La isla perdida
Capítulo 1. El cartel. Pillados en clase
Capítulo 1
EL CARTEL.
PILLADOS EN CLASE
Aquella mañana, de camino a clase, los cuatro amigos y otros muchos alumnos de su colegio se detuvieron al ver a unos hombres pegando un cartel en la calle. Un señor muy trajeado, con sombrero de copa y bastón, les indicaba a dos empleados suyos que lo colocaran muy arriba y lo encolaran bien. Los chicos vieron que era el anuncio de la presentación en Nantes de un gigantesco globo aerostático el fin de semana siguiente en el patio de armas del castillo de los Duques de Bretaña. El sábado habría una breve demostración, y el domingo, el globo emprendería un vuelo de verdad hasta París.
Aunque hacía más de cincuenta años de la aparición de los globos aerostáticos, en Nantes la gente nunca había tenido oportunidad de ver aquel invento. Por eso, los alumnos de La Bonne Tradition miraban asombrados el cartel. Primero les sorprendió el impresionante dibujo del globo, una enorme esfera de colores de la que colgaba una barquilla de mimbre con tres figuritas que saludaban con los brazos. Luego, al leer que la presentación iba a ser en su propia ciudad, todos lanzaron exclamaciones de júbilo.
Todos menos Jules. Estaba tan emocionado como los demás, pero su emoción era diferente.
Como sobre cualquier otro avance técnico o científico, Jules había ido guardando todas las noticias sobre globos aerostáticos que habían caído en sus manos. Pero eran noticias poco precisas que hablaban de los globos como si fueran una atracción de feria, ni una sola informaba con detalle del funcionamiento de aquellos aparatos.
Y ahora iba a tener la oportunidad de ver uno con sus propios ojos y satisfacer su interés científico. Quizá desde ese mismo momento.
—Disculpe, caballero —le dijo al hombre del sombrero tras acercarse a él —, ¿es usted el dueño de ese globo?
—Lo has acertado, chico; esa maravilla que ves ahí es mía —dijo con orgullo el hombre, señalando el cartel con el bastón.
—Entonces me gustaría que me explicara algunas cosas.
El hombre del sombrero se fijó en aquel escolar tan serio y con cara de saber mucho. Vio también que mientras pegaban el cartel, a su alrededor se habían concentrado decenas de alumnos del colegio cercano, alumnos que les pedirían a sus padres que los llevaran el fin de semana a ver volar el globo, pagando la correspondiente entrada. Era una buena oportunidad de hacer publicidad, tenía que mostrarse amable.
—Claro, pregunta lo que quieras.
—Teniendo en cuenta el peso de la barquilla y el de los tripulantes, ¿con cuántos metros cúbicos de aire caliente hay que inflar el globo para que pueda elevarse?
—¿Eh? ¿Metros cúbicos? Bueno… muchos, muchísimos.
La carcajada fue general. Se rieron los niños y también los dos hombres que habían pegado el cartel, divertidos con los apuros de su pobre jefe. Los compañeros de colegio de Jules sabían que la conversación acabaría así. Muchos de ellos, los que estaban con él en clase, habían asistido a escenas parecidas entre los profesores y Jules, y se las habían contado a los demás. El hombre trajeado, además, sabía poco de globos. Él solo era el empresario que organizaba los vuelos de demostración; el aparato lo había construido un ingeniero amigo suyo, que era quien lo tripulaba. Cortó la conversación para no hacer más el ridículo.
—Es un placer hablar con alguien tan inteligente como tú, muchacho, y con mucho gusto respondería a todas tus preguntas, pero ahora tenemos que irnos para seguir pegando carteles por la ciudad. Adiós, jovencitos, y no lo olvidéis: el fin de semana podréis ver de cerca este fabuloso globo.
El empresario, muy serio, se alejó en dirección al centro de la ciudad con sus dos sonrientes empleados. Uno de los escolares dijo que iban a llegar tarde al colegio y todos echaron a correr. Jules, sin embargo, se quedó mirando el cartel, y cuando vio que no había nadie en la calle, lo despegó, lo dobló varias veces y se lo guardó en la cartera.
En el aula, Jules estaba impaciente. Quería enseñarles a Huan, a Marie y a Caroline el cartel y le parecía que la tarde no iba a llegar nunca. Se imaginaba sentado en la trastienda del almacén del señor Shian, explicándoles todo lo que sabía, y todo lo que quería saber, de los globos aerostáticos. Harían planes para ir juntos a la presentación del fin de semana y luego se marcharía corriendo a casa y colgaría el cartel en su habitación, una habitación abarrotada de estanterías con gruesos libros y en cuyas paredes iban superponiéndose mapas, dibujos de trenes y barcos de vapor, diseños de maquinaria industrial y bocetos de los propios inventos de Jules.
Las clases se le hicieron eternas. En el recreo, sus amigos lo notaron decaído y se lo dijeron. Él sonrió, se moría de ganas de contarles que había arrancado el cartel, pero quería que fuera una sorpresa.
—Es que hoy las clases son aburridísimas —les dijo.
—Igual que todos los días. A ti te pasa algo —afirmó Marie.
—Es verdad, ni siquiera has preguntado nada en clase —dijo Huan, que compartía pupitre con él.
Caroline lo observó un momento sin decir nada. Después se extrañó de que estuviera así precisamente aquel día, en que se habían enterado de la exhibición del globo.
—Ah, sí, el globo… Estará bien —disimuló Jules.
Minutos después sonó la campanilla del final del recreo y volvieron a clase.
La última asignatura del día era Moral y Buenas Costumbres, y la impartía el director del colegio, el severo señor Mathieu. Jules no soportaba aquella asignatura.
No pudo resistir más y abrió la cartera para echarle un vistazo al cartel. Lo desdobló un poco sin hacer ruido y le dijo a Huan:
—Mira.
—¡¿Es el cartel de esta mañana?!
—Sí. Pero no se lo digas a las chicas hasta que estemos en el club.
Jules desplegó un poco más el cartel y pudieron ver entera la parte superior del globo.
—Debe de ser enorme, como una catedral por lo menos —dijo Huan.
—No, no seas exagerado.
Estaban tan embobados contemplando el dibujo e imaginando el tamaño del globo que no se dieron cuenta de que el profesor se había callado. Al oír sus cuchicheos, el señor Mathieu había interrumpido la clase y ahora estaba frente a ellos.
—Deme lo que tiene en las manos, Verne —ordenó el profesor.
Jules le entregó el cartel. El señor Mathieu lo desdobló por completo entre exclamaciones de sorpresa de los alumnos; de sorpresa y de envidia.
—No me extraña que le interesen los globos, Verne, usted siempre está en las nubes. Y cuando se digna a bajar de las alturas, es para cometer fechorías, como robos, y no me refiero solo al de este cartel. Merece que lo expulse inmediatamente del colegio para siempre, pero no me doy por vencido. Lo quiera o no, voy a quitarle de la cabeza todas esas estupideces científicas y hacer de usted una persona como es debido. Esto es una lucha y yo ganaré. Ahora, fuera de aquí, y llévese a su amigo, o mejor dicho, cómplice. Esperarán en el pasillo a que termine la clase. Y esta misma tarde escribiré a sus padres para informarles de su mala conducta.
Jules y Huan recogieron sus cosas y se dirigieron a la puerta. Antes de salir, sin embargo, Jules se volvió y dijo:
—¿Me devuelve el cartel?
Por toda respuesta, el señor Mathieu alzó bien alto el cartel y lo rasgó de arriba abajo. Para sus alumnos fue como si hubiera rajado el verdadero globo y a alguno se le escapó una exclamación de protesta.
Desde el pasillo, Jules y Huan oyeron al profesor continuar con la lección del día. Aprovechó el incidente del cartel para advertir de los peligros de la ciencia y el progreso. Según él, había que oponerse a ellos de todas las formas posibles, pues solo iban a traer desgracias y caos. El mundo debía seguir siendo como siempre había sido y seguir estando en manos de quienes sabían regirlo, no en las de unos visionarios sin juicio.