La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 6 de 23

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La isla perdida

Capítulo 4. Todos al castillo. Ráfagas inoportunas

Capítulo 4

 

TODOS AL CASTILLO.

RÁFAGAS INOPORTUNAS

 

El castillo y palacio de los Duques de Bretaña está situado en el límite de la ciudad antigua de Nantes, cerca del río Loira. Es una fortaleza medieval con una imponente muralla rodeada por un foso ancho y profundo lleno de agua.

Al castillo solamente se puede entrar por un puente de piedra que acaba frente a la puerta de la muralla, en la que el propietario del globo había colocado una taquilla.

Desde fuera se veía buena parte del globo, pero la gente no se conformaba con eso, quería verlo entero, con la barquilla y los tripulantes subidos, y quería escuchar historias de vuelos realizados o por realizar. Se decía que había globos que podían dar la vuelta al mundo.

La puerta del castillo se abrió al público a primera hora de la tarde. La familia Verne llegó pronto. El padre compró las entradas y se dirigieron al amplio patio de armas. Los altos edificios de piedra blanca dispuestos en círculo alrededor del patio hacían resaltar los llamativos colores del globo.

La familia Verne formaba una pequeña comitiva encabezada por el padre, vestido con la elegancia y la seriedad propias de su posición social; detrás de él iba Paul, que no apartaba los ojos del aparato y pensaba que su hermano debería aprender cómo eran los globos de verdad; seguía la madre con la pequeña Anna de la mano; un metro por detrás de su madre caminaba… Jules.

No era que su padre le hubiera perdonado el castigo, pero la idea de dejarlo solo en casa le había puesto los pelos de punta. ¡Cualquiera sabía con qué se encontrarían a su vuelta! Jules siempre tenía alguna locura en mente, trastadas de niños aunque él las llamara «inventos», «experimentos» o «ensayos». Nada más salir la familia por la puerta, su hijo se habría puesto manos a la obra y la catástrofe estaba asegurada. Mejor tenerlo cerca, vigilado.

—Vas a venir, pero no te apartarás de nosotros. Como te pierda de vista, pasarás otra semana castigado —le había advertido el padre.

En otras circunstancias, Jules habría ido al lado de su hermano, charlando, bromeando. Pero Paul lo rehuía ese día; la presencia del padre les imponía a todos que no se mostraran amigables ni cariñosos con Jules hasta que terminara el castigo. En casa había sido distinto desde el día siguiente al de la desafortunada prueba con el globo casero. Paul no le había dado las gracias cuando Jules le regaló la araña mecánica que había hecho para él, pero la había mirado con interés y con una sonrisa traviesa. Jules no había visto qué había hecho Paul con ella, pero aquella tarde, en que su padre no estaba en casa, había oído chillar a una criada en el pasillo, a la cocinera en la cocina y a Anna y a su madre en el saloncito.

Jules, en todo aquel tiempo, buscaba con la mirada a sus amigos. En el colegio les había contado el experimento fallido con el globo casero. Habían lamentado la muerte de la tortuga, pero también se habían reído con la ocurrencia de utilizar un gorro de la cocinera. Sus risas se habían cortado de golpe al informarles Jules de que su padre le había prohibido asistir a la presentación del sábado. Así que ellos, si habían ido, no estarían buscándolo.

Tras charlar con algunos conocidos, la familia Verne se aproximó al globo, ante el cual se agolpaban ya numerosas personas. Delante de la barquilla, elevada del suelo más de un metro por la fuerza ascendente de la lona hinchada, había un pequeño estrado. Una cuerda a media altura formaba un círculo alrededor de la barquilla para que la gente no pudiera acercarse a menos de cinco metros. Aquello contrarió a Jules, que tenía la esperanza de observar detalladamente el globo e incluso tocarlo con sus propias manos.

En ese momento fueron hacia ellos los tíos de Jules, padres de Caroline. Tampoco a ella la habían dejado asistir por su cuenta a la presentación y se la veía aburrida. La cara le cambió al ver a su primo, sonrió. Llevaba un vestido azul celeste, muy elegante, y un sombrero de chica mayor, de un rojo pálido, del que asomaba su melena castaño claro. En realidad, todos llevaban bonitos trajes y vestidos salvo Jules, que había acudido con la ropa que tenía puesta cuando su padre, en el último momento, le había permitido ir con ellos. El atuendo de su sobrino llamó la atención de los padres de Caroline, y los de Jules se justificaron diciendo que estaría mejor mal vestido pero con ellos que solo en casa organizando algún desastre. Caroline, por su parte, ni se fijó en cómo iba vestido Jules; o quizá se fijó y le pareció bien, porque ella no se sentía cómoda con su propia ropa, ni con la obligación de comportarse como una perfecta señorita.

—¡Jules! ¡Caroline! —había gritado Huan, que corría hacia ellos con Marie.

—¡Al final sí que has venido! —le dijo Marie a Jules—. Eso es que te has portado muy bien estos días.

—Bueno, supongo que sí… —dijo Jules, que se dio cuenta de que Marie no sabía que las personas que estaban junto a él eran su familia. Decidió hacer las presentaciones para evitar meteduras de pata—. Papá, mamá, os presento a Huan y a Marie, compañeros de colegio. Son mis padres, y estos, los de Caroline.

—Mucho gusto, niños —los saludó en nombre de todos el padre de Jules.

—Mucho gusto —les devolvió el saludo Marie.

—Hola —dijo Huan.

Los adultos observaron a aquellos jóvenes con desagrado. A su lado, Jules incluso parecía presentable con su ropa informal. La chica llevaba pantalones y gorra, como los chicos; de Huan, les chocaron sus rasgos orientales y aquella camisa, o lo que fuera, larga, abotonada hasta el cuello y de mangas anchas. El padre de Jules supuso que aquel era uno de los compañeros de colegio que se dejaban distraer por su hijo en clase.

Los cuatro aventureros del siglo XXI, contentos y sorprendidos de encontrarse todos allí, se pusieron a hablar frenéticamente, quitándose la palabra unos a otros. Caroline contó que sus padres eran reacios a acudir después de que a su hija se le hubieran metido en la cabeza «deseos extravagantes» el día del globo de París, pero que al final habían ido porque no querían perderse aquel acto social. Después de su estancia de varios años en la capital, aprovechaban cualquier oportunidad para hacer amistades.

—Estás muy guapa, Caroline —le dijo Huan, y se puso colorado.

—¡Gracias!

—Pues a mí el sombrerito me parece cursi, pareces una vieja con él —dijo Marie.

—Mi madre se ha empeñado en que me lo ponga —le respondió Caroline. El comentario de Marie la había molestado un poco, no estaba acostumbrada a aquella sinceridad, pero empezaba a conocer a Marie y no le dio importancia—. Tú no me has dicho nada, Jules.

—El vestido es bonito, te queda bien.

—A mí no me gusta —rebatió de nuevo Marie.

Jules pensó que lo que no le gustaba era la atención que Huan y él prestaban a Caroline. A Marie, una chica muy guapa y a la que admiraban por su decisión, nunca le hacían cumplidos. Aquel día, por ejemplo, llevaba una gorra que no le habían visto nunca, una gorra preciosa.

—Gorra nueva, ¿eh?

Le bajó la visera hasta la nariz y le hizo cosquillas.

—¡Para! —le pidió Marie entre risas.

Todos se pusieron a hacer cosquillas a todos, hasta que el padre de Caroline, que no aprobaba aquellas confianzas, les ordenó que se estuvieran quietos.

Siguieron con las explicaciones. Jules les contó que no le habían levantado el castigo, simplemente no habían querido dejarlo solo en casa.

—Soy como un preso al que han dejado salir de la cárcel unas horas bajo vigilancia —les dijo en voz muy baja—. Si queréis que estemos juntos esta tarde, tendréis que quedaros conmigo cerca de mi familia.

—Yo tampoco puedo apartarme de la mía, así que me da igual, y suerte que hemos coincidido —dijo Caroline.

A Huan y a Marie también les dio igual. Sin Jules no habría sido lo mismo. Huan tenía ganas de ver el globo, pero tenía muchas más de pasárselo bien con sus amigos. Además, sabía que sin las aclaraciones de Jules no conseguiría interesarse por las posibilidades del aparato.

Marie se sentía ya bastante afortunada por estar allí. Con Jules castigado y Caroline sin permiso paterno para asistir a la presentación del globo, no habían reunido el fondo común para pagar las entradas del que habían hablado, y ella no tenía dinero. Había quedado con Huan en el negocio del señor Shian y había acudido a la cita, pero solo para decirle a su amigo que fuera sin ella, porque no había podido conseguir los dos francos. Cuando se lo dijo, Huan se vació los bolsillos sobre el mostrador y contó las monedas que tenía. La cantidad no daba para los dos. Se quedaron callados; Marie con mirada de agradecimiento y Huan con ojos desconsolados.

Oyeron cuchichear entre los estantes del otro lado del mostrador. Eran el señor y la señora Shian, y Marie no podía entenderlos porque hablaban en una lengua extraña, aunque Huan tampoco parecía saber lo que decían; igual solamente era que hablaban demasiado bajo. Las voces cesaron y apareció el señor Shian seguido de su mujer, los dos muy sonrientes. Puso unas monedas sobre el mostrador delante de los chicos. Eran cuatro francos.

—A las entradas os invitamos nosotros. Guardaos vuestro dinero, o gastadlo en lo que os apetezca —dijo—. Venga, marchaos, ya deben de haber abierto.

Habían salido corriendo, les contaron a Jules y a Caroline, y no habían parado hasta llegar al castillo.

 

—¡Buenas tardes, damas y caballeros!

El empresario, el mismo que Jules y sus amigos habían visto tres días antes dando instrucciones a los hombres que pegaban los carteles, se había subido al pequeño estrado situado delante del globo y desde allí, a grandes voces, reclamaba la atención del público. Comenzaba la exhibición.

—Ante ustedes, por primera vez en Nantes, tienen el prodigio de la ciencia moderna que ha hecho realidad un viejo sueño del ser humano: ¡volar! Como lo oyen, damas y caballeros: ahora los seres humanos les disputamos el cielo a las aves, y no porque nos hayan crecido alas de repente. —El empresario se rio para que la gente se riera también—. Permítanme que les describa el aparato…

Jules dejó de escuchar. Conocía bastante bien la historia de la invención de los globos aerostáticos y sus características, seguramente mejor que aquel hombre. Sabía también que los conocimientos de aquel astuto empresario eran escasos, como había tenido ocasión de comprobar. Además, en su confusa explicación iba intercalando el precio —siempre una fortuna— que había tenido que pagar por tal o cual material.

Sus amigos se aburrían tanto como Jules. Caroline, que estaba con Marie delante de él y de Huan, se volvió y le dijo sonriendo:

—¿Hoy no le haces ninguna pregunta, primo?

Los cuatro soltaron unas risitas, se acordaban del aprieto en que Jules había puesto al empresario.

Huan hurgaba, mientras tanto, en un macuto que llevaba colgado del hombro. Cuando vio que Caroline no lo miraba, sacó uno de los tenedores-rascadores con que se habían comido los bizcochos y lo extendió. Con los pinchos enganchó por detrás el faldón del vestido de la chica y se lo subió hasta más arriba de las rodillas al tiempo que le guiñaba un ojo a Jules. Este no supo si la broma le hacía gracia o no, pero le guiñó también el ojo a Huan. Marie se percató de la pillería y le reprochó a su amigo que hiciera aquello. Entonces, la propia Caroline se dio cuenta de que le estaban alzando el vestido.

—¡Qué malo eres! Como se lo diga a mi padre, te vas a enterar — amenazó a Huan, y le dio un manotazo al artilugio.

Pero no era una verdadera amenaza, en su cara no había ni asomo de enfado. Así que Huan no se desanimó y decidió seguir con la broma, aunque eligiendo a otra víctima, la enorme señora que estaba a su derecha.

El vestido de aquella señora debía de pesar muchos kilos, porque casi no pudo levantarle el faldón —mejor dicho, los faldones; sin duda llevaba varias capas—. Sus amigos se echaron a reír y sus risas pusieron sobre aviso al marido de la señora, que vio a Huan en pleno esfuerzo y le propinó un buen coscorrón. También quiso arrebatarle el rascador, pero el chico fue más rápido y en solo un segundo lo había recogido y se lo había guardado en el macuto. Después, pasito a pasito, se desplazaron unos metros para alejarse de la señora —que no se había enterado de nada— y de aquel marido suyo con tan malas pulgas.

Algo hizo entonces que Jules volviera a fijarse en el globo. Un par de hombres subían por una escalera de mano que habían apoyado contra la barquilla. Tenían que hacerlo con precaución, porque el viento había empezado a soplar a rachas y, aunque asegurado al suelo con dos cuerdas atadas a argollas, el globo se inclinaba y se enderezaba continuamente.

—¡No se asusten, damas y caballeros, el globo está bien sujeto! — vociferó el empresario—. Y aunque no lo estuviera, es un aparato creado para volar, el aire es su elemento, y el viento, el amigo que lo lleva a su destino, ¿no es así, ingeniero Arnaud?

—Bueno, sí… —respondió uno de los hombres, que vestía un largo gabán marrón oscuro y un gorro de cuero con dos correas que se abrochaban bajo la barbilla.

—Y ahora, estimado público —siguió diciendo el empresario— haremos una demostración de vuelo, una simple prueba preparatoria del gran viaje que mañana, gracias al viento del suroeste, lo llevará a París en solo unas horas. ¿Están listos, señor Arnaud?

—Sí.

Se aproximaron los dos hombres que pegaban los carteles y desanudaron las sogas, aunque dejándolas pasadas por las argollas. Fueron soltando cuerda al mismo tiempo y el globo empezó a ascender.

Pero aquella tarde el viento no era tan amigo de los inventos voladores como el empresario había proclamado. Cuando la barquilla estaba a solo unos veinte metros del suelo, se bamboleaba tanto que el ingeniero y su ayudante tenían que agarrarse a ella desesperados. Gritaron a los hombres de las cuerdas que los bajaran inmediatamente. Los hombres tiraron con todas sus fuerzas, pero no podían vencer el empuje del globo. Pidieron ayuda al público y finalmente, entre diez, lograron devolver a tierra el aparato, del que saltaron los tripulantes sin esperar a que pusieran la escalera.

Y entonces el viento se calmó. El empresario lo aprovechó para tratar de poner remedio al fracasado vuelo, ruinoso para sus intereses:

—Lástima de este viento inoportuno. Pero, vean, ya ha amainado. Estos incidentes son frecuentes en las pruebas con el globo anclado al suelo; al retenerlo, la barquilla se inclina más que cuando el aparato está suelto. ¿Verdad, ingeniero?

Al ingeniero no se le había pasado el susto y solo hizo un vago gesto afirmativo con la cabeza, sin convicción.

—Lo único que el globo debe hacer —continuó el empresario— es alcanzar mayor altitud, donde un suave viento soplará mañana desde el mar hacia París. Así lo afirman esos eminentes científicos que son los meteorólogos. Y como no queremos que nadie se pierda el majestuoso espectáculo, ¡mañana las entradas solo costarán un franco!

 

Las familias de Jules y Caroline habían dado media vuelta para dirigirse a la salida cuando el viento todavía soplaba, los padres agarrándose el alto sombrero para que no se les volara, las madres profiriendo exclamaciones de disgusto, y los hijos —y sus amigos— con expresión frustrada.

Camino de la puerta se encontraron con un esbelto caballero vestido con discreción, pero también con más esmero y buen gusto que cualquier otro ciudadano en Nantes. Estaba apartado de la multitud, apoyado indolentemente en su bastón de ébano, y miraba el globo sin sorpresa alguna, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Se acercaron a él, pues los adultos lo conocían. El caballero estrechó la mano de los hombres y se la besó a las mujeres, incluidas Caroline y Marie. Caroline correspondió a su saludo con un «es un placer» mientras le tendía la mano, como se hacía en sociedad, pero Marie se puso muy rígida y el caballero casi tuvo que alzársela él.

El padre de Caroline, mirando de reojo a su hija y a su sobrino, comentó:

—Ya ha visto usted, una simple ráfaga de viento y dos hombres han estado a punto de perder la vida. Esa supuesta maravilla de la ciencia no es más que una peligrosa cometa. ¿Qué sentido tiene querer imitar a los pájaros? El ser humano ha nacido para caminar, no para volar. Pero tal vez usted no opine lo mismo, capitán Nemo.

Aquel nombre dejó pasmados a los chicos, que lo miraron con tanta admiración como antes habían mirado el globo, sobre todo Jules. Si había un hombre en Nantes al que, por muchas razones, quería conocer, ese era precisamente el capitán Nemo.