La isla del dragón
Capítulo 29
Dane acostó al creador sobre las mantas y buscó su débil pulso. Le puso rápidamente una inyección, pero ésta no causó efecto alguno. Su lucha por respirar parecía inútil, y el pulso empezó a fallar. Dane se encaminó impulsivamente hacia el helicóptero, en busca de auxilio.
—¡No! —exclamó Messenger—. Vuelve…
—Voy a buscar un equipo de oxígeno —dijo Dane—, para ayudarlo a respirar.
—Será inútil. —La cabeza vendada osciló débilmente de un lado a otro, sobre las mantas—. No tiene importancia. Mi trabajo… está hecho.
—No estoy muy convencido —respondió Dane, tratando de aguijonear su cansada voluntad de vivir—. Gellian todavía parece muy hostil.
—Está enfermo —jadeó Messenger—. Pero pronto… estará sano.
—¡Y usted también! —exclamó Dane. Se agachó para levantarle la cabeza y los hombros sobre la manta doblada con objeto de facilitarle la respiración—. Pero deje que vaya a buscar el equipo…
Él tomó la manga de Dane, con súbita fuerza.
—Escúchame —murmuró, luchando para conservar el aliento—. Prométeme… que tú y Nan… no olvidaréis… a la raza torpe… a la estúpida y noble raza que os dio origen.
—No la olvidaremos —susurró Dane—. Lo prometo.
—Gracias… a los dos… —Su convulsivo espasmo atrajo más a Dane—. No puedes hacer… mucho… por mí. Pero puedes ayudar… al viejo homo…
El doloroso susurro se cortó, y la mano crispada lo soltó. Dane la tomó para buscar nuevamente el pulso, pero no lo halló. Cuando se agachó para enderezar el cuerpo y estirar la manta sobre aquel rostro cansado sumido en una súbita serenidad, se sintió abatido por una desolación total.
La muerte era un hecho irreversible que ni siquiera la mecánica genética podía cambiar. Le dolió no haber podido postergar el fin previsto de Messenger. Durante las últimas horas había aprendido a querer y a admirar a aquel viejo creador.
«Pero yo le conozco desde hace más tiempo.» Aquellas tristes palabras pertenecían a Nan, y por un momento pensó que ella había regresado. «Yo lo amaba más.»
Dane miró ansiosamente a su alrededor, pero lo único que vio fue el helicóptero con las ametralladoras todavía enfiladas hacia él, y las rocas de basalto, y los altos acantilados situados más abajo del árbol mutante. Algo lo hizo estremecer.
—Nan —susurró rápidamente—. ¿Estás… herida?
«Terriblemente herida», contestó ella. «Porque sentía un inmenso deseo de conservarlo con vida… hasta que supiéramos bastante para rejuvenecer su mente y su cuerpo. Lo necesitábamos, Dane. Tú y yo lo necesitábamos, y todos.»
—¿Pero te caíste? —murmuró él—. ¿Estás herida?
«Sólo por su muerte», respondió ella. «Ya llegué casi hasta la cima del acantilado. Encima de mí hay una cueva que conduce a una raíz hueca del árbol. Por ahí se llega a la nave.»
Entonces Dane comprendió que estaba captando sus pensamientos, gracias a sus nuevas facultades.
—Iré hasta ti. —Había esperado demasiado. De pronto, la necesidad de actuar se hizo imperativa—. No puedo hacer nada más por el señor Messenger, y creo que lograré escabullirme entre estas rocas…
«No, debes esperar», le ordenó ella, deteniendo su impulso de huir.
«Debes informar a Gellian de lo que acabamos de prometer, y nos prepararemos para empezar. Debemos hacer mucho por el creador y por la raza madre antes de intentar una expedición al espacio, aunque esta nueva nave funcione.»
—Esperaré —asintió él—. Hablaré con Gellian, si él quiere hablar, pero me temo que las palabras del señor Messenger no le conmovieron. Me temo que tendremos que huir para salvar nuestras vidas y trabajar tal como el creador lo hizo, a fin de mantener nuestras promesas. Creo que necesitaremos una base, en algún lugar fuera de la Tierra.
«Lo veremos», respondió ella. «Ahora subiré a la nave, si encuentro esa caverna y paso los obstáculos. Quiero estudiar los controles, para que podamos levantar el vuelo cuando se presente una oportunidad.»
En él se despertó una ansiosa esperanza cuando vio que un hombre regresaba del helicóptero. Salió rápidamente a su encuentro, esperando noticias de Gellian, pero se encontró sólo con un sargento sudado, que llevaba un equipo de oxígeno pintado de amarillo.
—Para el señor Messenger —dijo nerviosamente—. El general Soames me envió…
Se interrumpió al ver el cuerpo cubierto por la manta.
—Llega un poco tarde —respondió Dane fríamente—. Comuníquele al general que el señor Messenger acaba de morir.
El sargento se retiró muy turbado, y Dane siguió esperando. Temía mirar el árbol mutante, porque los artilleros seguían vigilándolo, pero a ratos tanteaba mentalmente en busca de Nan.
No consiguió hallarla. Decidió que lo que había creado un puente momentáneo entre sus mentes debía de haber sido el dolor compartido por la muerte del creador. A medida que sus facultades se desarrollasen, la comunión sería perfecta.
Los motores del helicóptero habían estado constantemente en marcha, listos para levantar el vuelo, y casi se sobresaltó cuando fueron silenciados. En medio de aquella quietud, escuchó el ronquido de los aviones invisibles.
Durante un tiempo aquel ruido amenazante pareció tener altibajos, pero por fin se apagó lentamente, como si los aviones se estuvieran alejando. Las nubes se oscurecieron a medida que el sol se hundía detrás de ellas, y el viento frío que soplaba desde las nieves de las cumbres lo estaban haciendo temblar, cuando finalmente vio a John Gellian que regresaba; su corazón naufragó cuando notó que Gellian tropezaba contra las rocas y los restos del avión estrellado. Temió que Gellian hubiese probado el cancerófago y se hubiese agravado.
—El creador ha muerto —dijo, sin poder ocultar su tono de desafío—. Creo que tendrá que hablar conmigo.
—El sargento nos lo informó —respondió Gellian. Se detuvo junto al cuerpo cubierto, con el rostro gris, y balanceándose—. Es horrible, y yo soy el culpable.
Meneó impotentemente la cabeza.
—¿Y bien? —preguntó Dane ansiosamente—. ¿Usted y el general decidieron qué harán con… nosotros?
—Es un problema complicado —murmuró Gellian, sin apartar la vista de Messenger, y lanzando gemidos de pena—. Es horrible…, haber perseguido a un hombre como éste hasta la muerte. Quiero pedirle un favor —dijo con voz enronquecida por el cansancio, y cargada de una extraña humildad—. Si usted y la señorita Sanderson no tienen inconveniente, nosotros desearíamos llevarnos el cuerpo. ¿No se opondrán?
Dane titubeó, pero él y Nan no podían hacer nada más.
—Supongo que no —respondió.
—Gracias —murmuró Gellian, con sus ojos hundidos iluminados por la gratitud —. No podemos hacer casi nada por él, excepto darle sepultura.
—¿Y el cancerófago? —inquirió Dane rápidamente—. ¿Lo probó?
—El general Soames me convirtió en conejillo de Indias —contestó con una fugaz sonrisa, y su rostro cetrino adquirió una expresión de serenidad que Dane nunca había visto en él—. Creo que las palabras de Messenger lo impresionaron más que a mí, y me explicó que yo no tenía nada que perder, cualquiera que fuese el efecto.
—¿Y bien?
—Cortó el dolor con tanta rapidez como prometió Messenger —dijo Gellian, y volvió a mirar con tristeza el cuerpo del creador—. No se imagina usted lo que eso significa… En este momento me siento débil como un gatito… Supongo que será la reacción. ¡Pero me pondré bien! Espero poder dormir esta noche sin fármacos, algo que no he hecho desde hace meses.
—Me alegro —susurró Dane—. Temí que hubiese fracasado. —Miró ansiosamente a su interlocutor—. ¿Pero qué harán ahora con nosotros?
—No lo sé —respondió Gellian, y la preocupación disipó su agotada serenidad—. Soames y yo estuvimos hablando con la gente de nuestro gobierno, tratando de tomar una decisión. —Se encogió impotentemente de hombros—. Es un problema desconcertante porque nos cogió por sorpresa. Siento que estemos haciéndoles esperar tanto, pero por el momento aún no sabemos qué hacer.
—¿Cuál es el problema?
—Es muy poco lo que podemos hacer —murmuró Gellian titubeando, y lo miró dubitativamente—. Y es imposible decidir lo que debemos ofrecerles, porque casi todo depende de ustedes. No podemos afirmar nada, mientras no sepamos lo que pedirán ustedes.
Dane contuvo su aliento, desconcertado.
—Nosotros no pedimos nada.
—Tienen derecho a más de lo que estamos en condiciones de ofrecer —insistió Gellian—. Por Messenger no podemos hacer nada, excepto sepultarlo, pero queremos hacer por ustedes todo lo que esté en nuestras manos…, en homenaje a él.
—¿De modo que piensan dejarnos con vida? —exclamó Dane, y sintió que sus rodillas se aflojaban súbitamente—. Eso es toda lo que necesitamos.
—Creo que ustedes todavía corren peligro, pero estamos haciendo todo lo que podemos para solucionar eso —dijo Gellian, y meneó la cabeza tristemente—. Necesitaremos mucho tiempo para desarraigar todo el miedo y el odio que hemos sembrado. Sé que es imposible borrar todos los daños que hemos causado, o devolverles la vida a esas criaturas. Pero la cacería de brujas ha terminado.
Dane sintió la picazón de las lágrimas en sus ojos. Vio que Gellian titubeaba, como si temiese su reacción, pero algo le cerró la garganta y le impidió manifestar su alivio.
—La Operación Supervivencia está siendo desmantelada —agregó Gellian suavemente—. Nuestros aviones ya regresan a sus bases, y nuestras últimas fuerzas abandonarán Nueva Guinea mañana por la noche.
Dane esbozó una sonrisa de agradecimiento.
—Además… —Gellian hizo otra pausa, dubitativamente—. No sé qué planes tienen usted y la señorita Sanderson, pero no creemos conveniente que abandonen Nueva Guinea por el momento.
—No sé a dónde iremos —respondió Dane.
—Vamos a invertir los fines de nuestra organización —prosiguió Gellian, con tono nervioso—. El nuevo propósito de la agencia consistirá en conseguir un tratamiento justo para el homo excellens, pero no será fácil eliminar toda la intolerancia que difundimos. Probablemente ustedes seguirán corriendo peligro durante mucho tiempo.
Dane se encogió de hombros, experimentando una súbita confianza.
—Si nos dan una oportunidad, creo que sabremos arreglarnos.
—Hemos estado conversando acerca de la compañía —murmuró Gellian, frunciendo el ceño—. La compañía del señor Messenger. Llamé al banquero Jones, a Nueva York. Él ha sido un contribuyente anónimo de nuestra agencia, y ahora aceptó reorganizar Cadmus…, siempre que usted y la señorita Sanderson crean que podrán hacerle producir beneficios nuevamente.
—Creo que sí —asintió Dane pensativamente—. Muy pronto Nan y yo estaremos en condiciones de crear más mulos y otras mutaciones. Queremos que los beneficios se repartan más ampliamente que hasta ahora. Pero supongo que necesitamos reunir más dinero… para los niños que todavía están con vida.
—¡Excelente! —Gellian parecía aliviado, aunque todavía estaba nervioso—. ¡Espléndido! Le diré que ustedes aceptan en principio.
Dane pensó que de pronto una sonrisa cansada se había tornado demasiado cordial, y su voz ronca demasiado potente. Aunque la cacería de brujas había terminado, todavía persistía el abismo entre las los razas. Los hombres y los no-hombres podrían ser firmes aliados y grandes amigos, pero nunca se parecerían por completo.
—Creo que en principio esto lo soluciona todo. —Gellian estrechó rápidamente su mano y la soltó con igual prontitud, como si su presencia le produjese una vaga intranquilidad—. ¿Podemos hacer algo más por ustedes? —Se volvió nerviosamente hacia el helicóptero—. ¿Desean que los llevemos de regreso a Edentown?
Dane meneó la cabeza.
—Por favor, déjeme aquí —manifestó—. Nan me está esperando, y tenemos medios para viajar. Puede comunicar que regresaremos pronto para producir una nueva generación de mulos.
El helicóptero despegó minutos más tarde, llevándose los cuerpos de Messenger y de Van Doon. Dane miró cómo se alejaba, y notó un escalofrío cuando se quedó solo en la oscuridad azotada por los vientos de la montaña. Apenas hubo desaparecido, él empezó a trepar ansiosamente hacia los acantilados negros y hacia el misterio del árbol mutante, que brillaba con un tenue resplandor azulado sobre el fondo de la noche tropical, donde Nan le estaba aguardando.
Terminaste La isla del dragón
Jack Williamson
Libros como este
-
La torre y la isla
-
Infierno galáctico
-
Los clanes de la tierra helada
-
Traición
-
La rosa y la calavera
-
Infierno biónico
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.