La isla del dragón
Capítulo 5
Subió a un taxi en la esquina. Se irguió nerviosamente en el asiento mientras viajaban en dirección a la calle Cuarenta por las avenidas atestadas por el tránsito de la mañana, y trató de decidir su actitud futura.
No podía regresar. El antiguo sueño de Kendrew se había convertido en una terca obstinación de su propio ser, enraizada quizás en el desinteresado idealismo de su padre y en el animado encanto eurasiático de su madre. A pesar de los temores de Gellian, la promesa de la mecánica genética parecía demasiado hermosa para ser destruida.
Pensó que si toda la sangre de su madre hubiese sido caucásica, probablemente él se habría sentido muy satisfecho con el mundo tal como era. El tormento del accidente racial había sido quizá lo que generó su propio vehemente deseo de una revolución genética. Y había desarrollado en él un desafiante sentido de independencia que no cedería con facilidad al ultimátum de Gellian.
Porque Tanya de Johg había llevado el caos de su época escrito en sus genes. Su belleza morena, su sensitiva inteligencia y sus rápidas emociones habían sido la herencia de muchas razas. Influida por la intranquila melancolía de generaciones apátridas, provenía de rusos blancos fugitivos de la violencia y de mercaderes holandeses trashumantes, de pueblos amarillos y bronceados alejados de sus tierras natales por el triunfo pasajero del hombre blanco, y nuevamente rebelados en el exilio.
Ella estaba trabajando como técnica de laboratorio en uno de los hospitales de Manila demolidos por las bombas cuando el doctor Philip Belfast llegó en 1945 como cirujano del ejército, cansado y solitario después de dejar atrás el tormento de muchas islas. Se enamoraron. Haciendo oídos sordos a los amigos asustados que le previnieron que su boda sería desgraciada, quiso casarse con ella.
«Pero ella huyó», dijo en sus oídos la voz de su padre, volviendo hasta él, cargada con el triste desconcierto con que el anciano médico hablaba siempre de este hecho y de sus consecuencias. «Abandonó su empleo y me escribió una nota desesperada en la que explicaba que se iba porque no quería hacerme daño. Yo pensé que el problema consistía sólo en su preocupación por la diferencia racial, aunque ya habíamos llegado al acuerdo de que ésta no tendría importancia…, demasiada importancia. Pero fui trasladado a Okinawa antes de poder hablarle nuevamente, y no quise volver a verla hasta que regresé para buscarla, después de la guerra. Entonces la encontré trabajando nuevamente en el mismo hospital. Comprendí que todavía me amaba, a pesar de que yo era norteamericano. No había habido ningún otro hombre. Pero todavía no quería casarse conmigo…, hasta que la obligué a que me explicase cuál era su problema. Creía ser intuitiva, y quizá lo era, aunque entonces me burlé de sus palabras. Afirmó que tenía sueños proféticos. Insistió en que en sus sueños había visto morir a sus padres, cuando era pequeña, en la misma forma en que murieron verdaderamente durante el primer ataque aéreo contra Manila. En el sueño que la había apartado de mí, creía haberme visto arrodillado y desgarrado por el dolor junto al lecho de operaciones donde ella yacía muerta. Estaba convencida de que se hallaba condenada a morir joven, y no quería que yo sufriese como había sufrido en su sueño. En aquella época yo no le otorgaba mucha importancia a ningún tipo de percepción extrasensorial. Pensé que estaba un poco trastornada por todo lo que les había ocurrido a ella y a su familia durante la guerra. Sin embargo, creo que nunca conseguí apartarla de su convicción acerca de su destino futuro. Finalmente la convencí de que su huida histérica me había lastimado tanto como cualquier otra desgracia. Entonces se casó conmigo.»
En su imaginación, Dane volvió a ver la sonrisa del viejo cirujano, iluminada aún en su recuerdo por un amor indestructible:
«Regresamos a San Francisco antes de que tú nacieras. Ella prometió olvidar esos sueños y creo que lo hizo…, por lo menos durante un tiempo.»
Dane frunció el ceño pensativamente en el taxi, procurando olvidar la fría nube de hostilidad sensorial que lo rodeaba, y trató de sopesar las consecuencias de aquel matrimonio. Debía de haber afectado a la carrera de su padre. Sabía que su madre se había sentido muchas veces profundamente lastimada. Sin embargo, ninguno de ellos lo había lamentado nunca.
Su madre había muerto cuando él tenía diez años. Los esnobs raciales no fueron los culpables de aquello. El motivo había sido terriblemente indescifrable para él en aquella época, aunque cuando más tarde se enteró de los presentimientos de su madre pensó que su mismo esfuerzo por torcer el destino había ayudado a que éste se cumpliese, haciéndola conservar en silencio los síntomas alertadores de su enfermedad tal como había aprendido a callar sus sueños.
Murió de cáncer.
Él recordaba la sonriente ilusión y la velada desesperación, el tenso silencio del dolor, la operación desesperada. El último día de su vida volvió a él con torturante claridad: la pálida gracia de su mano consumida que se despedía de él casi alegremente, cuando la conducía a la sala de operaciones, el perfume dulzón del éter en los pasillos solitarios donde esperó interminablemente, la ronca agonía de la voz de su padre, al decir que ella nunca volvería a despertar, porque su corazón se había detenido mientras estaba bajo el bisturí del doctor Huber.
—¿Por qué permitiste que él lo hiciese? —preguntó él, y en su desesperación su tono debió de ser involuntariamente acusador—. Todos afirman que tú eres el mejor cirujano de la ciudad. ¿Por qué dejaste que Huber la matase?
Vio cómo el rostro gris de su padre se ponía rígido, y comprendió que su tono áspero lo había lastimado.
—Huber no la mató, Dane —contestó su padre, y su voz baja parecía cansada y muy bondadosa—. El cáncer lo hizo, y ya se había extendido demasiado antes de la primera operación. Hoy estuve con Huber, y nadie podría haberlo hecho mejor. Tanya no tenía ninguna posibilidad de salvación.
—¿Por qué no? —inquirió él, percibiendo la crueldad de sus palabras, pero sin saber controlarlas—. Tú eres un buen médico. Sé que la amabas. ¿Por qué…, por qué alguien no le brindó una oportunidad?
—Porque nadie era capaz —respondió el cirujano. Le tomó suavemente la mano, y lo alejó de aquel cuerpo rígido y cubierto por una sábana que era retirado del quirófano—. Porque la medicina no es todavía una verdadera ciencia. Conocemos muchos hechos, sin entenderlos suficientemente bien.
Salieron del hospital, abandonando el débil murmullo de la muerte para cambiarlo por la calle soleada y el viento limpio del mar. Dane sentía grandes remordimientos por sus amargas preguntas, y se aferró fuertemente a los dedos fríos de su padre, en silencio, hasta que llegaron a la playa de estacionamiento.
—Pero ¿no puede haber una ciencia de la vida? —preguntó entonces con tono esperanzado—. ¿Algo para que la gente nunca tenga que estar enferma, o sufrir, o morir antes de lo que le corresponde?
—Quizás existirá algún día —asintió su padre cansadamente, pasando de largo junto al coche estacionado, como si no lo hubiera visto—. En un tiempo tuve un amigo que soñó con esa ciencia. Incluso traté de ayudarle en su búsqueda durante muchos años. La llamada mecánica genética.
—¿Tuvo éxito alguna vez?
—No lo sé —murmuró su padre, y siguió caminando, alejándose del coche, sin que Dane lo detuviera—. En una oportunidad me escribió que casi había triunfado. Pero entonces la tragedia destruyó su vida. Desapareció. Nunca supe adónde había ido, pero tengo la impresión de que fracasó en la conquista de la enfermedad y del dolor y de la muerte. Porque la gente todavía…
Su padre se encaminó nuevamente hacia el auto, preguntándole con voz más suave si no quería quedarse con los hijos del doctor Huber hasta después del funeral. Pero la gente seguía muriendo. Incluso las personas como su madre, que deseaban fervientemente seguir en este mundo.
—No, papá; volveré a casa contigo —respondió él rápidamente—. Pero después de todo no seré cirujano. Quiero ser un genetista, como ese viejo amigo tuyo. Quiero finalizar la tarea que tú comenzaste con él…, para que la gente no tenga que morir como murió mamá.
—Ella siempre afirmó que tú harías algo maravilloso —murmuró su padre, maniobrando torpemente con las llaves del coche, como si hubiese olvidado cómo usarlas. Entonces trató de sonreír—. Pero me temo que tropezarás en la investigación biológica con las mismas dificultades que existen en la medicina…, demasiados hechos y muy poca comprensión.
Aquella fue la primera oportunidad en que Dane oyó hablar de Charles Kendrew. Debió de haber sido aproximadamente en aquella época cuando su padre empezó a encontrar nuevas claves de los trabajos del sabio desaparecido, porque ese mismo año se retiró para fundar el Kendrew Memorial Laboratory.
Aunque su salud lo iba abandonando lentamente, el viejo cirujano trabajó allí con tanta desesperación como si estuviese decidido a conquistar la muerte antes de morir. Dane pensaba ahora que su fracaso se había debido a esta dificultad ya prevista. Las muchas ciencias emparentadas que constituían la biología consistían en más hechos que los que cualquier mente podía captar sin una especial comprensión para hacerlos entrar en foco.
A su vez, Dane se esforzó tanto como su padre. Demasiado intensamente, quizás, porque completó su tesis para el doctorado antes de los veintitrés años y remplazó a su padre como director de investigaciones menos de un año más tarde. Aunque se sentía bastante bien, se preguntó por un instante si su agotamiento y su fracaso podían ser una parte del motivo de los trastornos que lo afectaban ese día.
Sabía que las derrotas habían matado a su padre, y había empezado a preguntarse qué era lo que había apartado de su especialidad al exitoso cirujano para hacerlo volver a la tarea abandonada. Pero entonces encontró las cartas que ahora estaban en su portafolios. Su padre le había escrito a Messenger el mismo año de la muerte de su esposa, tal como lo demostraba una vieja copia de papel carbón:
En un tiempo tuve un amigo que procuraba crear nuevas especies a voluntad. Desapareció en México hace casi veinte años, después de una terrible tragedia familiar. Yo lo creía muerto, hasta que empecé a ver los recientes anuncios de Cadmus Inc.
Desde entonces examiné algunos de los notables productos vegetales que su compañía está trayendo de Nueva Guinea. Algodón más resistente que el nylon. Látex mejor que cualquier plástico sintético. Maderas superiores a la caoba y la teca, extraídas de árboles que ningún botánico describió nunca.
Aunque sé que las plantas cultivadas son mejoradas permanentemente, sus asombrosos adelantos en Nueva Guinea me hacen pensar que sus productos deben de provenir de especies vegetales completamente nuevas, parecidas a las que mi amigo desaparecido se proponía crear por medio de la mutación dirigida. Estoy ansioso por recibir noticias suyas. Cualquier confidencia será respetada. Su nombre era Charles Kendrew.
La respuesta inmediata de Messenger a esta averiguación estaba escrita en una costosa y crujiente hoja dorada, debajo de la dirección de la compañía en Nueva York, y de un grabado verde del dragón y el semidiós que formaban la marca registrada de Cadmus Inc:
Los orígenes del excéntrico experto que cultivó nuestras plantas mejoradas siguen siendo un enigma para mí. Le estoy sinceramente agradecido por su sugerencia de que pueda tratarse de su amigo desaparecido, y lamento sinceramente que llegue con muchos años de retraso.
Los pocos hechos de interés que conozco son los siguientes: este hombre es evidentemente norteamericano. Lo conocí por primera vez en Darwin, Australia, cuando yo prestaba servicios como meteorólogo en la Fuerza Aérea, en 1944, o sea aproximadamente cinco años después de la desaparición de su amigo. No le agradaba referirse a su pasado, y se comportaba como si fuese la víctima de una inmensa desdicha. No quería regresar a su patria, ni siquiera cuando su salud exigió un cambio de clima. Aunque se hace llamar Charles Potter, ése es probablemente un nom de guerre.
Desgraciadamente, no puedo obtener ninguna identificación positiva con las fotografías y las descripciones físicas que usted me adjunta. La estatura y la estructura ósea de la cara parecen ser las mismas, pero cuando conocí a Charles Potter su salud ya estaba seriamente afectada por el exceso de alcohol, y su rostro estaba desfigurado por enfermedades tropicales de la piel.
La tragedia consiste en que este hombre ya no puede aclaramos nada. Aunque vive todavía en Nueva Guinea, en nuestra plantación experimental del río Fly superior, su mente está irremisiblemente trastornada. Recibe los mayores cuidados posibles, pero me temo que no podrá seguir viviendo por mucho tiempo.
Eso es todo lo que sé, y dejo la conclusión de su cuenta. Sin embargo, la nueva posibilidad de que este enfermo pueda ser su amigo perdido me lleva a mencionar algo que quizá le interesará. Desde que Potter perdió la razón, la compañía tiene interés en establecer un laboratorio donde se puedan continuar sus investigaciones inconclusas, y donde sus escritos puedan ser editados para su posterior publicación.
Teniendo en cuenta su pasada experiencia, así como su interés personal, me aventuro a pedir su consejo. Si tiene interés, cablegrafíeme inmediatamente.
La promesa de los documentos de Charles Potter debió de ser suficiente para conquistar a su padre. Aunque Dane no halló la copia de ninguna respuesta, ese mismo año el cirujano abandonó por segunda vez su profesión para dedicarse a la investigación, convirtiéndose en director del nuevo laboratorio.
Había otras cartas escritas posteriormente. Copias de las desanimadas comunicaciones de su padre. Breves mensajes de aliento de Messenger, que siempre prometía dinero para algún nuevo trabajo. Pero lo extraño era que no hubiesen nuevas menciones de Kendrew o de Potter o de las exportaciones de Cadmus de Nueva Guinea. Estas omisiones preocupaban a Dane.
¿Acaso todas las generosas donaciones del financiero al laboratorio no habían sido nada más que un plan cínico para sobornar a su padre y para que éste olvidase al sabio desaparecido? Había procurado en vano borrar esta sospecha dolorosa, desde el momento en que el síncope de su padre lo sumergió en el desconcertante desorden de los papeles y de los negocios del viejo cirujano.
Su padre no había sido deshonesto. A pesar de los balances, Dane estaba seguro de ello. Nunca había sido un exitoso hombre de negocios, y no había sabido llevar la contabilidad ni limitar los gastos a los fondos del laboratorio. Dane tuvo que vender todo el valioso equipo, además de invertir la mayor parte de sus propios ahorros en pagar las deudas acumuladas.
Sin embargo, si estas donaciones no habían formado parte de un plan de soborno, ¿por qué Messenger las había interrumpido tan bruscamente al morir su padre? ¿Y por qué la correspondencia había permanecido oculta en el cajón del escritorio de su padre, constituyendo un secreto incluso después que Dane se hubiera convertido en director de investigaciones? Estas eran las preguntas que Dane se proponía hacerle a Messenger cuando lograse entrevistar al financiero, y trataba de reservarse sus conjeturas hasta haber oído las respuestas. Ninguna de sus pistas era concluyente. Esperaba encontrar una explicación inocente del silencio de su padre y echar quizás incluso una ojeada a los papeles de Potter.
Durante los doce años transcurridos desde que Philip Belfast había preguntado por la suerte de su amigo desaparecido, Cadmus se había desarrollado más que nunca. Actualmente, los costosos anuncios de la compañía ya no mencionaban los nuevos productos traídos de Nueva Guinea, sino que se limitaban a propalar sus reconocidas virtudes. La copra, el algodón, el látex y las maderas duras de Cadmus eran artículos altamente cotizados en el comercio mundial, y el mismo Dane los había tomado en un tiempo como algo indiscutido.
Sin embargo, a partir de su conversación con Gellian, estas valiosas exportaciones de Nueva Guinea le preocupaban tanto como el árbol de hierro y su fruto peculiar. Sus esperanzas de un honesto entendimiento con Messenger empezaron a vacilar. Si Charles Kendrew era realmente el hombre que Gellian llamaba «el creador» y Messenger era Charles Potter, y si toda la inmensa riqueza de Cadmus había brotado de una explotación secreta de la mecánica genética…
Las consecuencias de esta idea resultaban demasiado alarmantes para seguirlas hasta el fin, y Dane se sintió aliviado cuando pudo huir momentáneamente de ellas, al detenerse el taxi frente al alto edificio de las oficinas de la calle Cuarenta, donde Nan Sanderson tenía su domicilio comercial.