La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 4 de 23

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La isla perdida

Capítulo 2. Rascados para biscochos. Caroline y el globo cautivo

Capítulo 2

 

RASCADOR PARA BIZCOCHOS.

CAROLINE Y EL GLOBO CAUTIVO

 

Llevaban un rato en la trastienda sin hablar. Huan, Caroline y Marie estaban sentados en las cajas y miraban a Jules, que caminaba de un lado para otro. Estaba furioso. El señor Mathieu había arruinado la sorpresa que quería darles a sus amigos y, además, el bonito cartel no iba a colgar de las paredes de su habitación. Por si fuera poco, si el director del colegio cumplía la amenaza de informar a sus padres, le prohibirían asistir a la presentación del globo el fin de semana.

Sus amigos habían intentado consolarlo, o al menos aplacar su enfado, pero Jules ni siquiera los había escuchado.

En ese momento entró la madre de Huan con una bandeja en las manos. Les llevaba unos bizcochitos que había hecho esa tarde, té y zumo de limón. Todas las tardes les ofrecía algo; entraba sonriente y silenciosa, los miraba un instante, dejaba la bandeja sobre la caja que les servía de mesa y salía.

—Gracias, señora Shian —dijo Caroline.

—De nada. Espero que os gusten los bizcochos. Hasta luego, pasadlo bien.

Jules y Marie se avergonzaron. Era la primera vez que oían hablar a la señora Shian, y era porque ellos nunca le habían dado las gracias por sus dulces y bebidas. Incluso dudaban de que hablara francés. Miraron a Huan con gesto de disculpa, pero este estaba tan avergonzado como ellos.

Caroline no le había dado las gracias solo por pura educación. Estaba hambrienta, así que alargó la mano hacia los bizcochos.

—Ah, no, señorita, Los aventureros del siglo XXI no comen con las manos —le dijo Huan—. Por favor, Marie, ¿nos alcanzas los «cubiertos»? Están en tu caja.

Marie se levantó y sacó unos extraños tenedores de la caja de madera en que estaba sentada. Tenían el mango muy grueso, redondo y con un prendedor. Los dientes, además, no acababan en punta, sino en una bolita.

—¿Qué es eso? —preguntó Caroline.

—Nuestros cubiertos de la merienda —le contestó Huan.

—En realidad, son rascadores extensibles —dijo Jules, al que se le pasó del todo el mal humor al ver los artilugios.

—¿Cubiertos, rascadores? ¡No entiendo nada!

—Los inventó Jules cuando le conté que una anciana del asilo no podía rascarse la espalda, no llega con la mano —le explicó Marie muy seria—. Siempre me estaba pidiendo que la rascara yo. A mí no me importa, pero solo voy allí algunos días y estoy unas horas nada más.

—La anciana o el anciano lo agarra como si fuera un tenedor y lo extiende para rascarse —le expuso Jules para explicarle el funcionamiento—. Las bolitas son para que no se haga heridas con las puntas, y valen también para dar masajes. Recogido abulta muy poco y lo puede llevar prendido en un bolsillo.

Caroline miraba maravillada a sus amigos. Le conmovía aquella preocupación de Marie por los demás y estaba impresionada por el ingenio y la habilidad de Jules.

—Jules fabricó uno…

—Con materiales del almacén de mi padre ¡y con mi ayuda! —aclaró Huan.

—Jules y Huan fabricaron uno —continuó Marie— y se lo llevé a la anciana. Lo probó y le encantó, se rascaba la espalda hasta cuando no le picaba, sobre todo delante de los demás, para presumir. Después, los otros empezaron a decirle que les rascara la espalda aquí o allá, pero no con la mano, sino con el aparato. Todos querían uno, y yo llevé otro. Nos pusimos a fabricar más, hicimos estos dos, pero ahora no sé si llevarlos, porque los usan para robarse comida de los platos, despeinan a los demás, les quitan la toca a las monjas…

—Y a nosotros nos sirven para… comernos la merienda —dijo Huan—. ¡Al ataque, chicos!

Utilizaron los artilugios por turno, siempre a su máxima longitud. Y el que pinchaba el bizcocho no podía comérselo, tenía que dárselo de comer en la boca al que tuviera enfrente. Era fácil que los bizcochos se cayeran, porque con las bolitas no se pinchaban bien, los tenedores-rascadores chocaban en el aire… Al que se le caía el bizcocho perdía el turno. Discutieron en broma porque Jules y Marie afirmaron que Huan y Caroline dejaban que se les cayera el bizcocho aposta para que les tocara comer y no dar de comer.

Al final se comieron todos los bizcochos menos tres, que habían desmigado de tanto pincharlos. Y no pararon de reírse en todo el tiempo, sobre todo Caroline, que estaba acostumbrada a reuniones mucho más formales. Si la hubieran visto en aquel momento, sus amigos de París habrían pensado que se divertía con juegos de niños pequeños. Quizá, pero aquellos jovencitos que jugaban como niños pequeños se preocupaban por ancianos sin hogar e inventaban cosas para ayudarlos.

 

—Una vez vi un globo como el del cartel —dijo Caroline al rato.

Tras la disparatada merienda y las risas, se habían recostado uno junto a otro en unos sacos blandos, mirando al techo.

—¿De verdad? —le preguntó Huan.

—Sí. Fue hace tres años, en la explanada del Museo del Louvre; me llevaron mis padres.

—¿Cuántos metros de altura tenía? —quiso saber Jules.

—No lo sé. Era muy alto, tanto como el edificio del Louvre, y muy grande. Cuando te acercabas, casi no veías el cielo, solo aquella enorme bola verde y azul. Y la barquilla era mayor que la del globo del cartel, cabían doce o quince personas.

—¿Y adónde viajaban? —dijo Marie.

—A ningún sitio. Lo único que hicieron fue ascender, aunque no mucho, porque el globo estaba anclado al suelo con una cuerda muy larga. Estuvieron un cuarto de hora quietos en el aire, luego tiraron de la cuerda desde abajo. El globo se posó y la gente volvió a acercarse.

—A lo mejor es que hacía demasiado viento y no se atrevieron a soltarlo —supuso Jules.

—No, no hacía nada de viento, es que era un globo cautivo, los llaman así. Cuando bajaron las personas del primer vuelo, se montaron otras y el globo ascendió de nuevo. Yo le dije a mi padre que quería subir en el siguiente vuelo y que, cuando estuviera montada, soltaran la cuerda para poder ir más lejos y a más altura.

Caroline dijo esto último con cierta tristeza.

—¿Y montaste? —le preguntó Huan.

—No, mi padre no me dejó y encima se enfadó. Volvimos a casa y estuve castigada en mi cuarto todo el día, no sé por qué.

Jules sí sabía por qué el padre de Caroline la había castigado. Las escasas veces que lo había visto le habían bastado para darse cuenta de que era un hombre autoritario. Su propio padre lo era, así que reconocía enseguida la actitud autoritaria. Para esos adultos, una niña de nueve años no puede subir a un globo, no es apropiado, y debe hacer siempre lo que le dicen que haga, no lo que quiere hacer.

Pensó que estaban rodeados de personas autoritarias, en casa, en el colegio. Se acordó del señor Mathieu y del cartel roto, y volvió a sentir rabia. Pero eso hizo que pensara también en el globo aerostático que vería de cerca el sábado.

—Tenemos que ir juntos a ver el globo —dijo Jules—. ¿Creéis que os dejarán?

—A mí sí —contestó Huan—. Mis padres no irán, ellos nunca salen, salvo mi padre para ir al puerto por asuntos de la tienda.

—Yo no tengo que pedir permiso y espero arreglármelas para estar libre a la hora de la demostración. Lo que no sé es de dónde voy a sacar dinero para la entrada. En el cartel ponía que cuesta dos francos —fue la respuesta de Marie.

—Haremos un fondo común, que cada uno traiga el dinero que pueda — dijo Jules—. ¿Y tú, Caroline?

—Ni me atrevo a pedirle permiso a mi padre. Para poder venir aquí después del colegio tengo que decirle que unas compañeras me están ayudando a recuperar las clases que he perdido con nuestro traslado.

En ese momento oyeron que alguien entraba en la tienda y preguntaba por el señor Shian; decía que debía entregarle una carta urgente. Huan fue a ver.

Volvió a los pocos minutos con la cara muy seria.

—Es una carta del director. Imaginad lo que dice. Que me porto mal, que siempre estoy hablando en clase y que me junto con los alumnos más rebeldes. Mi padre no me ha regañado, pero se ha puesto triste.

Marie, Caroline y el propio Huan miraron entonces a Jules. Su padre habría recibido una carta igual —o peor— y no se la habría tomado con la misma resignación que el señor Shian.