La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 5 de 23

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La isla perdida

Capítulo 3. La tortuga voladora. Todos en contra de él

Capítulo 3

LA TORTUGA VOLADORA.

TODOS EN CONTRA DE ÉL

 

El padre de Jules, en efecto, se había tomado de forma muy distinta la carta del director de La Bonne Tradition. Cuando el chico había llegado a casa, la criada, con la cabeza baja, le había dicho que su padre lo esperaba en el despacho. Era abogado y recibía a sus clientes en casa, en dos habitaciones junto a la puerta principal —un despacho y una antesala donde trabajaban un ayudante y la secretaria— en las que la familia no entraba salvo por motivos excepcionales.

Jules había aguantado bien la reprimenda, sin intentar justificarse, porque sabía que era inútil, y sin rechistar cuando su padre lo había mandado a su habitación castigado. Pero luego, tumbado en su cama, se le saltaban las lágrimas. Envidió un poco a Huan y a Marie. A Huan porque vivía de una manera mucho más libre, en una familia donde todos se respetaban silenciosamente y a lo mejor se querían más. Y a Marie porque, pese a la pobreza, era más dueña de su vida de lo que él o cualquier otro chico de su edad lo era.

Pensó también en Caroline. Al principio no le había gustado nada que entrara en el club. Pero lo cierto era que se había integrado bien y disfrutaba de cada momento. Se había reído tanto o más que los otros con el juego de los bizcochos y había elogiado su invento, del que se sentía orgulloso.

Luego se la imaginó a bordo del globo en que había querido montar, contemplando desde el cielo esa ciudad de París que él no conocía. Su prima tampoco podría subirse al que presentarían en Nantes el fin de semana, y puede que su padre incluso le prohibiera ir a verlo.

Lo que más fascinaba a Jules de los globos aerostáticos era que la aplicación de un principio físico tan sencillo hubiera dado un resultado tan grandioso: con solo encerrar en ellos aire caliente o un gas más ligero que el aire se podía ascender hasta las nubes. Volar.

Pero Jules no era solamente una mente teórica, él tenía que poner en práctica, si podía, todos sus conocimientos de física, construir sus inventos y los de los demás. Se puso a pensar en cómo podría hacer un globo con materiales que estuvieran a su alcance. ¿Qué había en su casa que tuviera forma de globo?

Recordó que la cocinera se cosía ella misma unos gorros de tela muy tupida para el invierno, decía que con los normales se le enfriaba la cabeza cuando tenía que abrir la ventana. Eran grandes gorros blancos que se encasquetaba en la cabeza hasta las cejas y en los que metía su voluminoso peinado sin aplastárselo.

Salió sigilosamente de su habitación y fue al cuartito de la cocinera. Allí rebuscó en una cómoda hasta dar con los gorros de invierno y cogió uno.

Volvió a su habitación y reunió los materiales que le faltaban. Rebuscó en una cesta de paja donde iba dejando todo lo que creía que alguna vez podía necesitar y lo encontró todo: una vela baja y muy ancha le serviría para calentar el aire; el soporte de la vela sería una vieja placa del picaporte de una cochera; la barquilla sería la propia cesta de cachivaches vacía; por último, tenía varios carretes de cordel, así que colgaría con facilidad el picaporte y la barquilla del gorro de la cocinera.

Empezó a construir el globo. Para que no se escapara el aire a través de la tela, forró su interior con papel. Después cortó cinco cordeles, dos largos, dos cortos, y el quinto, de la circunferencia exacta del gorro. Los largos subían desde la barquilla, pasaban por el picaporte, se cruzaban en lo alto del gorro y bajaban hasta la barquilla de nuevo, donde iban anudados; con los cortos reforzó la trama de cordeles de la parte superior del globo y los ató al cordel circular. Todo quedó bien sujeto, casi tanto como en un globo de verdad.

Jules quiso probar entonces si antes incluso de calentar el aire, el aparato descendía sin brusquedad. Lo agarró por la tela, lo alzó hasta donde le dio de sí el brazo y lo soltó. El globo se hinchó como un paracaídas y bajó hasta el suelo suavemente.

Demasiado suavemente, pensó. Con aire caliente, subiría y subiría. Necesitaba que la barquilla pesara más. Y estaba tan seguro de que su globo funcionaría perfectamente que no buscó ningún objeto, sino un auténtico pasajero: la tortuga de agua de su hermano.

Tan sigilosamente como había entrado en el cuarto de la cocinera, se coló en el dormitorio de su hermano y capturó sin dificultad al pequeño animal que nadaba en la pecera.

De vuelta en su habitación, metió en la cesta a la tortuga, que había escondido la cabeza y las patas en el caparazón. Encendió la vela para calentar el aire del gorro-globo. Minutos después vio cómo el aparato casero se elevaba unos centímetros del tablero de su escritorio. Lo había conseguido.

Pero no se dio por satisfecho. Quería ver volar de verdad el globo, no comprobar que podía flotar por su habitación. Debía soltarlo desde una ventana.

La ventana de su cuarto no era adecuada, daba a un patio en el que no corría el aire; el globo se quedaría suspendido y luego descendería en vertical, sin desplazarse nada. El lugar idóneo era el balcón del comedor. Aún no era la hora de la cena y no habría nadie allí. Cogió el globo, fue al comedor y abrió el balcón.

—¡No encuentro a mi tortuga! ¡Se ha escapado! ¡O me la han quitado! — oyó gritar entonces a su hermano mientras esperaba a que el aire del globo se calentara un poco más.

Paul entró corriendo en el comedor, mirando al suelo por todas partes.

—¡Calla, no grites! Tu tortuga no se ha escapado ni te la ha quitado nadie, la tengo yo, la necesito para un experimento —le dijo Jules.

Su hermano se acercó al balcón y miró el extraño invento de Jules. No vio a su tortuga hasta que sus ojos bajaron del gorro a la cesta.

—¿Qué es eso? ¿Qué vas a hacer con mi tortuga?

—Es un globo. ¿No has visto el cartel que han puesto por toda la ciudad? El aire caliente hace que suba y vuele. Voy a lanzarlo por el balcón.

—¿Con mi tortuga?

—Sí, con tu tortuga. Pero no le pasará nada. Mira, la vela se apagará enseguida, entonces el aire de dentro se irá enfriando y el globo empezará a bajar poco a poco. Tú y yo lo seguiremos, tenemos que salir sin hacer ruido y dejar la puerta entreabierta, nadie se dará cuenta.

—¡No, no! ¡Vas a matar a mi tortuga!

—¡No grites!

Demasiado tarde. Los gritos de Paul alertaron a la familia y a la servidumbre. Primero llegó su madre con la pequeña Anna, después la criada y, por último, la cocinera.

—¡Ese gorro es mío! ¿Qué ha hecho con él, señorito Jules, para que se sostenga en el aire? ¡Devuélvamelo!

Y entonces apareció también su padre, hasta su despacho habían llegado los gritos de Paul. Sin dudarlo, caminó a grandes pasos hacia Jules; nadie más podía ser la causa de aquel escándalo.

—¿No te había prohibido salir de tu cuarto? ¿Qué es eso, qué diablura se te ha ocurrido ahora? —le preguntó a su hijo con voz airada.

Jules no renunció: tenía que llevar la prueba hasta el fin. Pero, acosado por las voces de su hermano, la cocinera y su padre, no midió bien sus movimientos, y en vez de dejar que el globo se elevara desde sus manos, lo arrojó enérgicamente a la calle.

La cesta se balanceó violentamente al ser impulsada y la tortuga salió despedida por los aires como una piedra. Dejaron de verla, pero oyeron el ruido que hizo al estrellarse contra el adoquinado. El globo, aligerado de la carga del animal, ascendió y se perdió en el cielo.

—¡La has matado, la has matado! —iba chillando Paul mientras corría a la puerta para bajar a recuperar a su mascota.

Durante unos instantes nadie dijo nada en el comedor. Las miradas de las mujeres iban de Jules a su padre y otra vez a Jules. Sin acercarse más a su hijo, el padre le ordenó:

—¡A tu habitación ahora mismo!

 

Desde luego, aquel no había sido el mejor día en la vida de Jules. Tumbado de nuevo en su cama, oía llorar a su hermano en la habitación de al lado.

Se sentía mal. A la expulsión de clase y los reproches de su padre se añadía ahora el disgusto por la muerte de la tortuga y la pena de su hermano. No se perdonaba lo que había hecho. Estaba seguro de que, si hubiera sido menos torpe al soltar el globo por el balcón, la prueba habría resultado bien y la tortuga de su hermano seguiría viva. Con el peso del animal, el pequeño aparato habría volado por encima de la calle llevado por el viento, que no era fuerte, y se habría posado unos metros más allá.

Su hermano dejó de llorar o lloró en silencio. Jules pensó que también estaría tumbado en su cama, pero entonces oyó que Paul salía de su habitación. Segundos después, la puerta de su propio cuarto se entreabrió y apareció su hermano. No entró, se quedó mirando a Jules desde allí, con la mano en el picaporte, sin llorar, con cara de rencor.

—Perdóname, Paul. De verdad, no quería hacerlo, a la tortuga no iba a pasarle nada. Es que me he puesto nervioso con todos esos gritos y papá viniendo hacia mí…

Pero Paul rompió a llorar otra vez y se fue corriendo tras cerrar de un portazo.

No, Paul no iba a perdonarlo fácilmente, pero con el tiempo lo haría. Era un año menor que Jules y se llevaban bien. Para recompensarlo, le construiría algún juguete mecánico con engranajes de reloj que tenía por alguna parte. ¿Una tortuga que se moviera sola? Eso le recordaría a su mascota. Mejor una araña de cuerda que correteara por el suelo, así podría darle sustos a su hermana Anna, como le gustaba. Su hermana se quejaría a su madre, claro, y al final él resultaría ser el culpable del revuelo, pero la regañina merecería la pena si servía para consolar a su hermano.

Las visitas a su cuarto no habían terminado. Tocaron con fuerza a la puerta y, sin esperar respuesta, su padre la abrió de par en par. Jules se sentó con la espalda recta en el borde de la cama. Su padre tampoco entró.

—Yo también he visto esos carteles que han pegado por la ciudad —le dijo—, y el señor Mathieu me explica en su carta que has llevado uno al colegio, con el que te estabas distrayendo en clase y distraías a otros alumnos. Supongo que ha sido el acontecimiento del globo lo que te ha empujado a hacer la gamberrada que acabas de hacer. Y tendrás previsto ir a verlo el sábado. Pues no va a ser así. Iremos todos, hasta les he dado el día libre a las criadas para que vayan si quieren. Todos menos tú. Y de aquí al fin de semana volverás a casa nada más salir de clase y permanecerás en tu cuarto hasta la hora de la cena. Hoy, por cierto, tú no cenas. El hambre te mantendrá despierto esta noche y así podrás recapacitar sobre lo que has hecho.

—Pero yo no tenía intención de…

Su padre cerró la puerta. Tampoco quería escucharlo. Jules no se movió, se había quedado de piedra. Pese al incidente del colegio y el consiguiente enfado de su padre, aún tenía esperanzas de ver el globo.

Se desesperó al pensar cómo iba a ser el resto de su semana. Jueves y viernes de colegio y por las tardes encerrado en su habitación, igual que el sábado y el domingo. Sin preguntar en clase para no irritar a los profesores, sin estar con sus amigos en el club y, por supuesto, sin hacer experimentos de los que su padre pudiera enterarse.

Seguía sentado, deprimido, cuando su madre fue a darle las buenas noches.

—Venga, hijo, ponte la camisa de dormir y acuéstate.

Jules obedeció. Se desvistió despacio, pensando en cómo expresar lo que quería decirle a su madre. Metido ya en la cama, habló por fin:

—No soy malo, mamá, solamente quiero saber cómo funcionan las cosas, quiero saber más y ser también un gran inventor, si puedo. Papá no lo comprende, cree que todo son juegos o travesuras. Me ha castigado hasta el domingo. Cada cosa que hago me cuesta un castigo.

—A tu edad, Jules, los niños juegan. Y también hacen travesuras, pero menos peligrosas, sin matar a los animalitos de sus hermanos.

—Pero yo no quería que le ocurriera nada a la tortuga, el globo habría volado unos metros y luego lo habríamos cogido. Al ver a papá, no he sabido lo que hacía, por eso lo he lanzado deprisa.

—Tendrías que habernos pedido permiso antes. A tu hermano y a nosotros.

—No me lo habríais dado. Papá no me lo habría dado.

—Puede que no. Pero tienes que aprender a respetar sus decisiones; él sabe por qué las toma, aunque a ti te parezcan injustas. Te mereces el castigo.

Le dio el beso de buenas noches y se fue. Aunque no parecía demasiado enfadada, tampoco su madre estaba de su parte. Se sintió solo.

Esa noche soñó que volaba muy alto en el globo del cartel con sus amigos. Ascendían más y más, veían la ciudad entera atravesada por el río Loira. El viento los empujaba siguiendo su curso y los llevaba hasta el mar. A sus pies se extendían kilómetros de costa hacia el norte y hacia el sur, y el horizonte entero, al oeste, lo ocupaba el océano. El viento se calmaba y ellos quedaban suspendidos, sin apenas balancearse, entre nubes blancas. Entonces aparecía una bandada de albatros. Primero volaban en círculos alrededor del globo, chillando, pero después se lanzaban contra él. La tela no resistía los poderosos picotazos de las aves y el aparato se precipitaba al mar. Jules se despertó justo antes de que se estrellaran.

A la misma hora, también Marie y Caroline estaban soñando que volaban en globo con sus amigos. Sus vuelos eran más plácidos, acababan bien, como el de Marie, que iba cargado de alimentos para los niños de una aldea perdida en las montañas, o no acababan nunca, se perdían en un cielo luminoso camino de una tierra desconocida.

El globo también estuvo presente en los sueños de Huan, pero él no iba montado, porque era un poco miedoso y ni en sueños corría riesgos. Con un traje y un sombrero tan elegantes como los del empresario que habían visto por la mañana, saludaba a sus amigos, que llegaban volando de no sabía dónde, felices, en un aparato de su exclusiva propiedad y que le reportaba considerables ganancias. ¡No imaginaba que solo unos días después tendría que dominar su miedo y afrontar peligros en la vida real!