La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 13 de 23

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La isla perdida

Capítulo 11. Horas tristes. Ojalá llueva

Capítulo 11

 

HORAS TRISTES.

OJALÁ LLUEVA

 

Fueron una tarde y una noche amargas. Se quedaron en la playa hasta que oscureció, mirando el mar y sin hacer nada. Antes de acostarse se acercaron todos juntos a la charca para beber agua.

Decidieron dormir los cuatro en la barquilla, arropados con una vela. Obstruyeron la abertura cuadrada de su refugio con tablas del buque naufragado y la rueda del timón. No creían que aquella defensa sirviera de nada contra un animal que dejaba huellas tan grandes, pero se sintieron más protegidos.

Tenían que estar boca arriba, sin poder estirar las piernas.

—Bueno, si doña Ronquidos no puede ponerse de lado, no hay de qué preocuparse, ahuyentará a los monstruos —intentó bromear Caroline.

—Muy graciosa —dijo Marie.

No se rieron. El silencio les resultaba oprimiente. Normalmente cuando estaban juntos no paraban de hablar, pero en ese momento a ninguno se le ocurría qué decir.

Jules pensó que era terrible estar callados, con los oídos atentos a los ruidos del exterior. Total, si aquel animal los atacaba, no podrían hacer nada. Intentó no pensar en el peligro y que sus amigos tampoco lo hicieran.

—No sabemos cuánto tiempo tendremos que quedarnos en la isla, hay que organizar nuestra vida aquí, con monstruos o sin monstruos —dijo—. Lo más urgente es construir un sistema para recoger el agua de lluvia. Será nuestra tarea de mañana.

Ninguno dijo nada, pero a todos les pareció bien. El agua de la charca sabía a tierra y plantas, y el mantenerse ocupados les haría olvidar su situación durante unas horas.

Caroline pensó también que así podría lavarse, le picaba todo el cuerpo por la sal del mar. Si se hubiera bañado en la charca, se habría llenado de cieno y luego no habrían podido beber en el agua revuelta.

Marie, por su parte, se vio ya con las herramientas en la mano y el machete siempre listo, por si acaso; para ella, acostumbrada al trabajo, sería un día más, aunque lejos de casa.

Huan no imaginó nada. Temblaba y luego se calmaba de repente; los demás sabían cuándo pensaba en el monstruo.

 

Aquella noche, en el poco tiempo que durmieron, todos tuvieron pesadillas en las que criaturas terroríficas aparecían de repente en el bosque y los perseguían, o en las que leían el nombre de sus amigos en las cruces de un cementerio. Se despertaban entonces con un grito que espabilaba a los demás.

Por la mañana, cuando iban a desayunar unas aceitunas y unas moras, Caroline, al ver sus ojeras y sus movimientos torpes, propuso:

—¡Vaya pinta, damos pena! Esto solo lo arregla un buen baño en el mar. ¡Al agua!

—Vale, pero sin meterse mucho, solo hasta donde no cubre —dijo Huan.

Huan se adelantó hasta la orilla y miró el agua con desconfianza mientras los demás se desvestían junto a la barquilla y se quedaban en ropa interior. Después, decidiéndose, se quitó la camisola del pijama y también los pantalones.

—¡¿No llevas nada debajo?! —gritó Marie a su espalda.

—No —contestó Huan—. ¿Es que vosotros no vais a bañaros desnudos?

—¡No te des la vuelta y ponte otra vez los pantalones! ¡Qué falta de respeto a unas señoritas! —dijo Caroline entre risas.

—Qué vergonzosas. Voy a estar toda la mañana con los pantalones mojados…

Los demás pasaron corriendo junto a él y se zambulleron.

—¡Está helada! —exclamó Jules.

—¡Mejor! —replicó Caroline.

—¿Helada? Pues yo no me baño —dijo Huan.

Pero Marie lo agarró de un brazo antes de que pudiera huir y lo arrastró al agua. Chapotearon un buen rato y luego se secaron en la arena.

Mientras desayunaban, Jules les explicó el sistema que había ideado para recoger el agua de lluvia:

—Haremos grandes cuencos con barro y varillas de mimbre que los mantengan rígidos, y los recubriremos de hojas para que sean impermeables. Los colgaremos escalonados de un árbol, y el agua caerá de uno a otro hasta el último, que la verterá en un depósito, un tonel o un medio tonel. Marie se subirá a los árboles para colgarlos, trepa como un mono.

—Pero no hace «uh, uh» como los monos, ella ronca —dijo Huan.

—¡Y dale con que ronco, qué pesados! —protestó Marie.

—No te enfades. ¡Que nadie se enfade hoy! —pidió Caroline.

—Cuando esté arriba, aprovecharé para ver si viene algún barco —dijo.

—¡Es verdad! —cayó en la cuenta Jules—. Tenemos que hacer una bandera con una rama y un trozo de vela. La ondearemos desde los árboles para que nos vean y acudan en nuestra ayuda. Y hay que tener siempre el fuego encendido, el humo llamará su atención.

—¡Yo me encargo de la bandera! —se ofreció Caroline.

—Yo también quiero subirme a los árboles —dijo Huan.

Encendieron una hoguera inmediatamente y echaron algunas hojas verdes para que hiciera más humo. Después comenzaron el trabajo.

Como ya tenían cierta habilidad en la manipulación del mimbre, no les costó gran cosa hacer las estructuras de los cuencos. Ataron a ellas las cuerdas antes de pegar y moldear el barro. Recubrieron la superficie superior con varias capas de hojas grandes colocadas como tejas por las que el agua escurriría.

Marie y Huan, con las cuerdas de los cuencos atadas a la cintura, treparon a un árbol y las pasaron por ramas. Jules y Caroline tiraron de ellas, como si las ramas fueran poleas, y las ataron al tronco cuando los cuencos estuvieron a la debida altura.

—Ahora solo hace falta que llueva —dijo Marie—. ¿Tú crees que se llenará el tonel?

—Si llueve mucho, hasta se desbordará, ya veréis —respondió Jules.

—Pues podríamos serrar el otro tonel a lo largo y tendríamos dos bañeras, una para las chicas y otra para los chicos —dijo Caroline.

Se habían sentado en la hierba. Jules no dejaba de mirar su obra. Se estaba bien allí, aquel lugar era mejor campamento que la barquilla, demasiado reducida para los cuatro y donde todo se llenaba de arena. Sin embargo, los troncos de los árboles y los arbustos les impedían ver el mar, y su prioridad era que un barco los rescatara. Como cobijo, los árboles daban sombra y resguardaban un poco de la lluvia, pero estaba demasiado abierto y en medio de la vegetación. El viento los molestaría cuando soplara fuerte, las hormigas y las arañas les correrían por la cara mientras dormían…

—Deberíamos construir una tienda fuera de la playa, bajo los primeros árboles para poder ver siempre el mar. Yo estoy harto de sacudirme la arena todo el tiempo. La haremos redonda, muy ancha y muy alta para estar cómodos.

—¿Redonda? —preguntó Caroline.

—Como las de los indios americanos, las he visto en grabados de revistas. Son como un cono hecho con palos largos y cubierto de pieles. Nosotros la cubriremos con tela, con las velas que encontramos entre los restos del naufragio tenemos de sobra. Y tampoco nos faltan ramas.

—Eres un genio, amigo —dijo Marie—. A mí me parece estupendo. ¿Empezamos?

—Antes vayamos al huerto a recoger almendras y aceitunas —dijo Huan —, a mí me entra hambre con el trabajo.

—Id vosotros con el hatillo. Y traed algunas piedras a la vuelta o no comeremos almendras —dijo Caroline—. Nosotras elegiremos el sitio y llevaremos las velas.

—Avivad la hoguera, que no se apague. Y… tened mucho cuidado, ¿eh? —les dijo Jules.

—Vosotros también. Venga, Marie, van a ver estos chicos de lo que somos capaces.

Jules y Huan fueron a coger el hatillo. A la vuelta lo portarían entre los dos, sobre el hombro, así que partieron una rama baja de un árbol, gruesa, que resistiera el peso de las piedras. Para no perderse, siguieron la playa hasta el punto al que habían ido a parar el día anterior y atravesaron por allí el bosque.