La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 16 de 23

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La isla perdida

Capítulo 14. Trampa en el bosque. El ataque del monstruo misterioso

Capítulo 14

 

TRAMPA EN EL BOSQUE.

EL ATAQUE DEL MONSTRUO

MISTERIOSO

 

El monito, que había dormido abrazado a Marie, se despertó antes que ella y que ningún otro y empezó a curiosearlo todo y a subirse por las ramas del armazón de la tienda. Trepaba por una, descendía por otra, le pisoteaba la cara a alguno de los que dormían y volvía a escalar, haciendo «¡Uh, uh!». Ni un minuto después, todos estaban despiertos.

Cuando salieron de la tienda, encontraron otra vez montoncitos de manzanas y peras junto a la puerta. Y, como la mañana anterior, a los otros dos monos desayunando.

—Sea quien sea ese alguien misterioso que nos deja la fruta por las noches, no puede ser malo —dijo Jules—. Vamos a desayunar nosotros también, y mientras tanto, os contaré algo que se me ha ocurrido.

Había estado pensando en cómo salir de la isla y había llegado a la conclusión de que, si no pasaba ningún barco, la única manera era construir una barca y hacerse a la mar.

—Es muy fácil, solo tenemos que encontrar un árbol lo bastante grande para hacer una barca vaciando el tronco, como las canoas de algunos aborígenes. Pero nosotros le pondremos un mástil con su vela y también tendrá timón —les explicó.

—A mí me da miedo. Si las olas la vuelcan, yo me ahogaré —dijo Huan.

—No la volcarán, fijaremos a uno de los lados un patín para hacerla más estable, ya verás.

—¡Y para algo estamos nosotros, que nadamos bien y te salvaríamos! — lo animó Marie.

—Así que vamos a explorar mejor la isla. Tenemos que encontrar árboles que sean gruesos y rectos, los de por aquí no nos valen.

 

Se pusieron en marcha enseguida, hacia el norte, siguiendo la línea de la costa. Primero inspeccionarían el bosque sin alejarse demasiado de la playa. Cuanto más cerca estuvieran los árboles del mar, menos distancia tendrían que arrastrar los troncos entre la maleza.

Llevaban caminando bastante tiempo por el bosque cerrado cuando llegaron a un pequeño claro cubierto de vegetación baja. Caroline se adelantó y de pronto desapareció de la vista con un grito. Había caído en un agujero. Los demás corrieron hasta la abertura.

Era un agujero muy profundo, como un pozo pero sin agua, y no lo había hecho la naturaleza, sino hombres con picos y palas.

—¡¿Estás bien?! —gritó Jules.

Caroline había caído encima del follaje que ocultaba el agujero, de espaldas, y tenía los ojos abiertos.

—Sí, creo que sí…

Se puso en pie y se palpó los brazos y las piernas.

—Creo que no me he roto nada. Sacadme de aquí —dijo alargando los brazos.

Jules y Marie tendieron los suyos, pero ni aunque Caroline hubiera saltado habrían podido aferrar sus manos.

—No llegamos. Vamos a buscar algo para que te agarres y tiremos de ti. No tardamos nada —la tranquilizó Jules—. Marie se queda contigo.

Huan y él se pusieron a buscar como locos una rama baja que pudieran tronchar colgándose los dos de ella. Se separaron para abarcar más terreno.

—¡Jules, ven, mira esto!

Jules corrió hasta Huan siguiendo su voz. Se lo encontró alzando una escalera del suelo. No una escalera tosca hecha de ramas u otro material de la isla, sino una escalera fabricada por un carpintero.

—He tropezado con ella, estaba medio tapada con hojas y tierra, como escondida —dijo Huan.

Pero no comentaron más su hallazgo. Lo primero era sacar a Caroline. Cuando llegaron a la boca del agujero, las dos chicas estaban hablando.

—Una escalera, claro —dijo Marie sin asombrarse.

—¿Por qué «claro»? —le preguntó Jules.

—Será mejor que bajéis a ver esto antes de que suba yo —dijo entonces Caroline desde el agujero al oírlos llegar.

Colocaron la escalera y Jules se apresuró a bajar.

—Tú quédate aquí, Huan —le ordenó Marie—; alguien tiene que vigilar.

—Vale, pero daos prisa —accedió Huan, al que inquietaron esas palabras de Marie. ¿Por qué tenía que vigilar alguien?

Cuando Marie estuvo también en el fondo del pozo, Caroline apartó a los lados el follaje sobre el que había caído para que sus amigos vieran lo que había encontrado. Eran cajas de madera.

—Me he dado cuenta por el ruido que hacía al pisar —dijo Caroline.

No hacía falta abrirlas para saber lo que contenían, estaba escrito: tabaco cubano, whisky escocés, vino francés, sedas orientales y armas americanas.

—Esto es cosa de contrabandistas —afirmó Jules—; supongo que es una especie de almacén. Igual hay docenas de cajas apiladas aquí abajo.

—Las tienen bien escondidas —comentó Marie.

—Ahora subamos y sigamos buscando ese árbol, tenemos que construir la barca —dijo Jules—. ¿Seguro que estás bien, Caroline? ¿Puedes subir tú sola?

—No me he hecho nada, de verdad. Solo me duele un poco este codo, pero lo muevo bien.

Jules fue el último en salir del agujero. Retiraron rápidamente la escalera y lo taparon con vegetación del claro.

Le contaron a Huan lo que había dentro y el chico se puso muy nervioso. Reanudaron la marcha a paso acelerado; les corría prisa construir la barca proyectada por Jules para escapar lo más pronto posible de la isla, antes de que los contrabandistas fueran a recuperar su mercancía o a dejar más.

 

Por fin los árboles del bosque cambiaron. Según los cálculos de Jules, ya debían de estar próximos al cabo que habían divisado desde el monte cuando empezaron a aparecer unos algarrobos de tronco anchísimo.

—Son magníficos —dijo Caroline—. ¿Alguno de estos nos valdrá?

—Sí, claro que sí, cualquiera de ellos. Iremos a buscar las herramientas y esta misma tarde talaremos uno.

Oyeron entonces un sonido que casi habían conseguido olvidar. Era el horroroso mugido o bramido de la primera noche que tanto los había aterrorizado. Pero esta vez estaba mucho más cerca, y algo hacía ruido en la espesura.

Se quedaron mudos, mirando el bosque.

Lo vieron surgir entre los árboles, con sus enormes colmillos. Era un elefante monumental que se dirigía directamente hacia ellos trotando, haciendo retumbar la tierra.

—¡Hacia allí, a la playa! —gritó Jules.

Caroline, Marie y Jules echaron a correr, pero Huan se quedó donde estaba. El miedo lo había paralizado, sus piernas no le obedecían. Miraba boquiabierto y con los ojos desencajados a la gigantesca criatura.

—¡Esperad, Huan no viene! —gritó Marie.

Volvieron, tiraron de Huan para que reaccionara, pero fue inútil. Entre los tres, lo levantaron en vilo y huyeron de nuevo.

Pero el elefante era mucho más rápido, les comía terreno. Cuando lanzó otro barrito, supieron que no podía estar a más de diez metros de ellos. Las piernas les flaquearon de pavor, tropezaron y rodaron por el suelo. Iba a aplastarlos con las pezuñas.

Sonó entonces un alarido en el bosque, un alarido tan potente como el barrito del elefante. Y dejaron de oír las pisadas del animal.

Se volvieron. El animal se había detenido. Alzó la trompa y emitió otro barrito. Le respondió un alarido como el de antes. Parecía una orden y el elefante la acató. Dio media vuelta y se alejó.

Ellos se quedaron sentados en el suelo unos momentos, tenían que recuperarse. Huan se levantó el primero, no quería permanecer allí ni un segundo más.

Se encaminaron a la playa sin hablar. Salieron a la arena dos kilómetros al norte del campamento y siguieron por la orilla sin pararse. Necesitaban sentirse a salvo, aunque supieran que ni la tienda ni la barquilla pudieran nada contra aquella mole con trompa.

Los chimpancés acudieron a recibirlos. Huan no hizo caso de las incitaciones a jugar de Mathieu, y Marie, aunque dejó que el monito se le subiera, no le devolvió las carantoñas. Discreto caminó al lado de los chicos con la cabeza gacha, como ellos.

Se sentaron alrededor del fuego.

—Monos, elefantes… —dijo Marie—. África, esto es África. Así que también habrá guepardos, leones, cocodrilos, hienas, serpientes enormes, escorpiones, arañas venenosas… Nos lo han enseñado en el colegio.

—Marie… —quiso acallarla Caroline.

—No, Caroline, tenemos que hablar. Estamos en una isla donde hay animales salvajes, fieras, y a la que vienen contrabandistas; eso si no están siempre aquí, en el lado que no hemos explorado. ¿Qué hacemos?

—Construir la barca, como hemos planeado —le contestó Caroline al ver que Jules no abría la boca.

—¿Con un elefante furioso y quién sabe qué más merodeando cerca mientras la construimos?

Huan entonces se echó a llorar. Lloró por todo el miedo que había pasado en el ataque del elefante, por el descubrimiento de que la isla era un refugio de contrabandistas y por lo lejos que estaba de su casa. El llanto lo alivió.

Jules, que estaba mirando el mar, vio salir del agua a varias tortugas de todos los tamaños. En su desesperación, le recordaron a la tortuguita de su hermano, a la que había matado con aquella estúpida prueba del globo. No pudo evitar hacer la comparación. Como a la tortuga, también a sus amigos los había montado en un globo que se había estrellado.

—La culpa de todo es mía —dijo.

Caroline se enfadó.

—¡No, Jules, la culpa no es tuya! Si acaso, es de Mathieu y sus secuaces, que soltaron el globo. ¡Nosotros nos subimos contigo porque quisimos, y porque también nos gustan los globos! ¡Y ahora basta de lamentarse! ¡Construiremos la barca, nos marcharemos de aquí y hasta les llevaremos tabaco y vino de regalo a nuestros padres!

Caroline se había puesto colorada de rabia. Ninguno rechistó, no se habrían atrevido.

—¡Aaah, una tarántula! —gritó Marie, que reptó hacia atrás para alejarse de una araña.

Huan miró al insecto detenidamente. No era ninguna tarántula, sino una arañita como las que hay en cualquier parte. La cogió y se la comió.

—Tengo hambre.