La isla del dragón
Capítulo 22
Dane había levantado un resto de frágiles cenizas del lugar donde los papeles habían ardido sobre el piso. Lo estaba estudiando para distinguir los trazos de escritura, cuando ella habló. Sus dedos lo estrujaron con una súbita crispación de alarma, pero trató de recuperar su máscara de indiferencia.
—El señor Messenger me ordenó que quemase todos nuestros papeles —dijo con una débil sonrisa, en una mala imitación de un lotófago—. Acabo de cruzar el camino para ver…
Se interrumpió bruscamente, al recordar que ella lo había llamado Dane. Eso significaba que sabía que él había recuperado la memoria. Retrocedió un paso, limpiando distraídamente las cenizas negras de sus dedo mientras la miraba a la expectativa de lo que podía ocurrir.
Sus manos de marfil estaban abiertas y vacías, pero eso no lo tranquilizó cuando recordó la diminuta arma con la cual le había derribado la vez anterior. Indudablemente estaba bien armada, pero no hizo ningún gesto claro de amenaza, y a él le pareció que todavía no estaba dispuesta a matarlo.
Su presencia allí bastaba para probar que él no era un fiel esclavo de la compañía. Era casi una confesión de su denuncia a Jones. Pero ella querría averiguar cuánto sabía y qué más había hecho, antes de borrar nuevamente su memoria…, y esta vez sin posibilidad de errores.
—¿Qué estaba haciendo aquí? —preguntó ella serenamente.
—Vine a buscar a Charles Kendrew —respondió él, irguiéndose con gesto desafiante.
Sabía que no podría volver a engañarla.
Las aletas de su nariz se dilataron ligeramente cuando Nan contuvo la respiración. Su rostro de marfil se puso tenso, pero sus ojos no le dijeron nada. Señaló con un gesto la habitación vacía, y su pregunta en voz baja fue un desafío.
—¿Lo encontró?
—No…, no lo sé.
Se puso rígido, y la miró inquisitivamente. Porque su pregunta había puesto finalmente en marcha su cerebro como consecuencia de un nuevo descubrimiento. Aunque aquel cuarto no era la prisión del creador, y evidentemente no lo había sido nunca, ella había sacado las células mutantes de allí, y aquel memorándum…
—No sé si encontré a Kendrew —dijo él lentamente, estudiando su pálida hostilidad, esperando su reacción—. Pero me agradaría ver una muestra de la escritura del señor Messenger.
Le pareció que los ojos de ella se entrecerraban ligeramente.
—Eso es imposible —murmuró, mirando las cenizas que él tenía entre los dedos y la pequeña pila que había quedado sobre el piso—. Quemé todos los papeles que teníamos aquí. Y el señor Messenger ya está en el avión, listo para partir. Es difícil que usted vuelva a verlo.
Dane asintió, aceptando aquella desagradable circunstancia. Cuando llegase el momento él lucharía con cualquier arma improvisada que estuviera a su alcance, pero no se hacía ilusiones de triunfar. Trató de aprovechar al máximo aquellos instantes, antes de que ella lo matase, y volvió a buscar el significado del laboratorio vacío. Pero la voz de Nan interrumpió sus pensamientos:
—¿De modo que cree que él es Charles Kendrew? —comentó, mirándolo con una expresión de desconcierto, pero sin revelar todavía ningún arma—. ¿Por qué?
—Sé que Kendrew está vivo —dijo él—. Reconocí su escritura en el memorándum. Usted lo sacó de este edificio, y el único hombre que estaba aquí era Messenger. Ahora que lo pienso, él tiene aproximadamente la edad exacta aunque no se parece a las fotos de Kendrew en sus años juveniles, esto no es extraño. Kendrew estaba desfigurado por las quemaduras cuando desapareció…, y el rostro de Messenger está cubierto de cicatrices.
—Son pruebas insuficientes —respondió ella, meneando la cabeza.
—Hay algo más que eso —afirmó él, con tono convencido—. Mucho más, si uno lo piensa con detenimiento. Messenger controló siempre los descubrimientos de Kendrew. Fue extraordinariamente generoso con mi padre…, que había sido amigo de Kendrew. Todavía lucha con todas sus energías para defender las creaciones de Kendrew. ¿No es cierto?
Hizo otra pausa, mirando a la muchacha, pero ella no contestó. Sus ojos preocupados parecían estudiarlo, entrecerrados por la duda. Mientras esperaba que ella decidiese cuándo había llegado el momento de eliminar a ese incómodo testigo volvió a hacer sus lógicas deducciones acerca del cuarto vacío…, y éstas le sorprendieron.
—¡Nan! —exclamó—. ¿Por qué no se defendió cuando la acusé de haber asesinado a Nicholas Venn?
—Mi negativa no le habría convencido —respondió ella, con un brillo de interés en sus ojos turbados, pero con voz extraordinariamente serena—. ¿Tendría importancia ahora?
—Sí —dijo él, y sus emociones formaron un rugido en su cerebro, de modo que su propia voz le pareció de pronto un débil susurro lejano—. Estaba convencido de que lo había matado. Ahora estoy igualmente seguro, de que no lo mató.
Y si no había asesinado a Venn, no lo mataría a él. La miró ansiosamente, pero el frío orgullo de la muchacha paralizó su esperanzada sonrisa.
—Tiene muy pocas pruebas para cualquiera de las los conclusiones.
—Antes tenía motivos suficientes para creer que lo había matado —se defendió él —. Estuvo en su cuarto pocos minutos antes de su muerte. Utilizó con él la misma arma que usó conmigo: su labio superior tenía una mancha de sangre en el lugar de la inoculación. Le robó el mulo muerto. Sé llevó su manuscrito y mi portafolios. Pero ahora sé que no lo mató.
—¿De veras? —inquirió con una mirada impersonal que le recordó que él era apenas humano, y que ella era algo más—. ¿Cómo lo sabe?
—Lo sé porque Messenger es Charles Kendrew.
—¿Qué relación tienen ambas cosas?
Él empezó a contestar, pero se interrumpió, turbado por su mirada penetrante. Nan se adelantó hacia él desde el rectángulo negro de la puerta; y por la forma en que lo estudiaba, él pensó que sus palabras significaban menos para ella que las reacciones inconscientes de su voz, de su rostro y de sus gestos, que él no podía controlar.
—Usted no es humana.
Estas palabras asustaron a Dane, incluso mientras las pronunciaba. Porque constituían una acusación demasiado grave. El tono de su voz le recordó el de una criatura al afirmar, muchos años atrás, que él no era blanco.
Le pareció que Nan se sentiría herida y encolerizada, y no pudo continuar.
—Soy una mutante —asintió ella fría y secamente. No parecía ofendida, pero su cauteloso alejamiento velaba sus sentimientos—. Pero estábamos hablando de un asesinato. Y del motivo por el cual usted cambió de opinión.
—Sabía que usted era una mutante —murmuró Dane roncamente—. Aunque supongo que Kendrew tuvo excelentes motivos para cambiar de nombre e inventar a Potter, todas sus mentiras me convencieron de que usted y Messenger lo habían despojado de sus secretos y quizá lo habían asesinado. Esto cambia…
Dane no entendió qué se apoderó de su voz. Estaba mirando la dramática soledad reflejada en su rostro. Incluso con el arrugado overol blanco parecía transfigurada por un súbito y trágico encanto. Pensó que lo único que sentía por ella era compasión, pero tuvo que tragar saliva y contener el aliento.
—Esto cambia las cosas, ahora que sé que ha sido fiel a Kendrew —agregó torpemente—. Ahora no es fácil acusarla de haber asesinado a alguien.
—Pero Nicholas Venn no era un amigo de Messenger —murmuró ella, mirándole con la misma expresión remota, como si su compasión le importase tanto como su terror—. Sabía demasiado, y teníamos que hacerlo callar.
—Pero no lo mató —insistió él. Eso era muy importante para él, aunque a la muchacha no pareciese hacerle mella—. Porque usted no necesitaba hacerlo. El virus que le inoculó en la cara habría borrado todo lo que sabía, y lo habría convertido en otro leal servidor de la compañía. ¿No es cierto?
Ella permaneció mirándolo, como si estuviese buscando algo más significativo que todo lo que podía decir, y tardó un largo rato en contestar.
—Quizás —murmuró con tono enigmáticamente indiferente, como si no le importase mucho lo que él opinaba acerca de su culpabilidad—. Pero alguien lo mató.
—Si no fue usted, deben de haber sido los hombres de Gellian. Probablemente me siguieron aquella mañana desde la oficina de Gellian en Nueva York, para eliminarme si decidía no unirme a ellos. —Sintió un escalofrío interior—. Probablemente yo los conduje hasta el pobre Venn.
—Probablemente —asintió ella, distraída—. Pero, ¿qué motivo podían tener para matarlo?
—La tarea de Gellian consiste en eliminar mutantes…, o personas que él considera que lo son —dijo Dane—. Es difícil encontrarlos, y no se atreve a correr riesgos. Si uno no está con él, está contra él. Venn no estaba con él.
—Pero Venn no era un mutante —exclamó la muchacha—. Ni siquiera como ser humano tenía condiciones que pudiesen ponerlo en peligro. El Servicio Sanderson estaba investigando a toda persona superdotada que pudiese ser un mutante, pero en nuestros archivos no teníamos nada acerca de Venn.
—No creo que los agentes de Gellian necesitasen muchas pruebas —contestó Dane—. Si ese día me estaban siguiendo, debieron de haberme visto entrar en su oficina y luego en la de Messenger, antes de encontrar a Venn. No sé exactamente lo que sabían acerca de usted y de Messenger en aquellos momentos, pero indudablemente bastaba para hacerles desconfiar de cualquier otra persona que yo visitase. —Hizo una pausa, mirándola fijamente y tratando de imaginar lo ocurrido —. Venn debió de haberles parecido otro mutante oculto —comentó—. Si sus investigaciones revelaran algo acerca del mulo verde, probablemente pensaron que era una creación suya que había fracasado. Cuando lo encontraron desmayado en su cuarto, creyeron quizá que estaba durmiendo, y la oportunidad les pareció demasiado buena para desperdiciarla. ¿Eso le parece lógico?
Ella asintió, con lo cual le sorprendió un poco.
—Eso es aproximadamente lo que ocurrió —manifestó distraídamente, pensando todavía en otra cosa—. Aunque los asesinos de Venn tenían otro motivo mejor para pensar que él era un mutante.
—¿Usted… sabe lo que ocurrió? —preguntó, y trató de no temblar.
—Vi el informe de los dos agentes que se ocuparon del caso —dijo ella tranquilamente—. Estaba en un canasto sobre el escritorio de Gellian; cuando registré su oficina la noche en que abandonamos Nueva York. El que lo mató lo había estado vigilando desde hacía varios días desde una habitación situada enfrente de la de él, para averiguar cuáles eran sus contactos. El otro agente llegó inmediatamente después del crimen, haciéndose pasar por un viajante. Sacaron el cadáver en una maleta de muestras.
—¡Yo vi al viajante! —exclamó Dane. Volvió a estudiar a la muchacha; y la percepción de sus extrañas facultades lo inundó de temor—. Supongo que mi visita sirvió para rematar las pruebas contra él. Pero, ¿por qué lo estaban vigilando? ¿Porque sospechaban que podía ser un mutante?
Nan no contestó inmediatamente. Atravesó la mitad del cuarto vacío y volvió a detenerse, estudiando a Dane con atención crítica. Frunció un poco el ceño y bajó ligeramente la cabeza, como si estuviera tomando una decisión.
—Venn había regresado de Nueva Guinea con su memoria intacta —explicó ella finalmente—. Los otros que se internaron en la isla con él perdieron las suyas, por efecto del virus de la encefalitis. Los hombres de Gellian creían que Venn también había recibido la inoculación, aunque él nunca había llegado a la zona infectada. Pensaban que él era inmune.
—No veo la relación —erijo Dane, meneando la cabeza—. ¿Quiere significar que lo mataron porque el virus no le produjo efecto?
—Los mutantes somos inmunes por naturaleza —respondió ella, con voz baja y tenuemente maliciosa—. En los casos en que la capacidad metapsíquica está todavía latente, el virus es a veces la única prueba positiva para diferenciar a los mutantes de los hombres. Sin embargo, es demasiado drástica para usarla en casos generales.
Dane retrocedió un paso, pero algo lo paralizó. Por un largo rato no pudo moverse ni hablar, ni siquiera respirar. La sala de paredes blancas pareció hacerse borrosa y oscurecerse y girar locamente alrededor de él; hasta que lo único que pudo ver fue su esbeltez encantadora.
—Yo… —murmuró, moviendo apenas los labios secos, yo… debo ser, inmune.
El hecho era monstruoso, pero no podía negarlo. Los indicios lo persiguieron por la inestable oscuridad de su mente. Todo lo que él había sabido antes, las pruebas que se había negado a ver: su sangre mezclada, como la de Nan. La vieja amistad de su padre con el creador. Las dotes metapsíquicas de su madre. Su propia sensación de peligro… ¿Acaso había en él un poder psicofísico que recién empezaba a manifestarse?
Él quería negarlo todo, tan desesperadamente como hacía mucho tiempo había querido negar su sangre mezclada. La misma ira impotente volvió a sacudirlo. Odiaba a Nan de la misma forma en que en otro tiempo había odiado a la chiquilla rubia. Pero no podía evitarlo. Blanco o mestizo, humano o no, era imposible cambiar la herencia genética.
—Usted es inmune —asintió ella sobriamente—. Es otro mutante.
—No puede ser —murmuró él débilmente—. Usted misma me sometió a un test y dijo que no podía aprobarlo.
—Pero en esa oportunidad no le inoculé el virus. —Ahora sonreía vagamente y parecía menos alejada—. Ningún otro test es definitivo, en casos como el suyo en que la capacidad metapsíquica todavía está latente.
Él se humedeció los labios y meneó la cabeza con incredulidad.
—Estamos preparados para ocultarnos entre la humanidad hasta que tengamos bastante edad para protegernos —explicó ella, aparentemente divertida por su turbación. Pero su sonrisita no era incomprensiva—. Esto es lo que hace tan difícil distinguirlo de los de su edad. La diferencia consiste en que el hombre está desarrollado.
—¿Y acaso nosotros… no lo estamos?
—Físicamente sí. Pero el señor Messenger dice que mentalmente todavía somos niños. Los dones que nos proporcionó apenas han empezado a desarrollarse.
—Esto es demasiado para aceptarlo de una sola vez —comentó él, y la miró como si estuviese mareado—. Necesito tiempo para reajustarme…
Ella lo interrumpió con un gesto preocupado. Escucharon, y oyeron la llamada de una bocina desde fuera. Él la miró nerviosamente.
—Me temo que tendrá que reajustarse sobre la marcha —dijo ella, y se volvió rápidamente hacia la puerta—. Ya es hora de que partamos, porque el primer avión de la Operación Supervivencia de Gellian llegará aquí al amanecer.
Él salió a la oscuridad detrás de Nan. Ahora comprendía por qué lo había estado observando tan críticamente. Lo había estado sometiendo nuevamente a una prueba, para decidir si él pertenecía a su nueva raza, y si merecía confianza. Esta vez había sido aprobado.