La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 11 de 23

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La isla perdida

Capítulo 9. Todo no se come. De pesca. Más que un tesoro

Capítulo 9

 

TODO NO SE COME.

DE PESCA.

MÁS QUE UN TESORO

 

Se despertaron al amanecer, con las primeras luces del día. Jules se levantó enseguida, pero sus amigos siguieron tumbados. A Huan le volvieron a sonar las tripas; con lo glotón que era, lo estaría pasando mal. Pero en la isla tenía que haber comestibles, aunque solo fueran los de los animales que habían oído por la noche. Y ellos estaban demasiado débiles para despreciar cualquier comida.

Fue hasta los árboles que bordeaban la playa. Eran altos y no parecían tener frutos. Observó la tierra, cubierta de matorrales y hierbas de distintas clases. Arrancó varias y se comió una brizna de cada una para probarlas. Casi todas eran repugnantes y las escupió. Hizo un gran manojo de las dos que había encontrado más soportables y volvió con sus amigos.

El sol salía en aquel momento por la línea del horizonte. Huan, Marie y Caroline estaban sentados con la lona sobre las piernas mirando cómo despuntaba.

—Os traigo el desayuno a la cama, pero no os acostumbréis. Tomad, están muy ricas.

Repartió las hierbas en raciones iguales. Luego se sentó en la arena y empezó a comerse su parte con verdaderas ganas, como si las hierbas aquellas fueran un manjar. Sus amigos estaban atónitos, pero también hambrientos. Se llenaron la boca y masticaron.

—¡Qué asco! —dijo Marie.

Se había tragado ya algunas hierbas y las vomitó. Los otros dejaron de comer.

—Ojalá no sean venenosas —dijo Caroline.

—No, me he comido varias antes de traerlas. Si fueran venenosas, ya estaría revoleándome por el suelo.

—De todos modos, estas hierbas no alimentan nada. Tendríamos que comernos kilos y kilos al día para sobrevivir —dijo Huan—. Vamos a buscar otra cosa.

Tiraron las hierbas y se dirigieron a los árboles. Se adentraron en la espesura bastantes metros y no vieron el final, se trataba de un verdadero bosque. En un lugar muy sombrío había una charca y bebieron por primera vez en día y medio. Alrededor del agua habían crecido juncos y comieron sus raíces blancas, apetitosas pero insuficientes.

Encontraron arbustos, aunque sin bayas, y también árboles frutales. Entre estos había algunos nísperos con fruto. No eran muy altos, pero había que trepar un poco. Antes de que los chicos decidieran cuál de los dos subiría — habían dado por supuesto que les tocaría a ellos—. Marie ya se había encaramado a uno. Caroline, que llevaba vestido, fue recogiendo los frutos que tiraba Marie con la falda para que no se espachurraran contra el suelo.

No se comieron ninguno hasta que Marie bajó del árbol. Le concedieron el honor de ser la primera, se lo había merecido. La boca se les hacía agua. Marie cogió uno y le dio un buen mordisco. Las muecas de su cara lo decían todo mientras masticaba: aquellos nísperos estaban verdes, eran puro ácido. Marie, no obstante, se tragó lo que tenía en la boca.

—Casi prefiero las hierbas —dijo.

Caroline le cogió el fruto de la mano y le dio un mordisquito. Se lo pasó a Jules, que también lo probó y quiso pasárselo a Huan, pero este le dijo que no con la cabeza.

—No hace falta, me imagino cómo sabe. Además, he encontrado carne.

Se agachó y empezó a capturar unas hormigas rojas que había visto en el suelo. Las metía en un puño, aunque muchas se le escapaban entre los dedos. Cuando creyó tener bastantes, abrió el puño y se lo llevó a la boca. Se tragó las hormigas tal cual, sin masticarlas. Después se lamió la mano para comerse las que le correteaban por ella. Sus amigos no podían creerse lo que veían.

—No están mal —dijo Huan—, aunque me las comería mejor fritas.

—Vaya amigos que tengo: caníbales, insectívoros… —bromeó Jules.

—Probadlas, dan mucha energía.

—Yo no, mi estómago ya ha sufrido bastante esta mañana con las hierbas y el níspero —dijo Marie.

—Y yo todavía puedo esperar un poco antes de cambiar de dieta —repuso Jules.

Caroline no dijo ni que sí ni que no, pero cogió una hormiga que se le había escapado a Huan y que le corría por el brazo y se la metió en la boca. La aplastó contra el paladar con la lengua.

—No tiene mucho sabor —dijo.

—Eres toda una sorpresa, prima.

Había admiración en las palabras de Jules, y Huan la miraba fascinado.

—¿Qué hacemos con los nísperos? —preguntó Marie, que pensaba que Caroline se había comido la hormiga solo para impresionar a los chicos. Debía reconocer, sin embargo, que también la había impresionado a ella.

—Dejémoslos aquí por el momento, en un montón —dijo Jules—. Si no encontramos nada más, nos los comeremos. ¿Os gusta pescar?

Era posible que siguiendo por el bosque hallaran frutos de buen sabor, o por lo menos que se pudieran comer. Pero estaban demasiado débiles, y una caminata quizá larga los agotaría del todo. El mar era lo más cercano, y en el mar había peces, moluscos…

Volvieron a la playa. Se descalzaron. Marie, Huan y Jules se remangaron hasta donde pudieron los pantalones, Caroline se hizo un nudo en la falda más arriba de la rodilla. Se metieron en el agua y se llevaron una alegría al ver que había muchos peces, incluso a medio metro de profundidad, grandes y pequeños.

Todos persiguieron a los grandes, claro. Abrían las manos y las acercaban hasta la superficie por encima del pez, luego las hundían con toda rapidez y… el pez se les escabullía. Estuvieron intentándolo un tiempo sin éxito. Caroline dijo que debían organizarse: formarían una hilera que avanzaría hacia la arena cuando vieran que algún pez nadaba en esa franja de agua, llevarían las manos hundidas y así, entre piernas y manos, el pez tendría menos escapatoria. Cuando el pez intentara huir, el que más cerca estuviera de él lo atraparía.

Consiguieron cercar a cinco peces y los cinco se les colaron entre las piernas, rozándoselas. A la sexta tentativa, Marie alzó las manos con un enorme pez entre ellas que se debatía y daba coletazos. Se le escurrió una vez hacia arriba y lo volvió a atrapar.

—¡Por lo que más quieras, sujétalo bien! —le rogó Huan.

Pero el pez tenía demasiada fuerza y las escamas mojadas le resbalaban en las manos a Marie. Al final salió disparado por encima de la cabeza de sus amigos y se perdió en el mar.

Se miraron y no tuvieron que decirse nada. La pesca había terminado. Fueron hasta la arena y se tumbaron jadeantes.

—¿Qué hacemos ahora? Yo cada vez tengo más hambre —dijo Huan.

—De esta manera no vamos a comernos ni un solo pez —dijo Jules—. Tenemos que fabricar una red o algo así.

—¿Con qué?

—No sé… ¡Ya está, con el mimbre de la barquilla!

Fueron rápidamente hasta la barquilla y empezaron a tirar de los mimbres. Pero eran demasiado gruesos y estaban entretejidos con fuerza, no pudieron separarlos ni un milímetro. Pensaron entonces en las cuerdas y la lona. Quizá pudieran hacer una red con las cuerdas anudándolas formando cuadraditos, pero era un trabajo laborioso y largo, y posiblemente necesitarían cortarlas y no tenían ningún objeto con que hacerlo. Con un trozo de lona, hundiéndolo y agarrándolo cada uno de una punta, quizá pudieran sacar algún pez que nadara por encima, tirando hacia arriba los cuatro a la vez, pero también tenían el problema de cómo cortarla, era demasiado pesada para utilizarla entera. Para rematar, Marie dio un argumento que les hizo desechar de plano la lona del globo:

—Si yo fuera un pez y viera en el agua una cosa enorme de colorines, saldría pitando.

Volvieron a la idea del mimbre. Solo necesitaban algo para golpearlo, a ser posible que tuviera filo. Una piedra delgada por un lado y que pudieran agarrar bien por el otro serviría. Irían rompiendo las varas en las esquinas de la barquilla y tirando de ellas. Si no salían de una en una, cortarían todo un lateral para manipularlo mejor.

Decidieron que buscarían la piedra en la playa y en el límite de la playa, pero sin meterse entre los árboles para estar siempre a la vista unos de otros. Dos irían hacia el norte y dos hacia el sur. Jules, para evitar rencillas sobre quién iba con quién, dijo que echarían a suertes las parejas. Cogió cuatro briznas de hierba y cortó dos por la mitad; luego, volviéndose de espaldas, las empuñó con una mano dejando que asomara un extremo de cada una, todos de la misma longitud más o menos.

—Ahora, elegid. A quienes les toque una hierba igual de larga, irán juntos.

Tras comparar las briznas de hierba que habían sacado, se formaron las parejas: Caroline y Huan irían al sur, Marie y Jules al norte.

—Recordadlo, no entréis en el bosque —les dijo Jules a Huan y a Caroline, porque no olvidaba el extraño sonido animal de la noche anterior—. Y cada cincuenta metros volveremos la cabeza para ver si los otros nos hacen señales de que han encontrado una piedra como la que buscamos, ¿de acuerdo? Cuando creamos que empezamos a alejarnos demasiado, regresaremos aquí.

Se dividieron y empezaron a rastrear la playa. Los primeros cincuenta metros no dieron ningún resultado. Solo arena, y donde acababa la arena, hierba y más hierba; del suelo no afloraba ni una sola piedra. Los segundos cincuenta metros también fueron infructuosos, y los terceros.

Cuando Jules y Marie creyeron que habían recorrido otros cincuenta metros, se volvieron. Caroline y Huan eran dos figuritas minúsculas, sabían quién era quién solamente por la estatura. Pero les pareció que la figurita más baja daba saltos, porque de repente era más alta que la otra. Y agitaba un brazo. Corrieron hacia ellos.

—¡Mirad qué tesoro! —les dijo Huan cuando llegaron.

Esparcidos por la playa, vieron lo que parecían restos de un naufragio. Había un par de toneles en buen estado, cuerdas de aparejos, velas con algún desgarrón pero enteras, tablones curvados y planos, ¡hasta la rueda del timón había llegado flotando!

—Espero que la gente que iba en el barco se salvara en los botes… — deseó Marie, que siempre pensaba en las personas en primer lugar.

—Botes no hemos visto, la verdad —dijo Huan.

—El mar los llevaría en otra dirección, o a otra parte de esta costa — sugirió Jules, que no quería que aquello se convirtiera en otro motivo de desesperanza.

—Pero eso no es todo —dijo Caroline—. ¡Aún tenéis que ver lo mejor!

Los condujo hasta un bulto tapado con una vela.

—¡Tachán! —exclamó, y levantó la tela.

Era un baúl negro de tamaño mediano, con herrajes metálicos.

—¿Se puede abrir? —les preguntó Jules.

—Pues claro, no está cerrado con llave. Después de ver lo que hay, lo hemos vuelto a cerrar y lo hemos tapado con la vela para daros una sorpresa —respondió Huan.

Jules y Marie se arrodillaron delante del baúl y lo abrieron. Para un pirata, su contenido no habría sido ningún tesoro, pero para Los aventureros del siglo XXI perdidos en una isla tenía más valor que el oro o las piedras preciosas. Eran herramientas, todas las que necesitaban y más: una sierra, un hacha, dos martillos, clavos, varios machetes, bramante… Y todas como acabadas de fabricar, porque el baúl estaba impermeabilizado con brea por dentro y no habían sufrido la corrosión del agua marina. Bien mirado, el baúl mismo resultaba extraño en comparación con los demás restos. Estaba mojado, pero no parecía haber pasado mucho tiempo en el agua ni el sol había descolorido su tapa.

Oyeron entonces un ruido en el mar. Miraron y vieron alzarse un chorro de agua a medio kilómetro de la costa. Salía de un gran cuerpo negro que apenas sobresalía de la superficie. Se desplazaba muy lentamente en paralelo a la orilla. Lanzó otro chorro de agua, o más bien una alta salpicadura vertical, y desapareció en el agua.

—¿Qué es eso? —preguntó Huan asustado.

—Es una ballena, un mamífero marino. Tienen pulmones, como nosotros, así que necesitan subir a la superficie para respirar y resoplan así —dijo Jules, que había leído un libro sobre aquellos animales colosales.

—Seguro que fue ese animal el que hundió el barco para comerse a sus tripulantes. Y pudo comernos a nosotros ayer, cuando nos estrellamos con el globo.

—No, Huan, se alimentan de peces pequeños y no atacan a los barcos. Y tampoco se acercan a las playas, se quedarían varadas.

Pero en realidad no estaba convencido de que fuera una ballena.

 

Afortunadamente, el baúl tenía cuatro anillas para transportarlo y no les costó llevarlo hasta la barquilla, haciendo un alto cuando alguno no podía más. Dejaron los demás restos del naufragio donde estaban, solo trasladaron más adentro de la playa los que estaban cerca del agua.

Una vez en el «campamento», como ya lo llamaban, cogieron las herramientas y se pusieron manos a la obra. Tenazas, sierra, martillo, todo les valió, y cortaron un lateral entero, tal como habían pensado, para separar las varas de mimbre con más facilidad. Mientras trabajaban, Jules iba pensando en la forma que debía tener la red.

—Vamos a fabricar una trampa cilindrica bastante larga y con boca pequeña, para que los peces no encuentren la salida después de meterse. Haremos muchos aros de mimbre y los ataremos con bramante a varillas longitudinales. Para asegurarnos de que los peces no se escapan, entrelazaremos juncos de los que hay en la charca. En el lado opuesto a la boca pondremos una tapa que se pueda abrir y cerrar.

—No sé qué dices —dijo Huan.

—Yo tampoco —admitió Caroline.

—Yo creo que sí, he visto redes parecidas —dijo Marie.

—Lo mejor es que os lo vaya explicando paso a paso mientras la fabricamos. ¡Venga, empecemos!

La posibilidad de comer pescado les hizo olvidar el cansancio y trabajar a toda prisa. Tiraban de las varas de mimbre hasta despellejarse las manos, pero ni se daban cuenta. Cuando tuvieron bastantes, empezaron a construir la trampa siguiendo las instrucciones de Jules. La terminaron en una hora.

—¿Y ahora qué, la tiramos al mar y ya está? —preguntó Caroline.

—Ahora la ataremos a una piedra del fondo y a un tronco, así las olas no se la llevarán ni la moverán mucho; los peces tienen que entrar confiados, como en el hueco de una roca.

Marie buceó hasta dar con una piedra grande mientras los demás aserraban un trozo de árbol caído; estaba medio hueco y no tardaron mucho. La red quedó colocada y bien atada al poco rato.

Estaban tan impacientes por ver si la trampa funcionaba —y si podrían hacer una verdadera comida— que los cuatro se sentaron en la playa enfrente del tronco.

—¿Y por qué van a meterse los peces en una jaula como esa? —se preguntó Marie en voz alta.

—Por lo mismo que yo me he subido a un globo, supongo. No lo sé… — dijo Huan.

—Desde aquí no se ve nada. Me voy junto a la trampa, me quedaré muy quieta para no asustar a los peces. ¿Vienes conmigo, Jules? —le pidió Caroline a su primo.

Se metieron ambos en el agua y se quedaron como estatuas cerca de la red. Afortunadamente, no tuvieron que esperar mucho, un pez se sintió atraído por el extraño objeto y entró a inspeccionarlo. Caroline corrió a bloquear la boca con su cuerpo y Jules fue hasta la tapa. La abrió un poco y metió el brazo. En una ida y venida del pez, aterrorizado al verse sin escapatoria, el chico lo agarró firmemente.

—No está mal —comentó Marie—, ¡pero el nuestro será mucho mayor que el vuestro! ¡Vamos, Huan, nos toca!

—Como sigas dando esas voces, no va a quedar ni solo un pez en kilómetros a la redonda —dijo Caroline picada.

—Eso quisieras tú —le replicó Marie.

—No, si lo digo por vosotros, que nosotros ya tenemos nuestra cena.

Los segundos pescadores tuvieron que esperar algo más, sin embargo mereció la pena. Mientras salían del agua con su presa, Marie iba sonriendo y silbando. Arrojó el pez junto al capturado por Jules y Caroline. Era mayor.

 

—¡Venga, a comer! —dijo Huan.

—¿Cómo que a comer? Tendremos que cocinarlos —repuso Caroline.

—Si no tenemos fuego.

—Pues yo crudos no me los como.

—Yo tampoco —dijo Marie.

—Allá vosotras. Yo no me acuesto otro día con el estómago vacío.

Huan cogió el pez que había pescado con Marie y le clavó los dientes.

—Espera, no te lo comas —lo detuvo Jules—. ¡Pues claro que tenemos fuego! Ayúdame, Huan. Vosotras, por favor, recoged hojas muy secas y ramas finas y gruesas antes de que se haga de noche; vamos a hacer una hoguera.

—¿Frotando dos palos? Yo lo intenté una vez, Jules, y ni se calentaron, es muy difícil —dijo Huan.

—Ven conmigo.

Marie y Caroline fueron al bosque a buscar la leña y los chicos se acercaron a la barquilla. Con las herramientas del baúl, Jules, ayudado por Huan —que hacía con entusiasmo todo lo que le pedía siempre que construían, o destruían, algo juntos—, desmontó el chisquero que servía para encender el quemador del globo.

Volvieron con las chicas, que ya habían apilado las hojas y las ramas en una cavidad en la arena.

De la leña de reserva, Jules cogió dos ramas finas y bastante rectas y se las dio a Huan.

—Por favor, sácales punta con un machete y ensarta en ellas los peces — le dijo.

Sus amigos miraban atónitos. No sabían qué era aquello que tenía en las manos, ni siquiera Huan. Jules lo acercó a las hojas y empezó a sacar chispas, que prendieron enseguida en las hojas. Unos soplidos y brotó una llamita. Fueron alimentándola con cuidado, sin ahogarla, primero con más hojas, luego con ramitas, hasta que ardieron las ramas gruesas. Huan se apresuró entonces a asar el pescado sobre el fuego.

A los pocos minutos, un glorioso olor a pescado llenaba la playa.

—¡Ya está listo! —dijo Huan.

—¡Sí! —asintieron los otros tres.

Fue la mejor cena de su vida.

Se durmieron enseguida. Si esa noche se repitieron los chillidos y los aterradores mugidos, ellos no los oyeron.