La isla del dragón

Jack Williamson · Capítulo 4 de 30

Páginas del PDF

La isla del dragón

Capítulo 3

La agencia Gellian ocupaba el séptimo piso de un viejo edificio respetable dentro de su pobreza, cerca de Madison Square. El detective de semblante preocupado no había dicho nada más en el taxi acerca de la guerra secreta, y Dane miró a su alrededor con intrigada desconfianza cuando salieron del ascensor.

La empleada era una muchacha negra, delgada y de expresión tímida, cuyos límpidos ojos parecieron iluminarse con devoción cuando le habló a Gellian. La operadora del conmutador telefónico era una llamativa rubia nórdica, y la esbelta muchacha que atendía los teletipos era china.

—Sí, provenimos de todas las razas —comentó Gellian suavemente—. De todas las razas humanas. Nuestros viejos conflictos raciales resultan estúpidos, ahora que luchamos unidos contra los monstruos de Kendrew.

Condujo a Dane hasta una cómoda oficina privada. La muchacha china lo siguió para entregarle una hoja amarilla de mensajes arrancados de la máquina. Él los leyó, mientras los surcos de dolor se hacían lentamente más profundos en su rostro macilento y enfermizo.

—Pídale a la señorita Hunter que se comunique telefónicamente con nuestra sucursal de Canberra —le dijo bruscamente a la muchacha, y se volvió hacia Dane con una expresión de disculpa—. Lo lamento, Belfast, pero esto es urgente. Volveré en seguida para conversar acerca de su empleo en nuestra agencia.

Señaló una silla mientras salía apresuradamente, pero Dane se sentía demasiado excitado para sentarse. Los ambiguos comentarios de esas cartas habían bastado para traerlo a Nueva York. Obtener pruebas de los descubrimientos genéticos de Kendrew sería… ¡sensacional!

Dane se resistía todavía a creer que el genetista desaparecido hubiese creado una raza de seres sobrehumanos para desplazar a la humanidad, pero su ansiedad por ver las pruebas que le había prometido Gellian le cortaba el aliento. Miró dubitativamente a su alrededor.

Todavía estaba un poco desconcertado por la idea de un conflicto secreto por la supervivencia, entre los mutantes y los hombres, pero la agencia producía una impresión convincente de eficiencia. Los empleados atareados parecían tan tranquilos y cuerdos como los de un banco. Y la organización debía de ser sorprendentemente extensa, si tenía sucursales en Australia.

Su mirada inquisitiva se detuvo sobre los libros alineados detrás del escritorio atestado de papeles de Gellian. En lugar de volúmenes de criminología y derecho, vio obras recientes de ciencias biológicas. Incluso había un ejemplar de su propio informe: La bioquímica de la mutación.

Apartó la vista de los libros con un encogimiento nervioso de hombros, y entonces sus ojos fueron atraídos por un mapa. Era un hermoso planisferio que cubría casi por completo una pared. En él estaban clavadas docenas de alfileres negros; un hilo escarlata saltaba de uno a otro de ellos y terminaba en un signo de interrogación trazado con tinta negra.

Al mirar el signo meneó la cabeza inexpresivamente. Los alfileres estaban distribuidos como al azar, por las zonas habitadas de los cinco continentes. No alcanzaba a entender qué indicaban, y el curso del hilo rojo parecía demasiado intrincado para tener alguna significación.

Entonces se paseó desconcertado por el cuarto, hasta llegar al árbol. Al principio pensó que era una decoración que quedaba de la Navidad pasada, y se preguntó por qué no lo habían tirado muchos meses atrás. Pero parecía brillar, en el rincón en penumbras donde se encontraba, como si tuviese un reflejo gris del resplandor del peligro.

Era un pino pequeño y de follaje oscuro, plantado en una vulgar maceta roja. Ésta parecía tener como lastre algunos trozos de roca oscura y fragmentos oxidados de metal. De las ramas colgaban todavía algunos adornos cubiertos de polvo, y entre ellos había un juguete.

Una nave espacial. Por un momento se preguntó por qué colgaba olvidada allí, tanto tiempo después de Navidad. Sobre el escritorio de Gellian había visto las fotografías de los criaturas de ojos oscuros: un varón y una niña. Y la pequeña nave habría hecho las delicias de cualquier pequeño, con su coraza verde y la perfecta artesanía de su compuerta y del tren de aterrizaje y los escapes en forma de campana. Se disponía a tocarla, cuando volvió Gellian.

—¡Y usted quiere pruebas de la existencia de los mutantes! —comentó el macilento detective, con un gesto desanimado—. Éstas son las cosas que nos tienen asustados. Una criatura de ocho años…, ¡lo bastante inteligente para escapar de nuestros mejores agentes de Australia! Para resolver estos casos necesitamos hombres con un entrenamiento como el suyo.

Dane se apartó del enigmático y polvoriento árbol de Navidad, y meneó la cabeza.

—No soy detective —protestó—. No puedo creer que Charles Kendrew haya engendrado monstruos inhumanos. Indudablemente ésa no era su intención. Mi padre lo conocía —se adelantó rápidamente—. Pero estoy ansioso por ver cualquier prueba que usted tenga.

—Se las mostraré —asintió Gellian.

Se sentó pesadamente detrás de su escritorio, con la espalda vuelta hacia la ventana y hacia el horizonte de la ciudad oscurecido por la lluvia. Su mirada preocupada se dirigió hacia el diseño de alfileres e hilo del mapa mural, y pasó por aquel juguete exquisito que brillaba en el arbolito, para detenerse por fin tristemente sobre la fotografía de las criaturas que tenía sobre el escritorio. Por un momento pareció cansado y asustado, y vencido por su enfermedad; luego su cuerpo consumido se irguió desafiantemente.

—¿Acaso hace cuarenta años Kendrew no estaba tratando de obtener mutaciones controladas? —preguntó, con la mirada nuevamente endurecida—. ¿Por qué está tan seguro de que fracasó?

—No estoy seguro de que haya fracasado —dijo Dane—. Supongo que es posible que haya inventado un proceso de mutación, después de desaparecer en 1939. Pero no era lo bastante irresponsable, estúpido o malvado para crear algo peligroso para la humanidad.

—Las pruebas demuestran que lo hizo así.

—Pero mi padre lo conocía —insistió Dane—. Casualmente trabajaron juntos. Cuando mi padre salió de la Escuela de Medicina, en 1925, Kendrew lo empleó como ayudante para sus investigaciones.

—¿Investigaciones acerca de los genes? —inquirió Gellian, inclinándose ansiosamente sobre el escritorio—. ¿Qué descubrieron?

—Nada —respondió Dane, meneando la cabeza—. Kendrew tenía ideas interesantes acerca de cosas tales como la similitud de los virus y los genes, según me contó mi padre. Pero el mundo no estaba preparado para eso. No había microscopios electrónicos ni radioisótopos para explorar las moléculas vivas acerca de las cuales teorizaba. Después de muchos años de fracasos mi padre se desanimó, y empezó a practicar como cirujano.

—¿Pero Kendrew insistió en sus investigaciones?

—A pesar de todo —asintió Dane—. Durante los años de la depresión había perdido su respaldo financiero. Abandonó San Francisco para buscar algún empleo decente, por insignificante que fuese. Acostumbraba a escribirle a mi padre acerca de su trabajo en miserables laboratorios escolares o en su hogar, con la única ayuda de su esposa.

—¡Trabajar para crear a nuestros destructores!

—No tenía malas intenciones —protestó Dane—. Estoy seguro de ello, después de haber leído lo que le escribía a mi padre acerca de sus planes e ilusiones. Si a veces soñaba con cambiar el mundo, no era para empeorarlo.

Podía oír cómo su propia voz traducía las grandes esperanzas de Kendrew. A pesar del ceño fruncido de Gellian, se dejó arrastrar por su antiguo entusiasmo.

—¿Qué son los genes? Quizá nada más que moléculas proteínicas, ensartadas como cuentas para formar los cromosomas. Pero son el molde de la vida. Cuando una célula se divide, los genes se duplican. Son los modelos vivientes que dan forma a cada nueva vida a semejanza de la anterior…, excepto cuando la mutación cambia este molde. ¡Piense en lo que ocurriría si pudiésemos alcanzarlos y transformarlos según nuestra voluntad!

—¿De modo que eso es lo que hizo? —murmuró Gellian duramente.

—Lo que intentó hacer —respondió Dane—. ¿Puede culparlo? Piense en el éxito que significaría eso. Las plantas y los animales…, e incluso los virus, podrían ser transformados. Las especies útiles serían mejoradas, y las dañinas serían convertidas en útiles. Aplicada al hombre, la mecánica genética podría eliminar todas las fallas y deformidades hereditarias que actualmente cada generación humana le endilga a la siguiente. Por lo que escribía a mi padre, eso es lo que debía proponerse Kendrew. Pero sólo buscaba mejorar al homo sapiens, y no reemplazarlo.

—Yo no estaría muy seguro de eso —manifestó Gellian, y sus ojos cansados se entrecerraron para escudriñarlo—. Pero, ¿qué sabe usted acerca de las circunstancias de su desaparición?

—Su última carta estaba fechada en Albuquerque, en 1939 —explicó Dane, inclinándose para depositar el portafolios en el suelo. Esas cartas le habrían interesado a Gellian, pero no estaba dispuesto a mostrárselas—. Su situación debía de ser verdaderamente desesperada. Kendrew no tenía empleo. Su esposa esperaba otro hijo, y a él le resultaba difícil encontrar leche para el primero. Sin embargo, conservaba el optimismo, y estaba ocupado escribiendo una especie de opúsculo acerca de la mecánica genética.

—¿Cómo? —preguntó Gellian, poniéndose rígido—. ¿Qué se hizo de eso?

—Supongo que lo consumió el fuego —contestó Dane—. Porque la desgracia ocurrió un día o los después de escribir la carta. Su esposa enloqueció. Incendió la casa. Asesinó a su hijita, hirió de tres balazos a Kendrew, y luego se suicidó.

—¿Por qué? —susurró Gellian—. ¿No lo sabe?

—Mi padre no se enteró nunca —dijo Dane, meneando la cabeza—. Guardó los recortes periodísticos del caso, pero no explican nada. Margaret Kendrew también había sido una estudiosa, una parapsicóloga, pero su cariño había sido tan intenso que dejó su carrera al casarse. Mi padre acostumbraba a contar que ella tenía una mentalidad espléndida, y no entendía qué era lo que le había hecho perder la cordura.

—¡Estaba cuerda! —afirmó Gellian amargamente—. Yo puedo explicarle lo que ocurrió. Ella era un ser humano. ¡Descubrió que sus propias criaturas no lo eran! Su hijita fue el primer monstruo que hubo que matar —apretó las huesudas mandíbulas —. La gran tragedia es que Kendrew sobrevivió para crear otros mutantes.

—¿De veras? —exclamó Dane, y se le cortó el aliento—. ¿Está seguro?

—Los bomberos lo sacaron de la casa incendiada —explicó Gellian—. Se recuperó de las quemaduras y de las heridas de bala, y partió rumbo a México. —El detective se incorporó bruscamente, y se encaminó hacia el mapa mural—. Éste es el rastro que nos dejó.

—¿Cómo dice?

—¡El rastro del creador! —manifestó Gellian, señalando el hilo rojo que unía a los continentes—. Cada alfiler marca el lugar de nacimiento de un mutante comprobado. El hilo los une, por orden cronológico. El primero fue la propia hija de Kendrew, nacida en Albuquerque hace treinta y cuatro años. El último que hallamos es ese niño prodigio nacido hace ocho años en Australia.

—¿Kendrew está verdaderamente con vida? —inquirió Dane esperanzado, apartando la vista del laberinto del hilo, y sin poder contener un estremecimiento al ver el rostro cadavérico de Gellian—. Quiero decir…, ¿cómo lo relaciona con estos últimos nacimientos?

—Todavía no sabemos cómo son creados los mutantes —dijo el macilento detective con tono deliberado, frunciendo el ceño como si desaprobara el interés que él manifestaba por Charles Kendrew—. Pero parece lógico pensar que el hombre que los creaba estaba cerca cuando eran concebidos —miró severamente el mapa—. El creador tiene que haber estado en Acapulco en 1940, y en Río de Janeiro los años más tarde, y en Manida en 1945. Kendrew siguió la misma ruta, trasladándose siempre en la fecha exacta… dentro de lo que hemos podido comprobar.

—Son pruebas muy endebles —protestó Dane—. Debe de haber miles de viajeros que recorrieron la misma ruta.

—Sí, pero muy pocos especialistas en genética —respondió Gellian—. No hay noticias de nadie que haya andado hurgando en los genes. Hemos eliminado a muchos miles de sospechosos antes de encontrar a Kendrew. Según parece él no publicó nunca ningún trabajo, y nunca fue muy conocido. Pero estoy seguro de que es el creador.

Dane miró el mapa con expresión dubitativa.

—¿Si ésta es su mejor prueba, cómo sabe que hay un creador? —preguntó—. ¿No cree que pueden estar investigando casos de mutación natural?

—Usted es un genetista demasiado experimentado para sugerir eso —contestó Gellian, meneando impacientemente la cabeza—. Sé que después de Hiroshima se hicieron muchas especulaciones sensacionales acerca de los efectos de las radiaciones atómicas sobre el plasma germinal. ¡Pero estos no-hombres no son productos de la fisión!

—Las mutaciones naturales son causadas por otros muchos factores, además de las radiaciones —señaló Dane.

—Pero las mutaciones en la naturaleza son generalmente leves —respondió Gellian rápidamente—. Y generalmente malas. La naturaleza no puede crear con éxito una nueva especie con un paso tremendo, en la forma en que fueron engendrados estos no-hombres. La evolución natural requiere miles de generaciones para acumular los pequeños cambios accidentales hasta hacerlos beneficiosos, y para eliminar aquellos que no lo son.

Dane asintió desganadamente, y trató de no estremecerse ad ver el amenazante resplandor de peligro que aparecía nuevamente en el rostro severo y macilento de Gellian.

—Es cierto —murmuró—. Si los mutantes son bastante diferentes de los hombres para ser clasificados como especies nuevas, eso demostraría la manipulación de los genes por algún ser inteligente.

—¡Por Charles Kendrew! —exclamó Gellian, y sus rasgos consumidos se endurecieron, y sus ojos enfermizos adquirieron un brillo extraño detrás del resplandor oscuro—. Y los no-nombres son suficientemente distintos —agregó—. Cuando usted compruebe el grado de diferencia, lamentará sus esfuerzos para defender ad genio maligno que los forjó.

—Quizá —dijo Dane, y retrocedió con desconfianza. Había empezado a comprender que esta entrevista podría tener consecuencias desagradables—. Pero usted no me mostró ninguna prueba de que Kendrew engendrara a esos mutantes…, y ni siquiera de que éstos existan. Si tiene pruebas concretas, expóngalas.

—Ahora nos estamos entendiendo —asintió Gellian, con una sonrisa fugaz—. Tenemos pruebas suficientes, y deseo que usted me interrogue. Muchos hombres escépticos pasaron por esta oficina antes de ingresar en nuestra organización: financieros y políticos y jefes militares. Al principio, la mayoría de ellos parecían dudar, como usted. Generalmente hacían las mismas preguntas…, y se aliaban gustosamente con nosotros, después de conocer las respuestas. —Su fría sonrisa se tornó intranquilizadora—. Los hombres deben unirse a nosotros —agregó suavemente—, por el solo hecho de ser hombres.

—No entiendo el motivo —murmuró Dane, meneando la cabeza nerviosamente.

—En la Tierra no hay espacio para dos razas dominantes —explicó Gellian—. El pasado lo demuestra…, los viejos hombres de Neanderthal, y todos nuestros otros antepasados.

—No estoy tan seguro —murmuró Dane—. Pero veamos sus pruebas.

—Ahí está lo que acostumbro a mostrar —manifestó Gellian, señalando rápidamente un archivador metálico—. Objetos tales como un libro de poemas intelectuales, escrito en Braille por una criatura ciega. Una sinfonía extraña, metálica y disonante, difícil de ejecutar y dolorosa para el oído, compuesta por un niño de seis años. El libro de apuntes de otro niño prodigio, cifrado, y del cual sólo pudimos leer una sección destinada a la crítica de la teoría de los quanta.

—¿Y esos hechos le resultan alarmantes?

—Parecen inofensivos —asintió Gellian serenamente—. Tan inofensivos como debieron parecerles las primeras pisadas humanas a los animales que todavía caminaban a cuatro patas.

Dane lo miró, sacudido por una dolorida sorpresa.

—¿Les ha declarado la guerra a algunas criaturas superdotadas sólo porque le parecen demasiado precoces?

—Es cierto que la mayoría de los monstruos contra los que combatimos son jóvenes —dijo Gellian impacientemente—. Y precisamente su juventud es lo que nos da una probabilidad de triunfo. —Su rostro severo se puso tenso—. No podemos tener piedad, cuando incluso un mutante recién nacido lleva la semilla de nuestra destrucción. —Sus ojos alucinados miraron fijamente a Dane—. ¿No entiende eso?

Dane trató de apartarse del cruel resplandor que brillaba sobre Gellian, y se estremeció al percibir el frío maligno que se acumulaba en la habitación. El sabor del peligro le hacía arder la boca, y su olor lo asfixiaba. Pero se irguió desafiantemente. Cualquiera que fuera el peligro futuro, no estaba dispuesto a participar en una guerra contra los niños, fueran mutantes o no.

—No —afirmó—. Nada de lo que usted me muestre podría convencerme de eso.