La isla perdida

Capitán Nemo · Capítulo 14 de 23

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La isla perdida

Capítulo 12. A trabajar. Visitantes traviesos

Capítulo 12

 

A TRABAJAR.

VISITANTES TRAVIESOS

 

—No sé si ha sido muy buena idea que dejemos solas a las chicas —señaló Huan mientras cruzaban la vegetación.

—Quizá esta isla encierre peligros, Huan, pero no podemos vivir con temor todo el tiempo. Y no te preocupes por Caroline y Marie, son chicas valientes. Yo creo que ahora estarán pensando lo mismo que nosotros, que no deberían habernos dejado venir solos al bosque, pobrecitos de nosotros.

Se rieron sin dejar de caminar. Iban mirando a todos lados, como precaución, pero también por si encontraban más frutos. A su paso, algunos pájaros levantaban el vuelo, aunque con el ramaje no los distinguían, solo oían su aleteo. Alguna vez les pareció oír también ruidos a su espalda. Huan miraba entonces a Jules, pero este evitaba los ojos de su amigo. Tenían algo que hacer, y pararse a hablar de lo desconocido los acobardaría aún más.

Llegaron hasta los olivos y los almendros. Primero cogieron las piedras, las suficientes para que todos pudieran partir almendras a la vez. En aquel terreno más despejado se veían bien. Las metieron al fondo del hatillo para que no aplastaran las aceitunas maduras. Después hicieron una auténtica recolección, cuatro kilos por lo menos entre aceitunas y almendras, hasta que el hatillo estuvo lleno. Y las seleccionaron con cuidado, solo arrancaron las más gordas.

El camino de vuelta lo hicieron en menos tiempo. Reconocían ya los árboles y arbustos y atajaban todo lo que podían. El hatillo pesaba bastante, tenían que cambiarse el palo de hombro de vez en cuando y querían librarse de él cuanto antes. No oyeron ningún ruido extraño.

Al llegar a la playa, no entraron en la arena, sino que caminaron por el lindero del bosque, donde el suelo era más firme y no se les hundían los pies.

—¡Aaah! —exclamó Marie cuando se dio media vuelta y los vio.

Ella sí estaba en la franja de arena, mirando el mar en busca de barcos, pero también la playa, por donde suponían que Jules y Huan regresarían. No esperaba que llegaran por su espalda.

—Qué susto me habéis dado.

—Estupendo, ya estáis aquí —dijo Caroline, que salió del bosque—. Hace un momento hemos oído ruidos como los de ayer. ¿Y vosotros?

—Al ir… —empezó a decir Huan.

—Nosotros no, ni al ir ni al venir —cortó Jules, y Huan comprendió que su amigo no quería preocupar más a las chicas. Ambos comprendieron también que la misteriosa presencia que se movía entre la vegetación los había acechado, o espiado, primero a ellos y luego a ellas.

—Mirad, este es el lugar que hemos elegido para levantar la tienda —les dijo Marie, y los condujo unos veinte metros más allá playa abajo.

En aquel lugar se abría un hueco en la línea de los árboles y cabía una tienda de campaña bastante grande. Desde allí se veía el mar de norte a sur, sin ningún tronco que estorbara.

Jules y Huan encontraron algo que no se esperaban: a un lado de aquel espacio había ya amontonadas ramas largas y gruesas recién cortadas. Las chicas habían trabajado duro mientras ellos iban a por comida.

—Tendríais que habernos esperado, seguro que las habéis cortado sin aseguraros ni nada —dijo Jules.

—¡Encima nos regaña! —protestó Caroline—. Ha sido Marie, ha trepado a varios árboles con el serrucho. Se sentaba en el arranque de la rama que queríamos con la espalda contra el tronco y la aserraba en un momento, ha sido increíble. Yo las he ido trayendo aquí. Cómo pesan.

Marie había mantenido la cabeza baja mientras Caroline contaba lo que había hecho; no estaba acostumbrada a que elogiaran su trabajo.

—¿Habrá suficientes? —dijo luego.

—Sí, creo que sí —respondió Jules—. Un gran trabajo, Marie. Sois fabulosas. ¡Vamos a poder dormir en la tienda hoy mismo!

Dicho y hecho, la construcción de la tienda empezó enseguida. Cada uno sujetó en vertical una rama y luego las inclinaron todas a la vez hasta que sus extremos se cruzaron. No hizo falta atarlos, quedaron encajados. Luego añadieron cuatro ramas más y comprobaron la firmeza de la estructura. Era estable, muy estable, Marie incluso trepó hasta lo más alto por una de las ramas.

—Traed las velas —dijo— y yo las pasaré por la punta.

Así lo hicieron, y una hora después, la tienda estaba lista. Habían fijado la tela al suelo con pequeñas estacas y en el lado que daba a la playa no habían superpuesto las velas, así podían entrar y salir con solo apartar una. Era la puerta.

—Y ahora, los colchones —dijo Caroline.

—¡¿Colchones?! —se sorprendió Huan.

—Pues claro, ¡ahora que tenemos casa, no vamos a dormir en el suelo! — afirmó Caroline—. Yo paso frío y me duele la espalda por la mañana. ¡No quiero dormir en el suelo ni una noche más!

—¿Y con qué los hacemos?

—Bueno, haremos uno solo en el que podamos dormir los cuatro. La nuestra será una tienda-cama. Tenemos que recoger todas las hojas secas que podamos y extenderlas sobre la hierba. Después las taparemos con tela de las velas que nos ha sobrado. ¿Qué os parece?

—Que vamos a dormir de maravilla —dijo Jules.

A todos les gustó la idea. Con ramas, barrieron y amontonaron las hojas secas de los alrededores. Cuando las extendieron sobre el suelo de la tienda, formaron un colchón de una cuarta de espesor. Incluso acumularon más hojas en el fondo que en el resto para que les sirvieran de almohada.

Habían trabajado todo el día y estaban cansados. Después de cubrir las hojas con tela, se miraron pensando todos lo mismo. Fue Marie la que lo expresó:

—Yo me acostaría ahora mismo, estoy molida.

Y bostezó. Los demás, contagiados, bostezaron también.

—Un esfuerzo más —dijo Caroline—. Esta mañana, cuando nos hemos levantado, éramos unos náufragos que dormían de mala manera en la playa y bebían de los charcos. Ahora somos dueños de una casita en la costa, con depósito de agua y todo. Hay que celebrarlo. Nos daremos un festín.

—¡Sí! —exclamó Huan, que siempre se alegraba ante la idea de comer.

Con las últimas luces del día, fueron hasta la red de pesca y sacaron un pez enorme que Huan se puso a asar inmediatamente. Mientras, Jules, Marie y Caroline recogieron más leña para que la hoguera permaneciera encendida por la noche, colocaron un trozo de lona en el suelo a modo de mantel, enfrente de la tienda, y dispusieron las almendras, ya peladas, y las aceitunas sobre él. De postre, moras. Se sentaron y esperaron impacientes a que Huan llegara con el pescado.

—¡Cuidado, que quema!

 

Huan soñaba que estaba con Jules en la trastienda del negocio de su padre. Trabajaban en un nuevo invento de su amigo, una especie de ballesta de repetición que disparaba dos flechas a la vez; ya les faltaba poco. Alguien le tocaba el hombro en ese momento.

—¡Ahora no, mamá! —dijo en sueños.

Pero la mano se apoyaba con más fuerza, le impedía concentrarse en lo que hacía. Y la trastienda iba difuminándose. Otra mano, entonces, le tocó la cara.

—¡Aaaaah! —gritó asustado sentándose. La tela de la puerta se movía.

Su grito despertó a los demás. Marie se puso en pie disparada.

—¿Quién ha gritado?

—He sido yo —le dijo Huan—. Había alguien en la tienda. Me ha tocado en el hombro y luego en la cara. Os lo juro. Y me ha parecido ver una sombra saliendo de la tienda. Mirad, la vela todavía se mueve.

—Es el viento —repuso Jules—. Habrá sido todo una pesadilla.

—No. Estaba soñando, sí, pero un sueño bonito. Ha sido ese… alguien que estaba en la tienda el que me ha despertado.

—Yo también tengo pesadillas estas noches, a veces me despierto —dijo Caroline—. Es normal.

Y contó una pesadilla muy tonta que había tenido, daba más risa que miedo. Estaba sola en el salón de su casa y entraba un monstruo con cuerpo de asno y cabeza de pez, aunque con cuernos como los de un ciervo. Ella se montaba en él y lo espoleaba con los talones. Salían juntos por la puerta de su casa y de repente estaban en la isla. Ella quería ir hacia el monte, pero el asno-pez se empeñaba en meterse en el agua y se tiraban así un buen rato, forcejeando, hasta que el animal se encabritaba y la tiraba. Y ahí terminaba la pesadilla, que en realidad se había inventado para que se le pasara el susto a Huan.

Charlaron un rato más, pero la voz se les iba apagando, porque aún no habían descansado lo suficiente. El cómodo colchón de hojas ayudó a que volvieran a dormirse. Todos; Marie la primera, como siempre.

 

—¡Hrrr! ¡Ii, ii! ¡Hrrr! ¡Uh, uh!

Jules, de pie en la puerta de la tienda, se había quedado de piedra. Delante de él, a cuatro o cinco metros, había tres chimpancés sentados en la arena, donde comenzaba la playa. Dos comían manzanas, pero el tercero, más grande y feo, lo miraba fijamente y gruñía.

—¡Eh, aparta, que nosotros también queremos salir! —dijo Marie a su espalda.

—No os asustéis, chicos, pero tenemos compañía —los avisó Jules antes de apartarse.

Cuando salieron, al principio se atemorizaron, sobre todo por la actitud de aquel chimpancé grandote que les gruñía. Pero, más que nada, estaban muy sorprendidos.

—Ahora me explico los ruidos en la vegetación… —dijo Caroline.

—Están comiendo manzanas —dijo Huan—, ¿de dónde las habrán sacado? Nosotros no hemos visto ni una.

—¡Mirad!

A un lado de la puerta de la tienda había manzanas y peras en dos montoncitos muy bien colocados.

—Es como si las hubieran dejado para nosotros, para que las encontráramos al levantarnos —opinó Marie—. ¿Habrán sido los monos?

—Puede ser —dijo Jules.

Pero un momento después lo dudaron, porque el chimpancé gruñón fue hasta el montón de manzanas y cogió una. Parecía más bien que los animales hubieran decidido no alejarse de un lugar de aprovisionamiento fácil.

—Buena idea, señor mono, con su permiso… —dijo Huan, que cogió también una manzana y se sentó a comérsela cerca del chimpancé. El animal le gruñó sin dejar de masticar.

—Qué mal genio tiene, me recuerda a alguien… —dijo Jules—. ¿Adivináis a quién?

—¡Al director Mathieu! —respondieron los otros a la vez.

—Mucho gusto en conocerlo, señor chimpancé Mathieu, yo me llamo Huan.

El mono gruñó, pero Huan le devolvió el gruñido y el animal se calló.

—Bien hecho. Yo también tengo que probar este método con el verdadero Mathieu —bromeó Jules.

De los tres chimpancés, uno solo era una cría que, cuando terminó de comerse su manzana, se acercó también a los jóvenes. Imaginaron que quería más fruta, pero, al llegar a Marie, se agarró a las piernas de la chica y fue subiendo por su cuerpo hasta sentársele en los hombros.

—Le has gustado, Marie —dijo Caroline—. Yo creo que vais a ser inseparables.

—Bueno —dijo Marie.

Estaba encantada con el monito. Lo bajó de sus hombros y lo miró de frente mientras el animal se quedaba muy quieto, con sus grandes ojos fijos en los de la chica. Marie lo agarró con un brazo solamente y se lo puso en un costado, como si fuera un niño, y se sentó con él a comer.

—Ven, Jules, vamos a avivar el fuego —le pidió Caroline a su primo.

Lo notaba preocupado y quería hablar con él a solas. Cogieron un par de peras y fueron hasta la hoguera.

—¿En qué piensas? —le preguntó.

—Pues… en que no hay monos en Europa.

—En Gibraltar sí, se lo oí decir a un marinero de Nantes.

—Pero no estamos en Gibraltar, Caroline, sino en una isla desierta, al menos por lo que sabemos.

—¿Y dónde estamos?

—Yo creo que cerca, muy cerca, de la costa de África, no sé si muy al norte o muy al sur. En todo caso, a miles de kilómetros de casa. No me explico, si no, que haya monos.

Caroline no dijo nada. Miró a Marie y a Huan, y lo mismo hizo Jules. Marie jugaba alegremente con su mono y Huan le hacía muecas al gruñón. Se divertían.

—Mejor no comentamos nada con ellos, ¿verdad? Se asustarían y se desanimarían más, como yo lo estoy ahora.

—No, mejor no lo comentamos —estuvo de acuerdo Jules.