La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 12 de 23

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La isla perdida

Capítulo 10. Exploradores. Tumbas en el monte. Huellas de monstruo

Capítulo 10

 

EXPLORADORES.

TUMBAS EN EL MONTE.

HUELLAS DE MONSTRUO

 

En cuanto se despertaron a la mañana siguiente, hicieron planes para el día y los pusieron en práctica sin tardar.

Primero acarrearon hasta el campamento los restos del buque naufragado. Después desmontaron de la barquilla la estructura que sostenía el quemador. Juntaron todo y lo taparon con la lona del globo.

Volcaron la barquilla con el lateral quitado contra la arena y la parte superior mirando al océano. Fue su caseta de playa; desde ella, a la sombra, vigilarían la aparición de algún barco.

Del baúl cogieron un par de machetes con funda que Jules y Marie se metieron en el cinturón. Huan enrolló una de las cuerdas del globo y pasó por ella el brazo para echársela al hombro. Caroline, después de pensar un momento, cortó un trozo cuadrado de vela, anudó los picos entre sí para formar un saquito que colgó del extremo de una rama.

—Lo llevaré como un hatillo. Si encontramos fruta, podemos llenarlo y traerla al campamento.

Ya estaban listos para explorar la isla.

Se internaron en el bosque que llegaba hasta la playa. Pararon en la charca para beber y continuaron deprisa, querían encontrar algo de comer cuanto antes. Entre sus planes estaba pescar y asar algún pez para desayunar antes de emprender la marcha, pero no lo habían hecho.

—Me muero de hambre, pero comer pescado por la mañana… —había murmurado Marie—. A mí no me apetece, la verdad.

A los otros tampoco. Preferían saltarse el desayuno y esperar a encontrar fruta más madura que los nísperos del día anterior.

Caminaron media hora entre árboles con el sol siempre a la espalda para mantener la misma dirección, de este a oeste. Había más charcas, alguna con grandes juncos de raíz blanca y sabrosa en la orilla. Pero aquello solo sirvió para abrirles más el apetito.

Tuvieron suerte y su exploración los llevó a un gran claro desde el que podían ver más allá de los árboles que los rodeaban. Sobre las copas, hacia el sur, divisaron la cima de un monte. Si querían saber lo grande que era la isla y qué forma tenía, debían subir allí. Y lo más importante: quizá vieran casas, quizá no estuvieran en un lugar deshabitado.

—Este lugar es un paraíso —dijo Caroline.

Se habían sentado a descansar en la hierba del claro. Huan no dejaba de examinar el suelo y, cuando veía alguna hormiga, se la comía.

—Pues yo no quiero vivir en un paraíso —dijo—, quiero comer cuando tenga hambre y dormir en mi cama.

—No te preocupes, no vamos a quedarnos aquí toda la vida —le aseguró Jules—. Pasará un barco y le haremos señales.

—Venga, chicos, subamos a ese monte de una vez —instó Marie poniendo fin al descanso.

En la ladera del monte, un terreno más árido y despejado, había zarzas con moras. Algunas no se habían secado del todo, aunque hacía más de un mes del final del verano; comieron hasta saciarse y guardaron muchas en el hatillo de Caroline. Encontraron también un arroyo, apenas un hilo de agua. Lo siguieron pendiente arriba, hasta el manantial. Bebieron con ganas aquella agua pura y deliciosa, mucho mejor que la de las charcas.

Alcanzaron la cima cuando el sol todavía no estaba muy alto. Jules calculó que habrían recorrido cuatro o cinco kilómetros como mucho, porque habían ido despacio, observándolo todo, y también habían hecho un alto.

La vista desde aquel lugar elevado les confirmó lo que suponían —y temían—. Estaban en una isla pequeña y, por lo que parecía, desierta, pues no se veía ningún pueblo ni una casa siquiera. Tampoco se veía ni rastro de supervivientes de un naufragio.

No había ninguna costa cerca, además. Desde allí, su vista alcanzaba muchos kilómetros a la redonda y lo único que veían era agua y más agua, por la que ningún barco navegaba.

Estaban solos. Se sentaron en el suelo descorazonados.

 

La ladera del monte opuesta a la que habían subido se cortaba bruscamente en un acantilado sobre el mar, así que habían atravesado la isla entera en su parte central. De norte a sur, sin embargo, era más larga, unos ocho kilómetros. La costa sur, más ancha, formaba una bahía semejante a las fauces abiertas de un león, con dos lenguas de arena blanca que penetraban en el agua y parecían los colmillos. Hacia el norte, en cambio, la isla iba estrechándose y terminaba en un cabo tan alto como el monte en que se encontraban.

—Es como un gigantesco renacuajo con cabeza de león —dijo Marie.

—Un león que ruge por las noches —añadió Huan.

La costa este, que era a la que ellos habían llegado, era una larga playa desde el cabo hasta la «mandíbula inferior» de la cabeza de león. Apenas podían verla, porque la tapaban los árboles del bosque. Salvo la parte alta del monte y el cabo, la isla estaba cubierta de vegetación.

—Vivimos en el cuello de un león con melena verde y sin patas. Me gusta —dijo Caroline—. ¿Le haremos cosquillas al andar?

—Fijaos en esos árboles —dijo Jules, que señaló la ladera del monte un poco más al norte—. Son distintos a los que hemos dejado atrás al venir. Son mucho menos altos y con las ramas más retorcidas. Volvamos al campamento por ahí, quizá tengan frutos comestibles.

Echaron una última mirada desde la cima del monte, como si quisieran grabarse en la mente el mapa de la isla, y descendieron por el lado que había indicado Jules.

 

Bajaron por la pendiente nordeste, algo más accidentada y llena de cardos altos que les desgarraron la ropa.

—Ahora tenemos pinta de náufragos —dijo Marie.

—Es lo que somos, aunque hayamos venido volando —opinó Jules.

—Y empieza a hacernos falta un buen baño —sugirió Caroline.

Tuvieron que bajar de uno en uno y ayudándose para salvar algunas rocas. Se rasparon las manos y las rodillas, y se destrozaron un poco más la ropa. Huan también se arañó la punta de la nariz.

—No os riáis, ¿eh?

Finalmente dejaron atrás la parte más empinada y llegaron a los árboles que Jules había visto desde lo alto. Eran almendros y olivos, y estaban cargados de frutos. Comieron unas aceitunas; eran negras y tenían buen gusto. Recogieron muchas y las guardaron en el hatillo junto con las moras. Probaron también las almendras, que abrieron golpeándolas con piedras, y estaban maduras y sabrosas. Echaron algunas en el hatillo, las suficientes para un día solamente, porque ya sabían dónde reponer su despensa.

—Ah, no, ni hablar —protestó Caroline cuando Huan quiso echar también las piedras con que habían roto las cáscaras—, no pienso cargar con eso. Ya encontraremos más por el camino.

—Pero estas son perfectas.

—Pues llevas tú el hatillo entonces —se quejó Caroline.

Huan tiró las piedras.

—Tienes razón, encontraremos otras.

Entre los almendros y olivos (el «huerto», como lo bautizaron) y la franja boscosa hasta el mar, que en aquel lugar era más estrecha, había un pequeño llano despejado. Allí descubrieron algo que los dejó conmocionados. En el centro estaban clavadas unas cruces hechas con tablas atadas, sin duda pertenecientes también a los restos del naufragio que habían hallado en la playa. Eran tumbas, estaban en un cementerio. En las tablas horizontales, alguien había grabado con un objeto punzante los nombres de los enterrados y los años de su nacimiento y muerte. Había ancianos, adultos y… niños sepultados en aquellas tumbas.

—En esta isla solo hay muertos —dijo Huan, lloriqueando de pena y de miedo.

En ese momento volvieron a oír chillidos en la espesura. Todos se sobresaltaron.

—No, no solo hay muertos. Alguien tiene que haber enterrado a estas personas —reflexionó Jules.

—¡Sus asesinos! —exclamó Marie.

—No perdamos la calma —dijo Caroline—. Los asesinos no enterrarían a sus víctimas en una isla donde la policía no los va a descubrir. O al menos no las enterrarían con este cuidado. Y nadie dice que estas personas hayan sido asesinadas.

Jules miró a Caroline con agradecimiento, era importante no perder los nervios.

—¡Tenemos que largarnos de esta isla como sea! —gritó Huan—. ¿Tú qué dices, Jules, qué hacemos?

—Por ahora volvamos al campamento, allí hablaremos más despacio —le contestó su amigo.

Echaron a andar hacia los árboles altos y entonces les llegó un ruido procedente de la espesura. No era el ruido del viento agitando las ramas y las hojas, sino el de un cuerpo moviéndose con rapidez, como huyendo.

 

Pero no era la última sorpresa de aquel día. Cuando salieron a la playa, un kilómetro al norte del campamento, vieron en la arena las huellas de unas patas enormes. Eran profundas y redondas, de casi dos palmos de diámetro, como midió Jules. El viento había borrado un poco su contorno, pero se distinguían las marcas de dedos cortos o uñas anchas.

—¡Os lo dije, os lo dije, hay monstruos! —gritó otra vez Huan, que cayó de rodillas llorando.

Jules le puso una mano en el hombro, pero él se la apartó.

—Venga, Huan, en el campamento estaremos mejor, nos meteremos en la barquilla —le dijo Marie.

Entre las dos chicas levantaron a Huan y esperaron a que se tranquilizara un poco. Luego, los tres siguieron a Jules, que se había adelantado.

Las huellas llegaban hasta el campamento. El animal parecía haber andado entre sus cosas, porque se veían pisadas que iban y venían de la barquilla a la lona. Debía de haber estado un buen rato, pues había decenas o incluso cientos de huellas. Después se había dirigido directamente a los árboles.

Como las chicas le habían dicho a Huan, se metieron en la barquilla. Jules se sentó fuera. Ninguno hablaba, tenían los oídos atentos a los ruidos del bosque. Caroline desató el hatillo y les ofreció moras, almendras y aceitunas. Con las prisas por regresar al campamento, se les había olvidado coger las piedras para partir las almendras. De todos modos, no las habrían utilizado, ninguno tenía hambre.