La isla perdida
Capítulo 19. La tragedia del hombre forzudo
Capítulo 19
LA TRAGEDIA
DEL HOMBRE FORZUDO
—Me llamo Pierre y hacía el número del hombre forzudo en un circo — empezó a contarles el gigante.
Pierre era un hombre de unos treinta y cinco años, y en realidad no se parecía demasiado al «ogro» descrito por Huan. No medía tres metros, sino poco más de dos, y era muy corpulento y ágil. No tenía los ojos ni separados ni saltones y su nariz y su boca eran normales.
Tras la huida de los contrabandistas, Pierre había hecho que los cuatro amigos y los monos se montaran en la barca abandonada por los malhechores, luego la había empujado para desembarrancarla de la arena y se había subido él también. Había remado playa abajo, hasta el campamento de los chicos, y allí se habían bajado todos y habían amarrado la barca a un árbol. Ahora estaban sentados en la arena y Pierre les contaba su historia.
—Formaba parte de un circo francés y viajábamos en un barco mercante a España para actuar unos meses allí. Habíamos zarpado del puerto de Brest, en Bretaña, con rumbo sur y navegábamos a unas cien millas de la costa cuando se desencadenó la tempestad, una tempestad como no había visto en mi vida.
—Cuando dices que navegabais a cien millas de la costa, ¿te refieres a la costa francesa? —le preguntó Jules, que empezaba a intuir la explicación a la presencia de animales africanos en la isla.
—Claro, muchacho, ¿qué costa iba a ser? Como os decía, se desencadenó una tempestad de mil demonios. El barco era un viejo velero en el que apenas cabíamos los del circo con los bártulos y los animales, y que desde hacía tiempo se utilizaba solamente para travesías cortas. Pero era el único que habíamos podido alquilar; un viejo cascarón que se rajó como un melón con los embates de las olas. Nos fuimos a pique no muy lejos de la isla.
—Entonces ¡estamos a cien millas de la costa francesa! —exclamó Marie.
—Incluso menos —dijo Pierre—, pero no estoy seguro. El viento y el agua nos llevaron de aquí para allá antes de hundirnos.
—¿Los restos que encontramos más al sur son los de ese barco? —le preguntó Jules.
—Sí, es todo lo que queda de él.
—¿Y qué pasó con la tripulación y tus compañeros del circo? —quiso saber Caroline.
Pierre no contestó enseguida. Los ojos se le habían llenado de lágrimas antes incluso de que Caroline hiciera su pregunta, porque estaba llegando al punto más triste de su historia.
—Murieron todos. Los únicos que llegamos vivos aquí fuimos el elefante, los monos y yo. Yo me agarré a un tablón cuando el barco se hundió. Me había dado un golpe en la cabeza, estaba aturdido y acabé perdiendo el sentido. Pero ni siquiera desmayado me solté, supongo que por instinto de supervivencia, y al recobrar el conocimiento me encontré tendido en la playa. Los monos harían algo parecido e imagino que el elefante vino nadando.
Pierre tragó saliva y se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Los chicos guardaron silencio.
—He dicho que fuimos los únicos que llegamos vivos, pero muertos sí llegaron algunos compañeros, y algunos de sus hijos. Sé que habéis visto tumbas en la colina. Son las suyas, allí los enterré con mis propias manos.
—Lo sentimos mucho, Pierre —dijo Caroline.
—Eso sucedió hace dos meses —continuó Pierre, que quería dejar atrás cuanto antes esa parte de su relato—. Dos meses en los que no ha pasado ningún barco, al menos que yo haya visto. Y ni rastro de personas.
—Hasta que llegamos nosotros —dijo Marie.
—Hasta que llegasteis vosotros. Vi acercarse el globo, y os vi estrellaros contra el agua cuando estabais a punto de tocar la costa. Estaba listo para ayudaros, pero os pusisteis a salvo enseguida, aunque supongo que a vosotros os pareció una eternidad. Luego me oculté. No quería asustaros; cuando voy por la calle causo impresión, y con mi aspecto de ahora… Creo que me hace falta un buen corte de pelo y comprarme ropa nueva.
—Y un afeitado —dijo Huan.
Pierre se rio.
—Menudo susto te di, ¿eh?
—Eras tú quien nos seguía cuando explorábamos la isla o nos espiaba desde la maleza cuando estábamos en el campamento, ¿verdad?
—Sí. Me teníais sorprendido. Habíais conseguido encender fuego, construíais de todo con herramientas que habíais sacado de no sé dónde, pescabais y comíais caliente, a veces hasta se os veía felices… Al norte hay árboles frutales a los que no habéis llegado, así que decidí dejaros fruta por la noche, cuando dormíais.
—¿Y dónde duermes tú? —le preguntó Marie.
—En otra cueva, un poco más allá. Al principio dormía con los chimpancés, pero me despertaban a cada rato.
—Entonces sí que eres un troglodita —le dijo Huan.
—¿Un qué?
—Nada, no le hagas caso —dijo Caroline—. También nos salvaste del elefante con aquellos alaridos.
—No creo que os hubiera hecho daño. Para él era un juego, en la función del circo perseguía a su amaestrador y lo levantaba con la trompa cuando lo alcanzaba.
—Los que no estaban jugando eran los contrabandistas —dijo Jules—. Te debemos la vida, Pierre.
Las dos chicas se levantaron y le dieron un beso en la mejilla. Pierre se sonrojó emocionado. La soledad de aquellos dos meses debía de haber sido muy dura para él.
—Muchas gracias, Pierre.
Huan tenía una curiosidad:
—¿Y cómo era tu número de circo?
—Bueno, primero levantaba pesas cada vez más grandes, a continuación doblaba barras de hierro y hacía retroceder a dos caballos empujándolos por el pecho mientras un hombre subido en uno los arreaba. Al final, pedía a niños del público que se acercaran y alzaba a varios a la vez.
—¡Álzanos a nosotros! —le pidió Huan.
A sus amigos les pareció una chiquillada, pero accedieron de todas formas. Pierre se puso en pie, cogió a dos con cada brazo y los levantó como si nada. A ellos y a los monos, que se les colgaron de las piernas.
Los chicos recogieron víveres para varios días: almendras, aceitunas, moras y también, gracias a las indicaciones de Pierre, manzanas y peras. Luego fueron hasta la red de pesca y esperaron a tener los peces suficientes para ofrecerle un gran banquete a su amigo el hombre forzudo. Mientras, Pierre tapó el agujero de los contrabandistas para que el elefante no metiera las patas en él y quedara atrapado.
Ahora que disponían de una embarcación, ya no tenían que construir una y podían abandonar la isla cuando quisieran. Lo harían a la mañana siguiente.