La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 8 de 23

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La isla perdida

Capítulo 6. Un sueño muy profundo. Los encapuchados

Capítulo 6

 

UN SUEÑO MUY PROFUNDO.

LOS ENCAPUCHADOS

 

Eran las cinco y diez de la mañana. Jules llevaba vestido un buen rato, apenas había podido dormir por la impaciencia. Para llegar a casa de su prima solo necesitaba cinco minutos, y otros cinco hasta el castillo, pero no podía esperar más. Abrió la ventana de su cuarto, que daba al patio interior del edificio. Fuera, el silencio y la oscuridad eran absolutos. Se subió al antepecho y buscó con la mano el paraguas-paracaídas oculto detrás del canalón.

Copiando la estructura y el mecanismo de los paraguas, había inventado un artilugio para poder salir de casa sin que lo vieran. Lo había construido en el club con ayuda de Huan, y habían cogido los materiales necesarios de la tienda. Luego, un día en que estaba solo en casa —¡castigado, claro, pero todavía se fiaban de él!—, su amigo se lo había llevado, y Jules lo había colgado de un gancho en la pared, unido a una cuerda atada a la fijación del canalón para poder tirar del paraguas a su vuelta y tenerlo a mano para escaparse la próxima vez.

Y esa misma tarde había comprobado que funcionaba. Bueno, él personalmente no, sino Huan. Resultó que nada más terminar de colgar el paraguas del gancho, habían oído abrirse la puerta principal. Por supuesto, Huan no podía salir tan tranquilo del cuarto de Jules, saludar a la familia de su amigo y marcharse; tuvo que utilizar el invento de su amigo, pese a que le daba pánico. Jules le aseguró que no corría ningún peligro, le puso el paraguas en la mano y le dijo que saltara.

Huan lo hizo. Bueno, lo arrojó su amigo. El paraguas se abrió solo y el chico, que pesaba poco, bajó por el aire suavemente. Cuando puso los pies en el suelo, le hizo una señal a Jules y este tiró de la cuerda y escondió su invento.

Aquella madrugada, Jules cayó más rápido que su amigo, pero sin riesgo. Luego recogió el paraguas y lo ocultó detrás de unos macetones.

Le tocó esperar un rato junto al portal del edificio donde vivía su prima. Caroline no daba señales de vida. El tiempo parecía correr, creía que había pasado media hora cuando solo llevaba allí unos minutos. Se puso tan nervioso que imaginó que Huan y Marie se habrían marchado cuando Caroline y él llegaran y le echó la culpa a su prima por el fracaso del plan. Seguro que había decidido no contrariar a sus padres y ahora dormía en su cama tan pancha. ¿Les habría contado lo que planeaban? Sin duda, ¡y todos se habrían reído durante la cena por el plantón que iba a darle al loco de Jules!

Estaba fuera de sí y no podía controlar sus pensamientos. Sin embargo, cuando Caroline salió finalmente por el portal, la abrazó con fuerza.

—¡Eh! —exclamó Caroline.

—No tengo reloj, debe de ser tardísimo —dijo Jules, como si no hubiera hecho nada. Ni él mismo se explicaba su comportamiento. Pero se sentía contento.

—Son las cinco y veinticinco, lo acabo de ver en el reloj del pasillo. Llevo preparada media hora, no he podido dormir. No he bajado antes porque cada vez que salía de mi habitación para escaparme, me parecía oír ruidos y pensaba que se había levantado alguien y me iba a ver. Todo eran imaginaciones mías.

—¡Vamos, vamos!

Cuando llegaron al lugar de la cita, Marie ya estaba allí, pero Huan no.

—¿A ti sí que te han dado permiso tus padres? —le preguntó Caroline a Marie.

—Qué va, no les he dicho nada. Me he descolgado por la ventana. Si se despiertan pronto, creerán que me he ido ya al asilo.

—Ahí viene Huan. Pero ¿cómo va vestido?

Huan, que llegaba corriendo, llevaba puesta una camisa sin cuello ni botones y unos pantalones raros, muy anchos, atados con una cuerda en la cintura; se había abrigado con una chaqueta de lana e iba calzado con chanclas de bambú. Los colores se veían mal a la luz anaranjada de un farol de gas, pero la camisa y los pantalones parecían verdes, y la chaqueta, de un amarillo chillón. Tenía un aspecto muy cómico. Sus amigos se taparon la boca para que no se oyeran sus risas.

—¿Qué os hace tanta gracia? Ah, ya… Es la ropa con la que duermo, se llama pijama. Me los hace mi madre, no le gustan los camisones esos que usáis vosotros. Es que se me han pegado las sábanas y no me ha dado tiempo a vestirme. Y la chaqueta es de mi madre, la he cogido al salir porque tenía frío.

Hacía frío. Volvía a soplar el mismo viento del este de la tarde anterior, y con más fuerza. Cruzándose bien las chaquetas y con las gorras hasta las cejas, atravesaron el puente sobre el foso agachados y pegados al parapeto para que no los vieran. Suponían que a la puerta del castillo habría alguien vigilando y se movían con cautela.

Así era: sentados en sillas a los lados de la puerta estaban los dos hombres que primero habían visto pegando los carteles y luego tirando de las cuerdas para bajar el globo. Pero estaban dormidos. Tenían las piernas estiradas con un pie encima del otro, las manos cruzadas sobre la tripa y la cabeza caída sobre el pecho.

Marie decidió pasar la primera entre ellos. Avanzó despacio, con pisadas silenciosas, y dio un saltito igual de silencioso por encima de las piernas de los hombres, que casi se tocaban. Dentro ya del patio, se volvió y les hizo una seña a sus amigos para que también entraran.

Jules le dijo a Caroline que la siguiente era ella. Segundos después, su prima estaba ya con Marie. Después fue el turno de Huan. Cuando saltaba por encima de las piernas de los vigilantes, el talón de una chancla golpeó en el pie de uno de los hombres y la chancla se le salió. Huan se quedó paralizado tal como había caído tras el saltito, de cara al patio, con las rodillas dobladas, los brazos abiertos y un pie descalzo. Cerró los ojos, a la espera de que una mano lo agarrara por el cogote, como sin duda iba a ocurrir. Sus amigos, cada uno desde su sitio, estaban tan petrificados como él.

Pero ninguna mano atrapó a Huan. El hombre cuyo pie había golpeado siguió durmiendo como si nada y el chico pudo recoger su chancla y seguir. Al ver lo sucedido, Jules salvó el obstáculo de los vigilantes con calma, fijándose bien en aquellos hombres. Le parecía extraño que en una posición tan incómoda, pudieran dormir tan profundamente y no se espabilaran ni tocándolos. Más que dormidos, parecían desmayados. La única explicación era que estuvieran muy cansados después del día de trabajo con el globo y toda la noche en vela. Pero no lo pensó mucho, para él lo importante era que el camino al globo estaba libre.

—Hemos tenido suerte; ahora, vamos —les dijo a sus amigos.

Se dirigieron al globo sin preocuparse mucho por el ruido que hacían sus pasos y no oyeron otros pasos, apresurados, como de personas que intentan esconderse.

Jules y sus amigos llegaron a la barquilla, suspendida a más de un metro del suelo, porque habían mantenido inflado el globo durante la noche. Estaba anclada con cuatro cuerdas, dos más que la tarde anterior. Miraron hacia arriba y apenas pudieron distinguir el contorno del globo contra el cielo oscuro.

—Subamos para ver bien todo cuando amanezca. Falta muy poco para que salga el sol —dijo Jules—. Ven, Huan, te auparemos hasta el borde y luego nos ayudas tú a subir.

—Que monte primero Marie.

No discutieron. Al final primero auparon a Marie, que saltó con agilidad a la barquilla. Desde allí, tendió la mano a Caroline, que pesaba más que Huan y era mejor que la auparan entre los dos chicos y no solamente Jules. Este cogió por la cintura a su amigo y lo alzó hasta que las chicas lo agarraron de los brazos y tiraron de él. Por último, Jules tomó carrerilla, y de un salto, alcanzó el borde de la barquilla; después se subió a pulso lo que pudo y sus amigos lo agarraron de los hombros y lo metieron dentro. Lo hicieron con energía, cayó de cabeza encima de ellos. Ninguno se hizo daño y todos se rieron.

—Al bajar, mejor caer de pie, no quiero estropearme mi gorra nueva — dijo Marie.

Se pusieron a observar y a tocarlo todo. La barquilla era de mimbre grueso entrelazado, muy fuerte. El suelo estaba reforzado con una plancha de madera, como Jules comprobó dando unos zapatazos. De todos modos, bajo el mimbre tenía un armazón metálico que asomaba en los ángulos. A estos ángulos estaban fijadas cuatro barras gruesas que subían hasta otra estructura metálica circular que sostenía el quemador y de la que salían innumerables cuerdas, las que unían el globo propiamente dicho con la barquilla.

El pie de Caroline tropezó con algo y ella se agachó para palpar con las manos. Encontró algo blando, pero no supo qué era hasta que lo levantó por encima del borde de la barquilla y lo miró a la luz de los faroles. Era el gorro de cuero del ingeniero. Se lo puso como había visto que lo llevaba puesto el hombre, abrochado bajo la barbilla.

—¿Me queda bien, chicos? —preguntó a sus amigos.

—No sé, no te vemos bien —dijo Jules.

Lo dijo como si estuviera molesto. Y lo estaba un poco, le daba rabia no haberlo encontrado él. Creía que si alguien merecía llevar el gorro del ingeniero, ese alguien era él, aunque solo fuera para estar en la barquilla de un globo que no iba a despegar. Pero no dijo lo que pensaba.

Quien sí dijo lo que pensaba fue Marie:

—Presumida…

 

El viento arreció, y el globo, pese a estar protegido por los altos edificios del castillo, tiraba con fuerza de la barquilla y la inclinaba. A los chicos les costaba trabajo permanecer en pie.

—Será mejor que nos sentemos, así no nos daremos ningún golpe —dijo Caroline.

—Sí, sentémonos —estuvo de acuerdo Jules—. El cielo se está aclarando; cuando haya algo más de luz echamos otro vistazo y nos vamos.

Se sentaron y charlaron mientras esperaban a que se hiciera de día. Se alegraban de haber ido a ver el globo a escondidas, porque con aquel vendaval, era imposible que el ingeniero y su ayudante se atrevieran a volar hasta París. Ni Caroline ni Jules comentaron que aunque el viento amainara y el globo hiciera el vuelo, a ellos sus padres les habían prohibido asistir a su ascensión.

—¿No habéis oído algo? —dijo Marie de pronto.

Se quedaron a la escucha unos segundos.

—Yo solo oigo el viento —contestó Jules.

—Pues yo he oído algo —insistió Marie—. Voy a asomarme.

Sacó la cabeza hasta los ojos y observó el patio. Al principio no vio nada, pero luego volvió a oír el mismo ruido de antes, un ruido de pisadas y de voces, y se fijó en el lugar del que procedía.

Tres sombras de la altura de un hombre pero que parecían tener alas se acercaban con sigilo a la barquilla.

—Ahí afuera hay alguien o algo, son tres. Mirad vosotros.

Todos asomaron las cabezas. Las tres figuras estaban ya a solo unos pasos, y a ellas se unió una cuarta que procedía de la puerta del castillo. La luz diurna iluminaba tenuemente el patio. Lo que a Marie le habían parecido alas no eran más que largas capas hasta los pies que el viento hinchaba y hacía ondular. Los desconocidos llevaban además unos capuchones que les cubrían por completo la cabeza, solo tenían dos agujeros para los ojos. ¿Serían ladrones? ¿Es que acaso existían ladrones de globos?

La cuarta figura dijo:

—Siguen dormidos como troncos. El narcótico que les pusimos en el agua todavía les hace efecto, no se despertarán hasta dentro de un buen rato.

—Bien, pero démonos prisa.

La voz del segundo encapuchado les sonaba conocida a los jóvenes, pero no la identificaron. Por lo que dijo después, se dieron cuenta de que era el cabecilla de la banda, o lo que fueran aquellos hombres.

—Que cada uno desate una cuerda. Yo me encargo de esta. Luego las soltaremos todos a la vez, atentos a mi señal.

Los chicos no podían creerse lo que oían. No, no eran ladrones, sino saboteadores, unos saboteadores que ignoraban que ellos se encontraban en la barquilla.

Agazapados, se miraban estupefactos. Huan, aterrorizado, quería decir algo, pero no le salían las palabras. Marie apretaba los puños, como si se preparara para pelearse con los encapuchados. Jules pensaba en cómo evitar el sabotaje. Fue Caroline la que reaccionó.

—¡No lo hagan! —les gritó a los desconocidos.

El resto de los aventureros no se quedaron callados.

—¡Deténganse, saboteadores! —les ordenó Jules.

—¡Socorro, socorro! —chilló Huan.

—¡Malditos sean! —exclamó Marie roja de ira.

Los encapuchados, sorprendidos, alzaron la cabeza. Uno dijo:

—¡Hay unos chiquillos en el globo! ¿Qué hacemos?

—¡Seguir con el plan! —contestó tajantemente el cabecilla—. ¿Estáis listos? ¿Habéis desatado las cuerdas?

Los otros tres hombres dijeron que sí.

—Pues… ¡ahora!

El globo, libre, dio un bandazo.

—¡Piérdete en las nubes, globo funesto! —exclamó el cabecilla sin apartar la vista de Jules—. ¡Abajo el progreso y todos sus diabólicos inventos!

Jules también miraba fijamente al cabecilla. La capa se le había abierto y se veía la túnica que llevaba debajo, con un yelmo dorado bordado en el pecho.

Había reconocido perfectamente su voz: era la del señor Mathieu.

Los cuatro jóvenes vieron cómo se empequeñecían las figuras de los encapuchados mientras el globo ascendía a gran velocidad. Conforme ganaban altura, el viento se hacía más fuerte y arrastraba y sacudía el aparato como si fuera la hoja desprendida de un árbol.

Era un auténtico huracán que los empujaba hacia el mar.