La isla del dragón

Jack Williamson · Capítulo 24 de 30

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La isla del dragón

Capítulo 23

Desde la puerta del laboratorio, Dane vio el jeep que estaba esperando bajo el reflector, en el extremo del sendero de grava. Van Doon estaba sentado frente al volante, erguido e impaciente. La bocina volvió a sonar.

—Ya deberíamos haber partido —dijo Nan, tomándolo por el brazo para impulsarlo hacia el jeep—. Estábamos en el aeródromo cuando tuve una sensación acerca de usted…, de que yo debía regresar. Supongo que fue una percepción extrasensorial, aunque mi propia capacidad psíquica es todavía muy, inestable. De todos modos, hice que Vic me trajese hasta aquí para verlo.

Él la miró con incertidumbre.

—¿Y ahora quiere que la acompañe…, adónde?

—Tenemos un último refugio —manifestó ella—. Otro lugar donde podremos ocultarnos…, si llegamos allí antes de que Gellian nos alcance. No puedo decirle a nadie dónde está, hasta que lleguemos.

Una excitada expectación le cortó el aliento. Experimentaba un deseo desesperado de ver el santuario secreto de los mutantes…, pero no tenía ningún derecho a ir allí.

—Llevaremos un avión de la compañía —explicó ella—. El mismo en el que vinimos desde Nueva York. El señor Messenger ya está a bordo, y partiremos inmediatamente. Esta vez Vic será nuestro piloto.

Ya habían llegado casi al jeep. Él la tomó por el brazo para detenerla, y bajó la voz porque no quería que Van Doon le oyese.

—Antes de partir —murmuró—, debo decirle algo.

—¿Y bien? —preguntó ella impacientemente—. No tenemos tiempo que perder.

—Quizás usted ya lo sepa —manifestó, con voz enronquecida por las emociones confusas—. Pero quiero decirle ahora que soy el responsable de este ataque. Le envié un mensaje a Gellian, con el banquero Jones.

Ella retrocedió rápidamente, como si estuviera desconcertada, pero en seguida hizo un amargo gesto de asentimiento.

—¡Obtuvo resultados inmediatos! —exclamó, con una sonrisa dolorida—. Pero la culpable soy yo —agregó, con tono sinceramente arrepentido—. Debería haberlo reconocido antes. Pero teníamos demasiados problemas, y su promedio de percepción extrasensorial era demasiado bajo y su primera reacción al virus pareció demasiado humana. —Lo empujó nuevamente hacia el jeep—. ¡Vamos!

—Si todavía desea… —empezó a decir él, dubitativamente.

—¡Por favor, Dane! —respondió ella, y se volvió para mirarlo seriamente—. Nosotros somos pocos. Luchamos en defensa de nuestras vidas, o huimos para salvarlas. Si ahora no permanecemos unidos, Gellian destruirá todo lo que el señor Messenger intentó hacer. Necesitamos su lealtad desesperadamente, y no lo culparemos por nada de lo que hizo. ¡Y ahora, vámonos!

Él la acompañó hasta el jeep, con un gesto de agradecimiento. Van Doon lo miraba con expresión de desconfianza. Dane se sentía razonablemente seguro de que el curtido lotófago era en realidad otro mutante. Trató de mirarlo con cierta simpatía, pero una oleada de miedo y aborrecimiento a su débil esfuerzo por sonreír.

—¡Bien, Fallon! —exclamó Van Doon ásperamente—. De modo que lo dejamos un cuarto de hora solo… y trata de desvalijar a la compañía. —Se volvió serenamente hacia Nan—. ¿Cómo quiere que lo castigue?

—No se le castigará —dijo ella—. El doctor Fallon hizo lo que le parecía que más nos convenía. Vendrá con nosotros, Vic, en el avión del señor Messenger.

—¿Cómo? —preguntó Van Doon, mirándolo fríamente, y entonces asintió con evidente desgana—. Suba, Fallon —y señaló el asiento trasero.

Dane subió al jeep. Observó con desagrado cómo la muchacha se instalaba delante, con Van Doon. Se agarró con fuerza, mientras el vehículo era sacudido por el desigual camino, y se preguntó con extrañeza por qué ella seguía llamándolo doctor Fallon.

¿Se había equivocado al situar a Van Doon entre los mutantes? Su mente todavía se veía estremecida por todo lo que había descubierto en el laboratorio de mutaciones, pero trató de serenar sus pensamientos lo bastante para reconsiderar su teoría acerca de Van Doon. Parecía todavía más avispado y emocionable que los otros lotófagos, pero eso era todo lo que él sabia. No bastaba para justificar ninguna actitud drástica.

Sobre el jeep había caído una tensión silenciosa. Van Doon conducía velozmente, con sombría concentración. Nan estaba rígida y erguida junto a él, conservando su lado del asiento. Dane temía hacer preguntas mentalmente, mientras trataba de adivinar los pensamientos de ella.

¿Y si ellos tres eran los únicos mutantes adultos que quedaban con vida? También estaban las criaturas que Nan había rescatado de Gellian, ocultas quizás en el escondite secreto, pero él no había visto señales de otros adultos, ni allí ni en ninguna parte. Entre tres la situación sería incómoda. Se preguntó si Nan no le habría contado a Van Doon la verdad acerca de él, por temor a que sintiesen celos mutuos.

Trató de convencerse de que era una idea descabellada. Como últimos supervivientes de la nueva raza, ya tenían bastantes enemigos sin luchar entre ellos. Al buscar la perfección, el creador debía de haber eliminado la posibilidad de que se peleasen como salvajes por una muchacha. Sin embargo, todavía no podía confiar en Van Doon.

La ciudad de la jungla parecía abandonada cuando la atravesaron. Todas las luces estaban apagadas, y el depósito había quedado reducido a brasas rojas. Sin embargo, el aeródromo situado al otro lado del puente todavía estaba iluminado, y los caminos enlodados que lo rodeaban aparecían atestados de lotófagos, pacientemente sentados en los jeeps y los camiones, a la espera de la evacuación.

El avión de Messenger estaba en el extremo de la pista, con otra media docena de aparatos de la compañía detrás de él. Los despreocupados lotófagos los subieron rápidamente a bordo. Van Doon se dirigió apresuradamente hacia la cabina de mando y el avión empezó a moverse en seguida.

Encontraron a Messenger en el salón, despatarrado impotentemente sobre un sillón. Dane lo miró, agitado por una mezcla de emociones. La edad y la enfermedad y su extraño conflicto con sus semejantes habían dejado en él cicatrices desagradables. Sus ojos estaban pálidos y fríos en los profundos pozos amarillos de carne manchada, y miró a Dane con un aire de adormilada hostilidad. Y, sin embargo, era el creador.

—Fui a buscar al doctor Belfast —dijo Nan, bajando la voz como si no quisiese que Van Doon la oyera—. Lo encontré en el laboratorio de mutaciones, buscando sus escritos entre la pila de cenizas de los papeles que quemé. Recuerda todo. Es inmune…, otro de nosotros.

—¡Magnífico! —exclamó Messenger, e irguiendo con dificultad su pesado cuerpo, le ofreció su débil mano a Dane—. Tu padre era mi mejor amigo. Me sentí muy desilusionado en Nueva York cuando Nan me informó que habías fallado en la prueba psíquica. Me siento mejor, ahora que te tenemos entre nosotros.

—Tendré que acostumbrarme a todo esto —murmuró Dane, con una sonrisa titubeante, y una vaga duda le hizo preguntar—: Si no tiene inconveniente, ¿puedo ver una muestra de su escritura?

—No te culpo —respondió el viejo, y su sonrisa le devolvió toda su simpatía perdida—. Busca una hoja de papel.

Dane hurgó en sus bolsillos. Lo que halló fue el memorándum, doblado. Se lo entregó al financiero junto con la estilográfica, y miró cómo sus dedos hinchados escribían dificultosamente: «Charles Kendrew, alias Charles Potter, alias J. D. Messenger».

Desplegó el memorándum para comprobar los dos ejemplares, y los cotejó con las viejas cartas que tenía grabadas en la memoria. Eran iguales. Las t de Potter estaban cruzadas al estilo de Kendrew, y las colas de las g eran todas iguales. Empezó a hacer trizas el memorándum, y murmuró roncamente:

—Gracias, doctor Kendrew.

—Por favor, llámeme Messenger —respondió el financiero—. Es un nombre más seguro.

—Debe serlo —asintió Dane—, mientras hombres como Gellian están cazando a Charles Kendrew.

—Y también es más útil —murmuró Messenger—. Kendrew, con sus métodos ingenuos, no pudo servir al homo excellens. Messenger, el financiero, con su nueva personalidad y sus métodos indirectos, pudo crear la empresa Cadmus para protegerlo.

—De modo que entró en estas junglas como Charles Kendrew y salió como…

—Pero olvide todo eso —le interrumpió Nan—. Aun cuando estamos solos, tenemos por norma mantener la ficción de que Kendrew cambió su nombre por el de Potter y murió en el Fly.

—Han sido muy persistentes en el engaño —comentó Dane, sonriendo—. Me hablaban acerca de Potter, como si hubiese sido una persona viviente, incluso cuando creían que yo era otro fiel lotófago.

—Los lotófagos deben creer esa historia, porque muchos de nuestros enemigos tratan de interrogarlos. Y nosotros también debemos creerla, dentro de lo posible. Un desliz podría matarnos a todos.

El avión estaba en movimiento. Correteaba por la pista y saltaba inesperadamente en los baches que los mulos verdes no habían conseguido llenar. Messenger se aferraba a los brazos de su sillón, agitado y pálido, como si las sacudidas lo lastimasen. Nan se colocó ansiosamente a su lado mientras cobraban altura, y se inclinó para tomarle el pulso.

—El doctor Belfast se culpa de nuestros problemas —relató ella distraídamente —. Dice que le envió noticias con respecto a nosotros a Gellian, por intermedio de nuestro viejo amigo Jones.

Messenger parpadeó, y luego se encogió cansadamente de hombros.

—Lo lamento —murmuró Dane—. Ojalá lo hubiese sabido antes.

—Nunca te preocupes por el pasado —respondió Messenger con una débil sonrisa—. Nuestros peligros yacen en el futuro. Ahora que estás en nuestro bando, espero que puedas huir de Gellian.

—Haré todo lo posible —prometió él nerviosamente—. Pero todo me resulta demasiado nuevo y extraño, y hay muchas cosas que no sé. Me siento confundido, y nada me parece del todo real.

—¿Qué más deseas saber? —preguntó Messenger cordialmente.

—Muchas cosas —contestó Dane—. Hace mucho tiempo, mi padre me habló acerca de usted en el día de la muerte de mi madre. Fue entonces cuando decidí convertirme en genetista. Pero no entiendo lo que usted ha hecho y por qué lo ha hecho. Desearía que me pusiera al día.

—Lo intentaré —prometió Messenger—, si Gellian nos da tiempo.

—En especial deseo conocer su procedimiento —dijo Dane ansiosamente, y traduciendo en su tono todo su desconcierto—. Esperaba encontrar el laboratorio de mutaciones lleno de aparatos para la mecánica genética…, y no encontré casi nada.

—Es cierto —asintió Messenger—. Antes probaba todos los complicados aparatos que usaban los demás, para provocar mutaciones directas. Ninguno dio resultado.

—Entonces, ¿cómo lo hace? —inquirió Dane, inclinándose hacia él.

—Ya no lo hago —respondió Messenger, encogiéndose de hombros—. Tú viste lo que ocurrió con los mulos que intentamos producir.

—¿Lo ha olvidado? —balbuceó Dane, y por un momento temió que Messenger hubiese sido afectado accidentalmente por su propio virus del olvido—. ¿Ha perdido el procedimiento?

—No por completo —dijo Messenger—. Te lo explicaré todo.

Nan meneó la cabeza con expresión de reproche.

—No en seguida —manifestó—. Tenemos un viaje difícil por delante. Subiremos a gran altura. Aunque el avión tiene equipos de presión, necesitará de todas sus fuerzas.

—No me ocurrirá nada.

—Ya sé que es resistente como un mulo —asintió Nan con una sonrisa—. Y si lo desea, puede hablar con Dane mientras le indico la ruta a Vic.

Dane abrió la puerta del compartimiento para que ella pasase, mientras volvía a pensar en Van Doon. Si era otro mutante, de lo cual Dane se sentía extrañamente seguro, ¿por qué no le habían confiado la ruta antes de que el avión levantase el vuelo? No encontraba ninguna respuesta razonable para eso, y se volvió nuevamente hacia Messenger.

—¿Y bien? —preguntó el financiero—. ¿Por dónde quieres que empecemos?

—Por cualquier parte —dijo él—. Leí algunas de las cartas que le escribió a mi padre, años antes de que yo naciese. Sé algo acerca de lo que intentaba hacer entonces. Parece que ya lo ha logrado…, pero de una forma particular. —Estudió a Messenger con nerviosismo—. No entiendo bien la necesidad de toda esta discreción, si estaba haciendo algo bueno.

—Yo tampoco la entendía, al principio —contestó Messenger amargamente—. No sabía cómo reaccionaría el homo sapiens frente al homo excellens. Madge fue la que empezó a enseñarme esto. Era mi primera esposa.

Dane vio el dolor reflejado en la cara manchada de Messenger, y recordó los recortes hallados en el archivo de su padre, según los cuales Margaret Kendrew había tratado de matar a su esposo, y luego había eliminado a sus hijos y se había suicidado.

—La amaba —murmuró Messenger, parpadeando, y a Dane le pareció ver el brillo de las lágrimas en sus ojillos—. Era una mujer excelente. Una gran investigadora. Sin su ayuda, no podría haber perfeccionado los métodos de la mecánica genética.

Messenger hizo una pausa, boqueando como si la emoción le hubiese cortado el aliento.

—Mi padre la conocía —dijo Dane—. La apreciaba. Acostumbraba a comentar que no entendía lo que había ocurrido en Albuquerque, a menos que ella hubiese perdido la cabeza.

—Estaba cuerda —insistió Messenger—. Por lo menos tan cuerda como la mayoría de los seres humanos. Y no habíamos reñido por cuestiones comunes como el dinero o la infidelidad. La policía y los periodistas y sus desconfiados parientes no alcanzaron a entender lo ocurrido. Todo el problema consistía en que ella era humana.

—¿No… nos quería? —inquirió Dane con un ligero estremecimiento.

—Hubo una época en la que ella compartió mi sueño de crear una raza más perfecta. Trabajamos juntos durante años en busca de esa meta ansiada. Nuestra propia hijita fue la primera mutación humana dirigida con éxito…, de tipo más precoz que los ejemplares posteriores como tú y Nan, porque todavía yo no conocía el peligro. Nuestro hijo siguiente habría sido el segundo mutante. Sin embargo, antes de que naciese, Madge empezó a ver los dones que le habíamos otorgado a nuestra hija mayor. Al principio debió de sentirse satisfecha con un normal orgullo humano. Pero entonces esas dotes empezaron a asustarla, cuando comprendió hasta qué punto superaban a la humanidad. Durante mucho tiempo no dijo nada al respecto, pero empecé a notar que parecía triste, y le pregunté qué le preocupaba. Ella me lo explicó, y su amargura me desconcertó. Quería interrumpir la prueba, y matar a la criatura que todavía no había nacido. Naturalmente yo no podía acceder a ello. Traté de hacerle entender todas las ventajas que el homo excellens le brindaría a la humanidad, y en ese momento creí haberla convencido. No insistió en ello…, ya debía de estar desesperada con su temor por la nena mayor. Lo que hizo significó para mí una horrible sorpresa, pero lo hizo porque era humana. Ahora lo entiendo.

—Es difícil comprender cómo una mujer cuerda puede asesinar a su propia hija —comentó Dane, y meneó la cabeza tristemente.

—Los seres humanos tienen instinto de rebaño —dijo el creador—. Supongo que en un tiempo resultó útil para sobrevivir, y todavía tiene una gran importancia. En Madge fue más fuerte que su amor maternal. —Los ojillos lo miraron con dolorida fijeza—. Pero me imagino que tú ya sufriste el despiadado castigo por ser diferente, con tu sangre asiática.

Entonces Dane comprendió que aquel anciano sabía más acerca de sus antecedentes que cualquier otra persona. Quiso volver a interrogarlo respecto al proceso de la mutación dirigida, pero súbitamente tuvo miedo de hacerlo.

—Tropecé con el prejuicio racial —murmuró—, pero nunca con algo tan drástico.

Sin embargo, había sido doloroso. La voz de la chiquilla que le había dicho que no era blanco todavía lo lastimaba como un cuchillo.

—Tú sentiste la reacción ante una diferencia muy pequeña —manifestó Messenger—. Si los seres humanos que te despreciaban y ofendían hubiesen sabido que no eras humano, la mayoría de ellos habrían procedido con la misma violencia que Madge…

—No puedo creerlo.

—Porque no estás agobiado por el instinto de rebaño. Es uno de los vestigios inútiles de la bestia que he tratado de quitarle al homo excellens. —Un breve estallido de energía le dio a su voz un súbito vigor—. La intolerancia ha sido la fuente de todas mis dificultades. Es la explicación de todo lo que he hecho, y la triste causa de nuestro fracaso actual.

El hombre enfermo hizo otra pausa, como si el esfuerzo de la conversación lo hubiese agotado. Sus manos hinchadas reposaban pesadamente sobre sus gordas rodillas, y sus ojos cansados se cerraban detrás de los pliegues de carne fofa. Se reclinó contra el respaldo del sillón, y por un momento pareció muerto, hasta que empezó a sacudirse nuevamente con el trabajo de volver a aspirar aire. Su fealdad y su triste situación impulsaron a Dane a preguntar, con súbito descreimiento:

—Si es usted el creador, si puede usted obtener verdaderamente al homo excellens, ¿por qué no se ayuda a sí mismo?

Al principio Messenger pareció no haberle oído. Sus ojos permanecieron cerrados mientras exhalaba su respiración roncamente, y se esforzaba por volver a aspirar. Pero finalmente se estremeció en el sillón y miró vagamente a Dane.

—Porque es imposible —murmuró con voz lenta y tenue, enturbiada por el cansancio—. Lo único que aprendí a hacer fue a reestructurar los genes de una célula por vez. Cada generación de mulos brotaba de una sola célula germinal. Otro tanto ocurrió contigo, Dane: fuiste engendrado por una célula en la cual modifiqué los genes después del instante de la fertilización, para mejorar tu herencia del homo sapiens.

Dane quiso saber cómo había logrado aquello, y nuevamente sintió temor de preguntarlo.

—La reconstrucción de una sola célula requiere horas de esfuerzo agotador y generalmente se necesitan semanas de observación y preparación. —Messenger se encogió débilmente de hombros—. En mi cuerpo hay trillones de células. Nunca tuve la esperanza de poder reconstruirme.

Dane vio que Messenger ya había hablado demasiado. Se sintió conmovido por la desgracia de un creador incapaz de recrearse a sí mismo. Sabía que debía dejarlo descansar y, sin embargo, se sintió impulsado a hacer más preguntas, por su nuevo temor de que Messenger hubiese perdido el arte de la creación.

—Cuando estábamos en el laboratorio… —inquirió roncamente—, ¿olvidó usted el procedimiento?

—Soy demasiado viejo —respondió Messenger, y su voz débil resultó extrañamente serena—. Mi corazón funciona mal. Las arterias están esclerosadas. Hace dos años sufrí un derrame cerebral, producido por un tumor, y eso fue lo que hizo que Cadmus se tambaleara. El tumor fue extirpado, pero desde entonces no estoy en condiciones de producir.

—¿Y ahora le está dando lecciones a Nan?

—Ella está aprendiendo —contestó él con una sonrisa—. Ya conoce la teoría. Todavía no es lo bastante madura para llevarla a la práctica, pero algún día hará más de lo que he hecho yo…, si consigue escapar de Gellian.

—¡Y eso será difícil! —exclamó Nan desde la puerta del compartimiento. Cuando Dane se volvió para mirarla, vio que la tensión la había dejado pálida—. Parece que tardamos demasiado en levantar el vuelo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Dane, acercándose nerviosamente a ella.

—La Operación Supervivencia se adelantó en los horas a nuestros pronósticos — respondió ella—. Vic ha estado buscando con el radar, y acaba de descubrir una flotilla de aviones que se acerca desde Australia. Quizás están a cien millas de nosotros.

—¿Nos han descubierto?

—Sí —dijo la muchacha—. Pero los aviones de la compañía ya están en vuelo, dispersándose. Espero que no sepan a cuál seguir. Vic está tratando de colocarse fuera del alcance del radar, detrás de las montañas, y eso significa que tendremos que tomar altura.

Se volvió hacia Messenger, pero éste no esperó a que ella hablase.

—Me encuentro bien —jadeó—. No necesito que me tomen el pulso, ni quiero acostarme. Dane y yo tuvimos una interesante conversación. Me disponía a explicarle cómo lo crié a él.

—Más tarde —intervino ella, con suavidad pero con firmeza—. Más tarde…, ¡si logramos escapar!