La isla del dragón

Jack Williamson · Capítulo 2 de 30

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La isla del dragón

Capítulo 1

La ciudad rugía. Su súbita hostilidad equivalía a un sabor amargo y a un penetrante olor de amenaza, y a un resplandor pálido de peligro que se extendía sobre todo lo que veía, y a un frío peligro que le cosquilleaba sobre la nuca. Aunque sus orejas no percibían ninguna advertencia, la alarma estalló dentro de su cerebro.

Dane Belfast chocó con este sorprendente impacto cuando abrió la puerta de la habitación que ocupaba en un hotel de Nueva York, a las siete de la mañana de ese día de marzo. La inesperada intensidad de esta sensación le cortó el aliento y lo empujó hacia atrás. Se refugió en el umbral, tanteando con aturdimiento en busca de lo que le había sacudido así.

El pasillo, cubierto con una alfombra roja, estaba vacío. Escuchó, pensando que debía de haber habido algún disparo o un grito, pero no oyó nada más alarmante que el murmullo apagado del tránsito en Madison Avenue, veinte pisos más abajo. Olió el aire en busca de humo, pero no encontró nada más inquietante que los tenues y rancios olores humanos de tabaco y perfume.

Sus sentidos en tensión no percibieron ninguna amenaza, y al principio trató de no hacer caso de lo que había experimentado. Era un hombre de ciencia, un investigador de la genética. Había encontrado suficientes misterios en sus trabajos con genes y cromosomas, en un mundo donde los iguales generan a los iguales. No disponía de tiempo para lo inexplicable.

Contuvo el aliento, sacudió cuidadosamente una hilacha del abrigo doblado sobre su brazo, y se encaminó nuevamente con paso resuelto hacia el ascensor. No se necesitaba ser un biólogo profesional para saber que el peligro, por sí mismo, no tiene sabor ni consistencia, ni resplandores de alarma; por un momento trató de convencerse de que había sido afectado por una súbita cinestesia, esa anormalidad de la percepción en la cual los sonidos son vistos con color, y los colores son saboreados.

Pero no estaba enfermo. Nunca lo había estado, ni siquiera por un resfriado. Aun después de la aplastante tensión de esos últimos meses, se sentía bastante fuerte y sano para no ceder a productos enfebrecidos de su imaginación. Tenía apenas veinticinco años y todavía estaba acorazado por el vigor indestructible de la juventud. Todo había marchado bien hasta el momento en que había abierto la puerta.

Analizó apresuradamente el día anterior, pero no consiguió recordar ningún incidente anormal, y menos que nada un gusto o un olor o una sensación de peligro. El mal tiempo había retrasado su avión, de modo que había llegado demasiado tarde para visitar al hombre al cual había venido a ver. Luego salió solo, para comer y ver la iluminación de Times Square. Presenció una pelea en el aparato de televisión de un bar, mientras bebía tres cervezas, y luego regresó a su hotel. Durante ese lapso, Nueva York no había estado rugiendo.

Ahora intentaba tragar ese sabor acre del mal, pero se pegaba a su lengua. Parpadeó para hacer desaparecer el resplandor incoloro, pero éste siguió bañando el corredor con su amenazante hostilidad. Y el peligro volvió a detenerle antes de que pudiese cerrar la puerta de su habitación. Era una barrera invisible y sin embargo extrañamente efectiva, que lo retrasó durante algunos molestos segundos…, el tiempo suficiente para que oyese sonar el timbre del teléfono.

Regresó apresuradamente para atender la llamada.

—¿Dane? —preguntó una voz de mujer joven, baja y agradable—. ¿El doctor Dane Belfast?

Hablaba como si le conociese, pero Dane no había estado en el Este desde hacía mucho tiempo, cuando él y su madre habían acompañado a su padre a un congreso de médicos. No tenía amigos en Nueva York, y menos aún amigos del sexo femenino.

—Soy Nan Sanderson —dijo ella, pero Dane no recordaba a nadie de ese nombre —. Del Servicio Sanderson. Estamos en la calle Cuarenta, a pocas manzanas de su hotel. ¿Podría venir a nuestra oficina esta mañana? ¿Digamos a las once?

—¿Cómo? —inquirió él. Estaba seguro de no haber oído mencionar nunca al Servicio Sanderson, y se preguntó por un momento cómo había conseguido esta firma su nombre. No le habían anunciado su llegada ni siquiera a Messenger, el financiero al que pensaba entrevistar—. ¿Qué venden ustedes?

—Nada —respondió ella serenamente—. A menos que quiera llamarlo seguros de vida. Porque usted corre peligro, doctor Belfast. Y es probable que nosotros podamos salvarlo.

Su voz tenía un tono convincente, y sus palabras hicieron que la oscura iluminación que había encontrado afuera entrase al cuarto. Ahora esta sensación de peligro dejaba de ser una posible ilusión. Se había convertido súbitamente en algo real, que él debía aceptar y explicar.

—¿Peligro? —murmuró él desconcertado—. ¿Qué enemigos tengo?

—¡Bastantes! —contestó ella, con una voz contenida que encerraba una urgencia apremiante—. Enemigos mortales, que trabajan inteligentemente en la sombra, que están bastante desesperados como para envenenar sus alimentos, asesinarlo a tiros por la espalda o apuñalarlo mientras duerme.

Cinco minutos antes él se habría reído de esto. Sin embargo, en ese momento sintió que el aliento helado del peligro se filtraba por la puerta cerrada, y saboreó el veneno del odio adherido a su lengua.

—Eso me parece muy drástico —comentó él, sin poder contener un estremecimiento—. ¿Quién podría desear matarme?

—Por ejemplo, John Gellian.

Él repitió el nombre. Sonaba extraño, y trató de negar nuevamente toda posibilidad de peligro. No le había hecho daño a nadie. Los objetivos de sus investigaciones eran desinteresados. No tenía en su poder nada que alguien pudiese desear tan desesperadamente como para matarlo por ello.

Levantó la mano distraídamente para tocar su billetera achatada. La mayoría de sus ahorros habían servido para pagar cuentas pendientes del laboratorio en quiebra, después de la muerte de su padre y de la interrupción de las donaciones de Messenger. Los cinco billetes de veinte que aún tenía no podían tentar a nadie al robo.

—No puedo hablar mucho —dijo la muchacha. Le dio una dirección en la calla Cuarenta—. ¿Estará aquí a las once?

—Pero yo no puedo correr un verdadero peligro —insistió él—. A menos… —se interrumpió nerviosamente—. ¿Esto se debe a mis investigaciones?

Al igual que su padre, él había estado buscando la forma de llegar a modificar y obtener la mutación de los genes, de reconstruir los rasgos de la herencia que ellos transmitían. Este secreto creador podría haber bastado para rodearlo de enemigos codiciosos…, pero él no había logrado hallarlo.

Los genes, llaves tentadoras de todos los misteriosos poderes y maravillas de la vida, eran demasiado pequeños para ser tocados y transformados con los procesos que ellos habían puesto en práctica. Los repetidos fracasos debían haber destruido la confianza de Messenger en el proyecto, y Dane sabía que habían sido la causa final de la muerte de su padre. Él mismo había estado a punto de darse por vencido antes de hallar en el escritorio de su padre unas viejas cartas.

Cartas de Charles Kendrew, escritas en la década de 1930 por este pionero de la genética, en las que se refería a sus atrevidos planes para esa magnífica ciencia nueva que él llamaba mecánica genética; cartas de Messenger, fechadas muchos años más tarde, en las que prometía fondos para llevar adelante el trabajo inconcluso de Kendrew.

Ahora esas cartas estaban en el portafolios de Dane. Las había traído a Nueva York. Contenían pruebas importantes de que ya había sido descubierto un método viable para crear mutaciones genéticas útiles, quizá por obra del mismo Kendrew, y de que Messenger había ganado una fortuna gracias a él.

Precisamente era acerca de estas pruebas circunstanciales que él quería conversar con el magnate. Esperaba una entrevista tempestuosa. Cualquier proceso para obtener mutaciones dirigidas podía ser más importante para la humanidad que los métodos para producir la fisión del átomo. Si Messenger tenía algo que ocultar, las cartas podrían convertirse en una posesión peligrosa después que él las viera.

Pero Messenger no conocía todavía su existencia. Ni ninguna otra persona. Cualesquiera fueran sus motivos, el financiero había donado un total de los millones de dólares al laboratorio. Dane creía que eso le otorgaba derechos a la duda. Las pruebas eran demasiado frágiles para demostrar cualquier delito, y él todavía conservaba la esperanza de que el millonario pudiese explicarlas adecuadamente.

Todo lo que deseaba Dane era otra oportunidad para llevar a la realidad el magnífico sueño de Kendrew. Si Messenger ya estaba explotando algún tosco proceso de mutación, tal como lo sugerían las cartas, él quería conocerlo, perfeccionarlo, y verlo aplicado según los ideales de Kendrew: para beneficio de la humanidad y no de un monopolio.

Sin embargo, Dane no era un enemigo de la propiedad. Consideraba que su propia escasez de fondos era un contratiempo temporal. Estaba dispuesto a permitir que la compañía de Messenger obtuviese una ganancia incidental con todas las creaciones de la mecánica genética, y había tenido bastante confianza en recibir un trato justo, hasta que había abierto la puerta para encontrarse con ese resplandor siniestro.

Ahora no estaba seguro de nada.

—He estado realizando algunas investigaciones genéticas —le explicó a la muchacha por teléfono—. Podrían haber sido importantes, pero no dieron resultado. Si alguien cree que descubrí algo digno de ser robado…

—No, Dane. No se trata de eso —lo interrumpió ella rápidamente—. Pero su situación es verdaderamente grave. Cuídese de Gellian. Y lo estaré esperando a las once.

—¡Un momento! —exclamó él—. ¿No puede decirme…?

Ella había cortado la comunicación. Él colgó el auricular y sacó distraídamente el pañuelo para secarse el sudor de sus manos pegajosas. No había averiguado nada acerca del Servicio Sanderson, pero sabía que estaría allí a las once, con la esperanza de huir del frío manto del peligro que lo rodeaba.

Sus palabras lo habían convencido de que sus sensaciones perturbadoras tenían un motivo justificado, ajeno a él mismo. Pero ahora, al apartarse del teléfono, le pareció que ya se estaba disipando. Comprendió, extrañado, que el resultado neto de ese resplandor y del olor y el sabor del peligro había sido mantenerlo allí el tiempo necesario para recibir aquella llamada.

Sin embargo, le pareció que hasta que pudiese reunir más datos, la naturaleza de esta sensación de peligro seguiría siendo una incógnita. Bebió un vaso de agua para librarse de la sequedad de su garganta, y entonces abrió el portafolios con el súbito temor de que su contenido hubiese desaparecido junto con todas las claves de aquella ciencia secreta.

Pero encontró a salvo las cartas, amarillentas por efecto del tiempo, escritas con la cuidada letra de Charles Kendrew, y las notas de Messenger escritas a máquina en el costoso papel con membrete de la Cadmus Corporation, y los borradores a lápiz o las copias a papel carbón de algunas de las respuestas de su padre.

Cerró el portafolios, satisfecho, y lo llevó con él cuando volvió a salir. No tropezó con una nueva alarma; el extraño resplandor siniestro se había apagado cuando llegó al vestíbulo, para convertirse en un recuerdo intranquilizador.

Ya con su personalidad casi recuperada, comió jamón con huevos en el comedor del hotel, a pesar de que la sensación de peligro le había dejado un regusto amargo que disminuyó su apetito. Volvió al vestíbulo, y desde una cabina pública llamó por teléfono a Messenger.

Una voz suave ronroneó que el señor Messenger estaba ausente. El señor Messenger no llegaba casi nunca antes de las tres de la tarde, y generalmente estaba ocupado a partir de ese momento. El horario del señor Messenger no le permitía conceder entrevistas, pero Dane podía dejar su nombre. Lo dejó, y manifestó que iría a visitar al señor Messenger a las tres.

Todavía disponía de los horas antes de acudir a su cita en el Servicio Sanderson. Con la esperanza de encontrar algún dato de interés acerca de esta empresa, o de la compañía Messenger, o incluso de alguien llamado John Gellian, compró una pila de diarios en el puesto del vestíbulo, y se encaminó hacia el dudoso santuario de su habitación para leerlos.

—Discúlpeme… ¿es usted el doctor Belfast?

La pregunta fue hecha con voz suave detrás de él, cuando se estaba alejando del quiosco. Por algún motivo, despertó momentáneamente un eco de la extraña sensación de peligro. Se volvió con aprensión, y vio un chispazo de oscura hostilidad que señalaba e identificaba al hombre alto que lo seguía apresuradamente.

—Soy Belfast —asintió él—. Supongo que usted es John Gellian.

—De la Agencia Gellian —respondió el desconocido, con una sonrisita severa—. ¿Puedo disponer de su tiempo?