La isla perdida
Capítulo 7. Paisaje desde el aire. Isla a la vista
Capítulo 7
PAISAJE DESDE EL AIRE.
ISLA A LA VISTA
A doscientos o trescientos metros de altura, la claridad era mayor. Había amanecido, pero unas nubes grisáceas, casi negras en algunas partes, encapotaban el cielo.
Vista desde el globo, la tierra era aún una masa oscura, pero en ella se apreciaba bien la ancha franja reluciente del río Loira. Como en el sueño de Jules, un fuerte viento del este empujaba el globo hacia el mar.
Jules y Caroline, agarrados al borde de la barquilla, veían correr el paisaje bajo ellos. Tenían miedo, mucho miedo, pero todavía no se daban cuenta del peligro. En ese momento les asustaban más las consecuencias que tendría su ausencia de casa. La noticia de la desaparición del globo se difundiría por la ciudad en cuanto la gente saliera a la calle, y sus padres no tardarían en relacionarla con la desaparición de sus propios hijos. ¿No había querido Caroline volar en aquel aparato de París? ¿No era Jules tan fanático de los globos aerostáticos como para construir uno que le había costado la vida a la tortuga de su hermano? ¡Si se habían escapado por la noche, sin duda había sido para ir hasta el globo y volar en él!
Huan estaba sentado en el suelo de la barquilla. Se abrazaba las piernas dobladas y tenía la cabeza sobre las rodillas, no se le veía la cara. Lloraba. A su lado, Marie se agarraba con una mano al mimbre y con la otra le acariciaba el pelo.
—No llores, no nos va a pasar nada. El globo se posará en algún sitio dentro de poco. Los globos suben, pero también bajan. ¿Verdad que enseguida bajaremos, Jules?
Nadie se esperaba la reacción que tuvo entonces Huan. Se levantó de sopetón y se encaró con su amigo.
—¡La culpa es tuya! ¡Tú nos has traído aquí con tus manías científicas! ¡Nos vamos a matar!
Ninguno habló durante unos instantes.
—Tienes razón —dijo después Jules—. Perdóname. Perdonadme los tres.
—Calmaos, chicos —intervino Caroline—. La culpa no es de nadie, todos hemos venido porque hemos querido. Además, ya no hay remedio, estamos aquí. Y estamos volando. Es precioso…
Los cuatro miraron, cada uno por un lado, aunque intercambiándose el puesto a los pocos segundos. No podían juntarse, porque desequilibraban la barquilla. Huan evitaba a Jules, además. Y Caroline y Marie procuraban ponerse al lado de Huan y observaban disimuladamente sus ojos para ver si seguía llorando.
El viento había remitido un poco y se había hecho más regular. Eso los tranquilizó un poco. De vez en cuando señalaban un pueblecito a la orilla del río y alguno preguntaba si sabían cómo se llamaba. O admiraban algún barco de vapor que navegaba corriente arriba, hacia Nantes…
—Esos barcos son los que llevan mercancías para el almacén de tu padre, vienen de todo el mundo —le dijo Jules a Huan para reconciliarse con él.
Huan no dijo nada, pero se quedó mirando aquel barco, intentando distinguir su bandera.
Al cabo de un rato, vieron que el río se ensanchaba y formaba un gran estuario. Estaban llegando a la desembocadura del Loira, con el puerto de Saint-Nazaire en una de sus márgenes. Más allá solo había océano.
Pero el globo había perdido altura, el aire de su interior se había enfriado. Era una buena noticia: si caían al agua, algún barco los recogería en esa costa transitada.
Sin embargo, al contrario de lo que pensaban, el huracán no se había aplacado. Solo había hecho una pausa para desencadenarse con más fuerza. De repente, el viento sopló con una violencia inaudita y arrastró con él el globo velozmente. La barquilla se puso casi horizontal y ellos tuvieron que pegarse al lado que quedó abajo, ahora sí, abrazados todos y agarrados a lo que podían para que los zarandeos no los arrojaran fuera. Cayó también una lluvia de gotas gordas que les azotó la cara y les impidió ver nada.
El globo se adentró en el mar.
No habrían sabido decir cuánto tiempo llevaban viajando a aquella velocidad vertiginosa. Se sentían como si estuvieran en una carreta tirada por media docena de caballos desbocados de la que podían salir despedidos en cualquier momento. Lloraban, gritaban, imploraban. La lluvia los había empapado y estaban helados. El esfuerzo de agarrarse al mimbre de la barquilla los había agotado.
—No puedo más. Socorro, socorro, socorro… —gimió Marie casi sin voz.
Fue como si hubiera pronunciado un conjuro. El viento y la lluvia cesaron. La barquilla se enderezó y ellos rodaron amontonados hasta el fondo de madera.
No se levantaron enseguida, sino que se acomodaron boca arriba para desentumecerse y descansar. Veían la lona del globo sobre ellos; ya no estaba tan tensa y a su alrededor veían el cielo azul entre las últimas nubes. La luz del sol inundó la barquilla.
Jules fue el primero en ponerse en pie. Las aguas del océano se extendían hasta el horizonte en todas direcciones. Las manchas de espuma indicaban que aún estaban agitadas. El sol no estaba muy alto, debían de ser las nueve de la mañana como mucho. Habían viajado unas tres horas, por lo tanto. Pero a aquella velocidad, calculó que estarían a cientos de kilómetros de la costa si el viento había soplado siempre del este. No podía decirlo, había perdido completamente el sentido de la orientación con los giros vertiginosos y las sacudidas de la barquilla.
Entre quejidos, sus amigos se levantaron también. Les dolía todo. Se animaron un poco al ver el mar, esplendoroso, y el cielo casi despejado. Caroline sonrió.
—He cumplido mi sueño. Me he montado en un globo y lo han soltado.
—Pero a lo mejor no querías ir tan lejos, ni a la fuerza —le dijo su primo.
—¡Qué importa!
—¡Estás chalada! —dijo Marie.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Huan.
Su pregunta iba dirigida a Jules. Si él los había metido en aquella situación, él debía sacarlos de ella. Era su razonamiento.
—No sé —respondió su amigo—. En realidad, no podemos hacer nada. Ojalá nos crucemos con algún barco. Le haremos señales para que entiendan que estamos en apuros y nos sigan hasta que nos posemos.
Una ligera brisa los empujaba al sur. Jules notaba que el globo perdía altura poco a poco, pero no les dijo nada a los demás. Se puso a manipular el quemador de gas como si solo curioseara, pero trataba de ver cómo se encendía. Quería calentar el aire del globo para que siguiera volando. Estando allá arriba, era más fácil ver los barcos y también que los vieran a ellos. Tampoco estaba seguro de que la barquilla flotara con el peso de cuatro personas a bordo.
El quemador tenía un sistema propio de encendido, un chisquero formado por una rueda metálica que sacaba chispas de una piedra presionada por un muelle. Era como un mechero sin mecha. Encontró la llave que abría el gas y solo tuvo que girar la rueda un par de veces para que el quemador se encendiera con una pequeña explosión.
—¿Qué haces? —le preguntó Marie.
—Caliento un poco el aire del globo, creo que así será más estable.
Sus amigos se dieron por satisfechos con la respuesta y siguieron mirando el mar en busca de algún barco. Jules reguló el quemador para no inflar mucho el globo y que ascendiera demasiado.
Estuvo un rato estudiando cada parte de aquella fuente artificial de calor. Era un ingenio ligero, para no lastrar el globo, pero resistente y efectivo. Le habría gustado saber con qué metal o aleación lo habían fabricado. De pronto, la llama se extinguió.
—¿Y ahora por qué lo apagas?
—Creo que ya es suficiente.
Era mentira, el quemador se había apagado solo. El pequeño depósito de gas estaba vacío. Debían de haber calculado que con su contenido inflarían el globo para la presentación ante el público y lo mantendrían inflado durante la noche. Para el viaje a París lo llenarían de nuevo y cargarían más de reserva en la barquilla.
Jules imitó a sus amigos y se puso a observar el horizonte como ellos, aunque con más ansiedad. El globo no tardaría en perder altura y sus amigos le pedirían que volviera a encender el quemador. Entonces él tendría que decirles la verdad.
—Allí veo algo —anunció Caroline, que señaló al sur, hacia donde los llevaba la brisa.
—Yo también lo veo —dijo Marie.
Un cuarto de hora después, el globo los había acercado. No era ningún barco, sino tierra, tierra firme. Una isla no muy grande, pues veían sus extremos, separados solamente por unos cuantos kilómetros.
—¡Estamos salvados, vamos derechos hacia ella! —se alegró Marie.
—Pero tienes que calentar otra vez el globo, Jules —dijo Caroline—, o no llegaremos.
—Esperemos un poco —repuso Jules—; no me gustaría que la sobrevoláramos y la dejáramos atrás. Tenemos que ir bajando.
Se aproximaban a la isla, pero demasiado despacio para los deseos de Jules. Afortunadamente, al perder altura la brisa se hizo más fuerte, había una corriente de aire que soplaba sobre la superficie del mar. Pero ni así conseguirían alcanzar la orilla.
—Ahora sí que tienes que encender el quemador —le dijo Huan, que veía acercarse cada vez más la superficie de agua. No sabía nadar.
—No puedo, el gas se ha acabado —confesó Jules.
Huan lo miró con furia, también lo hacía responsable de aquello.
El globo estaba a menos de doscientos metros de la playa, pero ahora el viento lo empujaba hacia abajo. No se iban a posar en el mar, sino a estrellarse contra él.
—¡Es mejor que saltemos! —dijo Marie.
Tenía razón. Si caían con el globo, la barquilla podía golpearlos y herirlos gravemente, o podían enredarse en las cuerdas y quedar aprisionados sin capacidad para reaccionar. Eso, si sobrevivían al tremendo batacazo que se avecinaba.
Pero no era fácil salir de la barquilla, la velocidad los pegaba al mimbre. El único que pudo saltar, con ayuda de los demás, fue Huan.
El choque, más violento incluso de lo que imaginaban, volcó la barquilla, y Caroline, Jules y Marie se hundieron en el agua.