La isla del dragón
Capítulo 11
Dane esperó impacientemente, mirando cómo Nicholas Venn envolvía a la criatura verde muerta en las hojas de material plástico, para sepultarla nuevamente debajo de la ropa sucia.
—Muéstreme esa otra cosa —susurró ansiosamente.
—No la traje conmigo —respondió Venn, y empujó con nerviosismo la maleta debajo de la cama—. Tenía miedo de traerla —confesó—. Ahora está en el fondo del Mamberamo.
—¿Qué era?
—Simplemente una rama —explicó Venn, y con un movimiento inquieto tomó el último cigarrillo del paquete de Dane—. Nada más que la rama de un árbol.
—¿Y por qué era tan extraña?
—Era pesada como el hierro. En realidad era en su mayor parte de hierro, según creo, porque tenía un alto poder magnético. —Venn le dirigió una mirada incierta, consumiendo nerviosamente el cigarrillo—. Quizá me creerá después de que le hable del árbol en el cual crecía.
—Continúe.
—Heemskirk y Lambeau encontraron el árbol —manifestó Venn—. Crecía en un lugar próximo al limite de la nieve, en las laderas del monte Carstensz. Eso es lo que dijo el holandés, porque la mente de Lambeau estaba limpia como la de una criatura recién nacida cuando Heemskirk lo trajo a nuestro lugar de cita. E incluso el mismo holandés estaba casi enloquecido. Habían perdido el contador Geiger y el resto de su equipo, con excepción de la rama. ¡No entiendo cómo consiguieron regresar!
—¿La malaria?
—La malaria… y algo más. Por aquel entonces todos sabíamos un poco de medicina de la jungla, pero Heemskirk no pudo explicarme muy claramente qué era lo que los había dejado en ese estado. Estaba parcialmente delirante, y hablaba de montes de arbustos espinosos que habían atravesado en los valles inferiores, y de raras moscas negras que los habían picado, y de ese árbol extraño.
—¿El árbol?
—Crece en un valle alto, más allá de las espinas y de las moscas y de los glaciares —explicó el hombrecillo—. El holandés mascullaba y gritaba acerca de ese árbol, día y noche, hasta que cedió su fiebre. Brilla por la noche con un frío resplandor azul. Él balbuceaba algo acerca de ese brillo, y afirmaba que tenía el color de la muerte. El árbol activaba el contador Geiger, como si hubiese echado raíces en el yacimiento madre de todo el uranio de la Tierra. Pero el árbol en sí era de hierro.
—¿Cómo? —preguntó Dane, y sintió que la sensación de su columna vertebral se tornaba aún más fría—. ¿De hierro?
—No quería decírselo —manifestó Venn, meneando la cabeza con expresión de disculpa—. No esperaba que lo creyese.
—Pero le creo.
Dane recordó la planta metálica similar de la oficina de Gellian, y permaneció un momento preguntándose con nerviosismo cuál sería el fruto del árbol oculto. Además de los hombres mutantes, ¿cuál había sido la última meta lógica del creador? ¿Las estrellas?
—Todo ser viviente tiene una parte metálica —le explicó sobriamente a Venn—. Ese mulo verde me parece una mutación más radical, aunque me gustaría saber por qué el árbol fue ideado para asimilar uranio y cantidades tan grandes de hierro. Lamento que no haya traído la rama.
—Me asustó —confesó Venn roncamente—. Todavía tenía bastante radiactividad como para brillar en la oscuridad. Cuando descubrí eso, y vi el estado en que habían dejado los rayos a mis los compañeros, la tiré al río. Demasiado tarde. —Se encogió de hombros—. Ahora tanto Heemskirk como Lambeau están en un hospital de Manila, con una amnesia total.
—La amnesia no es un resultado común de las enfermedades por radiación — comentó Dane—. Hay una encefalitis endémica de Nueva Guinea, que destruye la memoria. Quizás eso fue lo que contaminó a su amigos. Quizás era transmitida por esas moscas que los picaron.
—¡Es un virus muy conveniente para la compañía de Messenger! —exclamó Venn entrecerrando los ojos—. ¿Cree que se trata de otra mutación?
—Es muy probable —asintió Dane, y pensó en el investigador de Gellian afectado por el mismo virus—. No creo que su existencia haya sido descubierta antes de la llegada de la compañía de Messenger a la isla, y muy pocos casos aislados se presentaron en otros lugares. No se sabe mucho al respecto, ni acerca de cómo se propaga la enfermedad. Sería un arma biológica muy efectiva.
—Nunca oí hablar de eso —murmuró Venn—. Lamento haber tirado la rama, pero mi situación se estaba haciendo desesperada.
—Es una suerte que haya logrado escapar con el mulo —asintió Dane—. Bastará para probar que Cadmus utiliza un proceso de mutación directa.
—¿Me ayudará a probarlo? —preguntó Venn, mirándolo ansiosamente con sus ojos velados—. ¿A probarle al público cuáles son las intenciones de Messenger y su pandilla?
—Haré todo lo que esté en mis manos —respondió Dane rápidamente—. Porque estoy convencido de que mataron al viejo amigo de mi padre para apoderarse del proceso. Quiero recuperarlo. Kendrew tenía la intención de enriquecer con él a todo el mundo, y no sólo a unos pocos banqueros.
—Entonces decidamos cuál será nuestro plan de acción.
—Quizás usted podría obtener mejores resultados sin mi —le previno Dane—. Puedo convertirme en un compañero peligroso.
—No se preocupe demasiado por los especialistas de Messenger —dijo Venn, y una afiebrada decisión iluminó sus ojos cansados y estremeció su voz ronca—. Porque ahora podremos ahuyentar a esas alimañas. He aniquilado a otras bandas con campañas periodísticas…, aunque ninguna era tan peligrosa. Yo sé utilizar la publicidad.
—Messenger también —murmuró Dane con tono preocupado—. Pero además yo tendré problemas con otro grupo. Se trata de una agencia de detectives privados que busca a los hombres mutantes engendrados por el mismo proceso para matarlos. Me negué a colaborar en la cacería…, y después de las ocho de la mañana yo seré otra de sus víctimas marcadas.
—¿Hombres mutantes, eh? —comentó Venn, y con una mirada de prevención volvió a escuchar si había pasos en el pasillo—. ¿No hay límites para la expansión de este proceso?
—Puede liberar los poderes latentes de la vida —afirmó Dane sobriamente—. Y los limites de la vida no han sido alcanzados nunca.
—Aun así, todavía disponemos de esta noche —manifestó Venn, y se encogió de hombros, como para alejar todos sus temores. Usted podrá examinar nuevamente el mulo y describírselo a los hombres de ciencia. Prepararé una campaña periodística. ¡A las siete de la mañana daremos una conferencia de prensa!
Dane hizo un gesto de asentimiento y recuperó parte de su confianza.
—Ésa es mi especialidad —agregó Venn, con nuevas energías en su voz cansada —. Invitaré a bastantes periodistas y fotógrafos, como para que Messenger no pueda intimidarlos a todos. Tendremos preparadas copias de nuestra información, para hacerla cablegrafiar. Usted podrá mostrarles el mulo a los fotógrafos, y contestar las preguntas de los cronistas de las secciones de ciencia. Obligaremos a Messenger a ponerse en fuga antes de las ocho. La muralla de la publicidad nos protegerá de él…, y de cualquier otro.
—No estoy seguro de que Messenger huya —contestó Dane, titubeando—. Me pareció un candidato muy duro. Y todavía le tengo miedo a Gellian. Aunque, según creo, está demasiado alarmado por los mutantes, es evidente que posee una organización poderosa y muy amplia.
—¿Se le ocurre un plan mejor?
—No —confesó Dane, meneando la cabeza—. No veo qué otra cosa podemos hacer.
—Entonces pongamos manos a la obra ahora mismo —dijo Venn, y se levantó impacientemente del borde de la cama—. En primer lugar… —En su rostro alucinado apareció una expresión de ansiedad—. ¡Espero que usted tenga dinero!
—No mucho. Aproximadamente cien dólares.
—Serán suficientes —murmuró Venn—. Necesitaremos alquilar un mimeógrafo para preparar un comunicado de prensa. Papel, algunos dólares para propinas. Y dinero para alquilar una habitación más grande para la entrevista de prensa.
—Podemos realizarla en mi hotel —sugirió Dane.
—Excelente. Aquí ya agoté mi crédito —comentó el hombrecillo, sonriendo—. Ni siquiera me fían un paquete de cigarrillos.
—Oh —exclamó Dane, comprendiendo que Venn debía de tener hambre—. Vamos a comer a alguna parte.
—Necesito alimentarme —asintió Venn, señalando la botella vacía de leche—. Esto es de ayer. Pero tengo miedo de salir. Tráigame algo cuando vuelva… y cuídese, por si alguien ya está vigilando.
Dane volvió a salir a la calle, que le pareció ahora más cordial que la miserable habitación de Venn. Había dejado de llover, y el resplandor gris estaba más pálido en la penumbra nocturna. Se enfrentó al viento cortante del este, y aspiró satisfecho el aire, lejos de aquel desagradable olor de algo más que el mulo verde muerto.
Caminó tres calles, estudiando los escaparates de los negocios, sin encontrar máquinas para oficina en alquiler o el equipo de laboratorio que necesitaba para examinar el mulo. Decidió hacer los pedidos por teléfono, y se volvió, deteniéndose en una rotisería para comprar carne fría y un pan y un recipiente con café caliente.
Había caído la noche en la media hora transcurrida desde su salida del hotel, y ahora las luces de la ciudad brillaban con un mortecino resplandor rojo contra las nubes bajas y desgarradas por el viento. El descolorido fuego oscuro pareció concentrarse nuevamente sobre el hotel miserable cuando se acercó al mismo, y el olor desagradable y penetrante volvió a recibirlo en el vestíbulo.
El empleado pelirrojo lo miró con desconfianza por encima de una gastada revista de historietas mientras él llevaba los paquetes hasta el ascensor automático. El quinto piso resultó demasiado silencioso, y ese silencio hizo que la muda alarma volviese a palpitar en su mente. Golpeó apresuradamente, y la puerta se abrió ante su mano.
El olor de la muerte salió a recibirlo, ahogándolo. Contuvo la respiración y entró en el cuarto. La luz estaba apagada, pero ese áspero resplandor misterioso reveló a Nicholas Venn, despatarrado sobre la cama en desorden, decapitado.
Luchando contra el pánico, Dane dejó los paquetes sobre la cómoda, cerró la puerta y encendió la luz. Despiadadamente, como lo había hecho el oscuro resplandor, la luz le mostró la cabeza de Venn, más consumida y pálida que nunca, que lo miraba desde el charco oscuro de las sábanas.
Se volvió rápidamente, sintiéndose descompuesto, para buscar el portafolios que él había dejado sobre la cómoda. No estaba allí. Atravesó la habitación para buscarlo, y tropezó con la maleta. Estaba abierta sobre el suelo. Las camisas sucias estaban caídas fuera, y una de ellas aparecía manchada nuevamente de rojo.
El paquete envuelto en material plástico también había desaparecido.
Se agachó para mirar debajo de la cama, pero sus dedos no encontraron el mulo. Lo que hallaron lo dejó tan frío como la misma muerte, y al sacarlo descubrió que se trataba del largo puñal de la jungla, de Venn, manchado de sangre y despidiendo aquel fuego oscuro en su mano.