La isla del dragón

Jack Williamson · Capítulo 28 de 30

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La isla del dragón

Capítulo 27

Nan se volvió nuevamente y empezó a trepar. Con su overol blanco parecía esbelta y fuerte, y trepó por el costado del primer peñasco gigantesco con una gracia rápida y segura. Él sabía que estaba dotada de la resistencia del homo excellens, pero sintió un escalofrío cuando vio nuevamente el árbol, tan lejos de ella.

Nan desapareció durante un momento de su campo visual, en lo alto del peñasco; luego volvió a verla, mientras corría a lo largo de un afilado borde rocoso para saltar sobre la ancha abertura entre los rocas. El salto la hizo desaparecer de su vista, y por un largo rato sintió un miedo torturante de que hubiese caído.

Cuando volvió a verla ya estaba a gran altura, y era una pequeña figura blanca que luchaba contra las barreras y las distancias que se hacían aplastantes cuando la insignificancia de ella revelaba su verdadero tamaño. Todavía le faltaba por recorrer la mayor parte de la ladera, y luego tendría que trepar por los acantilados.

La vio caer. El peñasco que estaba escalando no parecía desde aquella distancia más grande que un guijarro, pero medía varias veces su estatura. Había recorrido la mitad de su fachada cuando la vio resbalar y rodar hacia atrás. Permaneció tendida durante un largo rato, bajo los rayos del sol que castigaban la cornisa rocosa de abajo, pero finalmente se incorporó, se agachó para darse masaje en las rodillas lastimadas, y finalmente reanudó el intento.

Se detuvo en el lugar desde donde había caído, como pegada a la roca. Él la imaginó buscando algún saliente donde apoyar el paso, y lo estremeció el temor de que volviese a resbalar. Pero Nan siguió trepando hasta lo alto del peñasco, giró hacia él para saludarlo agitando la mano, y siguió su rápida marcha hacia la siguiente chimenea rocosa que tendría que escalar.

Dane la vio desaparecer, y regresó nerviosamente junto al creador herido. El estrecho espacio donde yacía el anciano estaba recalentándose porque los rayos del sol caían verticalmente dentro de la cabina estrellada. Dane sacó las mantas del avión y preparó un lecho más cómodo sobre una roca chata que estaba protegida por la sombra de una de las alas retorcidas. Messenger seguía desmayado y respiraba tan débilmente, que parecía a punto de resbalar por el borde de la vida, perdiendo su terco apoyo. Su cuerpo pesado hacía difícil moverlo. Dane arrancó una puerta del interior de la cabina para usarla como camilla, y lo arrastró fuera del avión sobre la misma.

Pareció respirar más libremente en el aire fresco del exterior, y se movió súbitamente mientras Dane estaba vendando la herida de su cabeza. Su mano temblorosa subió para tocar las vendas, y sus ojos claros volvieron a abrirse, despiertos e inteligentes.

—¿Y bien? —susurró tenuemente—. ¿Qué me golpeó?

—Van Doon —dijo Dane, y le explicó lo ocurrido—. Nan volverá a la nave antes de que anochezca —agregó, con más confianza de la que sentía—. Todo lo que tenemos que hacer es esperar aquí su regreso.

—Es difícil matarme —comentó Messenger, con una débil sonrisa—. Hace años que la gente intenta hacerlo.

Permaneció acostado durante un largo rato, con los ojos cerrados, como si estuviese exhausto. Finalmente, Dane se inclinó para contar sus pulsaciones, preguntándose si su resistencia estaba cediendo.

—¡Todavía no! —exclamó el viejo, apartando su muñeca con inesperado vigor—. Yo te avisaré cuando necesite otra inyección. —Miró durante un momento a Dane, con una especie de serena fijeza—. ¿De modo que tú y Nan partiréis rumbo a las estrellas? —susurró finalmente—. Dane, ¿qué piensas de ella?

—No lo sé —empezó a decir Dane, pero la muda invitación de los ojos de Messenger le hizo sentir deseos de ser completamente sincero—. Sí, lo sé —exclamó impulsivamente—. Es perfecta. No hubo ningún error en los genes que usted ordenó para ella. Lamento haber pensado ciertas cosas de Nan… cuando creí que había asesinado a Nicholas Venn, y cuando sospeché que Van Doon era su amante. Porque es… ¡formidable! Creo que estamos enamorados.

—¡Pamplinas! —comentó Messenger, y en su rostro curtido apareció una sonrisa maliciosa—. Yo también creo que tuve éxito con Nan, lo mismo que contigo. Me alegro de que os apreciéis, aunque eso no es nada sorprendente. ¡Pero… amarse! — Cerró los ojos para descansar nuevamente, mientras Dane aguardaba con incertidumbre—. Todavía sois unas criaturas —agregó finalmente—. Los dos lo sois…, excepto en el tamaño. Si creéis que sois capaces de amar…, volved a pensarlo dentro de veinte, o de cuarenta años, cuando vuestras facultades de mutantes estén más maduras. ¡Entonces sabréis cuál es el significado del amor!

Volvió a quedar inmóvil, como si estuviese agotado.

Desde la piedra chata donde estaba sentado, junto al anciano, Dane alcanzaba a ver el árbol, erguido en la alta garganta. Estudiaba nerviosamente las rocas y los acantilados más bajos, pero no veía a Nan. Temía que hubiese resbalado nuevamente, pero trató de ocultar su torturante temor cuando descubrió que Messenger lo estaba mirando. El creador volvió la cabeza y vio el árbol lejano. Dane sintió que se ponía rígido.

—Tienes motivos suficientes para preocuparte —susurró—. No sabía que era una ascensión tan difícil. ¿Por qué no la acompañaste?

—Tengo un tobillo dolorido —respondió Dane rápidamente.

—No mientas —gruñó Messenger—. ¿Por qué no confiesas que te pidió que te quedaras para cuidarme? ¡Qué tontuela adorable! Será mejor que la sigas, si sabes por dónde fue. Necesitará ayuda.

—Ella quiere encontrarlo con vida cuando descienda con la nave —contestó Dane meneando la cabeza.

—Lo sé —jadeó el creador—. Ya me conservó la vida más de lo que me correspondía. Pero no puedo vivir eternamente. Tú y Nan fuisteis hechos para permanecer jóvenes y con vida durante todo el tiempo que sea razonable desear, pero yo nunca podré rehacerme.

Permaneció mirando el árbol lejano, mientras recuperaba el aliento.

—Nan ya me salvó de una desagradable enfermedad —dijo finalmente—. Y trabajó con la esperanza de rescatarme de la vejez.

—¿Es posible?

—Ella lo creyó —contestó Messenger laboriosamente—. La muerte es una función necesaria en la evolución de la vida… para eliminar a las viejas generaciones y dejar paso a las nuevas. El envejecimiento parece un proceso vital normal. Nan procuraba reacondicionar algunas células productoras de hormonas, perdidas en algún lugar de mi vieja osamenta, para revertir así la senilidad.

Dane asintió en silencio, maravillado por la idea de revertir el tiempo biológico.

—Naturalmente, yo me interesé amistosamente en su proyecto —agregó trabajadosamente el creador, con voz muy débil—. Era un sueño agradable: recuperar la juventud; partir hacia la Luna o Marte para encontrar el santuario del homo excellens; ver cómo tú y Nan y los otros os convertíais en los seres magníficos que yo imaginé; y ayudaros si me fuera posible.

—No es un sueño —dijo Dane. Se había quedado a petición de Nan, pero ahora se alegraba de haber permanecido junto al creador—. Ella volverá. —La esperanza se reflejó nuevamente en su voz—. Pronto lo tendremos a salvo en la nave.

—No —murmuró Messenger, y sacó su mano hinchada de debajo de las mantas, para tocar la piedra negra desnuda—. Moriré aquí.

—¡Por favor, no diga eso! —exclamó Dane, conteniendo un escalofrío.

—Es cierto —jadeó el creador—. Ya se ha terminado la cuerda del viejo reloj. Nan quería hacerlo funcionar nuevamente. Dentro de algunos años sabrá cómo se puede hacer eso. Pero hoy le corresponde detenerse.

—¡Pamplinas! —protestó Dane enérgicamente—. Sé que la altura recarga de trabajo a su corazón. Quizá necesita otra inyección. Tiene que descansar. No trate de hablar.

—No me sermonees —murmuró Messenger—. Descansaré cuando me muera. Y sé que moriré hoy. Mi capacidad metapsíquica está mejor entrenada que la tuya.

—¿Eh? —preguntó Dane, desconcertado—. ¿Cree que verdaderamente puede ver en el futuro?

—De a una célula por vez, y con pocos días o incluso algunas semanas de anticipación —murmuró serenamente—. Todavía puedo hacerlo, a pesar de mi derrame. Estuve examinando la condición futura de mis propias células cerebrales. Hoy morirán todas.

Dane se incorporó, sorprendido por aquella total certidumbre.

—¿Cuánto hace que lo sabe?

—Casi un mes. No se lo conté a Nan, pero éste es el motivo por el que la traje aquí con tanta prisa y me esforcé tanto por ayudarla a transmutar esos mulos. —Sus ojos desteñidos miraron fijamente a Dane, sin darse todavía por vencidos—. No quería dejarla sin protección.

El brillo de sus ojos le produjo a Dane un sobresalto. Su muerte en ese día era muy probable, bajo las bombas de Gellian si no era por un síncope, pero ya había inventado bastantes mentiras ingeniosas en defensa del homo excellens, y probablemente ésta era otra de ellas.

—De modo que estás desperdiciando tu vida —susurró Messenger—. La arriesgas inútilmente, esperando que los aviones de Gellian te sorprendan aquí. Nan te necesita, y ya has hecho por mí prácticamente todo lo que está en tus manos. Ponme otra inyección, si lo deseas, y luego inicia tu marcha.

—No, no me iré —afirmó Dane, y empezó a desinfectar el brazo para clavar la aguja—. No confío plenamente en su visión del futuro, y me temo que mirar el porvenir sea un asunto peligroso.

—¡Basta! —exclamó Messenger, con inesperada energía—. Ponme la inyección y vete mientras sea posible.

—Estaba pensando en mi madre —dijo Dane, mientras llenaba metódicamente la jeringa—. Supongo que usted sabe que tenía facultades metapsíquicas, pero ¿sabe también que éstas le causaron la muerte?

El creador meneó la cabeza con débil impaciencia.

—Desde pequeña estaba convencida de que moriría en la mesa de operaciones. Cuando empezó a sentir los síntomas del cáncer, el temor de morir le llevó a postergar la operación hasta que fue demasiado tarde para salvarle la vida. Esta convicción de que moriría fue lo que la mató.

—Pero a pesar de eso murió —susurró Messenger—, como lo había previsto.

—Y usted quiere preparar su muerte de la misma forma —insistió Dane—. Si me voy, usted probablemente morirá antes de que Nan regrese con la nave. —Pellizcó la carne fofa y clavó la fina aguja—. Pero le prometí a Nan que me quedaría. Y cumpliré con mi palabra.

El creador pareció no sentir el pinchazo.

—Es un error mío —dijo, y sus ojos parpadearon, como si estuviesen velados por el cansancio—. Debería haberte hecho menos tonto. ¿O acaso me equivoco? —Sus ojos se cerraron, y su susurro apenas fue audible—. Tú y Nan estáis desperdiciando vuestras vidas por nada, pero quizás eso se deba a que sois sobrehumanos. Y quizá no sea inútil…

Su voz se apagó. Dane temió que se estuviera muriendo, y buscó rápidamente su pulso. Fue difícil de encontrar, y al principio resultó muy débil e irregular. Pero pareció adquirir mayor fuerza y firmeza a medida que la inyección hacía su efecto. Su respiración lenta se hizo más serena, y el mortal color azul se atenuó en sus labios.

Con la esperanza de burlar la muerte ya prevista del creador, Dane trepó a la enorme roca que había roto el ala del avión para buscar a Nan. Miró contra el caluroso reflejo del sol de mediodía hasta que los ojos le dolieron y se empañaron de lágrimas, pero lo único que vio fue la enorme pendiente de bloques rotos de basalto, los altos acantilados desde donde se habían desmoronado, y el árbol aparentemente pequeño, en la lejana abertura.

Miró el árbol, con la esperanza de que el tronco macizo se partiera en dos, abriéndose como una flor para revelar el fuselaje de la nave. Sus ojos se esforzaron para ver el alto huso brillando bajo el sol, maravilloso y resplandeciente, y elevándose luego lentamente de su cascarón roto sobre los propulsores atómicos recalentados al rojo blanco.

Pero nada salió del tronco, y su imaginación trastornada empezó a reflejar a Nan caída al pie de una traicionera cornisa o desplomándose impotente por un precipicio, o muerta en el interior de la nave al intentar ponerla en marcha. No podía dejar de recordar que nunca había sido probada ni olvidar las mutaciones que habían fallado.

Cansado y deprimido, bajó nuevamente hasta la piedra chata donde el creador yacía desmayado. El tiempo transcurría lentamente. La tormenta que había visto en las laderas de la montaña debía de haber seguido creciendo, porque un manto de altas nubes cubrió el sol y enfrió súbitamente el aire. Extendió una nueva manta sobre Messenger, y se puso de pie una vez más para buscar a Nan, hasta que el árbol mismo empezó a desaparecer y borrarse delante de sus ojos. Se sentó nuevamente, temblando por efecto del viento frío.

Las nubes bajaban y se oscurecían. A lo lejos los truenos retumbaban contra los acantilados. Al principio le pareció que la tormenta estaba cruzando las cumbres, pero entonces la vibración del sonido se hizo más estable en el aire, y tuvo un efecto más alarmante que cualquier trueno natural.

Era el rugido de los motores de aviones.

—Bien, Dane —dijo Messenger, nuevamente despierto, y mirándolo tristemente desde su lecho improvisado—. Lamento que no te, hayas ido mientras tenías una oportunidad de hacerlo.