La isla del dragón
Capítulo 13
Alguien lo estaba sacudiendo.
—¡Despierte! —Era una muchacha, inclinada ansiosamente sobre él—. ¿No puede despertarse ahora?
Era encantadora, vestida de azul, con una cabellera rojiza y brazos bronceados, pero él no la reconoció. No reconocía tampoco aquella oficina mal iluminada. La cabeza le dolió intolerablemente cuando trató de levantarla, y el brazo derecho le palpitaba, y no podía despertarse.
—¿Quién es usted? —preguntaba ella, sacudiéndolo sin compasión—. ¿Cómo se llama?
El no recordaba absolutamente nada, pero estaba demasiado amodorrado para contestar, o aun para menear la cabeza. Finalmente ella interrumpió las sacudidas para meter un termómetro frío debajo de su lengua. Le pinchó el dedo con una pequeña aguja dolorosa para sacar un poco de sangre, e incluso le levantó los párpados con un pulgar diestro y frío, para examinar sus ojos con un delgado rayo de luz. La luz le lastimaba, pero él seguía sin poder despertarse.
Más tarde, un teléfono sonó junto a su cabeza. Todavía demasiado aturdido para moverse, oyó los pasos rápidos de la muchacha, y su voz baja.
—No, todavía estoy esperando —manifestó ella—. Puse en las maletas lo que podemos llevar, y destruí lo que podría causarnos daño. Estoy preparada para partir, apenas nuestro visitante esté en condiciones.
La respuesta fue demasiado apagada para que él la oyese.
—La acostumbrada reacción satisfactoria a la inyección a presión —dijo la muchacha rápidamente—. Cayó antes de saber qué lo había alcanzado. El pulso está todavía acelerado y la temperatura es elevada. En estos momentos es una página en blanco.
Él se preguntó vagamente cuál era el significado de sus palabras, pero no conseguía recordar nada. Se sentía demasiado pesado para moverse, demasiado aturdido incluso para preguntar quién era él o qué le había ocurrido, y siguió escuchando.
—Dos horas, probablemente —informó la muchacha por el auricular—. Todavía está sin conocimiento. Aún no podemos moverlo, sin riesgo de dañar más su cerebro. Será mejor que me quede a su lado, hasta que ceda la fiebre.
Se sintió débilmente agradecido, porque su cabeza todavía parecía a punto de estallar.
—¿Dejarlo aquí? —Ella levantó rápidamente la voz—. Vale el riesgo que corremos. Y nada lo salvaría si ellos lo encontrasen.
Se preguntó vagamente quiénes eran «ellos», y por qué nada lo salvaría.
—¿Un allanamiento? —exclamó ella, con un tono temeroso en la voz—. ¿A las cuatro? No, no lo sé. Esta noche estoy demasiado cansada para ver tan lejos.
La otra voz murmuró algo en el aparato.
—Pero no podemos abandonarlo —insistió ella, con una fría decisión—. Tenemos demasiada necesidad de él, con su mente ilesa. Tengo miedo de trasladarlo, pero creo que podré retrasar el allanamiento.
Le pareció que la otra voz protestaba.
—Saldré ahora para distraerlos —afirmó la muchacha tenazmente—. Si tengo éxito, volveré dentro de dos horas para buscar a nuestro nuevo recluta. Podremos llegar a su casa a las cinco…, si es que conseguimos llegar.
Colgó el auricular. Él volvió a sentir el termómetro en la boca, y el ardor de una compresa fría sobre un punto doloroso de su brazo hinchado. Entonces sus pasos rápidos se alejaron. Una puerta se abrió y se cerró, y ella desapareció. Se preguntó vagamente a quién había pertenecido la otra voz y volvió a dormirse.
Lo que le despertó fue una sensación de alarma. Lo hizo ponerse de pie; aturdido y tembloroso. El movimiento le hizo que le doliera la cabeza y lo dejó mareado. Se apoyó débilmente contra el escritorio de la oficina, con las manos levantadas hasta sus sienes palpitantes, tratando de recordar algo.
Había estado acostado sobre el piso, con una manta extendida sobre el cuerpo y su saco doblado debajo de la cabeza. Pensó que debía de haber recibido una herida, pero no encontró ninguna lesión, exceptuando una pequeña hinchazón descolorida en el antebrazo derecho. La manga de su camisa estaba enrollada más arriba de ella, y ese punto había sido tratado con un antiséptico oscuro.
Miró torpemente a su alrededor, pero no reconoció el escritorio ni el archivador metálico ni la puerta que estaba más allá. Todo lo que sabía era que flotaba un peligro mortal, que él no necesitaba recordar, porque era una polvorienta acritud que impregnaba la atmósfera, y un resplandor frío sobre las paredes anónimas, y una urgente presión helada en la parte posterior de su cabeza.
Se puso el traje, temblando. Impulsado por estas sensaciones de alarma, pasó de puntillas por la puerta hasta el recibidor, que le resultó igualmente desconocido y peligroso. Cruzó por otra puerta, y salió a un pasillo oscuro.
Aun en la penumbra, el frío resplandor de algo que no era una luz le mostró la escalera. Corrió hacia abajo, piso tras piso, lo más silenciosamente posible, hasta que por fin llegó a una puerta cerrada. Estiró la mano para probar el picaporte, y una nueva sacudida de alarma le paralizó el brazo palpitante.
Retrocedió confundido, con la garganta cerrada y tembloroso. Oyó fuertes pisadas del otro lado de la puerta, y voces cautelosamente bajas, y los ruidos apagados de las armas al ser cargadas. Esos ruidos pasaron de largo, y el peligro que acechaba atrás lo aguijoneó a probar nuevamente el picaporte.
Salió por la puerta a un pasillo más ancho. Corrió silenciosamente por él hacia la luz grisácea de la calle, hasta que fue detenido una vez más por la sensación de peligro. Esa fuerza fría lo mantuvo aplastado contra una puerta cerrada, mientras los hombres con rifles automáticos cortos entraban desde la calle y pasaban corriendo agazapados frente a él, para pasar por la puerta de la escalera, por donde él acababa de salir.
La zarpa helada de la alarma lo dejó nuevamente en libertad, cuando los dos hombres armados desaparecieron, y él salió corriendo a la calle. Se encontró en un pasaje oscuro, y las luces lejanas estaban veladas por la lluvia. Tuvo miedo de correr, y empezó a caminar rápidamente junto a los coches estacionados frente a la puerta, en dirección a la esquina más próxima.
No oyó ningún ruido de alarma ni de persecución a sus espaldas, pero comprendió súbitamente que aquellos hombres armados habían llegado a la oficina y habían descubierto su desaparición. Una reverberación preventiva repercutió en su cerebro y el hedor amargo del odio estalló a su alrededor, y todo el edificio se iluminó con un resplandor oscuro.
Entonces huyó de aquello, corriendo frenéticamente.
Las sensaciones de peligro se disiparon lentamente, mientras él corría. El olor alarmante desapareció del aire a medida que él jadeaba, y el reflejo oscuro se atenuó detrás de él, y la reverberación que lo había aguijoneado también cesó. Estaba caminando por la vereda desierta, a tres manzanas del edificio, temblando por efecto de la fina lluvia, cuando fue iluminado súbitamente desde atrás por los faros de un coche.
Estuvo a punto de echar a correr nuevamente. Sin embargo, este brillo pertenecía únicamente a una luz, y no sintió más frío que el de la lluvia. Se contuvo para no huir, incluso cuando el auto se detuvo junto a la acera.
—Hola —dijo desde el volante la muchacha de la oficina.
Se inclinó rápidamente para abrirle la portezuela del coche. Bajo la luminosidad tenue del tablero de instrumentos, él alcanzó a ver el color rojizo de su cabello, y los cálidos tonos marfilinos de su rostro delgado.
—Soy Nan Sanderson —murmuró la muchacha—. Vengo para ayudarle a huir.
Algo le hizo titubear. Sin embargo, el resplandor de su rostro era producido únicamente por la luz, y él no percibió ninguna sensación de peligro. Algo convertía al coche en una especie de refugio. Se instaló agradecido junto a la muchacha.
Al principio ella condujo velozmente bajo la lluvia, mirando nerviosamente por el espejo retrovisor las calles oscuras que quedaban atrás, y frunciendo a veces el ceño al mirar el reloj del tablero, cuyas manecillas marcaban las cinco. Cuando él estornudó, ella puso en funcionamiento la calefacción del auto, pero no le prestó ninguna otra atención.
Helado y empapado, recibió con gusto la bocanada de aire cálido, y contempló soñolientamente a su compañera. Ella le gustaba, y él se sentía a salvo a su lado. El peligro del que había huido estaba ahogado en la impenetrable oscuridad que había quedado atrás, y nada indicaba que los estuviesen persiguiendo.
Sin embargo, en una ocasión ella estacionó en un callejón angosto, apagó las luces y esperó allí, estudiando nerviosamente el reloj. Después de lo que pareció un largo rato, un coche policial pasó velozmente siguiendo el mismo rumbo que habían llevado ellos, haciendo ulular la sirena y parpadear el faro rojo.
Salió del callejón dando marcha atrás cuando el patrullero hubo desaparecido, y siguió el viaje más lentamente. Ya había amanecido en medio de la lluvia cuando los detuvo una garita de peaje, al final de un largo puente. Ella sacó el dinero de una pequeña cartera de plástico de color azul, y cuando siguieron la marcha no volvió a mirar el espejo retrovisor. Le sonrió a su acompañante como si su temor hubiese quedado del otro lado del río.
—¡Lo hicimos! —exclamó ella, con una tibieza cordial en la voz que lo conquistó —. ¿Ahora supongo que querrá saber hacia dónde vamos?
—Supongo… lo mismo —respondió él, y eso fue lo único que dijo, porque las palabras, lo mismo que todo lo demás, resultaban curiosamente difíciles de recordar.
En realidad no le importaba adónde iban. Estaba junto a ella, y había dejado atrás ese descolorido resplandor de hostilidad.
—Nos dirigimos hacia la residencia del señor Messenger en Long Island — informó ella—. ¿No lo recuerda?
Él meneó torpemente la cabeza.
—¿Ni siquiera recuerda su propio nombre?
No recordaba nada. Ni siquiera quería intentarlo, porque el esfuerzo hacía que le doliera la cabeza. Todo lo que le importaba era el momento presente, y la cálida presencia de la muchacha. No quería que este viaje con ella terminase.
—Fallon —murmuró ella, y su agradable sonrisa aumentó la satisfacción de él—. Usted es el doctor Donovan Fallon.
—¿Fallon? —repitió él. Las sílabas le resultaban duramente desconocidas pero ahora todas las palabras subían torpemente a sus labios. Lo repitió cuidadosamente —: Doctor Donovan Fallon.
—Ahora, Don Fallon, ¿le gustaría aceptar un empleo?
—No lo sé —murmuró él. El futuro resultaba tan vacío como el pasado—. No sé… nada.
—Usted necesita un empleo —afirmó ella, con una expresión preocupada—. Ha estado enfermo, y ahora corre un grave riesgo. No tiene familia. Ni amigos. Ni dinero. Pero el señor Messenger podrá ayudarle, si usted acepta trabajar para él.
—¿De qué empleo se trata? —preguntó él, mirando sus manos y flexionándolas dubitativamente—. No recuerdo… lo que hice en mi vida.
—No se preocupe por eso —contestó ella, y su cálida sonrisa derritió su fría incertidumbre—. Una parte de su memoria fue destruida definitivamente por esa enfermedad…, una extraña variedad de encefalitis. Tendrá que empezar nuevamente. Pero su capacidad intelectual no resultó dañada. Y la lesión en la memoria no es nunca muy profunda, de modo que probablemente podrá aprender de nuevo y con rapidez la mayor parte de las cosas que sabía.
Él contestó a su sonrisa, esforzándose por seguir su razonamiento.
—De todos modos —agregó ella—, el señor Messenger comprenderá sus dificultades. Su hobby, como usted verá, consiste en ayudar a las personas afectadas por esta encefalitis, porque cree que el virus fue importado accidentalmente por su propia compañía. —Su sonrisa se ensanchó cordialmente—. El señor Messenger le resultará muy simpático.
Él asintió agradecido, pero una intranquilidad latente le hizo preguntar:
—¿Cuál es el riesgo que corro?
—Usted es un especialista en genética —explicó ella, y sus ojos azules abandonaron el camino para mirarle, llenos de turbada inocencia—. Estaba trabajando con ese virus de la encefalitis, tratando de identificarlo como una mutación reciente, cuando tuvo un accidente en el laboratorio. Una joven ayudante se infectó al mismo tiempo que usted. Murió. Ahora lo acusan de asesinato.
—¿Asesinato? —exclamó él, y la miró inexpresivamente—. ¿Y el señor Messenger puede sacarme de ese lío?
—Lo llevará a Nueva Guinea —contestó ella—. Viajaremos allá para hacernos cargo de un importante trabajo de laboratorio para la compañía. El señor Messenger quiere que cuando usted haya recuperado sus conocimientos y su capacidad, se convierta en el técnico de su laboratorio.
—Pero si todo se debió al accidente, ¿por qué debo huir?
—Porque la muchacha estaba embarazada. La policía sospecha que había sido objeto involuntario de experimentos ilegales sobre genética humana. Creen que usted le inyectó deliberadamente una dosis mortal del virus, para ocultarlo, y que se aplicó una dosis menor usted mismo, para desviar las sospechas.
—Pero…, no hice eso, ¿verdad? —inquirió él, mirándola ansiosamente—. ¿Verdad?
—Usted es inocente —afirmó ella, y su serena sonrisa le tranquilizó—. Pero estas acusaciones despiertan grandes enconos, y las autoridades tienen pruebas circunstanciales suficientes para enviarlo a la silla eléctrica. No podríamos ayudarlo en los tribunales, y evidentemente usted no podrá declarar en defensa propia.
Él hurgó en el vacío de su mente, y no encontró nada que lo orientase.
—Pero en Nueva Guinea estará a salvo —dijo ella, sin dejar de sonreír, aunque su mirada a hurtadillas fue enigmáticamente ansiosa—. Siempre… que usted desee venir con nosotros.
—¿De modo que usted también irá?
—Sí —asintió ella. Soy la secretaria del señor Messenger.
Esto lo decidió. Su nueva vida no había cumplido todavía dos horas, y ella era todavía el centro de la misma. Se instaló cómodamente en el asiento, satisfecho de acompañarla a cualquier lugar.
—Quiero ir —manifestó—. Siempre que podamos escapar.