La isla del dragón

Jack Williamson · Capítulo 16 de 30

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La isla del dragón

Capítulo 15

La goma frotó el duro coral cuando las ruedas tocaron la pista de aterrizaje, y él se tambaleó hasta la ventanilla circular de su cabina mientras el avión carreteaba a través de una atmósfera cálida y húmeda en dirección a un hangar iluminado y al camión de combustible que lo esperaba. Oteó frenéticamente el aeródromo envuelto en sombras.

Turbado y tembloroso por el terror que significaba aquella pesadilla convertida en realidad, sólo podía pensar en la necesidad de comunicarse con John Gellian con su arrepentido anuncio de que Messenger era un aliado de los no-hombres, y que Nueva Guinea era su fortaleza: una ciudadela inexpugnable, defendida por el virus del olvido y por todos los individuos que éste había robado a la humanidad, e indudablemente por productos aún más maléficos de la ciencia robada al creador.

Y el pánico le susurró que ésta podría ser la última oportunidad. La huida de esa concesión fortificada había resultado imposible para muchos hombres antes que él, y cuando estos enemigos de la humanidad le quitasen nuevamente la memoria, sus métodos serían indudablemente más primitivos y permanentes que el del virus mutante.

Se vistió rápidamente en la oscuridad, y volvió a acercarse a la ventanilla para medirla. Era demasiado pequeña para pasar por ella, y el vidrio estaba fuertemente asegurado. Espió ansiosamente mientras el avión se detenía y los motores se silenciaban, y fue repelido por otra barrera.

Sobre las puertas del hangar estaba pintado el emblema de Cadmus, la isla enorme en forma de dragón, y el victorioso gigante dorado que sembraba la oscura semilla humana. Este islote del Pacífico debía de ser otra estación de la compañía, manejada por lotófagos demasiado leales para prestarle ayuda.

—¿Tres horas? —estaba diciendo Nan Sanderson—. Entonces pidámosle al doctor Fallon que se reúna con nosotros.

No pudo contener un sobresalto de aprensión cuando oyó la llamada del camarero, pero intentó no mostrar lo impotente que se sentía cuando salió a la sala donde la muchacha, Messenger y uno de los pilotos estaban tomando café.

—Lo oí moverse, Don —comentó ella sonriendo, pero sus palabras lo asustaron. Él no había hecho ningún ruido. ¿Qué agudeza tenían los sentidos de los mutantes? ¿Durante cuánto tiempo podría ocultar su recuperación de la memoria?—. De todos modos era hora de que nos levantásemos —agregó ella—. Aunque aquí es medianoche, estamos siguiendo prácticamente el curso del sol…, o por lo menos lo seguíamos hasta que se descompuso el motor. ¿Qué le parece si caminamos por la playa mientras lo cambian?

Ella miró inquisitivamente a Dane. Demasiado confundido para hablar, él asintió apresuradamente. Comprendió que ella no sabía que había recuperado la memoria, y por un momento ésta le pareció la oportunidad que esperaba. Su imaginación se aferró febrilmente a esa idea.

Ahora podría esperar que estuviesen solos en la playa para intentar la fuga. Aunque ella podría ser muy peligrosa, más fuerte y rápida y resistente que cualquier mujer humana, tenía la esperanza de poder vencer sus facultades de mutante con la ventaja de la sorpresa.

Una vez separado de ella, podría ocultarse en la oscuridad. Aunque las probabilidades seguirían siendo adversas de forma aplastante, trataría de encontrar alguna embarcación que lo sacase de aquel islote enemigo. Y cualquier hombre con el que tropezase sería su aliado, exceptuando a aquellos sonrientes esclavos del olvido. Lo único que necesitaba era hallar a un hombre —el capitán de un transatlántico o el más humilde pescador— que fuese bastante leal para llevarle su mensaje de alerta a Gellian.

—¿Qué opina? —preguntó Nan, volviéndose hacia Messenger—. ¿Se siente en condiciones de acompañarnos a Don y a mí?

Oyó con qué confianza pronunciaba su nombre, y pensó que su situación presente de supuesto lotófago era un arma que tenía accidentalmente en sus manos, y que valía más que toda la información que pudiese llevarle a Messenger, aunque consiguiera huir.

Sabía demasiado poco.

¿Cuántos no-hombres estaban reunidos en Nueva Guinea? ¿Cuáles eran sus armas y sus planes? ¿Estaban luchando para dominar a la humanidad, o sólo para salvar sus propias vidas? Nan Sanderson, ¿era la cabecilla que había parecido ser en Nueva York, o no era más que una secuaz secundaria?

¿Y Messenger? El financiero enfermo, ¿era un títere de los no-hombres, una pantalla humana inconsciente del imperio enemigo en avance? ¿O era un aliado voluntario? ¿Acaso había utilizado a los jóvenes mutantes como instrumentos inocentes de sus propios planes ambiciosos?

Estas eran las preguntas que le haría Gellian, porque el eficiente detective debía de saber para entonces casi tanto como él, gracias a las pistas dejadas por Messenger y la muchacha. Al escoger el bando humano, Dane comprendió que tenía el deber de buscar las respuestas. Y las tendría en sus manos si lograba ocultar su curación.

Quizá pudiera hacer algo más. Porque el peligro que llevaba a Messenger y a Nan Sanderson de regreso a Nueva Guinea debía de ser más grave que las amenazas de Gellian. Pensó que quizá se trataba de una crisis en la buena suerte de los no-hombres, que podría ser aprovechada para poner fin a esta guerra de razas con una paz justa.

El papel de feliz cautivo del virus sería difícil de representar. Las dificultades y los peligros que él imaginaba que lo esperaban en Nueva Guinea hacían que el descartado plan de fuga le pareciese cobarde. Sin embargo, sintió un ansia súbita de seguir adelante, con la esperanza de conocer el verdadero destino de Charles Potter, e incluso de descubrir los secretos decisivos de la vida que habían sido su propia meta desde un principio.

Se volvió hacia Nan, y forzó una animada sonrisa.

—Vayan ustedes los —jadeó Messenger, que ya estaba sin aliento y sudaba abundantemente con el calor húmedo—. Me siento bien…, soy resistente como un mulo…, pero esperaré aquí.

Dane y la muchacha dejaron al camarero para que lo atendiese, y descendieron juntos del avión. Ella lo condujo casi alegremente por la angosta franja de coral y arena húmeda que se extendía entre el aeródromo y el mar, y manifestó un placer casi infantil con la estrellada noche tropical y las rompientes luminosas del acantilado.

Mientras él la seguía, tratando de ocultar su peligrosa tensión, tuvo tiempo de pensar en lo que era ella. A pesar de sí mismo se sentía atraído por aquella muchacha, y su cálido encanto le hizo pensar por un momento en que quizá después de todo era una joven normal, enredada como él en la telaraña secreta de los no-hombres, y controlada por un método tan siniestro como el virus mutante.

—¡Cuidado, Don!

Por mirar su figura en la oscuridad, no había visto el afilado saliente de coral con el que tropezó. Antes de que él hubiese caído, Nan se volvió para tomarlo por el brazo y ayudarlo a recuperar el equilibrio.

—Gracias —murmuró él roncamente.

El terror le había cortado el aliento, porque su extraordinaria rapidez y su sencilla fortaleza le recordaron todas las pruebas de que ella era una enemiga mutante. Incluso su fascinante atractivo era otra arma que utilizaba para disimular su peligrosidad, pensó.

Caminaba silenciosamente junto a ella, sin poder escapar a la percepción de su encanto y obligado a experimentar una desganada admiración por la audacia y la habilidad con que luchaba por la salvación de su raza. Se había enfrentado sola a toda la organización de Gellian, en Nueva York. Por su críptico informe a Messenger, sin duda había invadido sola las oficinas de la agencia, para destruir el árbol metálico y otras evidencias acumuladas de la obra del creador.

Sin embargo, por ser todavía humano, él no dejó de estremecerse al imaginar toda aquella astuta fuerza enfrentada con el desesperado agotamiento del menudo Nicholas Venn. Súbitamente pensó con frialdad que si era verdaderamente sobrehumana, aquel asesinato no debía de haber significado para ella más que la necesaria eliminación de un animal peligroso. Indudablemente lo destruiría a él con la misma falta de remordimiento, si lograba leer sus pensamientos.

—Don —murmuró la muchacha, y él se sintió acometido por el terror cuando Nan lo miró en la oscuridad. Su tono sereno lo tranquilizaba, pero volvía a asustarlo cuando pensaba en la habilidad con que debía de haber sido conquistado Venn—. ¿Terminó el libro de Belfast?

—Y la mayoría de los otros —respondió él, con un esfuerzo—. Se parecía más a recordar que a aprender.

—Tuvo suerte —dijo ella—. La amnesia es generalmente más profunda. La muerte no es frecuente, pero en la mayoría de los casos hay una lesión permanente del cerebro. Me alegro de que reaccione de forma tan favorable, porque necesitaremos toda su capacidad para salvar a la compañía.

Nan le hizo algunas preguntas acerca de los organismos luminosos que encendían un fuego frío en el agua que lamía la playa a sus pies, como si quisiera poner a prueba sus conocimientos recuperados, y luego siguieron caminando en silencio. Él temía preguntar cómo sus esfuerzos podrían salvar a la compañía, y luchaba por cumplir la paciente inercia de los hombres sin pasado.

Sintió un ligero sobresalto al reconocer la Cruz del Sur, que antes sólo había visto en mapas estelares, y que ahora aparecía baja sobre la inmensidad del mar. Pero apartó la vista rápidamente, con el temor de que una segunda mirada lo traicionase. Los libros que le habían dado no incluían textos de astronomía.

La muchacha no pareció prestar atención. Lo tomó por el brazo mientras pasaban sobre una nueva barrera de coral, y lo soltó cuando estuvieron del otro lado, sobre la oscura playa de arena, caminando en medio de un concentrado silencio. Pensó que ella debía de estar planeando la defensa de los no-hombres y de la compañía, hasta que dijo serenamente:

—A veces el caminar por una playa tropical me produce una sensación de reverencia casi religiosa. Porque debe de haber sido en un lugar como éste donde la vida fue creada por primera vez en la Tierra. —Señaló un hueco en una roca próxima, donde la luz de las estrellas se reflejaba con palidez en un charco de agua tranquila—. En un tubo de ensayo natural como ése —agregó ella suavemente—. En uno de los millones de millones de charcos que las olas y las mareas vaciaban y volvían a llenar, en infinitas oportunidades, con distintas soluciones de prueba que eran calentadas bajo el sol y enfriadas por radiación, concentradas por evaporación y disueltas nuevamente por la lluvia, agitadas por el viento y bombardeadas por la radiactividad natural…, hasta que finalmente la paciente química de la casualidad formó nuestra primera molécula madre, en forma tal que pudo sobrevivir y reproducirse y sufrir mutaciones que la convirtieron en todas las formas de la vida que conocemos.

—¿Solamente la casualidad creó la vida?

Se arrepintió instantáneamente de haber hecho aquella pregunta, pero había estado pensando en el enigma del origen de ella, y en la lógica necesidad de que el arte ignorado del creador reemplazase a muchas generaciones de mutaciones normales y de selecciones naturales requeridas para crear una especie nueva.

—Solamente la casualidad —contestó ella con una serenidad que demostró que no había intuido ninguna referencia a su persona—. Pero esa acción de la casualidad no disminuye para mí la maravilla del universo. La probabilidad está encerrada en la estructura de todo átomo, y la posibilidad de la vida debe de haber existido en la materia desde los comienzos del tiempo, esperando la hora de ser revelada.

—Creo entender.

Compartía la sensación solemne que ella expresaba, y eso lo animó a tomar su mano cuando llegaron nuevamente a un terreno desigual. Porque los dos pertenecían al mismo torrente común de la vida, que había fluido a través de los tiempos desde que había surgido de aquel antiguo charco casual. Por un instante casi olvidó que él era humano y ella no.

Por un momento fueron semejantes…, y entonces esta impresión lo asustó. Soltó nerviosamente la mano de su mortal encanto, haciendo preguntas técnicas acerca de su teoría de la creación casual.

¿Dónde estaba exactamente el umbral de la animación, donde esa molécula original había cruzado el límite de la vida? ¿Qué la había convertido en un molde viviente, capaz de convertir a la materia inerte en copias perfectas de sí mismas? ¿Cómo había empezado a cambiar esos moldes la mutación, para inicias la evolución?

Las respuestas de ella levantaron una barrera contra esa peligrosa sensación de semejanza, hasta que regresaron al avión. Su conocimiento de la genética le hizo preguntarse si Charles Potter había sido su maestro, y eso lo asustó. Si los mutantes aprendían a dirigir la mutación…, incluso lo asustaba pensar en ello.

Dijo que tenía sueño, y se retiró a su camarote.