La isla del dragón

Jack Williamson · Capítulo 20 de 30

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La isla del dragón

Capítulo 19

El lotófago que vigilaba la cámara de aire recibió a Dane con una mirada de reproche.

—Por favor, no salga solo, doctor Fallon —dijo con su calma turbada—. Pensábamos que estaba durmiendo, hasta que llamó el señor Van Doon. ¿Se encuentra bien?

—Claro que me encuentro bien. Salí a caminar, porque no podía dormir.

—Está prohibido salir solo, cerca del laboratorio —manifestó el guardia—. Debemos cuidarnos los unos a los otros, debido al peligro de una infección mutante. Son órdenes del señor Van Doon.

—Entiendo —respondió Dane, con un gesto frío de asentimiento—. Gracias.

Cuando se acostó nuevamente en su camastro permaneció un largo rato sin dormir, tratando de encontrar una forma de llegar hasta el creador.

Necesitaba a John Gellian, pero la oficina neoyorquina del apasionado enemigo de los mutantes resultaba tan inaccesible como la prisión de Kendrew, situada al otro lado del camino. Ahora que las exportaciones de la compañía habían cesado, ni siquiera veía la probabilidad de enviar un mensaje de contrabando.

Una sombría desesperación aplastó todos sus intentos para trazar un plan de acción. Su mente, agotada y asustada, veía a toda la humanidad ya condenada, en la misma situación en que habían quedado los últimos sub-hombres con la aparición del homo sapiens. Los pitecantropos de entendimiento lento debieron de quedar tan desconcertados frente a la inteligencia humana, pensó él amargamente, como él estaba ahora, frente a las facultades desconocidas de la nueva raza.

Finalmente se sumió en confusos sueños de armagedones en los cuales todos los ejércitos de la humanidad eran paralizados y destruidos por algo invisible, mientras Nan Sanderson y Van Doce se paseaban impasiblemente entre los cadáveres humanos, bañados por, un fuego oscuro y tétrico.

—Disculpe, doctor Falle —dijo el guardia de la cámara de aire, sacudiéndolo—. La señorita Sanderson acaba de telefonear, y dijo que las células germinales ya están casi listas. Debemos estar preparados.

Los hombres del turno de día habían llegado en el camión, y le traían el desayuno de la Casa Cadmus en una caja de cartón. Con la diligencia de un auténtico servidor de la compañía, él les hizo limpiar las caras exteriores de los tanques antes de empezar a comer. Estaba esperando junto a la puerta cuando Nan Sanderson y Messenger salieron del laboratorio de mutaciones, donde seguramente habían pasado toda la noche.

El financiero lo saludó débilmente desde el jeep mientras la joven lo estacionaba, como si estuviese demasiado cansado o enfermo para apearse. Su gordo rostro manchado parecía casi cadavérico, y su respiración era un jadeo ronco. Dane no pudo dejar de compadecerlo.

—¿Listo, Dane? —preguntó ella, saltando por encima de los charcos, con un termo en la mano.

La fatiga le había hundido las mejillas, pero en sus ojos había una ardiente expectación. El apartó rápidamente la vista de los reflejos de su cabello rojizo, asustado incluso por su belleza.

—Estamos preparados.

Nan se puso una máscara quirúrgica, guantes y botas esterilizadas y un delantal y atravesó con él la cámara de aire hacia la sala principal. Frunció el ceño, molesta por el resplandor azulado de las lámparas germicidas, y abrió cuidadosamente el termo para sacar un tubo de ensayo tapado y envuelto en gasa.

—La próxima generación de mulos —dijo, y le entregó a Dane el tubo, lleno hasta la mitad con un liquido verdoso—. Calma. Tiene en la mano el futuro de la compañía…, y el suyo propio.

Él vertió el liquido cuidadosamente en la solución preparada en la primera cuba, y anotó metódicamente la hora y la temperatura. Ella lo miraba en silencio, con los ojos oscurecidos y ansiosos por encima de la máscara blanca. Por miedo a que leyese sus pensamientos, Dane preguntó:

—Si algo sale mal, ¿podremos preparar otra generación?

—No disponemos de tiempo —respondió Nan, y meneó la cabeza nerviosamente —. Vic acaba de telefonear.

Él esperó, sin atreverse a pensar en nada.

—Vic habló con Nueva York —agregó ella—. Hay malas noticias. Alguien descubrió que el señor Messenger abandonó los Estados Unidos. Los rumores de que la compañía estaba en peligro provocaron un pánico en la Bolsa. Nuestros directores consiguieron detener la oleada de ventas, pero ahora ellos están asustados.

—Nuestros propios directores… —murmuró él, y recordó que debía ocultar que sabía lo que era Wall Street—. ¿Y no nos ayudaron?

—Tres de los principales inversores formaron un pool. Compraron las acciones necesarias para impedir la quiebra, pero tienen miedo de retenerlas. Vic dice que vendrán en un avión especial, para averiguar qué es lo que anda mal.

Dane asintió cautelosamente, y esperó que ella siguiese hablando.

—No deberían haber hecho eso —manifestó ella, con voz temblorosa—. El señor Messenger nunca permitió que aquí entrasen extraños. Mientras ganábamos miles de millones, no era difícil mantener a la gente alejada. Pero esos tres banqueros llegarán mañana por la mañana. Querrán ver algo más que pozos de barro y mulos muertos.

Habían pasado los primeros ocho minutos. Abrió una válvula y empezó a bombear para levantar la solución a la segunda cuba, de mayor tamaño.

La muchacha esbozó una sonrisa de aprobación, al ver el cuidado con que él trabajaba.

—Ahora debo volver junto al señor Messenger —dijo ella—. Esta noche fue demasiado intensa para él. —Por encima de la máscara, sus ojos azules estaban iluminados por una confianza que casi le hizo lamentar a Belfast haber recuperado la memoria—. ¡Por favor, cuide esos embriones!

—Lo haré —prometió.

Era curioso, pero verdaderamente deseaba hacerlo. A pesar de todas las desagradables pruebas que tenía contra aquella pareja, no podía contener una involuntaria admiración por el terco coraje de Messenger, ni tampoco podía negar por completo la atracción que ejercía sobre él esta hermosa y solitaria enemiga de los hombres.

Dejó salir a la muchacha por la cámara de aire, y descubrió que estaba temblando. Ella había dejado en sus manos el futuro de Cadmus. El sabotaje habría sido muy sencillo. Para matar a los embriones le habría bastado apagar la luz durante los o tres minutos.

Sin embargo, esto era imposible.

Había averiguado demasiado poco. Y cualquier intento de sabotaje anularía las posibilidades de llegar hasta el creador o de indagar los fines y el número de los mutantes. Instantáneamente comprendió que debía hacer todos los esfuerzos posibles para salvar aquella generación de mulos.

Su desganada admiración por Messenger y su compasión por la atormentada muchacha no tenían ninguna influencia sobre esta decisión. Eso fue lo que se dijo, pero, sin embargo, lo roía una extraña desconfianza por sus propios actos, hasta que empezó a convencerse de que el enigmático encanto de Nan podía ser tan útil como el virus para volver a sus víctimas contra la humanidad.

Pasó todo el día sudando en el interior de la húmeda incubadora, atormentado por la desconfianza en sí mismo, leyendo fielmente los diales y anotando sus observaciones y girando las válvulas para pasar el líquido verdoso de una tina a la otra, según las instrucciones. Los otros miembros de su dotación trabajaban afuera, llenando los tanques exteriores.

La tarde estaba avanzada, y él se encontraba bombeando los embriones todavía invisibles a la última cuba, cuando oyó un golpe en la puerta de vidrio del fondo del edificio, y se volvió para ver a Nan Sanderson y a Messenger que estaban afuera. Señaló su máscara, meneó la cabeza, y les hizo señas para que diesen un rodeo hasta la cámara de aire.

La muchacha hizo un gesto con la mano para que se acercara.

—Puede dejarnos entrar —gritó a través del grueso vidrio—. Los embriones ya están inmunizados contra contaminaciones. Se encuentran en condiciones de salir a los tanques exteriores, y de todos modos éstos no están esterilizados.

Él asumió la paciente obediencia de un lotófago, y abrió la puerta. El descanso había borrado la expresión fatigada de la muchacha, y el financiero parecía haber recuperado su personalidad; su cuerpo fofo tenía ahora su antigua y sorprendente vitalidad.

—¿Cómo se están desarrollando, Fallon? —preguntó ansiosamente.

—Seguí las instrucciones —respondió Dane—. Es todo lo que sé.

Messenger se inclinó dificultosamente para estudiar la solución verde pálido debajo de las potentes lámparas, e hizo un gesto de asentimiento.

—El color es el correcto. —Señaló un microscopio de escaso poder que estaba sobre una mesa, junto a la tina—. Veamos una muestra.

Dane volcó una parte de la solución en una cápsula de Petri, y la colocó debajo de la lente. Las criaturas mutantes resultaron instantáneamente visibles: eran pequeñas, gráciles y pisciformes, y nadaban con rápidas ondulaciones de las tenues membranas que en los mulos maduros se transformaban en órganos por la fotosíntesis. Dane siguió mirando, hasta que Messenger lo apartó nerviosamente.

—¡Excelente! —murmuró el financiero—. Son idénticos a los de Potter.

Nan ocupó su lugar, y sonrió con tanto entusiasmo que Dane casi compartió su alegría.

—Parecen sanos —comentó—. No tardarán en empezar a saltar.

Los embriones ya habían llegado al estado en que sus propios instintos los impulsarían de un tanque al otro. Dane abrió la ranura que les permitiría saltar al tanque exterior, mientras la muchacha contaba los ejemplares de la muestra.

Messenger leyó las cifras que ella estaba anotando.

—¿Ochenta y nueve? —exclamó, con el rostro iluminado por el triunfo—. Según los cálculos de Potter, eso significa un total de casi cinco mil millones. Bastantes para convertir la isla nuevamente en un jardín. Y para que vuelvan a fluir los dólares, y las libras, y los francos, y los marcos, y los pesos, y los rublos.

—Podrán salvar a Cadmus —afirmó Nan—. Y algo más.

Pero no explicó qué era ese «algo más» que podrían salvar. Sin embargo, Dane se atrevió a mirarla mientras ella vigilaba la delgada hoja de acero inoxidable sobre la cual debían saltar los pequeños embriones. Vio brillar en ella el fuego de la esperanza, en tanto que la rodeaban las sombras de su soledad y su miedo, y comprendió.

Cadmus era la fortaleza de su raza. Los mulos la habían edificado, y se estaba derrumbando desde que habían empezado a morir. Esta nueva generación de pequeños esclavos le devolvía su poder… y a Dane no le resultó difícil compartir su ansiedad.

—Formarán un velo verde sobre la hoja —susurraba Messenger—. Serán los miles de millones que pasan al tanque. Lo he visto muchas veces.

Dane ajustó la barrera brillante para que quedase exactamente al nivel del líquido. Encendió la luz colocada sobre ella, destinada a avivar el instinto fototrópico, y levantó la coraza metálica exterior que protegería a los pequeños nadadores cuando cayesen en el tanque.

Y esperaron.

La tensión volvió a hacer palidecer el rostro de Nan. Acortó el aliento del anciano, y extendió una sombra amarilla sobre su carne hinchada y manchada. Y puso rígido a Dane, de modo que se sobresaltó más de lo que le correspondía a una víctima del virus cuando Van Doon pasó a su lado, para colocarse silenciosamente junto a la muchacha.

Esperaron, y no vieron saltar a los embriones.

Dane tenía miedo de contemplar la palidez enfermiza que cubría a Messenger. Trató de no ver el nerviosismo de la muchacha, ni la serena mirada de gratitud que ella le dedicó a Van Doon cuando su recia mano bronceada le tocó el hombro con una suave caricia íntima.

Los embriones no saltaban, y después de un largo rato Dane vio pequeñas burbujas que empezaban a levantarse por el liquido, dejando un residuo aceitoso y verde donde reventaban. Se inclinó para mirar más de cerca, y percibió un olor tenue pero nauseabundo. Señaló el caldo de cultivo y se volvió hacia Messenger, con una mirada de extrañeza.

—Se pudren —murmuró el financiero, con sus labios azules relajados, y su cara se desencajó en una horrible vacuidad cadavérica—. Se pudren en vida…

Se tambaleó. Las manchas púrpuras de su cara se oscurecieron. Empezó a toser y a boquear y a lanzar sonidos guturales, luchando por recuperar el aliento. Pero apartó a Dane y a Van Doon cuando éstos trataron de ayudarlo.

—No se preocupen por mí —dijo. Se tambaleó hasta la mesa con las manos hinchadas, tan frenéticamente como si se estuviese prendiendo a la vida misma—. ¡Todavía soy resistente como un mulo! —Su rostro se crispó, forzando una sonrisa—. Traten de averiguar… qué es lo que falló.

Nan se volvió nuevamente hacia la tina maloliente, con los labios apretados y blancos, pero Van Doon miró a Dane con salvaje ferocidad:

—Lo mataré, Fallon, si es usted el culpable de esto.

—Esperemos —dijo Messenger débilmente—, esperemos y sabremos la verdad.

Dane giró lentamente para observar a la muchacha. Trató de no pensar en otra cosa, mientras ella observaba la temperatura de la tina, controlaba la intensidad de la luz colocada encima de ésta, y probaba la solución verdosa. Sus manos temblorosas vertieron una muestra, y todo lo que él sintió fue piedad por su silenciosa desesperación.

—La solución no tiene nada de malo —murmuró, y su mano pálida apartó lentamente el soporte de los tubos de ensayo—. El único defecto consiste en que los embriones se están muriendo en ella.

Messenger estaba estudiando los ejemplares de la cápsula de Petri, y se irguió dificultosamente.

—Estos también —manifestó— se están pudriendo… mientras nadan.

—¿Es obra de él? —preguntó Van Doon mirando a Dane, con una animosidad desusada para un lotófago—. Si los saboteó…

—El error fue nuestro —le interrumpió la muchacha—. Otra mutación defectuosa. Los embriones deben estar inmunizados contra los gérmenes de la putrefacción antes de llegar a esta etapa. Estos no lo estaban… y fueron destruidos por la primera contaminación. —Se volvió seriamente hacia Dane—. Éste es un golpe terrible para la compañía, doctor Fallon. Pero usted no es responsable en ninguna forma de ello. Por favor, disculpe a Vic. Es natural que esté turbado.

—No tiene importancia —murmuró Dane, sintiéndose incómodo.

—Tiren esos residuos —ordenó Messenger—. Esterilicen las tinas y monten guardia junto a ellas. —Pasó la mirada de Dane a Van Doon y a la muchacha—. Vamos a realizar otro intento esta noche.

—¿De qué servirá? —preguntó Nan amargamente—. Esos banqueros llegarán al amanecer. Aunque la próxima generación sobreviva, no tendremos nada para mostrarles…

—Yo me ocuparé de ellos —dijo Messenger. Estaba recuperando el aliento, y su voz estaba cargada de desprecio—. Ryling y Zwiedeineck y Jones… les haré tragar una cucharada de espora verde, sin que importe que la próxima generación viva o se pudra. —Se aferró nuevamente a la mesa, para incorporarse—. He estado engañando a esos viejos buitres desde que murió Potter. Podré hacerlo nuevamente.

Sin aceptar ninguna ayuda, se alejó con paso pesado. Cada jadeo y cada paso parecían un triunfo tal de la energía sobre el tiempo y la derrota, que Dane lo siguió con la mirada con un respeto involuntario, a pesar de todas sus malas jugadas.