La isla del dragón
Capítulo 20
Dane estaba esperando en el cálido silencio del amanecer cuando Messenger y Nan Sanderson volvieron a salir del cercado laboratorio de mutaciones. Fue a recibirlos cuando ellos estacionaron el jeep.
—Estamos preparados —dijo—. Todo está nuevamente esterilizado…
Nan se encogió de hombros, en un gesto de desesperanza.
—Transformamos otra célula —explicó—. Al principio parecía perfecta. Vivió, pero no alcanzó a multiplicarse. No servía. Ahora no tenemos absolutamente nada para mostrarles a esos banqueros.
—¡Pero aun así los engañaremos! —exclamó Messenger. Parecía demasiado débil para apearse del jeep, y sin embargo su voz tenía un tono de invencible confianza—. ¿No es verdad, doctor Fallon?
—Sí —respondió Dane, forzando la calma propia de los lotófagos.
—Ahí están —manifestó Messenger, y se volvió dificultosamente para señalar tres jeeps que avanzaban sobre los baches del camino enlodado del río—. Van Doon llamó hace una hora para avisar que estaban aterrizando. Le dije que dejase el equipaje en la Casa Cadmus, y que los trajese inmediatamente. —Se inclinó dificultosamente hacia delante en el asiento—. ¡Bájenme para que reciba a esos imbéciles hambrientos! Yo les produje bastantes millones. Cualquiera habría pensado que se darían por satisfechos, sin venir a despellejarnos, ahora que tenemos una racha de mala suerte. Lo que necesitan es una dosis de jugo de loto. —Le sonrió a la muchacha—. ¿Tienes una jeringa de propulsión a tu alcance?
—¡No podemos hacer eso! —exclamó la muchacha. Tomó su brazo hinchado para ayudar a Dane a levantarlo del asiento—. Cadmus ya tiene bastante mala publicidad, y no podríamos hacerlo con personajes tan importantes. El escándalo…
—¡No te preocupes! —contestó Messenger, riéndose. Cada aliento parecía costarle un gran esfuerzo. Se apoyaba sobre el jeep, y sin embargo balanceaba su cuerpo inmenso con un aire de audacia indomable—. Esos titanes de las finanzas son ladrones como yo, y conozco su idioma.
Los tres jeeps se detuvieron bruscamente, y los banqueros se apearon apresuradamente sobre el barro rojo, seguidos por los abogados y contables e ingenieros que habían traído como refuerzo contra el anciano inválido que los enfrentaba con una expresión de dulce curiosidad.
—Hola, caballeros —saludó Messenger—. ¿De modo que, decidieron visitar Nueva Guinea?
Los recién llegados formaban un grupo silencioso, como si se estuviesen preparando para la defensa. Miraron nerviosamente a Messenger, luego, con temor, hacia la jungla que los rodeaba, y finalmente otra vez al anciano pero ahora con expresión de desafío. Tres de ellos se adelantaron, esquivando con remilgo los charcos de barro, para estrechar su, fofa mano. Sus ojos astutos parpadearon, y sus labios relajados se movieron como impulsados por una hilaridad secreta. Los tres hombres retrocedieron.
—Sé que no quería que viniésemos, Messenger —dijo uno de ellos, gordo y rubicundo. Para su visita a la jungla se había vestido con botas lustrosas y una camisa multicolor y un sombrero blanco de cowboy petimetre. Ahora parecía incómodo con aquella indumentaria—. Ya entiendo por qué.
—Por favor, señor Zwiedeineck —respondió Messenger suavemente—. Sé que hubo muchos contratiempos mientras estuve ausente, pero ahora he regresado. —Sus ojillos estudiaron a sus interlocutores, con pálida insolencia—. Antes de adoptar una actitud apresurada, caballeros, permítanme que les recuerde que los he convertido en los hombres más ricos del mundo.
—¡Oh! —espetó impacientemente un hombre alto y flaco, con expresión indiferente, que todavía estaba vestido con el mismo traje oscuro severo y con la camisa blanca almidonada que debía usar en Wall Street—. Vamos al grano, J. D. Usted sabe lo que queremos.
—Supongo que unos miles de millones más. Pero no los ve aquí, ¿verdad, señor Jones? Tendrá que esperar y dejar que yo se los amase.
—Ya he esperado bastante —dijo Jones e hizo un gesto impaciente con una libretita negra—. Hace dos años que trato de averiguar por qué nuestras exportaciones están disminuyendo. Ahora veo los motivos: la maquinaria se está derrumbando y las plantaciones están abandonadas y todo está en ruinas. Creo que necesitamos sangre nueva aquí, J. D.
—Tiene razón —asintió Messenger—. Sangre verde. Eso es lo que estamos tratando de obtener. ¿Quiere ver nuestro laboratorio? —Se volvió hacia el tercer banquero, un hombrecillo frágil, vestido con shorts y con un casco blanco para el sol, que estaba retrocediendo hacia los jeeps—. ¿Qué ocurre, señor Ryling?
—Quizás usted podrá explicárnoslo —chillo Ryling, y se aclaró la garganta nerviosamente—. Pero no me gusta esta maldita isla, con el calor y las enfermedades y los insectos, y con la jungla que avanza sobre todo. ¡Ni tampoco me gustan esos pequeños monstruos verdes que trabajan en los caminos!
—¿No le gustan los mulos? —preguntó Messenger, y parpadeó con incredulidad —. ¿Ni siquiera después de que le permitieron ganar cientos de millones con los miserables dieciocho mil que invirtió en la compañía?
—No me agradan sus burlas, señor Messenger —afirmó Ryling, y sus ojos brillantes y negros parecieron los de un buitre—. Ni sus métodos secretos para hacer negocios. Ni la gente que veo aquí…, con esas sonrisas estúpidas que me crispan los nervios. ¡Me retiraré de Cadmus! —Retrocedió aún más, hacia su pequeño grupo de expertos—. Voy a exigir la liquidación de la compañía y el reparto de los fondos.
—Llega un poco tarde con su idea, señor Ryling —comentó Messenger con una risita inocente—. Ya utilicé todo nuestro capital y las reservas para cubrir los gastos y los dividendos, y además invertí casi mil millones de dólares prestados. A la corporación no le quedan bienes para liquidar.
Ryling se agazapó entre sus acompañantes. Zwiedeineck avanzó coléricamente, olvidándose de esquivar un charco de barro, y se detuvo como si lo hubieran ofendido cuando el lodo salpicó sus botas de cowboy. Jones fue el que habló, y la ira le dio un áspero acento norteño a su voz.
—¡Ésa es una confesión desconcertante, Messenger! Si lo que dice es cierto, ¿cómo piensa mantener a flote a Cadmus…, y cómo piensa salvar su gorda osamenta de la cárcel? ¿O acaso ya ha perdido las esperanzas?
—No las he perdido —contestó Messenger con una sonrisa benévola—. A pesar de la gravedad de la situación, todavía dispongo de los ventajas intangibles pero importantes. Una es la inmensidad de nuestra insolvencia. La otra es un importante conocimiento técnico que tengo en mis manos.
—¿La insolvencia? —bramó Jones—. ¿Qué ventaja es ésa?
—Nadie puede ganar nada repartiendo un cadáver. —Hizo una pausa para guiñarles un ojo a Ryling y Zwiedeineck—. Ninguno de ustedes volverá a sacar un centavo de Cadmus, a menos que dejen que le devuelva la vida.
El macilento banquero se volvió para mirar hacia el otro lado del Fly, donde los lujuriantes muros verdes bordeaban el agua achatada. Quizás en su imaginación vio los mosquitos, las sanguijuelas y los cocodrilos que habitaban la selva. A Dane le pareció verlo temblar.
—¿Cree que podrá derrotar a esta jungla?
—Lo hice una vez —respondió Messenger—. Gracias a mis conocimientos.
—¿De qué se trata? —inquirió Jones, mirándolo con desconfianza.
—De un proceso de mutación. —Sus ojos se volvieron hacia el edificio sin ventanas cercado por la alambrada de púas—. Es casi el poder creador de un dios.
—Veamos a su creador —espetó Jones escépticamente.
—Si usted tuviese ese proceso en sus manos, ¿lo arriesgaría? —comentó Messenger, meneando la cabeza—. Pero usted ha visto los éxitos de ese poder: nuestras exportaciones, y esos mulos que no le gustan al señor Ryling.
—Tiene que mostrarnos algo más.
—Si lo desean. —Messenger se volvió hacia Dane—: Éste es el doctor Fallon, caballeros. Está a cargo de nuestro departamento de producción. Él les mostrará cómo convertimos a las células germinales mutantes en mulos útiles.
—Bien —dijo Jones—. Pero ¿cómo se obtienen las células mutantes?
—Usted no vendría a visitarme a este maloliente pantano de barro si lo supiese — respondió Messenger, con una sonrisa intencionada—. Estaría atareado levantando otro imperio de su exclusiva propiedad.
—Quizás —murmuró el banquero flaco, y volvió a mirar el río oscuro, en el lugar donde estaba encallada la draga abandonada—. Pero si usted estuviese produciendo algo, tampoco estaríamos aquí. Estaríamos en Nueva York marcando nuestros cupones. —Su mirada desconfiada se volvió hacia Messenger—. ¿O acaso tiene dificultades con su «dios»?
—Sí, las hemos tenido —asintió Messenger amargamente—. El creador original era nuestro viejo socio, Potter. Potter ha muerto.
—¿Muerto? —exclamó el banquero, nuevamente con su acento norteño, y con un tono nasal de preocupación—. ¿Y sus procedimientos se han perdido?
—Sólo temporalmente —contestó Messenger Y sonrió al ver la desesperada ansiedad del menudo Ryling—. Hemos tenido dificultades técnicas, pero el doctor Fallon y la señorita Sanderson las están solventando. Pronto los mulos volverán a pulular en Nueva Guinea, caballeros; y los millones entrarán nuevamente en nuestras arcas.
—¡Ojalá! —exclamó el banquero—. ¿Dónde produce esas mutaciones?
—Allí —dijo Messenger, señalando el laboratorio cercado.
—Vamos a echar un vistazo —manifestó Jones, con tono beligerante.
Dane deseó por un momento que aquellos hombres desconfiados se abriesen paso por la fuerza hasta el interior del edificio.
—Ustedes no tendrán interés en entrar —murmuró Messenger con su voz suave y asmática, que aniquiló todas sus esperanzas—. Especialmente cuando sepan cómo murió el pobre viejo Potter.
—¿Cómo? —inquirió el banquero, mirándolo con expresión cautelosa.
—Loco —respondió Messenger—. ¡Un dios loco!
—¿Cómo ocurrió eso?
—Un creador demente —insistió Messenger, con un gesto de amargura—. Asustado de sus propias creaciones. Con miedo de compartir el proceso, hasta que ya se estaba muriendo. Temiendo que lo asesinasen por él…, como muchos intentaron hacerlo. Supongo que trataba de defenderse, a su manera. Cuando estaba cerca del fin, concibió aliados muy extraños.
Messenger miró a Ryling con una expresión compasiva que hizo temblar al hombrecillo, como si lo apabullasen la jungla que lo rodeaba y el terreno enlodado que pisaba, e incluso el aire que respiraba.
—¿A dónde quiere llegar? —preguntó Jones con voz áspera.
—Supongo que ustedes conocen las características insalubres de Nueva Guinea —dijo Messenger, que estaba empezando a temblar de agotamiento, pero que conseguía mantener su sonrisa afable—. Malaria —murmuró—. Tifus y filariasis. Frambesia y lepra y hongos.
Los otros habían retrocedido hasta los jeeps, dejando solo a Jones.
—¿Qué quiere decir? —preguntó con voz ronca—. ¿Potter no sufría… todas esas enfermedades?
—Ninguna de ellas —explicó Messenger—. Había estudiado los microorganismos que las causan, cuando estaba cuerdo, y se inmunizó contra ellas.
—Entonces no entiendo.
—Todos esos microorganismos están vivos —respondió Messenger. Hizo una pausa, y se tambaleó en el lugar donde estaba. Dane se acercó rápidamente para tomarlo por el brazo, pero el financiero rechazó la ayuda. Tuvo que hacer un esfuerzo para recuperar el aliento, pero finalmente consiguió continuar, con voz apenas audible, pero extraordinariamente serena—. Están vivos —repitió—. Plasmodias, rickettsias, nemátodos, espiroquetas, los microorganismos de la lepra, los hongos malignos. Están vivos, y el viejo Potter podía transformar los genes de cualquier ser viviente, para convertirlo en lo que él deseaba. —Messenger señaló débilmente el laboratorio cercado—. Les dije que estaba loco. —Tuvo que hacer un nuevo esfuerzo para respirar—. Pasó los años encerrado allí, mutando nuevas enfermedades. Se inmunizó contra todas ellas, y luego contaminó deliberadamente esos terrenos con quistes y esporas persistentes. Éste fue el último regalo espantoso al mundo que temía y odiaba.
—Si es cierto —murmuró Jones fríamente—, ¿cómo puede trabajar usted en ese laboratorio?
—Tuvo que inmunizar a unos pocos de nosotros —explicó Messenger suavemente—. A las personas en las que confiaba relativamente, para que pudiésemos ir a atenderlo. Pero tiró todos sus sueros a la cloaca antes de morir. —Sus ojos astutos recorrieron al grupo—. ¿Desean visitar ahora el laboratorio de mutaciones?
Zwiedeineck, pálido y con su camisa de cowboy empapada en sudor, meneó la cabeza. Ryling subió apresuradamente al jeep, como si los quistes y esporas estuviesen diseminados a través del camino. Sin embargo Jones permaneció inmóvil, frunciendo el ceño pensativamente, y en sus ojos opacos y de color pizarra Dane captó el fugaz brillo de la oportunidad. Jones parecía un buen jugador de póquer.
—Si todo eso fuese cierto… —repetía dubitativamente.
Sin necesidad de mirarlos, Dane percibió vívidamente la astuta atención de Messenger, y la fatal perfección de Nan Sanderson. Captaba la velada desesperación oculta detrás de la aparente calma de Van Doon. Si alguno de los tres veía su gesto… Se alegró de no tener tiempo de pensar en lo que ocurriría en ese caso.
Los duros ojos entrecerrados del banquero habían pasado de Messenger a la muchacha y de ésta a Van Doon. Los dos sonrieron, y a Dane le pareció que Jones tuvo un estremecimiento. Su mirada desconfiada se detuvo en Dane. Éste se aferró desesperadamente a su frágil máscara de serenidad, y meneó la cabeza rápidamente.
Los ojos penetrantes permanecieron fijos en él, intrigados. Dane levantó rápidamente la mano, como para espantar un insecto, y dejó que los dedos tocasen sus labios. Jones tomó una rápida decisión y se volvió hacia Messenger.
—No quiero ver esos gérmenes y parásitos mutantes —dijo—. Pero inspeccionaré el laboratorio del doctor Fallon…, si no hay ningún peligro.
—Ninguno —ronroneó Messenger—. Sólo alguna incomodidad. Esa sección es una incubadora. Muy cálida y húmeda.
—No tiene importancia —respondió Jones con un gesto desafiante, aunque ya estaba sudando a través de la americana y del cuello y de la corbata—. Echaré un vistazo.
Durante un dramático instante, mientras esperaba el asentimiento de Messenger, Dane se hizo la ilusión de poder hablar a solas con Jones, pero entonces oyó que el financiero exclamaba cordialmente:
—Ryling, Zwiedeineck, ¿ustedes no quieren acompañarlo? No hay ningún peligro. Adentro hace demasiado calor para mi viejo corazón, pero Van Doon y la señorita Sanderson ayudarán al doctor Fallon durante la visita.
Dane se puso rígido y trató de caminar con calma, sin atreverse a pensar si Messenger había visto sus señas. Ryling se negó a abandonar el jeep y la muchacha permaneció con Messenger, pero Zwiedeineck y Van Doon los siguieron tan de cerca que no tuvo oportunidad de susurrar nada.
Explicó que el laboratorio estaba esterilizado, y esperó a que todos los visitantes se pusieran botas y delantales y máscaras antes de hacerlos entrar en la sala recalentada e iluminada con una luz azulina donde las cubas resplandecientes esperaban la vida mutante. Trató de adelantarse disimuladamente con Jones, pero Van Doon urgió al otro banquero para no quedarse atrás.
—Hable usted, Fallon —dijo con un tono que le hizo pensar a Dane si se trataba de una velada y sarcástica amenaza—. Explíqueles cómo funciona.
—La célula germinal se multiplica por división binaria —empezó a decir nerviosamente, empapado y debilitado por la transpiración—. Pero eso ocurre en el laboratorio de mutación. La señorita Sanderson pone fin al proceso de división antes de traerme las células. En esta primera tina iniciamos el crecimiento multicelular…
—Eso me interesa —murmuró Jones a través de la máscara—. Deme más detalles.
Sin embargo, no se presentó ninguna oportunidad hasta que volvieron a la cámara de aire. Zwiedeineck tomó el brazo de Van Doon, señalando su máscara, y Jones le hizo un gesto impaciente a Dane.
—Ayúdeme con esta mordaza infernal.
Dane no se atrevió a pensar si Van Doon tenía el sentido del oído dotado de una excepcional agudeza de mutante.
—¡Messenger miente! —susurró en la oreja del banquero, cubriendo el movimiento de los labios con su propia máscara—. Respecto a Potter… el creador. No sé nada acerca de esas enfermedades mutantes. ¡Pero el creador de las mutaciones está todavía con vida, encerrado en ese laboratorio!
Sintió que Jones se ponía rígido debajo del delantal, y el tono norteño volvió a su voz nasal.
—¿No puede darse más prisa?
—Este maldito cordón… —masculló Dane, tironeando del nudo, y se inclinó para agregar—: Váyanse, mientras puedan. Vaya a la agencia Gellian, en Nueva York, en las proximidades de Madison Square. ¿Entendió eso?
Jones asintió levemente, mientras luchaba impaciente con el delantal blanco.
—Dígale a Gellian dónde está el creador. Dígale que los hombres mutantes usan a Cadmus como fachada. Dígale que Nan Sanderson está aquí…, estudiando para convertirse en otra creadora. Dígale que no está sola. Y dígale que ataque…
Jones levantó el brazo, y Dane vio que Van Doon se acercaba a ellos.
—¿Tiene alguna dificultad, Fallon?
—Ninguna —respondió roncamente, y se alegró de que la máscara cubriese todavía su rostro.
—Tome, Fallon —dijo Van Doon, tirándole el delantal de Zwiedeineck—. Cuelgue esto, y yo atenderé al señor Jones.
Dane tomó la prenda y se volvió. Cuando salieron del edificio, Van Doon condujo a los dos sudados banqueros hasta Messenger, quien preguntó:
—¿Y bien, caballeros?
Jones llevó a Zwiedeineck hacia un costado, hasta el jeep donde estaba Ryling. Conferenciaron en voz baja, mientras Zwiedeineck espantaba los insectos con su sombrero de cowboy, en tanto que Ryling miraba el laboratorio de mutaciones con un brillo de asustada codicia.
Dane procuró no observarlos con demasiada ansiedad. Secó los tibios arroyos de sudor que chorreaban por su cuerpo tenso, y trató de no demostrar un interés excesivo cuando Jones volvió solo.
—Le daremos otros tres meses, J. D. —dijo con tono bastante sereno, pero sin poder ocultarle a Dane una ligera ronquera de velada emoción—. Pero si en tres meses no produce nada, pondremos fin a la sociedad. ¿Está claro?
—Está claro y es justo —respondió Messenger, con una sonrisa dolorida—. ¡Déme la mano!
Jones le estrechó la mano desganadamente, y luego se volvió bruscamente. Sin mirar a Dane, fue a reunirse con sus asustados satélites. Todos subieron apresuradamente a los jeeps, y Van Doon los escoltó hasta la Casa Cadmus.
—¡Bien, Fallon! —exclamó Messenger, perdiendo su máscara de serenidad cuando los jeeps desaparecieron detrás de la pantalla de vegetación. Parecía terriblemente enfermo, y sin embargo su ronco susurro parecía alborozado—. ¿Qué opina de esto?
Dane tragó saliva con dificultad. Ni siquiera podía estar seguro de que Jones hubiese oído su cauteloso murmullo, y ahora un ilógico impulso de piedad le hizo desear casi que el banquero no lo hubiese escuchado. No sabía qué pensar, e incluso temía pensar. Se sintió aliviado cuando Messenger no esperó su respuesta.
—¡Estamos a salvo! —exclamó el financiero enfermo—. Nos bastará con esos tres meses.