La isla perdida
Capítulo 21. Encuentro en el muelle. El anillo
Capítulo 21
ENCUENTRO EN EL MUELLE.
EL ANILLO
Han pasado unas semanas desde que los cuatro amigos regresaran sanos y salvos de su aventura. En el colegio, sus compañeros los recibieron como a héroes. El primer día, en la hora del recreo formaron un corrillo alrededor de cada uno y les pidieron que les contaran todo, desde el momento mismo en que ascendieron en el globo la madrugada de la terrible tormenta.
Jules, Caroline y Marie se lo contaron de la forma más sincera posible. Más tarde, sin embargo, cuando luego sus compañeros repetían entre ellos lo oído, las arañas se habían convertido en alacranes venenosos que pululaban por todas partes, y los monos, en gorilas que despedazaban a niños. Parte de aquellas exageraciones se debían a Huan, mucho más fantasioso que sus amigos.
—El globo subió tanto que cuando amaneció vimos la mitad de la Tierra —decía.
Y tampoco faltaron en su relato grupos de piratas con parche en el ojo y manadas de mamuts.
El profesor Mathieu, tras unos días en que los había tratado bien, poco a poco fue poniéndoles cada vez más deberes con la excusa de que tenían que recuperar los días de clase perdidos. Eran deberes que debían entregarle personalmente en su despacho. El director los corregía en su presencia y siempre encontraba errores. Los interrogaba también, poniendo cara de compasión, sobre el amanecer en que unos «malintencionados» habían soltado el globo con ellos dentro. En realidad, consciente de que lo habían reconocido por la voz —se acordaba bien de la mirada de Jules asomado al borde la barquilla—, lo que quería era sonsacarlos para saber si tenían intención de contarles la verdad a sus padres o a los gendarmes. Pero los cuatro amigos, que se habían puesto de acuerdo, le dijeron que no se habían dado cuenta de lo que hacían aquellos desconocidos hasta que el globo empezó a ascender.
Por las tardes, al salir de la escuela, no cruzaban más que unas palabras antes de irse a casa. Marie ayudaba todo lo que podía en casa y en el asilo, cada vez tenía más trabajo; sus padres, además, hablaban de que quizá tuviera que dejar la escuela al año siguiente para echarles una mano en el taller. Huan se dejaba mimar por su madre y, además, se pasaba horas haciendo los deberes, que le costaban mucho y a veces ni podía acabarlos. Jules hacía más vida familiar que nunca; a fin de cuentas toda aquella aventura de la isla —y la incertidumbre y la pena ocasionadas a sus padres— se había debido a su desobediencia, no quería recordárselo a su padre. Caroline estaba castigada sin salir, pero aprovechaba aquellas largas horas solitarias para escribir la primera gran aventura de los cuatro amigos, que había titulado La isla perdida.
La primera tarde en que por fin pudieron juntarse en la trastienda del negocio del señor Shian, Jules los convenció para ir al puerto a ver si estaba atracado el barco del capitán Nemo.
El barco estaba allí, largo y bajo como la espalda de una ballena que hubiera emergido para respirar, y por una vez, el capitán se encontraba en el muelle mirando su buque y dando instrucciones a los marineros.
Se saludaron cordialmente. Pero la conversación se interrumpió cuando vieron aparecer alguien a quien, incluso de muy lejos, los chicos reconocieron enseguida por su estatura y por el pequeño chimpancé sentado en su hombro.
—¡Pierre! —exclamaron a la vez.
El monito de Marie se puso a chillar al verlos y saltó a los brazos de la chica en cuanto el gigante llegó hasta ellos.
—¡Hola, amigos!
—¡Qué sorpresa! —dijo Caroline—. ¿Qué haces en Nantes?
—¿Qué voy a hacer? He venido a veros. A veros y también a resolver un asuntillo relacionado con un elefante…
—¿Nuestro elefante? ¿Lo vas a rescatar?
—Ese es el plan. Me he enterado de que un circo ruso necesita un elefante grande que esté amaestrado y estoy buscando un barco para ir a buscarlo. Como quería veros para daros la noticia, he empezado a buscar por Nantes.
—¿Por qué no va usted a rescatar a nuestro elefante, capitán Nemo? — preguntó Huan.
—No, me temo que mi barco no es apropiado. Pero conozco al capitán de un pequeño mercante que hará el trabajo por un buen precio. Con mucho gusto se lo presentaré a vuestro amigo.
—¿Y lo traerás aquí, Pierre?
—Eso no lo sé. Lo llevaré al puerto más cercano al lugar donde esté el circo. Ya veremos.
Los chicos desearon que el circo ruso pasara por Nantes y pudieran ver de nuevo al elefante, a lo mejor actuando.
—Todo el mundo habla de vosotros —dijo el capitán Nemo—. Parece que no solo sobrevivisteis en una isla desierta, sino que construisteis una casa, una presa en un río, redes de pesca y no sé cuántas maravillas más; que recorríais la isla montados en elefantes, con los que atacasteis a unos piratas. No sabía que hubiera piratas por estas costas.
Mientras sus amigos y Pierre charlaban de otras cosas, Jules le contó todo al capitán, de principio a fin, recalcando el hecho de haber encontrado un cofre intacto con herramientas justo cuando una extraña ballena negra resoplaba y se sumergía a lo lejos. Una ballena que le recordaba al barco del capitán Nemo.
—No hay prácticamente nada que no se pueda hacer con unas buenas herramientas y ciertos conocimientos —comentó simplemente el capitán Nemo.
—¿Me dejará ver algún día su buque por dentro, capitán?
—Algún día lo verás, Jules, y tus amigos también si quieren.
Jules le habló entonces del director de su colegio, Claude Mathieu, de sus ideas anticuadas y de que era el cabecilla de los hombres que sabotearon el globo.
—Algo he oído sobre una organización empeñada en frenar el progreso — le dijo el capitán Nemo—. Es una especie de orden, como las órdenes medievales, que tiene por escudo un yelmo dorado.
—Como el que vimos en la túnica de Mathieu.
—Sed precavidos, son individuos peligrosos y ahora sois sus enemigos.
—Sí, el director quiso matarnos…
—Y me consta que tienen mucho poder en la ciudad. Creo que su jefe, es decir, el Gran Maestre de la orden, vive aquí.
Caroline, que había estado atenta a la conversación entre Jules y el capitán Nemo, se acercó a ellos.
—Yo quería contarte algo, Jules, y ya que le has hablado al capitán de Mathieu, no importa que él lo escuche. Casi me da vergüenza, por eso no me he atrevido a decirte nada hasta ahora…
La expresión de Caroline era una mezcla de apuro y temor. Jules se alarmó un poco. La mirada curiosa y comprensiva del capitán Nemo venció todo el reparo de Caroline y la chica se animó finalmente a hablar.
—El día en que regresamos a Nantes, cuando mi familia y yo nos fuimos a casa desde la prefectura, mi padre no subió enseguida. Dijo que tenía algo que hacer. Era muy tarde y me extrañé. Pasó un buen rato y no venía. Yo estaba pendiente de su llegada por si me castigaba; ya viste cómo me recibió, así que me asomé a la ventana y lo vi allí, en la calle, hablando con alguien. No oía lo que decían, pero primero me pareció que discutían, mi padre hacía gestos enérgicos y el otro asentía y agachaba la cabeza. Luego ya hablaron los dos y me dio la impresión de que se estaban poniendo de acuerdo en algo. Se despidieron estrechándose la mano, pero no de manera normal, se agarraron por el antebrazo y se pusieron la otra mano en el hombro. No sé, era como un saludo ritual, o de mucha confianza. Jules, la persona con la que hablaba mi padre era el señor Mathieu.
El capitán Nemo no mostró sorpresa alguna. Jules hacía esfuerzos por asimilar la gravedad de lo que acababa de contarles Caroline.
—¿Y tú crees que…? —empezó a decir.
Pero no pudo terminar la pregunta, porque en ese momento Huan fue hasta él y le cuchicheó algo al oído. Jules sonrió.
—Queremos pedirte un favor, Pierre —le dijo al hombre forzudo—. Si vas a estar aquí más de un día, nos gustaría que nos dejaras al mono hasta mañana. Marie lo cuidará bien.
La idea de Huan era muy simple: meter al mono en el despacho del director. Como era tan travieso y curioso, lo pondría patas arriba y le daría un susto de muerte a Mathieu. Era una pequeña venganza por haber querido matarlos y por todos los deberes que les mandaba.
Irían muy temprano. El colegio abría sus puertas bastante antes de que llegaran los alumnos. Quizá ni siquiera los vería nadie. Subirían hasta el despacho de Mathieu, meterían al mono y se esconderían para ver qué pasaba.
Así lo hicieron. Marie ocultó al mono bajo la ropa. Iba abrazado a ella y abultaba poco.
Vieron llegar de uno en uno a los bedeles, al personal de la cocina y a algún que otro profesor. Ellos eligieron para entrar el momento adecuado para no coincidir con nadie.
Siguiendo el plan, metieron al animal en el despacho y cerraron la puerta. Desde su escondite, enseguida empezaron a oír barullo. Casi podían adivinar los saltos del mono y las cosas que iba tirando. No por nada se habían pasado horas allí dentro mientras Mathieu les corregía aquellos deberes abusivos. Se tronchaban de risa.
El director apareció minutos después y abrió confiadamente la puerta de su despacho.
—¡Aaah! —gritó despavorido.
El chimpancé aprovechó la puerta abierta para escaparse. Marie lo llamó en voz baja. El animal acudió y ellos se fueron pitando de allí.
Salieron del colegio y corrieron hasta doblar una esquina.
—¡Eh, tiene algo en la mano! —dijo Marie.
Jules se lo quitó y todos pudieron verlo: era un anillo de oro, una especie de sello en forma de yelmo. El mismo yelmo que Mathieu llevaba bordado en el pecho, el escudo de aquella misteriosa orden de la que le había hablado el capitán Nemo. Y era, ante todo, la prueba evidente de que Mathieu pertenecía a ella.
Pero el mono no estaba conforme con que le arrebataran lo que había robado en el despacho y agarró el anillo. Jules no lo soltó y cada uno tiró hacia así. Al final, el anillo salió volando y se coló por una alcantarilla.
Habían perdido su prueba.
—No nos preocupemos, ya encontraremos el modo de demostrar lo que traman Mathieu y sus cómplices —se consoló Jules y también intentó consolar a sus amigos.
El mono, que había puesto una cara tan triste como ellos, chilló, hizo unas muecas e intentó besar en la boca a Marie.
Se rieron a carcajadas.
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