos enigmas, y debería tomar esa difícil resolución. Salió con paso rígido, impulsado por una urgencia aplastante, y la oyó correr el cerrojo detrás de él.